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POLIBIO
HISTORIAS
LIBROS I-IV
INTRODUCCIÓN DE
A. DÍAZ TEJERA
TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
MANUEL BALASCH RECORT
E
EDITORIAL GREDOS
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 38
Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revi-
sada por JuaN MANUEL GUZMÁN HERMIDA.
OSO
O EDITORIAL GREDOS, $. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1991.
PRIMERA EDICIÓN, 1981.
1.* reimpresión, 1991,
Depósito Legal: M. 6084-1991.
ISBN 84-249-0082-0.
Impreso en España. Printed in Spain.
Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1991. — 6379.
INTRODUCCIÓN
I. VIDA DE POLIBIO
1. En la batalla de Pidna, en el año 168 a. C., el
cónsul romano Paulo Emilio venció al rey Perseo de
Macedonia. Este acontecimiento fue trascendente para
la Hélade, en general, y crucial para Polibio: un año
más tarde, en el 167, es llevado como rehén a Roma
por no haberse mostrado abiertamente filorromano en
dicha batalla. La vida, pues, de Polibio queda así di-
vidida en dos grandes etapas: una anterior, en su pa-
tria y como hombre de acción y con mirada hacia el
futuro; la otra, posterior, en Roma, como hombre de
análisis y con mirada histórica y retrospectiva. El año
168, pues, es determinante en la vida de Polibio.
2. Su fecha de nacimiento ! la podemos situar entre
210 y 200 a. C. Ello se deduce de los siguientes datos:
a) Polibio fue elegido embajador?, en misión diplomá-
tica ante Ptolomeo V Epífanes, con su padre Licortas
y Arato, hijo del famoso Arato de Sición, en el año
181 y «cuando —se dice textualmente— aún no tenía
"1 Para un análisis de los problemas en detalle, así como
para una discusión bibliográfica, cf. A. Díaz TEJERA, Polibio, 1,
Madrid-Barcelona, 1972. (En adelante, citado Díaz TETERA, Po-
tibio.)
2 PoLiBio, XXIV 6, 3-5.
8 HISTORIAS
la edad legal»; b) Polibio fue nombrado hiparco * de la
Liga aquea en el año 170. Ahora bien, dado que, según
doctrina común *, era inadmisible participar en asam-
bleas federales antes de los treinta años, parece con-
gruente deducir que Polibio no pudo nacer antes del
210, pues en ese caso ya tendría la edad legal para ser
embajador, pero tampoco después del año 200, porque
entonces habría sido hiparco antes de la edad de treinta
años y embajador a los diecinueve, una edad dema-
siado ilegal.
3. Sin embargo, cabe precisar algo más dentro del
margen de tiempo entre 210-200. Y ello, porque hay
que suponer que tenía al menos dieciocho años cuando
se encontró * en Sardes con Quiomara, la mujer del rey
galo Ortiagonte, encuentro que, en opinión de Mioni£,
se sitúa en el año 190-189. Puede deducirse, en conse-
cuencia, que Polibio nació hacia el 209 6 208 a. C., fecha
bastante diferente de la propuesta por Walbank”, que
defiende con argumentos no muy convincentes que
Polibio no pudo nacer antes del año 200. Y si la fecha
del 209 ó 208 de su nacimiento se combina con la no-
ticia de Ps. Luciano * de que el historiador vivió ochen-
ta y dos años, entonces Polibio debió de morir hacia
el año 127 a. C.
4. Polibio nace en Megalópolis, capital de la Liga
aquea, en Arcadia, región ideal de la poesía bucólica.
3 Poio, XVITI 6, 9.
4 No así K. NrrzscxH, Polybius. Zur Geschichte antiker Politik
und Historiographie, Kiel, 1824, pág. 113.
5 PoLIBI0o, XXI 38.
é E. MioN1, Polibio, Padua, 1949, pág. 4. En adelante, citado
Mi10N1, Polibio.
7 F. W. WaLBANkK, A historical Commentary on Polybius, 1-111,
Oxford, 1957, 1967 y 1979, pág. 7. En adelante, citado WALBANK,
Commentary.
8 Macrobioi 23.
INTRODUCCIÓN 9
Fue hijo de Licortas, un hombre honrado, hiparco? en
el año 192 y estratego en el 184-182. Fue, de otro lado,
discípulo de Filopemen, militar consumado 10, que luchó
en Selasia !! en el año 222, completó la obra de Arato ?,
reformó el ejército aqueo ' y fue considerado como un
auténtico hombre de estado '* en la segunda centuria.
El ambiente familiar, pues, no podía serle más propicio
y adecuado para adquirir una formación política y mi-
litar.
5. Sin embargo, los estudiosos hablan también de
una formación literaria y filosófica de Polibio. En este
punto todas las precauciones son pocas. Desde luego
en su obra se dice que había estudiado música ' y que
le gustaba la medicina y la geografía. Igualmente, el
propio Polibio hace referencia, ya a poetas célebres,
como Homero, Simónides, Píndaro y otros, ya a histo-
riadores como Heródoto *, Tucídides *, Jenofonte *.
Con todo, estas citas y alusiones no deben entenderse
en el sentido de que Polibio poseía una educación lite-
raria profunda. Una cultura dada genera un ambiente
del que, sin necesidad de un conocimiento directo, cual-
quier hombre de formación media participa. Cuestión
muy diferente implica las alusiones a historiadores
como Timeo, Filarco, Teopompo y Éforo: a éstos los
estudia y critica desde una concepción historiográfica
propia.
9 T. Livio, XXXV 29, 1.
10 Cf. P. Peoecm, La Méthode historique de Polybe, París,
1965, pág. 554. En adelante, citado PÉDECH, La Méthode.
1 PoLmro, Il 67-69.
12 Porro, II 40, 6.
13 PoLimro, X 22, 6.
14 Cf. HOFFMANN, «Philopoemen», RE 21, cols. 76-95.
15 PoLIBIO0, IV 20, 3.
16 PoLrBr0, XII 2, 1.
17 Pomo, VII 1, 1.
18 PoLimi0, VI 45, 1.
10 HISTORIAS
6. Y se ha discutido hasta la saciedad si esta con-
cepción historiográfica propia la elabora Polibio desde
posturas estoicas o peripatéticas. Me inclino a pensar,
frente a autores como Hirzel '* y otros, que si hoy hay
que hablar de una concepción filosófica, ésta debe ser
la filosofía peripatética. Pues, de un lado, en general
cita a autores peripatéticos, como Aristóteles, Teo-
frasto y Dicearco y, de otro, Megalópolis recibe un
código de leyes elaborado por el peripatético Prítanis ?.
Y, además, la fórmula básica * de cuándo, cómo y por
qué, con la que quedan enmarcados los hechos histó-
ricos, remeda de cerca las célebres categorías aristo-
télicas 2,
7. Ello no quiere decir que Polibio conociera a
fondo la filosofía de Aristóteles ni que desconociera to-
talmente la doctrina estoica. Pero sí parece que su
concepción historiográfica se conjuga y se explica mejor
a partir de los postulados de la filosofía peripatética,
porque incluso el contenido de Fortuna, del que tanto
se insiste como de procedencia estoica, se ve raciona-
lizado en Polibio.
8. De su ambiente familiar podría deducirse que
Polibio intervino intensamente en la vida política. Sin
embargo, aparte su nombramiento de embajador, en
el año 181, ante la corte de Ptolomeo, su actividad po-
lítica se reduce a los años 170-168. En el 170 es elegido
hiparco de la Liga aquea. Pero es un momento clave:
por entonces se desarrollaba la tercera guerra mace-
19 Cf. R. HERCORD, La Conception de l'histoire dans Polybe,
Lausana, 1902, págs. 76-94, donde se discute la tesis de Hirzel.
En adelante, citado HercorD, La Conception.
2 PoLrmro, V 93, 8.
2 Cf. aquí págs. 24 y sigs.
2 Cf. A. Díaz TEJERA, «Concordancias terminológicas con la
Poética en la historia universal: Aristóteles y Polibio», Habis 9
(1978), 33-48,
INTRODUCCIÓN 11
dónica, una guerra entre Roma y Macedonia, cierta-
mente, mas con irradiación a toda Grecia. La Liga
aquea, que había manifestado una postura de neutrali-
dad, al fin decide enviar una embajada al cónsul
Q. Marcio Filipo poniendo a su disposición el ejército.
Polibio marchó en esa embajada. Pero fue demasiado
tarde %, porque ya el cónsul acampaba en la propia
Macedonia y no necesitaba de aliados. Se permitió, in-
cluso, la arrogancia de pedir a la Liga aquea que negara
el envío de cinco mil soldados que Apio Claudio Cen-
tón, entonces en el Epiro, había solicitado.
9. En el año 168, Paulo Emilio vence a Perseo y
todo quedó decidido”. Se felicitó al cónsul romano,
pero también le fue entregada una lista, en número de
mil, con los nombres de aquellos que habían seguido
un comportamiento tibio para con Roma. Estos sos-
pechosos, entre los que iba Polibio, debían justificarse
en Roma, justificación que duró diecisiete años.
10. Polibio llegó a Roma en el año 167 y en el 150,
junto con trescientos prisioneros que aún sobrevivían,
recuperó la libertad oficial, sin duda debido a la in-
fluencia de P. Cornelio Escipión Emiliano y a la de
Catón. Su estancia en Roma, frente a sus compañeros
que fueron recluidos en ciudades de Etruria, fue, por
tanto, bastante larga, pero en modo alguno dura, es
decir, no privada totalmente de libertad.
11. Y debe quedar claro que Polibio gozó en Roma
de libertad de movimientos, porque ello implica el que
pueda entenderse con ciertas garantías” el cómo fue-
ron redactadas las Historias. Las pruebas son bastantes
convincentes. He aquí las más significativas: a) A di-
ferencia de los otros rehenes, él se queda en Roma y
23 PoLiBio, XXVIII 13.
24 PoLiBro, XXX 13, 1.
25 Cf. aquí págs. 23 y sigs.
12 HISTORIAS
además entra en el círculo de los influyentes y cultos
Escipiones. Llegó a ser maestro % de Escipión Emilia-
no. b) Podía salir de caza con Escipión, según dice el
propio historiador, que cita el lugar, esto es, la región ?
de Agnania. Esto sucede en el año 162 y, por la misma
época, se permite el riesgo de preparar la huida del
príncipe seléucida Demetrio %. c) Visitó en varias oca-
siones? a los locros epizefirios, considerados compa-
triotas suyos. d) El propio Polibio afirma que hizo el
recorrido a través de los Alpes para informarse de las
vicisitudes que había sufrido Aníbal cuando éste los
cruzó en el año 218. Esta visita debe situarse antes del
año 150 como bien opina Pédech Y. e) Asimismo puede
afirmarse que Polibio vino a España en el año 151, en
compañía de Escipión Emiliano, a la sazón tribuno mi-
litar* de Licinio Lúculo.
12. Parece, pues, demostrado que el confinamiento
de Polibio en Roma no fue el de un hombre retenido
en el Lacio bajo pena de muerte, como opina Cuntz ?,
sino que, por el contrario, gozó de máxima libertad,
con la excepción de poder marchar a Grecia. .Y no
cabe duda de que esa libertad de movimientos le per-
mitió adquirir, ya del círculo culto en que se movía,
ya de sus numerosos viajes, un bagaje de conocimien-
tos y noticias, de primera mano, muy útiles para la
elaboración de su obra histórica.
13. En el año 150, Polibio regresa a Grecia. Y,
claro está, vuelve cargado de evidencias culturales y
PoL1BIO, XXXI 23-24, DioDoRo, XXI 26, 5.
PoLisi0, XXXI 14, 3; 15, 2; 29, 8.
Porro, XXXI 11, 15.
PoLim10, XII 5, 1-3.
La Méthode, pág. 528.
Cf, H. NisseN, «Die Oekonomie des Geschichte des Poly-
bios», RhM. 26 (1871), pág. 271; MioNn1, Polibio, pág. 13, y WaL-
BANK, Commentary, pág. 4 y pág. 383 a III 48, 12.
32 D. Cunrz, Polybios und sein Werk, Leipzig, 1902, págs. 46-49.
EeEBRENSR
INTRODUCCIÓN 13
políticas. No es el mismo hombre que un día tuvo que
abandonar su patria. Ahora, de una parte, siente agra-
decimiento hacia Roma y, de otra, se percata de que
Roma se constituye en atalaya desde la que todo el
acontecer histórico del momento recibe explicación.
Mas, al mismo tiempo, mantiene vivo su amor a la
tierra de sus mayores. De aquí que pueda estar tanto
del lado de Roma como de Grecia.
14. Esta bipolaridad personal de Polibio enmarca
su actuación a partir de su libertad oficial. Durante
la segunda guerra púnica fue solicitado por Roma como-
experto militar y acudió sin reservas. Acompañó a Es-
cipión Emiliano y así pudo conocer la zona norte de
África. Por el propio Polibio sabemos que estuvo pre-
sente en el asedio 3 y destrucción de Cartago en el
año 146. Pero, mientras Polibio había compartido con
su acción el triunfo de Roma sobre Cartago, en su pro-
pia tierra, la ciudad de Corinto, orgullosa de patriotis-
mo, caía calcinada bajo el mismo poder, en septiembre
del mismo año 146. Y el historiador, en persona, según
nos cuenta %, asistió igualmente a la quema y saqueo
de Corinto: no deja de ser una jugada irónica de la
Fortuna. Polibio no aprobó la conducta soberbia de
Roma, pero tampoco el comportamiento orgulloso de
los griegos.
15. Esta situación casi trágica de los últimos años
de Polibio encuentra su síntesis en el encargo que le
hizo el Senado de conciliar los derechos de vencedores
y vencidos, lo que le permitió volver, una vez más, a
Roma 3. Esta función de conciliador la comprendieron
bien los propios griegos, al grabar al pie de una esta-
tua levantada en su honor, en Megalópolis, lo siguien-
33 PoLmmro, XXXVIII 19, 1.
34 PoLimro, XXXIX 2, 2.
35 Pombo, XXXIX 8, 1.
14 HISTORIAS
te*: «Grecia, de haber seguido los consejos de Poli-
bio desde el principio, no habría decaído, y cuando
Grecia erró, sólo él pudo ayudarla algo.» O aquellas
otras palabras, en versos elegíacos, que, según Pausa-
nias *, rezaban en otra estatua colocada en el ágora de
su ciudad natal: «recorrió toda la tierra y el mar, fue
aliado de los romanos e hizo cesar la cólera contra
los griegos». Nada más congruente y sintético.
16. Poco más se sabe de Polibio hasta su muerte.
Según Estrabón *, estuvo en Alejandría, probablemen-
te hacia el 140 a. C. También quizá en Rodas, donde
consultó los archivos de la ciudad conforme deducen
algunos del propio Polibio *. Su viaje a Numancia es
hipotético, y de acuerdo con la cronología establecida
por nosotros, de que murió hacia el año 127, muy poco
probable *,
II. LA OBRA DE POLIBIO
A) Estructura de las «Historias»
1. Polibio es conocido por su magna obra las His-
torias. Cierto es que escribió tratados menores, de los
que no ha sobrevivido nada. Lo sabemos ya por el
propio Polibio, ya por otras fuentes: por ejemplo, en
X 21, 5-8, dice el historiador que no se entretiene sobre
el estratego Filopemen, porque acerca de él ya ha com-
puesto una monografía en tres libros. Al respecto, re-
36 PAUSANIAS, VIII 37, 2
37 PAUSANIAS, VIII 30, 9
$ XVI 1, 12.
39 XVI 15, 8.
4% La noticia transmitida por CICERÓN, Ad Fam. V 12, 2, de
que Polibio escribió una Numantinum Bellum, sigue siendo ex-
trañía. Es la única noticia, y si es verdad que esta obra fue com-
puesta, debió de serlo después del año 133.
INTRODUCCIÓN 15
sulta interesante observar que este tipo de tratados,
aunque no subsista fragmento alguno, tuvo su influen-
cia. La vida de Filopemen de Plutarco está basada fun-
damentalmente en el tratado de Polibio, de tal suerte
que Pédech* ha podido, creo que con éxito, recons-
truir, a partir de la de Plutarco, la de Polibio. Con
todo, no siempre el caso es tan simple. A veces los es-
tudiosos deducen consecuencias arriesgadas a partir
de hipótesis. La obra La Guerra de Numancia, que
Cicerón atribuye a Polibio y sólo por aquél es men-
cionada, no resulta seguro que Polibio la hubiera es-
crito. Sin embargo, sobre esa hipotética obra se anali-
zan las fuentes de La Historia de Iberia de Apiano *,
lo que, de otra parte, indica la autoridad que los es-
tudiosos han atribuido a Polibio en materia historio-
gráfica. Autoridad fundamentada en su gran obra his-
tórica.
2. Las Historias fueron divididas por su autor en
cuarenta libros %. De ellos se conservan completos los
cinco primeros; del VI al XVIII se disponen de ex-
tractos antiguos, amplios y en los que se registra el
libro al que pertenecen los extractos, lo que garantiza
su orden propio. A partir del XVI sólo se conservan
fragmentos que provienen de los florilegios realizados
por orden de Constantino Porfirogéneta 4,
3. La obra polibiana narra la realidad histórica que
va desde el año 265, comienzo de la primera guerra
púnica, hasta el año 146, final de la tercera guerra
púnica y destrucción de Corinto. Ésa es la realidad
histórica y el período narrado por Polibio en cuanto
41 P. Pívecm, «Polybe et l'Éloge de Philopoemen, REtGr. 64
(1951), 82-103.
2 Cf. A. Sancho RovYo, «En torno al Bellum Numantinum
de Apiano», Habis 4 (1973), 23-41. Cf. también nota 40.
43 PoLrBr0, MI 32, 2.
4 Cf. más adelante, págs. 46-47.
16 HISTORIAS
resultado. Pues, desde el punto de vista del propósito
original del historiador, esa realidad, en cuanto totali-
dad, no fue concebida así; lc que implica revisión de
propósitos sobre la misma elaboración de las Historias.
Y esta programación y revisión la proporciona el pro-
pio Polibio ya desde el libro primero * y de forma de-
tallada en los tres capítulos del libro tercero*%, Su
esclarecimiento tiene gran interés.
4. El propósito central fue historiar el período que
abarca desde el año 220, comienzo de la segunda guerra
púnica, hasta el 168, que coincide con la batalla de
Pidna. A la parte de la obra, libros IM-XXX, que narra
ese período, la llama Polibio «la obra propia» *. Pero
antes contamos con los dos primeros libros, 1-11, que
constituyen una especie de «preparación», de «intro-
ducción», donde los hechos son narrados por encima
y con la intención de que sirvan de antecedentes ex-
plicativos de lo que viene después. La realidad histó-
rica de estos dos primeros libros es la que va desde
el año 265, y así continúa la Historia de Timeo, hasta
el año 220, donde terminan los últimos hechos narra-
dos por Arato de Sición y comienza su obra propia-
mente dicha, hasta el año 168.
5. Cabe preguntar cómo se distribuye este período
real en la obra histórica. Los capítulos segundo y ter-
cero del libro 111 nos servirán de guía. Y en efecto,
de su análisis queda claro que el hilo conductor es la
segunda guerra púnica. Todo el libro tercero se dedica
al estudio etiológico de esta guerra y termina cuando
los cartagineses han invadido Italia y han puesto a
los romanos %, tras la batalla de Cannas, en un peligro
grave. Á este peligro alude Polibio con las siguientes
45 PoLxbro0, 1 1, 8.
4 PoLrsro, III 1, 3.
47 Pomo, III 26, 5.
48 PoLiBIO, III 2, 1.
INTRODUCCIÓN 17
palabras: «A continuación —comienzo del libro 1lI—,
intentaremos explicar cómo, en esta época, Filipo de
Macedonia libró una guerra contra los etolios, tras la
cual dispuso los asuntos de Grecia y se lanzó a com-
partir las esperanzas de los cartagineses.»
6. La obra, en este punto, deja como una atmós-
fera de amenaza sobre Roma y pasa a narrar los acon-
tecimientos de Grecia y Asia: en Grecia se da razón de
la guerra de los aliados, narrada en IV 3-37, 57-58, y
V 1-30, 91-106, y que termina con la paz de Naupacto
en el año 217. En Asia, se trata de la guerra que se
inició en el año 219 entre Antíoco y Ptolomeo Filopator
por la Celesiria, narrada en V 31-87, y de la guerra de
los rodios y Prusias contra Bizancio, narrada en V
38-52. Por tanto, la atmósfera amenazante con que ter-
mina el libro 111, se agrava aún más en el IV y V con
una posible alianza entre Filipo y Aníbal como, según
hemos visto, explicita el propio Polibio %. Desde un
punto de vista historiográfico, la explicitación alberga
un efecto extraordinario en función del libro VI. El
historiador, sin duda, quiere resaltar que grande fue
el peligro que se cernía sobre Roma, pero mayor y más
efectiva fue la uirtus romana que permitió conjurar
la amenaza. Y esa uirtus romana, esa virtualidad cons-
titucional y política es la que Polibio describe en el
libro VI. Este libro, al igual que el libro XII, consti-
tuye una especie de escorzo en la linealidad histórica,
pero supone aguda visión de historiador, no sólo por
el contenido, sino precisamente por su posición dentro
de la obra. Este libro viene a dar razón de por qué la
amenaza se tornó éxito: «Aquí —anuncia Polibio %, pre-
cisamente, al comienzo del libro JlI—, detendremos
nuestra exposición y trataremos de la constitución ro-
4 PoLisr0, TIT 2, 3.
56 PoLII0, 111 2, 6.
38. — 2
18 HISTORIAS
mana; demostraremos luego que las características de
esta constitución contribuyeron, al máximo, no sólo a
que los romanos dominaran Italia y Sicilia, sino tam-
bién a que extendieran su imperio a los iberos y a
los galos, y además a que, tras derrotar militarmente
a los cartagineses, llegaran a concebir el proyecto de
dominar el universo.»
7. Esta recuperación ocupa el relato de los libros
VIT-XV, pues el libro XV pone fin a la guerra anibá-
lica en la célebre batalla de Zama, con lo que el pe-
ligro que amenazaba a Roma desaparece. En medio,
se narra la conquista de Italia y Sicilia: estas conquis- '
tas configuran el trenzado principal que se realiza en
los libros VII al XIV; de forma intercalada y en un
segundo plano, se historia la conquista de Iberia en
VIII 38; IX 11; X 2-20, 34-40; XI 24-33. También la
conquista de la Galia cuyo texto no ha sobrevivido.
De otra parte, se insertan narraciones, sin duda exi-
gidas en el plano cronológico, sobre la ruina de Hierón,
las rebeliones en Egipto y acerca de la ambición de
Antíoco y Filipo.
8. Como puede observarse, Polibio, en un primer
propósito, polariza su quehacer histórico en torno de
Roma y su contexto más próximo hasta la batalla de
Zama: los libros 111 al V presentan los hechos que
sitúan a Roma en una situación límite. El libro VI
pone en primer plano el vigor y la excelencia de la
constitución romana que salva esa situación límite, y
los libros VII al XV —excepción hecha del XII— na-
rran los acontecimientos triunfales de Roma hasta la
batalla de Zama que son consecuencia de la excelencia
de la constitución romana.
9. Mas la victoria sobre Cartago entraña un punto
de partida para trazar una nueva dirección historio-
INTRODUCCIÓN 19
gráfica. Al comienzo del capítulo *! tercero del libro 1II,
Polibio anuncia que cambiará el escenario histórico
hacia Grecia y sus contornos, lo que, en verdad, implica
la realización del propósito universalista romano: hasta
aquí Roma tenía puestas sus ambiciones en Occidente;
ahora, asegurada su posición, mira con fuerza hacia
Oriente. Y como no podía ser menos, esta realización
se distribuye en tres momentos bien diferenciados. En
primer lugar, la segunda guerra macedónica entre
Roma y Filipo, habida entre los años 200-197, por la
que la hegemonía de Macedonia sobre Grecia se pierde.
Su expresión histórica se encuentra en el libro XVI,
donde da comienzo; en el libro XVIII 1-12, 16-27, 33-39,
donde se narra el período de acción bélica, y en XVIII
42-48, que cuenta el final de dicha guerra.
10. En segundo lugar, la guerra contra Antíoco,
entre los años 192-187. En torno a esta guerra se narra
una serie de acontecimientos por los que los romanos
adquieren indiscutible supremacía en Asia Menor. Esta
guerra y sus acciones paralelas debieron ocupar, en
cuanto expresión literaria, los libros XV al XXYV. Por
último y en tercer lugar, se registra la tercera guerra
macedónica con el triunfo sobre Perseo en la batalla
de Pidna y la ruina total de Macedonia, entre los años
171-168. Esta última realidad histórica habría sido na-
rrada en los libros XXVII al XXIX. El libro XXX se
dedicó a la celebración del triunfo de Paulo Emilio
por los propios griegos.
11. Estos tres momentos, en su conjunto, ocupa-
rían, pues, los libros XV al XXX. Y, con ello, termina
el programa que había sido trazado en el libro HT: en
una primera travesía, Roma, en Occidente, logra la
victoria sobre Cartago; en una segunda, Roma, en
Oriente, logra la victoria sobre Perseo. Y, así, se cum-
5 PoLimr0, III 3, 1.
20 HISTORIAS
plió «el que los romanos en cincuenta y tres años no
completos pusieron bajo su dominio el mundo ha-
bitado» *,
12. Mas la obra polibiana no termina con la narra-
ción de los acontecimientos que cierran el año 168.
Polibio decide ampliar su obra hasta el año 146, con
diez libros más, hasta el XL. Y da razón del porqué
de esta ampliación: de un lado, para explicitar la con-
ducta del vencedor absoluto; de otro, porque fue testigo
ocular de los hechos y participó en muchas de las
acciones %. Sin duda, son razones que la capacidad
historiográfica de Polibio no podía dejar de aprove-
char. Si bien, desde un punto de vista objetivo, esta
tercera travesía implica como el resultado sintético
del dinamismo dialéctico de las dos primeras travesías.
Pues ahora, en ese período, tanto Occidente como
Oriente quedan absorbidos dentro del poderío romano:
Cartago es totalmente destruida y Corinto —y, con ello,
toda Grecia pierde su libertad— saqueada y arrasada.
Roma se torna dueña y señora del mundo conocido.
Mas ello lleva una responsabilidad y es, quizá, el modo
como se comportó Roma lo que más interesó a Polibio.
13. Sin embargo, esta parte de las Historias ha
llegado muy fragmentaria y se vuelve difícil descubrir
su estructura originaria. Con todo, parecen seguros los
siguientes momentos: que el libro XXXIV constituía
una monografía dedicada a describir los lugares con-
quistados %, y que el libro XL, del que no se conserva
fragmento alguno, recopilaba toda la obra de las His-
torias. Y no resulta aventurado aceptar que el libro
XXXIV serviría para dividir este período en dos ver-
tientes: la primera, de dominación tranquila por parte
52 PoLmro, 1 1, 5.
33 PoLImro, III 4, 6 y 4, 13.
5 Cf. P. PénecH, «La géographie de Polybe: structure et
contenu du livre XXXIV des Histoires», REfCI, 24 (1956), 3-24.
INTRODUCCIÓN 21
de Roma de los estados conquistados, durante los años
168-151; la segunda vertiente, de nuevas alteraciones
y alborotos, lo que pudo influir en el cambio que se
observa en Polibio respecto a la excelencia de la cons-
titución política romana.
14. He aquí, de manera muy apretada, de un lado,
la realidad histórica y, de otro, su conformación histo-
riográfica: un período que va desde el año 265 hasta
el 146. Su expresión literaria recorta dicho período
en varias facetas: los dos primeros libros, a modo de
introducción, los años 265-220; los libros ITM-XXX, los
años 220-168, en dos momentos claros: el primero hasta
la batalla de Zama, libro XV, y el segundo, hasta la
batalla de Pidna, libro XXX 5, Y, por último, los libros
XXXI-XL, los años 168-146, con la destrucción total de
Cartago y Corinto.
B) Fecha de composición de las «Historias»
1. Se trata de un problema difícil y complejo, pues
al no disponer de notificación explícita, su análisis debe
partir de los datos que la obra proporciona. Y estos
datos se encuentran en las alusiones a hechos históri-
cos, en general bien fechados; a los viajes de Polibio
y en las descripciones geográficas *.
2. Pues bien, la postura que hoy es más aceptada
al respecto podría resumirse así: a) Que Polibio co-
menzó a escribir las Historias en el exilio y, con más
probabilidad, hacia su final. b) Que los quince prime-
ros libros los compuso antes del año 146. c) Que los
restantes los redactó después del año 146.
55 Recuérdese que éste estaba dedicado al triunfo de Paulo
Emilio.
56 Como ya practicó R. HARTSTEIN, «Uber die Abfassungszeit
der Geschichten des Polybios», Philologus 45 (1886), págs. 715 y
siguientes.
22 HISTORIAS
3. Esta postura, en líneas generales, puede ser de-
fendida con los siguientes hechos. Respecto al aserto
a), de que Polibio no comenzó a escribir su obra antes
del año 168, queda claro por el pasaje I 1, 5, donde se
dice que el objetivo de la obra es narrar cómo Roma
en cincuenta y tres años se hizo dueña de casi todo
el mundo habitado. Pero esos cincuenta y dos años
terminan con la destrucción del reino de Macedonia. En
cuanto al aserto b), que los quince primeros libros fue-
ron escritos antes del 146, parece probado porque, de
un lado, se habla de la Confederación aquea como flo-
reciente aún” y, de otro, porque, en IV 74, 8, Polibio
aconseja a los eleos que procuren recobrar su inmuni-
dad al saqueo. Asimismo, porque, en XV 30, 10, se
cuenta que los niños en Cartago y Alejandría partici-
pan en los tumultos ciudadanos no menos que los
hombres. Y, claro es, se vuelven difíciles estas apre-
ciaciones en una Grecia sometida a Roma y en una
Cartago destruida. A su vez, en lo que respecta al
aserto c), esto es: que los libros restantes, XVI-XL,
fueron compuestos después del año 146, se apoya, de
una parte, en que no hay indicio alguno de que fueran
compuestos antes y, de otra, en que, en XVIII 25, 9
y en XXIX 12, 8, se alude a la destrucción de Cartago.
Por lo demás, el hecho es meridiano para los diez últi-
mos libros conforme a lo que hemos dicho %,
4. Con todo, debe aceptarse una vez más que esta
tesis es admisible en líneas generales. Porque surge
una dificultad en la claridad del razonamiento. Me re-
fiero al hecho de que se producen varios pasajes que
contradicen esta tesis. De éstos sólo voy a citar cuatro,
en la medida en que por oposición esclarecen el ra-
zonamiento. Contradicen el aserto b) los pasajes III 4,
que presentan las razones por las que se amplía la obra
571 Porro, II 37, 8-10.
58 Cf. lo dicho aquí en pág. 20.
INTRODUCCIÓN 23
hasta el año 146; III 5, que adelanta el programa, y
sobre todo, III 32, 2, donde Polibio habla de su obra
compuesta de cuarenta libros. Contradice el aserto c)
XXXI 11-15: aquí se narra el episodio de la huida de
Demetrio. Su descripción es tan viva que no se tiene
dudas de que fue escrito al tiempo de su realidad. Ésta
sucedió en 162. Pero, según la tesis general, el libro
XXXI fue escrito después del año 146.
5. Ahora bien, puesta en parangón la tesis general
con estos pasajes que perturban la propia tesis gene-
ral, la solución que aportan los estudiosos es que di-
chos pasajes han sido insertados una vez que la obra
había sido terminada. Es, desde luego, la solución tó-
pica en este tipo de problemas. Sin embargo, mi opi-
nión %, ya expuesta en otra ocasión, difiere en parte.
Para mí —y me apoyo sobre todo en el episodio de
Demetrio— la elaboración definitiva de la obra no tuvo
lugar antes del año 146. Seguro, por supuesto, para los
diez últimos libros. Los anteriores, en cambio, y a ex-
cepción hecha de T-II, habían ido siendo redactados
por partes conforme a la información y las circuns-
tancias de los hechos y, sobre todo, desde la perspec-
tiva del cómputo por olimpiadas. Así Polibio dispuso
de un material ya ordenado y en parte redactado. Mas
la redacción definitiva, con el ensamblaje de toda la
labor previa, tuvo lugar después del año 146. Por tanto,
los pasajes que hay que considerar como inserciones
tardías no son tales, sino producto de una elaboración
total y definitiva. La explicación propuesta no contra-
dice, en realidad, la tesis general, sino que la apoya y
da sentido a los numerosos pasajes considerados como
inserciones %,
59 Díaz TesERa, Polibio, págs. LXIX y sigs. Al respecto, re-
seña y opinión de PévecH, Rev. Philologie 52 (1978), 169-170.
é Cf. Pévecu, La Méthode, págs. 563-572, y WALBANK, Com-
mentary, I, pág. 296.
24 HISTORIAS
C) Concepción historiográfica de Polibio
1. Polibio, dentro de la historiografía antigua, ocu-
pa un lugar destacado por su concepción del fenómeno
histórico y su manera peculiar de interpretarlo. Ya
desde el comienzo mismo de su obra propia“ define
su posición: «el trabajo y objeto de nuestra empresa
consiste única y exclusivamente en escribir el cómo,
el cuándo y el porqué todas las partes conocidas del
mundo habitado vinieron a caer bajo la dominación
romana». Roma, pues, significa la realidad energética
que genera las acciones históricas, pero es misión del
historiador no sólo captar esa realidad, sino el dar
cuenta razonable de los hechos históricamente dados.
Para ello, Polibio configura, quizá conforme a modelo
peripatético %, una especie de categorías que, de forma
constante, enmarcan los fenómenos de suerte que éstos
se encuentren encuadrados en esas categorías y, a la
vez, expliciten su razón de ser. Y esas categorías o di-
mensiones son modo, tiempo y causa.
2. Cabe, sin embargo, una observación urgente,
pues podría parecer que las tres categorías se encuen-
tran en el mismo plano de importancia e, incluso, que
se trata de tres dimensiones discretas. Y no es así. La
dimensión de causa trasciende a las dos primeras, pues
no basta decir cuándo un hecho sucedió, ni tampoco
cómo, sino que se hace necesario aclarar el porqué ese
cuándo y el porqué ese cómo. El cómo y el cuándo
son como los moldes en que se insertan los fenómenos
históricos; la causa, por el contrario, no sólo explicita
el acontecimiento en sí, sino la forma que toman tales
moldes: «afirmamos % que los elementos más necesa-
él Pozo, III 4.
62 Cf. aquí nota 22 y art. cit. en dicha nota.
é3 PoLIBI0o, MI 32, 6. Asimismo, PénbecH, La Méthode, pági-
INTRODUCCIÓN 25
rios de la historia... son sobre todo los relativos a las
causas».
3. Mas la dimensión de causa se relaciona con
otras dos dimensiones, la de inicio y la de. pretexto.
Su análisis, pues, requiere un enfoque global y no por
separado. En efecto, el texto que mejor refleja el
pensamiento polibiano al respecto se encuentra en III
6-7. Polibio comenta que algunos historiadores de Aní-
bal, cuando exponen las causas de la guerra entablada
entre Roma y Cartago, aducen como primera causa el
sitio de Sagunto por los cartagineses y como segunda
el paso del río Ebro. Polibio observa aquí que estos
dos hechos son los inicios, pero no las causas. Es
como si se admitiera —añade el historiador— que el
paso de Alejandro a Asia hubiera sido la causa de la
guerra contra los persas. «Éstas son cosas —cito tex-
tualmente— propias de hombres que no han descubier-
to en qué se diferencia y cuánto se contrapone el
inicio de la causa y del pretexto. Porque la causa y el
pretexto son lo primero de todo, y el inicio, en cambio,
la última parte de las mencionadas. Yo sostengo —Ccon-
tinúa Polibio— que los inicios de todo son los prime-
ros intentos y la ejecución de obras ya decididas; cau-
sas, en cambio, lo que antecede y conduce hacia los
juicios y las opiniones; me refiero a nuestras Concep-
ciones y disposiciones y a los cálculos relacionados con
ellas.»
4. El texto es explícito y no necesita de un comen-
tario exhaustivo. Basta deducir las conclusiones. Y
éstas son: a) Que lo más relevante es la noción de causa
y que ésta se diferencia del inicio no sólo porque,
paradójicamente, es anterior, sino porque está en la
nas 432-495, y WALBANK, Commentary, I, pág. 35. También Díaz
TuyERa, Polibio, pág. LXXVI, donde se practica un análisis fi-
lológico.
26 HISTORIAS
base de toda acción. b) Que la causa la constituye una
serie de operaciones mentales, ideas, razonamientos,
sentimientos, que, apoyándose en la realidad, abocan a
una decisión que determina el fenómeno histórico: el
que los griegos pudieran retirarse de Asia sin encontrar
oposición y el paso cómodo de Agesilao, permiten a
Alejandro conformar un plan razonado de marchar con-
tra los persas. La causa, pues, es una operación mental
pero no gratuita ni utópica. El inicio, por el contra-
rio, se mueve en el plano de la acción y de lo real;
la toma de Sagunto es el comienzo de la segunda guerra
púnica. La causa hay que buscarla en las consideracio-
nes de todo tipo que se hacen en torno al poderío de
Cartago y a las aspiraciones romanas. En este nivel
teórico se encuentra, asimismo, la noción de pretexto
que es el otro término que aparece en el pasaje citado.
La noción de pretexto se descubre, ciertamente, en el
plano intelectual, al igual que la causa, pero frente a
la noción de principio. Mas la causa' da lugar a la
acción, mientras que el pretexto justifica la causa y el
inicio a la vez: adquiere un carácter axiológico evi-
dente. Alejandro formula como pretexto de la guerra
contra Asia el castigar las injurias 4 de los persas con-
tra los griegos.
5. Asi pues, la concepción historiográfica de Polibio
se ve teñida de gran dosis de intelectualismo, en la
medida en que la dimensión de causalidad reposa en
el plano de las ideas y de los razonamientos. Sin em-
bargo, este intelectualismo no implica una formulación
tan abstracta como del texto citado podría conjeturar-
se. Polibio tiene gran cuidado en dejar claro que se
trata de una formulación, fruto de su pensar historio-
gráfico, sin duda, y que, en cuanto tal, le sirve de ca-
tegoría acusadora y explicativa para preguntar a la
é PoLimro, TI 6, 12; DioDoro, XVI 89, 2.
INTRODUCCIÓN 27
realidad histórica. De tal suerte que esa formulación
recibe contenido concreto e histórico, ya mediante los
personajes y protagonistas de los acontecimientos que
encarnan y proyectan ese plano intelectual, ya me-
diante las constituciones que permiten que ese plano
intelectual se realice.
6. La atribución, pues, de un excesivo intelectua-
lismo a Polibio no es correcto. Lo que acontece es que
Polibio es un historiador que, no sólo descubre lo que
constituye el contenido del cuándo y cómo, sino que
interpreta y, para ello, necesita de categorías formales
de pensamiento que, en dialéctica real, encarna en los
personajes históricos y en las instituciones políticas.
7. En efecto, el individuo, como personaje histó-
rico, es el forjador de un conjunto de operaciones
mentales que conforman la dimensión de causa. Se ex-
plica que sea llamado «causante» y «responsable» de
la acción 6 y se explica, asimismo, que grandes acon-
tecimientos históricos reciban el nombre del agente
histórico principal: la segunda guerra púnica es Ha-
mada con el nombre de «guerra % de Aníbal». Y se
habla, igualmente, de la guerra de Cleómenes 6, de la
de Filipo % y de la de Perseo %. No debe extrañar, por
tanto, que un estudio de los personajes históricos en
Polibio coincida necesariamente con el análisis de la
causalidad histórica, en cuanto que aquéllos son for-
jadores y encarnan el plano intelectual.
8. Si se opera con inteligencia y con previsión ”,
es probable acertar en el éxito: Antígono es para los
PoLiBIO, 1 43, 2.
PoLmio, 1 3, 2.
PoLmi0, 1 13, 5, y II 46, 7.
PoLiBr0, 111 32, 7.
PoLxwr0, JIM 3, 8.
Pomo, IX 12, 4.
JLSLARA
28 HISTORIAS
lacedemonios causante de los mayores bienes”, y Fi-
lipo, el hijo de Amintas, es el que da origen a la gran-
deza del reino de Macedonia”, Y, por supuesto, es
igualmente válido el caso contrario: si se opera con
ignorancia e irreflexión, el fracaso es casi seguro. Clau-
dio” fracasa en Drépana porque actúa al «azar y sin
cálculo». Perseo emprende sus acciones sin congruen-
cia y con falta de cálculo, y ello le conduce al fracaso
total.
9. De otra parte, la causalidad histórica alcanza
también su plasmación real en las constituciones po-
líticas. Polibio concede, en su obra, particular atención
a este tema, si bien deben distinguirse dos aspectos
fundamentales. El primero, la constitución como plas-
mación de causalidad y su mutua interacción. El segun-
do, la constitución política en sí, en cuanto se analiza
su origen, su composición, perfección y evolución, as-
pecto este último tratado de forma original en el li-
bro VI.
10. Tocante al primer aspecto, el capítulo segundo
del libro VI (y en concreto los parágrafos 8-10) es re-
velador. Dice textualmente: «lo que atrae y reporta
utilidad a los estudiosos es precisamente el estudio de
las causas y la elección de lo mejor en cada caso. Pues
ha de considerarse en todo asunto como causa suprema
tanto para el éxito como para el fracaso la estructura
de la constitución política, pues de ella, como de una
fuente, no sólo surgen todas las intenciones y proyectos
de los actos, sino también el resultado». Este texto
1 PoLIBr0, V 9, 9.
Tr PoLmio, V 10, 1.
73 Porro, 1 52, 1-2,
714 Cf. para una interpretación más detallada, A. Díaz Tk-
JERA, «La Constitución política en cuanto causa suprema en la
historiografía de Polibio», Habis 1 (1970), 31-43.
INTRODUCCIÓN 29
desmiente de raíz la opinión de Hercord * de que Po-
libio es poco explícito respecto a la interacción entre
constitución política y causalidad. Aquí, por el contra-
rio, Polibio defiende que la constitución política es no
sólo causa histórica, sino causa suprema, en la me-
dida en que es fuente de la que surge el plano intelec-
tual, donde se forjan las operaciones mentales de que
hemos hablado. El resurgir de Roma después del desas-
tre de Cannas se debió a la constitución romana, y la
Liga aquea logra la adhesión de todo el Peloponeso
gracias a sus leyes.
11. Mas tampoco la constitución es una formula-
ción abstracta. Pues «los fundamentos * de toda cons-
titución son las costumbres y las leyes. Porque —se
añade” más adelante— cuando observamos que las
leyes y costumbres de un pueblo son acertadas, juz-
gamos sin temor que por ellas sus hombres también
serán rectos y su constitución acertada.» De nuevo se
observa en Polibio esa dialéctica real de relación entre
plano intelectual y realización concreta. Es más, Po-
libio llega a puntualizar que una constitución casi per-
fecta como la romana, si no hubiera dispuesto de hom-
bres como Escipión que la proyectaran con su virtua-
lidad en la realidad histórica, habría rendido muchos
menos éxitos a Roma”. El hecho queda demostrado
por las derrotas de Roma ante Cartago hasta la lle-
gada a escena de Escipión.
12. Tocante al segundo aspecto, esto es, al análisis
de la constitución política en cuanto a origen, compo-
sición y evolución, Polibio le dedica el libro VI de su
obra. El tema es complejo y aquí sólo lo esbozamos.
715 La Conception, pág. 142.
76 PoLimro, VI 47, 1.
TI PoLmio, VI 47, 2.
73 PoLrsBio, XVIII 28, 6-11.
30 HISTORIAS
Para un estudio más detallado remito a K. von Fritz ”,
cuyo trabajo, pese al título, está dedicado casi entera-
mente a Polibio. También a K. F. Eisen % y a un artículo
mío *!, donde hago un estudio de tipo filológico con-
creto. Pues bien, Polibio dedica la parte central del
libro VI a la descripción de la constitución política
romana. Pero observa que dicha constitución es una
resultante a partir de estadios anteriores y de combi-
naciones de regímenes más simples. Al estudio de estos
estadios y elementos simples, a su devenir cíclico y a
la constitución mixta se dedican los diez primeros ca-
pítulos del libro. En primer lugar, el autor presenta y
discute el número de elementos simples que habrán de
intervenir en el proceso cíclico y ofrece % como cons-
tituciones simples y originarias, «la realeza», «la aris-
tocracia» y «la democracia». Todas ellas históricamente
documentadas. Sin embargo, Polibio se hace una ob-
jeción: que, de un lado, las tales constituciones no
son las mejores y más perfectas, pues la constitución
óptima resulta del sincretismo de lo más pertinente
de las tres mencionadas. Se refiere, por supuesto, a la
constitución mixta. De otro lado, que tampoco son las
únicas, porque se realizan otras, semejantes en aparien-
cia, pero que objetivamente conforman su degradación,
como «la tiranía», «la oligarquía» y «la oclocracia». Se
trata, pues, de dos series paralelas, cada una en su nivel
ético, que se corresponden en sentido vertical: a la rea-
leza corresponde la tiranía; a la aristocracia, la oli-
garquía, y a la democracia, la oclocracia o gobierno
79 The theory of the mixed constitution in Antiquity. A cri
tical analysis of Polybius' political ideas, Nueva York, 1954.
8 Polybiosinterpretationen, Heidelberg, 1966.
8l A. Díaz TEJERA, «Análisis del libro VI de las Historias de
Polibio respecto a la concepción cíclica de las Constituciones»,
Habis 6 (1975), 23-34.
82 PoLmio, VI 3, 5.
INTRODUCCIÓN 31
desordenado de la muchedumbre. Y es en esta corre-
lación donde se produce el fenómeno cíclico de las
constituciones y en la que se reproduce, no obstante, la
posibilidad de que el fenómeno cíclico, casi de tipo na-
tural, se interrumpa. Esta interrupción se efectúa
—observa Polibio— bajo presión racional, y entonces
provoca la constitución mixta: ésta viene a ser una
selección racional de lo mejor de las constituciones
consideradas perfectas $.
13. Polibio habla también de otro tipo de consti-
tución que llama «monarquía» o gobierno de uno solo
y que tiene lugar «espontánea y naturalmente». En ella
se constituye jefe el hombre que sobresale en fortaleza
física y en valor. Mas este tipo de constitución queda
un tanto desligado de la serie de seis y sirve para abrir
y cerrar el fenómeno cíclico. Polibio es muy claro en
este sentido: «la monarquía es el primer sistema que
espontánea % y naturalmente se establece». Y en otro
pasaje *, una vez que ha sobrevenido la oclocracia,
afirma: «se mantiene ésta —la oclocracia— hasta que,
sumida en una total degeneración salvaje, encuentra de
nuevo un amo y monarca». Es evidente que así el ciclo
se cierra: el final, el sistema de uno solo, es, a su vez,
el principio y viceversa y, en medio, un proceso rítmico
que consiste en la degradación de un régimen simple
seguido de la ascensión de otra forma simple origi-
naria. Y si se da la posibilidad de que este ritmo, casi
biológico, sea interrumpido por la razón, entonces
surge la constitución mixta.
83 Cf. Díaz TEJERA, art. cit., pág. 29.
84 Poio, VI 4, 7-11.
85 PoLiBi0, VI 4, 9.
32 HISTORIAS
D) Historia pragmática y método apodíctico
1. Polibio habla con frecuencia de historia pragmá-
tica. Y es de observar que no ha resultado fácil deli-
mitar con exactitud este sintagma. Los estudiosos par-
ten, en general, del pasaje IX 1, 2, donde se hace refe-
rencia a tres tipos de narraciones históricas: un tipo
que trata de genealogías, otro que trata de fundacio-
nes de colonias y otro que versa sobre las acciones
de los pueblos, los estados y personajes políticos. Este
último tipo es el que más atrae al hombre que se ocupa
de cuestiones de estado.
2. Pues bien, de los tres tipos, Polibio ha elegido el
último, y sobre él versa su quehacer histórico. De suer-
te que por historia pragmática ha de entenderse la
narración de las acciones que han llevado a cabo los
distintos pueblos y los distintos dirigentes. Y, claro es,
desde este punto de vista, la historia es útil, pues en-
seña cómo han actuado los personajes históricos y
cómo se han comportado los estados, tanto bajo el as-
pecto de éxitos como de fracasos. Por ello, resulta ex-
traño —comenta Polibio — que «los que escriben de
fundaciones callen la educación de los hombres que
manejaron los asuntos en general».
3. De nuevo observamos en Polibio un historiador,
no tanto descriptivo cuanto intérprete de la interacción
entre agente histórico y sus realizaciones, lo que per-
mite, a mi modo de ver, centrar y definir lo que Poli-
bio entiende por historia pragmática: «la narración de
los hechos políticos y militares encuadrados en cuanto
hechos, en la triple dimensión de modo, tiempo y causa
y bajo la dirección Y de una mente rectora».
86 X 21
87 Díaz TEJERA, Polibio, pág. LXXXIX. Y para más detalle,
INTRODUCCIÓN 33
4. De otra parte, el concepto de método apodíctico
también ha sido muy discutido. En principio hay que
decir que no se trata de historia apodíctica*%, sino
de método apodíctico. Pero, además, dicho método es
aplicado en la historia propia y ni siquiera en los dos
primeros libros que le sirven de introducción, pues en
éstos sólo se recuerdan por encima los acontecimien-
tos %. En cambio, en el libro 111 1, 3, cuando comienza
la verdadera historia, tras señalar cuál fue la función
de los dos primeros libros, dice que ahora intentará
exponer los hechos «con demostración». Por lo tanto,
la historia en su sentido más estricto requiere demos-
tración, no las biografías ni las narraciones someras.
Y si la verdadera historia consiste en enmarcar los he-
chos en las categorías de tiempo, modo y causa y, ade-
más, bajo un plano intelectual en cuanto operaciones
mentales y bajo qué tipo de constitución, parece con-
gruente deducir que el método apodíctico consiste en
demostrar que ese cómo y ese cuándo y esa causa y
esas operaciones mentales y esa constitución política
son las dimensiones que realmente dan razón y de-
muestran el fenómeno histórico.
E) La noción de Fortuna en la historiografía polibiana
1. Nuestro intento de presentar la concepción his-
toriográfica de Polibio como fruto de elaboración co-
herente y lógica parece derrumbarse con la noción de
Fortuna. Pues sorprende que, dentro de una dimensión
pragmática, apodíctica y etiológica de la historia, tenga
cf. K. E. PrrzoLT, Studien zur Methode des Polybios und zu
ihrer historischen Auswertung, Munich, 1960, págs. 3-20.
88 Este sintagma sólo aparece una vez en II 37, 3, y en un
contexto problemático.
39 Cf. WaLBANK, Commentary, I, pág. 8.
38. — 3
34 HISTORIAS
cabida un contenido como el de Fortuna que apunta a
una vertiente no racional. Sin embargo, la cuestión no
es tan sorprendente.
2. Mucho se ha discutido sobre este tema y desde
todos los ángulos. Aquí podríamos resumir las distintas
posturas a tres: a) La que sostiene * que Polibio atri-
buye a la Fortuna una entidad objetiva y personal y
determinante del destino humano. Casi un ser supremo;
algo parecido, como anticipación, al Dios cristiano que
rige el universo. Esta postura, sin duda radical, es sua-
vizada por Von Scala*! en el sentido de que, si bien
admite ese poder personal de la Fortuna, lo circuns-
cribe a la influencia de Demetrio Falereo, pero que
después, bajo influencia romana, la noción de Fortuna
queda relegada a un azar caprichoso. b) La segunda
postura defiende el extremo opuesto: que para Polibio
la Fortuna no es más que un término de expresión 2
cómoda o, a lo sumo, representaría lo contingente y
desconocido del fenómeno histórico % o, con palabras de
A Rover”, «sería la X de la historia». c) Por último, se
da una tercera postura, la más moderna y que, en reali-
dad, es una postura de compromiso y dualista. Se apoya
esta postura en un pasaje de Polibio del libro XXXV
17, donde se dice que debe atribuirse a la Fortuna y a
la Divinidad lo que queda fuera de la mente y de la
previsión humanas. Y se ofrecen dos ejemplos: uno, los
fenómenos naturales, y otro, la rebelión de los mace-
9% Cf,, entre otros, HIRZEL, Untersuchungen zu Cicero's phi-
losophischen Schriften, Leipzig, 1881, 11, págs. 847-907, y E. G.
SHILER, «Polybius of Megalopolis», AJPh. 48 (1927), 31-81.
91 R. von ScaLa, Die Studien des Polybios, Stuttgart, 1890,
páginas 174 y sigs.
2 G. DE Sancris, Storia dei Romani, WI, 1: La Fortuna
secondo Polibio, Turín, 1907-1923, págs. 213-215.
9 HERCORD, La Conception, págs. 121-122.
9% «Tyche in Polibio», Convivium 24 (1956), pág. 286.
INTRODUCCIÓN 35
donios bajo un falso Filipo. El propio Polibio, quizá
sin percatarse de ello, provoca un dualismo en la no-
ción de Fortuna.
3. Así lo interpreta Mioni% cuando habla de la For-
tuna como naturaleza de un lado, y de la Fortuna
como lo desconocido, de otro. Igualmente, Siegfried *,
al distinguir el autómaton absoluto y el autómaton
relativo. En la misma línea, Walbank * sostiene que
unas veces la Fortuna significa azar y casualidad, y otras,
un poder superior que determina los hechos históricos.
Por último Pédech *%, con más finura, observa que, en
unas ocasiones, la Fortuna adquiere una función fina-
lista % y, en otras, adquiere la misión de llenar los
vacíos que las otras formas de causalidad, individuos
y constituciones, dejan en la argumentación de los he-
chos. Se carga, entonces, del contenido de «causa 100
adyuvante».
4. Como puede observarse, los distintos análisis
no presentan una solución convincente de la noción de
Fortuna. Por mi parte '!, he desarrollado un intento de
síntesis y de explicación. En resumen, mi tesis es la
siguiente: en primer lugar, que hay que partir de la
propia opinión de Polibio sobre la Fortuna, cuando
dice que «quiere tratar sobre la cuestión de la For-
tuna en cuanto el género de historia pragmática lo
permite». Y añade en el texto citado '? que es lícito
recurrir a la Fortuna sólo cuando el hombre, en cuan-
95 PoLxBLO, pág. 145.
% Studien zur geschichtlichen Anschauung des Polybios, Leip-
zig, 1928, págs. 28 y sigs.
sn Commentary, págs. 16-26.
9 La Méthode, págs. 337-343.
2 PoLimro, 1 4, 1.
100 PoLiBro, XXXI 25, 10.
101 Díaz TEJERa, Polibio, pág. XCVITI.
102 Poio, XXXVI 17.
36 HISTORIAS
to tal, no puede captar las causas de un hecho o, con
otras palabras, cuando la explicación de los aconte-
cimientos caen fuera de las operaciones mentales.
Luego la Fortuna no contradice el principio de causa-
lidad sino, por el contrario, lo presupone.
5. En segundo lugar, el contenido de la Fortuna
puede manifestarse en forma adjetival. Esto es, que
en una empresa bien calculada y meditada, por tanto
bajo el análisis racional, un pequeño accidente o su-
ceso puede aparecer «inesperadamente» y «de forma
casual». Aníbal, un personaje que opera racionalmente
y prototipo histórico para Polibio, sitiaba Capua; de
repente, levanta el asedio y marcha sobre Roma y
acampa cerca de la capital '%, Pero en el día fijado para
atacar la ciudad, entran Gneo Fulvio y P. Sulpicio con
una legión. De este hecho dice Polibio que «fue una
coincidencia inesperada y casual». Aníbal había sopesa-
do los mínimos detalles y en función de sus operacio-
nes mentales se desarrollaban los hechos históricos.
Mas una sombra en esa claridad racional hecha por
tierra sus propósitos y su realización. Luego también
ese hecho casual, inesperado, no calculado, desde el
punto de vista objetivo, funciona como causa. La For-
tuna actúa, pues, aquí como factor histórico, pero de
forma adjetiva y no total.
6. En tercer lugar, que la Fortuna puede reali-
zarse no en un suceso aislado y, por tanto, adjetival,
sino que puede trascender el proceso histórico en su
conjunto. En ese caso, la Fortuna se substantiva y
adquiere misión totalizadora de causa indeterminada
de la realidad, que el hombre no acaba de compren-
.der. La empresa de Roma en su total complejidad,
incluida la propia existencia de Roma y por qué en ese
103 PoLrBrO, IX 5, 6-9.
INTRODUCCIÓN 37
tiempo y no en otro, queda fuera de la causalidad hu-
mana pero no, obsérvese, de la realidad histórica.
7. La Fortuna, pues, sustituye la imposibilidad ra-
cional del hombre, ya de forma adjetival, ya substan-
tiva. Pero del hecho de que el agente histórico o el
historiador ignoren la razón de la presencia de un
acontecimiento, no se desprende que ese acontecimien-
to no funcione como causa en el plano objetivo de la
realidad. La noción de Fortuna, por tanto y aunque pa-
rezca paradójico, sólo tiene sentido en una concep-
ción intelectualista de la historia. Es el caso de Polibio.
F) El concepto de historia universal
1. Polibio plantea, en varias ocasiones, la distinción
entre historia universal e historia particular, como
puede ser la de las monografías. Y, por supuesto, con-
sidera de mayor utilidad y más científica la historia
universal. El autor 14 lo expresa con un símil: así como
no es posible contemplar la belleza y lozanía de un
cuerpo viviente, viendo sólo sus miembros, del mismo
modo el conocimiento de las partes de la historia sólo
procura una noción, no una ciencia. No es extraño,
pues, que Polibio critique a los autores de crónicas
locales e, incluso, a aquellos que, pese a extenderse en
el tiempo y en el espacio, presentan los hechos des-
conexos y aislados.
2. A mi modo de ver, deben distinguirse dos no-
ciones básicas en el concepto de historia universal en
Polibio. De una parte, lo universal en cuanto los pro-
pios acontecimientos abarcan la zona espacial conocida
o, al menos, influyente en ese momento y se entretejen
mutuamente. De otra, lo universal en cuanto categoría
formal histórica y propia de la sagacidad del historia-
104 Porro, 1 4, 7, y MI 1, 7.
38 HISTORIAS
dor para descubrir aquellos factores que proporcionan
unidad y conexión.
3 Respecto al primer aspecto de realidad objetiva,
el propio Polibio es consciente. Observa !% que antes del
año 220 a. C. los acontecimientos del mundo habitado
se producen desligados, pues en Occidente se enfrentan
Roma y Cartago, mientras que en Oriente se producen
la guerra de los aliados y la lucha por la Celesiria. Son
dos zonas espaciales que tienen su órbita propia, aun-
que se da una primera aproximación cuando Roma
pasó a lliria 1%, Con todo, dentro de cada órbita, Poli-
bio procura encadenar los acontecimientos: la primera
guerra púnica tiene su origen!” en la conquista de
Italia por Roma; ésta, a su vez, produce la guerra de
los mercenarios en Cartago y ésta, asimismo, incita
a los romanos a conquistar Cerdeña, lo que enciende
el odio que desemboca en la segunda guerra púnica.
4. En Grecia, mientras tanto, la rivalidad entre
ambas Ligas, la de aqueos y etolios, da lugar a la guerra
de Cleómenes, y ésta obliga a una alianza entre aqueos
y macedonios '%, Mas, a partir de aquí, ambas órbitas
se cruzan y los acontecimientos se entretejen como «un
todo orgánico». La expresión de esta conexión se en-
cuentra en el discurso de Agelao en la conferencia de
Naupacto !”, Advierte Agelao que los griegos deben «evi-
tar las luchas intestinas y percatarse del peligro que
se avecina desde Occidente, pues sea el vencedor Roma
o Cartago, no se conformará con sus límites». Estas
palabras iban dirigidas fundamentalmente a Filipo de
Macedonia y tuvieron la virtud de adivinar los puntos
105 PoLimro, I 4, 2.
106 PoLimio,-11 12, 7, y sobre todo, K. E. PEIZOLT, Ob. cit.,
páginas 93-100.
107 Poumro, 1 6, 7; 12, 7.
108 Polo, II 37, 8.
109 PoLrBr0o, V 104.
INTRODUCCIÓN 39
concretos en los que había de producirse la conexión
histórica y universal del momento.
5. Respecto al segundo aspecto, Polibio capta,
desde muy pronto, que los acontecimientos que se
producen en el período narrado en su obra penden de
dos factores básicos que le permiten contemplar de
«forma sinóptica» 1 los hechos históricos. De un lado,
la Fortuna, la voluntad ciega de la propia realidad
histórica, que dirigió casi todos los acontecimientos
hacia una sola parte y a todos inclinó hacia un único
y mismo fin'!, De otro, Roma, que, dotada de una
constitución política excelente y con hombres reflexi-
vos y llenos de ideas, camina casi inexorablemente
hacia el éxito total. Conexión, pues, de los hechos his-
tóricos y mirada sinóptica constituyen las dos carac-
terísticas fundamentales del concepto de historia uni-
versal en Polibio.
G) Las fuentes de la historiografía polibiana
1. Esta cuestión es harto difícil. Parece evidente
que Polibio utilizó fuentes literarias, documentos ofi-
ciales y archivos. Pero cuáles y en qué medida, es
tema en el que no hay ni seguridad ni unanimidad
entre los estudiosos. Como observa Walbank'%, «la
vasta literatura que existe sobre las fuentes de Poli-
bio es quizá desproporcionada respecto a los resulta-
dos conseguidos».
2. Mas de lo que no cabe duda es de que Polibio
tenía, incluso, un criterio personal en el uso de esas
fuentes. Un pasaje del libro XII es elocuente en este
110 PoLIBIO, 1 4, 2.
1 Porxmio, 1 4, 1.
12 Commentary, 1, pág. 26.
40 HISTORIAS
sentido. Dice!'3 así: «como la medicina, la historia
pragmática comprende también tres elementos: el pri-
mero consiste en la información por las fuentes escri-
tas y la yuxtaposición del material de las mismas; el
segundo, en la visita a las ciudades y a los países para
conocer los ríos y los puertos y, en general, las peculia-
ridades y la distancia de tierra y mar, y el tercero se
aplica a la actividad política».
3. Se me antoja que así es como procedió Polibio
y así es como se debe enfocar el análisis de las fuentes
polibianas. Que Polibio utilizó fuentes literarias es claro *
y, sobre todo, para los dos primeros libros. Sin duda
Arato de Sición, fundador de la Confederación aquea
y que escribió sus Memorias en treinta libros, así como
Filarco, autor de una historia de Grecia y Asia en
veintiocho libros y que abarcaba el período que va
desde 272-220, constituyeron una fuente para los asun-
tos de Grecia '*, Igualmente, Fabio Pictor, que mues-
tra una predilección por la tradición romana, y Filino
de Agrigento que, por el contrario, descubre simpatía
por Cartago, debieron servir de antecedentes históricos
para la narración de los asuntos de Occidente. Desde
luego, Polibio se inclina más por Fabio que por Filino.
No obstante, se torna difícil saber, con exactitud, lo
que Polibio toma de uno o de otro. Los autores 15, en
este punto, difieren mucho, aparte de que casi todos
admiten que Polibio utilizó otras fuentes literarias.
4. Porque, en efecto, no resulta sorprendente el
que tomara noticias e información de Timeo, sobre
todo en lo relativo a Hierón !S, pese a que Polibio
113 PoLiro, XII 25 e.
114 PoLiBr0, 11 56, 2; 47, 11.
15M, GELZER, «Rómische Politik bei Fabius Pictor», Hermes
68 (1933), 129-166, P. PénecH, «Sur les sources de Polybe: Polybe
et Philinos», REtAn 54 (1952), 246-266.
116 Porisr0, 1 8, 3-9.
INTRODUCCIÓN 41
muestra cierta aversión hacia él. En la misma línea
pudo utilizar a Éforo, de quien tomó, al menos, la idea
de historia universal y la de dedicar un libro a la geo-
grafía 1
5. A partir del libro 11 y, concretamente, respecto
a la segunda guerra púnica, se acepta que, por el lado
romano, siguieron siendo fuente principal 1% Fabio Pic-
tor y L. Cincio Alimento que, pretor en Sicilia en 210/9
y prisionero !'* de Aníbal, escribió una historia de Roma
desde sus orígenes. Por el lado cartaginés, además del
ya citado Filino, también Sósilo!" de Lacedemonia,
que, según Diodoro *!, narró en siete libros las empre-
sas de Aníbal. Quizá Sileno de Calacte, como testigo
ocular de las hazañas de Aníbal, pudo informar direc-
tamente a Polibio *?,
6. De otra parte y ahora no referente a la guerra
anibálica, cabe suponer que Polibio conoció la obra
de C. Acilio, que escribió en griego una historia ro-
mana desde sus comienzos !% hasta el año 184, pese a
los reparos de Walbank '%, Asimismo, A. Postumio Al-
bino, autor de una historia pragmática '%. Éstas son
las líneas principales de las fuentes literarias. Mas debe
observarse que Polibio asume, frente a las fuentes,
una postura crítica y nunca de yuxtaposición textual.
Baste comparar las opiniones de Fabio y también las
de los historiadores de Aníbal sobre las causas de la
segunda guerra púnica, para comprender su modo de
117 PoLiBro, V 33, 2.
118 PoLxmro, 1 8, 1.
119 T, Livio, XXI 38, 3.
122 Porro, III 20, S.
2 XXVI 4.
122 Cf. WALBANK, Commentary, I, pág. 28, y MIoN1, Polibio,
página 121.
123 CICERÓN, De los Deberes 111 32, 1, 5; T. Livio, XXV 39.
124 Commentary, 1, pág. 29.
125 Porro, XXXIX 1.
42 HISTORIAS
operar. Para aquéllos, la causa fundamental fue el
ataque a Sagunto y la ambición de Asdrúbal y Aníbal.
Para Polibio, en cambio, es precisamente la primera
guerra púnica, con sus secuelas de odio en los carta-
gineses y de ambición en los romanos, sobre todo con
la toma de Cerdeña 1,
7. De otro tipo son las fuentes de los diversos tra-
tados, grabados en placas de bronce. Se hallaban éstas
en el tabularium de los ediles curules sobre el Capito-
lio. No debe dudarse de que Polibio consultó estos
tratados, pues son los únicos textos oficiales que cita
literalmente !”, Cierto es que, al respecto, ha surgido
la dificultad de que el tratado de 212 entre romanos
y etolios, cuyo texto se ha encontrado en Acarnania,
no coincide con la versión que trasmite Livio, tomada
al parecer de Polibio *%, La dificultad sería, en verdad,
grave, si el texto fuera el del propio Polibio.
8. Igualmente puede aceptarse que Polibio consultó
los Annales Maximi del pontífice Máximo, pese a que
su publicación, a cargo de P. Mucio Escévola, debió
de ser hecha entre 131-114. Y, por supuesto, pudo exa-
minar los archivos privados '* de los Escipiones: Po-
libio cita! la copia de dos cartas del Africano, una
enviada al rey Filipo y otra al rey Prusias 3,
9. Mucho más dudoso resulta el que Polibio con-
sultara los archivos aqueos. El pasaje XXI1 9-10, donde
se describe con demasiado detalle una asamblea de
la Liga aquea, podría apoyar una respuesta afirmativa.
126 PoLiro, HIT 6, 1 y 9, 6.
127 A. Díaz TEJERA, «En torno al tratado de paz de Lutacio
entre Roma y Cartago», Habis 2 (1971), 109-126.
128 Cf. discusión en PébecH, La Méthode, pág. 383.
122 R. LAquEUR, Polybius, Leipzig, 1913, págs. 126-146.
130 X 9, 1.
131 XXI 8.
INTRODUCCIÓN 43
Son muchos los autores Y? que defienden esta tesis.
Sin embargo, el argumento a favor es débil; pues, de
un lado, ese calor en la descripción, tratándose de la
Liga aquea, puede explicarse de la propia vida fami-
liar de Polibio 3 y, de otro, una respuesta afirmativa
obligaría a admitir que Polibio escribió su obra después
del año 146, lo que contradice lo defendido anterior-
mente %%,
10. Más problemático todavía resulta aceptar que
el historiador griego consultó los archivos rodios y los
archivos del Senado romano. En el primer caso, el
pasaje XVI 15, 8, donde Polibio critica a Zenón y a
Antístenes por considerar éstos que fueron los rodios
los vencedores en la batalla de Lade, «según —dice—
se conserva en el Pritaneo de los rodios», no permite,
sin más, claro es, una postura positiva. Respecto al
segundo caso, la información de las sesiones del Senado
podría haberla recibido Polibio del círculo de los Esci-
piones sin necesidad de una consulta directa. Que ésta
le estuviera permitida, no es extraño, pero no hay in-
dicio alguno que lo pruebe.
II. TRANSMISIÓN DEL TEXTO DE LAS «HISTORIAS» DE
POLIBIO
A) Tradición manuscrita
1. De Polibio, como es normal en una obra de la
antigiiedad, se dispone de citas de autores clásicos,
algunas de interés, como la de Ateneo, porque indican
el número del libro del que han sido tomadas. De otra
parte, los papiros han sido poco generosos con Poli-
132 Cf. MioN1, Polibio, pág. 123 y bibliografía.
133 Cf. aquí págs. 7 y sigs.
134 Cf. pág. 22.
44 HISTORIAS
bio: el más importante es el Pap. Berlin 9570, editado
por U. Wilcken y que apoya conjeturas antiguas. Pero
el texto de la obra histórica de Polibio nos ha llegado
fundamentalmente a través de manuscritos. Y se im-
pone señalar que sobre la tradición manuscrita de
Polibio se cuenta con un libro de J. M. Moore 'S, que
analiza todos los problemas al respecto, con especial
atención a la mutua relación entre las distintas fami-
lias y, dentro de éstas, de los diferentes manuscritos.
2. Pues bien, dentro de la tradición manuscrita
cabe conformar tres grupos diferenciados, no ya por
su contenido, sino también por su procedencia. El pri-
mer grupo lo constituyen los manuscritos que contie-
nen íntegros los cinco primeros libros. Los más impor-
tantes son: Vaticanus Gr. 124 (A), del siglo x: se trata
de un magnífico manuscrito en pergamino; Londinensis
Gr. 11728 (B), del siglo xv, y procede directamente del
anterior; Monacensis Gr. 157 (C), que, sobre base pa-
leográfica, ha sido fechado en el siglo xv y gusta de
correcciones propias; Monacensis Gr. 388 (D), del si-
glo XIv, que fue colacionado con la edición príncipe;
Parisinus Gr. 1648 (E), de hacia finales del siglo XIV;
Vaticanus Gr. 1005 (Z), de finales del siglo xIv, del que
he colacionado 1% la parte dedicada al libro 1, y lo he
utilizado en mi edición: Vindobonensis Phil. Gr. 59 (D,
un manuscrito excelente del siglo xv: sólo contiene el
libro 1 y no completo, y la parte final del V 94, 9-111-10.
También lo he colacionado 1? y ha sido utilizado en mi
edición. Este grupo, del que existen otros manuscritos
135 The manuscript tradition of Polybius, Cambridge, 1965.
Al respecto, cf. mi reseña en Emerita 34 (1966), págs. 219 y sigs.
Asimismo, mi artículo «Análisis de los manuscritos polibianos
Vaticanus Gr. 1005 y Vindobonensis Gr. 59 y de sus aportacio-
nes al libro 1 de las Historias», Emerita 35 (1968), 121-147.
136 Cf. Díaz TEJERA, art. cit., pág. 121.
137 Díaz TEJERA, art. cit,
INTRODUCCIÓN 45
muy recientes 1%, es dividido en dos secciones: una,
los manuscritos A y B, con escolios, y otra, C DEZJ,
sin escolios, y que recibe el nombre de tradición bi-
zantina.
3.' El segundo grupo lo forman aquellos manuscri-
tos que derivan de un florilegio antiguo con extractos
de los dieciocho primeros libros. A todo este grupo se
le denomina excerpta antigua. Entre todos los códices
sobresale el Urbinas 102 (F), quizá del siglo X, que es
el único manuscrito que contiene extractos de los li-
bros I-XVIII. Ninguno de los demás transmite frag-
mentos de los cinco primeros libros, y de aquí que el
nombre de excerpta antigua se aplique, en general, a
aquellos manuscritos que contienen fragmentos a partir
del VI hasta el XVII *. Con todo, no existe homoge-
neidad en este grupo, hasta el punto de que se lo di-
vide en tres apartados: a) los manuscritos que con-
tienen extractos de los libros VI-XVITI. Entre ellos, por
citar algunos '*, además del Urbinas 102, ya menciona-
do, están el Monacensis Gr. 338 (D), que tiene la par-
ticularidad —y, por eso, fue incluido en el primer gru-
po— de que transmite íntegros los cinco primeros
libros. Lo mismo ha de decirse del Mediceus Lauren-
tianus Gr. 699 (G). La diferencia entre el D y G consiste
en que el D está escrito de la misma mano, mientras
que el G presenta distinta mano a partir del VI. Por
último, debe añadirse el Parisinus Bibl. Nat. Gr. 2967,
posiblemente del siglo xv. b) Este apartado lo compo-
nen aquellos códices que transmiten extractos de los
libros VII-XVIITI, pero omiten ' los del libro VI. Son
138 Cf. SCHWEIGHAEUSER, Polybii «Historiarum» quidquid su-
perest, Oxford, 1822, pág. 109.
139 MOORE, ob. cit., pág. 55.
140 La lista completa, en MOORE, Ob. cit., págs. 56 y sigs.
141 Cf. MOORE, ob. cit., pág. 74.
46 HISTORIAS
un total de trece y se les asigna la letra G con subíndice
numérico. Entre ellos se encuentra un Matritensis
Gr. 4741, del siglo xv1. c) El tercer apartado lo forman
los manuscritos que ofrecen extractos de los libros VI,
XVIII y X, por este orden. Son un total de trece. Se
los designa con la letra H seguida de subíndice numé-
rico. Los más básicos son Mediceus Laurentianus 80,
13 (H), Marcianus Gr. VIT (H) y Leidensis Gr. 2 (H).
4. Como se sabe, la edición príncipe de los libros
VIXVIIT fue publicada por Hervagen, en Basilea, en
el año 1549. Se admite, aunque con ciertas dificultades,
que esta edición tuvo como fuente un manuscrito es-
curialense, numerado VIB6, perdido en el incendio de
1671. Si es así, lo que es previsible, la edición herva-
giana sería un superviviente del manuscrito escuria-
lense. De otro lado, conviene señalar que existen ma-
nuscritos 1% que contienen pequeñas partes de los ex-
cerpta antigua. Entre ellos se cuenta con un Scorialen-
sis Y-I1I-10, posiblemente del siglo XVII y que presenta
tres manos diferentes, correspondientes a los distintos
extractos.
5. Finalmente, llegamos al tercer grupo, denomi-
nado excerpta constantiniana. Es la fuente principal
para los libros XX-XXXIX, pues del XIX y XL no
queda nada, salvo citas de autores antiguos. Estas
compilaciones se hicieron por encargo de Constantino
Porfirogéneta y abarcaban a los historiadores antiguos.
Se dividieron en cincuenta y tres títulos, de los que
sólo han sobrevivido seis: De uirtutibus et uitiis, De
sententiis, De insidiis, De stratagematis, De legationibus
gentium ad Romanos y De legationibus Romanorum ad
gentes. Cada uno de esos títulos está representado por
uno o varios manuscritos: a los extractos De uirtutibus
et uitiis los representa el manuscrito Turonensis 980
182 Cf. MOORE, ob. cit., págs. 109 y sigs.
INTRODUCCIÓN 47
(P); a los extractos De sententiis, el Vaticanus Gr. 73
(M), un palimpsesto descubierto a principios del siglo
pasado por Angelo Mai, del siglo X. Es muy importante,
porque también contiene extractos de todos los libros
anteriores, lo que permite configurar, en comparación
con los otros códices, toda la tradición manuscrita
de Polibio. Los extractos De insidiis los transmite el
Scorialensis 111 (Q), de primera mitad del siglo XVI:
para la edición de este título sólo se cuenta con este
manuscrito, pues el otro, un Parisinus, está muy in-
completo. Los extractos De stratagematis se encuentran
en un Parisinus Gr. 607 (T), de hacia el siglo X.
6. Mayor complejidad ofrecen los extractos De
legationibus. Se acepta que tanto los manuscritos de
«las delegaciones de los romanos ante los pueblos»
como de las de «los pueblos ante los romanos» proce-
den de un manuscrito Scorialensis 1.4, perdido en el
incendio ya mencionado de 1671. Aparte esta noticia,
varios son los manuscritos 14 que contienen los extrac-
tos De legationibus gentium ad Romanos: entre ellos
un Scorialensis RIII21, que debe ser completado con
el Scorialensis RIIT13, pues transmite lo que falta a
aquél. Asimismo, son varios los que ofrecen los extrac-
tos De legationibus Romanorum ad gentes, y también
aquí se dispone de un Scorialensis RIIT14.
B) Ediciones y traducciones
1. Dada la complejidad en la transmisión manus-
crita de la obra de Polibio, no es de extrañar que a
la edición completa de las Historias, precedieran edi-
ciones parciales, acompañadas de todo tipo de dificub
tades y deficiencias. En realidad, hasta la edición de
Isaac Casaubon, dada en París, en 1609, no puede afir-
143 Cf. MOORE, ob. cit., pág. 140.
48 HISTORIAS
marse que Polibio dispone de una edición más o menos
completa.
2. Antes, en 1530, Vicente Heinecker, más conocido
con el nombre de Obsopeo, editó los cinco primeros
libros y añadió, al final, la versión latina que había
confeccionado Nicolás '* Perotti. Años más tarde, en
1549, en Basilea, Juan Hervagen amplió el texto de
edición hasta el libro XVII. Hasta el XV lo tradujo
Nicolás Perotti. Por primera vez se editan los extractos
antiguos y, según hemos indicado, el manuscrito que
sirvió de base fue el Scorialensis VIB6. Poco después,
comienza, en parte, la edición de los extractos constan-
tinianos, por separado, según los títulos: los primeros
fueron los De legationibus, a cargo de Fulvio Orsini.
Debe decirse que los manuscritos sobre los que Or-
sini se basó pertenecieron al arzobispo de Tarragona,
Antonio Agustín, en los que éste había anotado al mar-
gen importantes observaciones y que Orsini utilizó sin
mencionarlo.
3. Por entonces aparece la edición de Casaubon,
que aprovecha las ediciones parciales anteriores, aña-
de una nueva versión latina y confecciona una si-
nopsis cronológica. Pero lo importante es señalar que,
para los extractos antiguos, utiliza el manuscrito Ur-
binas 102 (F). Con todo, Polibio no era editado com-
pleto: faltaban otros títulos de los extractos constan-
tinianos. Henri de Valois publicó los de De uirtutibus
que luego recoge Jacob Gronov en una edición en tres
volúmenes, publicada en 1670 y reimpresa en Leipzig
en 1764. Por la misma fecha, 1763-4, ve la luz la edición
de Ernesti, sin novedad textual alguna, aunque sí con
un interesante glosario. Mas mención aparte merece la
edición de Schweigháuser, en ocho volúmenes, publi-
cada en Leipzig en 1789-1795. Lleva traducción —la de
144 Cf. SCHWEIGHAEUSER, Ob. cit., pág. 74.
INTRODUCCIÓN 49
Casaubon corregida—, un amplio comentario y un lé-
xico que, aunque no completo, ha sido el único hasta
estos años en que está en vías de publicación el ex-
celente de Mauersberger. En honor de Schweigháuser
hay que hacer notar que todos los estudios posterio-
res que sobre Polibio se han hecho dependen en gran
medida de esta edición.
4. Todavía la edición de Schweigháuser no es com-
pleta. Posteriormente a ella se editan los extractos De
sententiis, De insidiis, y De stratagematis. Estas edicio-
nes parciales despiertan la conciencia de que Polibio
necesita una edición íntegra y total. Primero aparece
la de F. Diibner, patrocinada por la casa Didot, en París
y en 1839. Luego, la de Bekker, en Berlín, en 1841.
Poco más tarde, la de Dindorf en la colección Teubne-
riana, en cuatro volúmenes, Leipzig, 1866-68. Esta edi-
ción, corregida y muy mejorada por Biittner-Wobst,
aparece de nuevo en cinco volúmenes en 1882-1905, y
todavía los volúmenes 1-11 son perfecccionados en su
aparato crítico en 1922-24. Para Weidmann, Hultsch rea-
liza una edición en cuatro volúmenes, Berlín, 1867-72,
que a mí me parece un modelo de trabajo. Con obser-
vaciones muy pertinentes se reeditan los volúmenes 1-II
en los años 1888 y 1892, respectivamente.
5. A partir de las ediciones de Biittner-Wobst y de
Hultsch, el texto de las Historias de Polibio ha quedado
fijado en su totalidad en relación, naturalmente, con
la transmisión de los manuscritos. Pese a ello, ha de
añadirse, dentro de la Loeb Classical Library, la de
W. Paton, con traducción en seis volúmenes y que ya
lleva tres ediciones: la primera apareció en 1922. El
texto griego sigue el elaborado por Biittner-Wobst. En
vías de publicación, la fundación Budé lleva a cabo la
edición de la obra polibiana a cargo de dos especia-
listas, P. Pédech y J. de Foucault. Esta edición utiliza
ya el manuscrito Vaticanus Gr. 1005 (Z). En España,
38. —4
50 HISTORIAS
la Fundación Bernat Metge ha editado con traducción
en catalán los cinco primeros libros, a cargo de A. Ra-
mon y Arrufat, en 1929. Esta edición continúa hoy día
bajo la responsabilidad de M. Balasch, que ya ha pu-
blicado hasta el libro XII. El texto sobre el que se
apoya es, asimismo, el de Biittner-Wobst. Por último,
la Colección Hispánica, Alma Mater, ha iniciado una
edición a cargo de Díaz Tejera, de la que sólo ha sido
publicado un tomo que contiene parte del libro 1. Esta
edición utiliza por primera vez el manuscrito Vindobo-
nensis Phil. Gr. 59 (J).
6. En cuanto a traducciones, dejando a un lado
las ya citadas por ser a su vez ediciones, indicamos la
de Evelyn S. Shuckburgh, The Historiae of Polybius,
dos vols., Bloomington, 1889. Esta traducción se ha
reeditado en 1962 con una introducción de Walbank,
En París, y en 1921, Pierre Waltz ha traducido a Poli-
bio en cuatro volúmenes. En Italia, G. B. Cardona, en
dos volúmenes y en los años 1948-49, ha realizado una
buena traducción acompañada de numerosas noticias
sobre la transmisión manuscrita. En Alemania se cuen-
ta con la de Hans Drexler, en dos volúmenes, editada
en Zurich en 1961; aparte la traducción en sí, que es
excelente, al final se ofrece un índice de los aspectos
históricos más interesantes. En España existe una tra-
ducción de Ambrosio Ruy Bamba, helenista del si-
glo XvIIL, cuyo título es así: Historia de Polibio Mega-
politano, traducida del griego por D. Ambrosio Rui (sic)
Bamba, Madrid, en la Imprenta Real, MDCCLXXXVIIT.
Se reeditó en 1914. La traducción sigue la edición de
Juan Pablo Krauss, hecha en 1764.
A. Díaz TEJERA
ROCA
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F, W. WaLBANkK, A historical Commentarv on Polwbius, I-II,
Oxford, 1957, 1967, 197...
LIBRO 1Il
En el primer libro de la obra
tomada en su conjunto, es decir,
Finalidad de la obra el tercero anterior a éste, deja-
mos claro que establecíamos
como principio de nuestro trata-
do la Guerra Social, la Anibálica y la de Celesiria: en
el mismo libro expusimos, igualmente, las causas que
nos hicieron componer los librós precedentes, remon-
tándonos a tiempos anteriores a estos sucesos. Ahora
intentaremos exponer científicamente las guerras cita-
das, las causas por las que surgieron y alcanzaron tan
gran extensión; pero antes hablaremos brevemente
acerca de mi trabajo!.
El tema sobre el que intentamos tratar es un único
hecho y un único espectáculo, es decir, cómo, cuándo
y por qué todas las partes conocidas del mundo cono-
1 Polibio considera que en este tercer libro empieza su
verdadero trabajo personal. La guerra de los aliados ocupa la
mayor parte del libro cuarto y buena parte del quinto. La ani-
bálica es la segunda guerra púnica, como ya se ha notado re-
petidamente, que llena buena parte de este libro tercero. La
guerra de Celesiria es la cuarta guerra entre Antíoco III el
Grande y Ptolomeo Filopátor. En cuanto a la fecha de inicia-
ción, hay discordancia: mientras JULES DE FOUCAULT, en su edi-
ción del tercer libro de Polibio, París, 1971 (citado desde ahora
Foucau£r, Polybe, 1D), pág. 30, la pone en el 219, BENGTSON,
Geschichte, pág. 368, la sitúa entre los años 221/217.
10
2
272 HISTORIAS
cido han caído bajo la dominación romana. Ésta tiene
un principio conocido, una duración delimitada y un
resultado notorio, de modo que creemos que va a ser
útil recordar y recapitular brevemente las partes prin-
cipales de este período, ordenadas de principio a fin.
Es de suponer que así, más que de otro modo, se pro-
porcionará a los estudiosos una visión adecuada del
conjunto de nuestra empresa. En efecto, dado que el
espíritu progresa mucho si desde el todo llega al co-
nocimiento de los asuntos en detalle, y mucho también
si desde éstos avanza en el conocimiento de la tota-
lidad, creemos que el mejor método y visión es el que
se hace desde ambas perspectivas. Por ello trazaremos
un esquema preliminar de nuestra historia de acuerdo
con lo apuntado.
Ya hemos señalado la forma y los límites de esta
investigación ?. Por lo que se refiere a los hechos con-
cretos ocurridos en ella, se empezará por las guerras
ya citadas, y su final coronamiento lo constituirá la
destrucción del reino de Macedonia; el tiempo abar-
cado son cincuenta y tres años3, período que com-
prende acciones tan numerosas y de tanta envergadura
que, en un lapso igual de tiempo, no se han dado jamás
en épocas anteriores. Tomando como punto de partida
la Olimpíada ciento cuarenta *, en la exposición se se-
guirá el orden siguiente:
Tras exponer las causas por las que estalló la gue-
rra ya citada entre cartagineses y romanos, llamada
Anibálica, se describirá la invasión de Italia por parte
de los cartagineses, cómo 'arruinaron la dominación
romana e infundieron a aquéllos un gran temor por
2 Al principio mismo de la obra, 1 1, 54.
3 En los años 210/168.
4 Comprende los años 220/216. Es de notar que los libros
XXII y XXIII de Trro Livio reproducen casi literalmente este
tercero de Polibio.
LIBRO III 273
sus vidas y por los fundamentos de su patria, mien-
tras que los mismos cartagineses llegaron a abrigar
grandes e imprevistas esperanzas de tomar por asalto
la misma ciudad de Roma.
A continuación intentaremos explicar cómo, en esta
época, Filipo de Macedonia* libró una guerra contra
los etolios, tras la cual dispuso los asuntos de Grecia
y se lanzó a compartir las esperanzas de los cartagi-
neses. Antíoco y Ptolomeo Filopátor andaban a la
greña y, al final, estalló entre ellos una guerra por la
posesión de Celesiria %. Los rodios y Prusias declararon
la guerra a los bizantinos y les forzaron a cesar en el
cobro de peaje a los que navegaban hacia Ponto”.
Aquí detendremos nuestra exposición y trataremos
de la constitución romana $; demostraremos luego que
las características de esta constitución contribuyeron,
al máximo, no sólo a que los romanos dominaran Ita-
lia y Sicilia, sino también a que extendieran su imperio
a los iberos y a los galos ?, y además a que, tras derro-
tar militarmente a los cartagineses, llegaran a concebir
el proyecto de dominar el universo.
Paralelamente a todo ello aclaremos, en una di-
gresión, el derrocamiento de la tiranía de Hierón en
Siracusa , Enlazaremos con estos temas los distur-
bios ocurridos en Egipto, la coalición, efectuada tras
la muerte del rey Ptolomeo, de Antíoco y Filipo para
repartirse el imperio legado al joven príncipe heredero,
5 Filipo V de Macedonia.
6 La Celesiria es una pequeña región situada entre las cor-
dilleras del Líbano y del Antilíbano.
7 Esto se narra en el libro IV 31-37.
3 Ya se ha dicho más arriba, en una nota, que este estudio
se verifica en el libro sexto. El lugar es, exactamente, VI 11-18.
9 La narración polibiana de la campaña romana en la Galia
no nos ha llegado.
10 Cf. VII 28, y VINIL 3-7 y 37. De los disturbios de Egipto
no nos queda nada en los extractos restantes de Polibio.
22 12
274 HISTORIAS
y cómo empezaron las insidias y manejos de Filipo
contra Egipto, Caria y Samos, y las de Antíoco contra
Celesiria y Fenicia.
A continuación, tras una recapitulación !! de las ope-
raciones de romanos y cartagineses en España, en
África y en Sicilia, desplazaremos nuestra exposición
a tierras de Grecia, con los grandes cambios que allí
hubo. Narraremos las batallas navales de AÁtalo y de
los rodios contra Filipo y la guerra de éste contra los
romanos !?, cómo se desarrollaron, sus causas y su
desenlace. A esto añadiremos, sin interrupción, el re-
cuerdo de la cólera de los etolios, con la que arrastra-
ron a Antíoco y, desde el Asia, encendieron una guerra
contra aqueos y romanos 3,
Después de aclarar sus causas y el paso de Antíoco
a Europa, explicaremos, en primer lugar, cómo consi-
guió huir de Grecia; en segundo lugar, cómo, derrotado,
abandonó los territorios que están a este lado de la
cordillera del Tauro. En tercer lugar, cómo los roma-
nos, tras haber humillado la soberbia de los galos, se
aprestaron a dominar, sin admitir rivales, los territo-
rios asiáticos y liberaron a los habitantes de la parte
hacia acá del Tauro, del terror de los bárbaros y de
la injusticia de los galos. Seguidamente, tras poner la
vista en los desastres de etolios y cefalenios “, entra-
remos en las guerras que Éumenes trabó contra Pru-
sias y los galos *5; igualmente, en la guerra que hubo
11 Aquí hay cierta divergencia en el vertido del verbo griego
original. Mientras Schweigháuser traduce «in brevem summam
contrahere», es decir, «resumir», WALBANK, Commentary, ad loc.,
traduce «recapitular». Foucault elude el problema con una tra-
ducción muy libre.
12 Es la segunda guerra de Macedonia, narrada por Polibio
en su libro XVIII.
13 Todo esto nos ha llegado sólo en parte. Cf. XXI 17.
14 Cf. XXI 35-32 b.
15 La guerra de Prusias de Bitinia contra Éumenes II de
LIBRO 1H 275
entre Ariarato y Farnaces*'. Luego haremos mención
de la pacificación y concordia que reinó en el Pelopo-
neso, así como del auge de la república de Rodas ", y
ofreceremos un resumen de toda nuestra exposición y
de las acciones que contiene. Finalmente, trataremos
la expedición de Antíoco Epifanes contra Egipto, la
guerra persa y el derrumbamiento del imperio mace-
donio. Paralelamente a todo ello se irá viendo cómo
manejaron los romanos cada asunto y cómo lograron
someter todo el mundo a su imperio.
Si por sí solos los éxitos o los
fracasos permitieran emitir un
juicio suficiente sobre los hom-
bres o los gobiernos, desprecia-
bles o laudables, según el pro-
grama inicial nosotros deberíamos pararnos aquí y
concluir simultáneamente nuestra exposición e histo-
ria con las acciones citadas en último lugar. En efec-
to: el lapso de los cincuenta y tres años termina en
ellas, y el progreso y el avance del imperio romano ya
había culminado. Además, daba la impresión de que
era notoria e ineludible para todos la sumisión a los
romanos y la obediencia a sus órdenes. Pero los jui-
cios sobre vencedores y vencidos extraídos simplemente
de los propios combates son insuficientes. Lo que mu-
chos han creído un triunfo insuperable, si no se ex-
plotó con acierto ha comportado grandes desastres,
mientras que a no pocos que han soportado con ente-
reza las desgracias más escalofriantes, éstas han aca-
bado por convertírseles en ventajas. A las acciones
mencionadas habría de añadirse un juicio sobre la
Reflexiones sobre
estos sucesos
Pérgamo estaba en el libro XXIT, pero su narración polibiana
se ha perdido.
16 Cf. XXIIMI 9, 1-3; XXIV 1, 1-3; 5; 14-15; XXV 2,
17 Cf. XXI 24, 7; 46, 8.
8
10
11
12
13
276 HISTORIAS
conducta posterior de los vencedores, sobre cómo go-
bernaron el mundo, la aceptación y opinión que de
su liderazgo tenían los demás pueblos; se deben in-
vestigar, además, las tendencias y ambiciones predo-
minantes en cada uno, que se impusieron en las vidas
privadas y en la administración pública.
Es indiscutible que por este estudio nuestros con-
temporáneos verán si se debe rehuir la dominación
romana o, por el contrario, si se debe buscar, y nues-
tros descendientes comprenderán si el poder romano
es digno de elogio y de emulación, o si merece repro-
ches. La máxima utilidad de nuestra historia, en el
presente y en el futuro, radica en este aspecto '!, No
hay que suponer que, ni en sus dirigentes ni en sus
expositores, la finalidad de las empresas sea vencer y
someter a todos. Nadie que esté en su sano juicio
guerrea contra los vecinos por el sólo hecho de luchar,
ni navega por el mar sólo por el gusto de cruzarlo,
ni aprende artes o técnicas sólo por el conocimiento
en sí! Todos obran siempre por el placer que sigue
a las obras, o la belleza, o la conveniencia.
Por eso la culminación de esta historia será cono-
cer cuál fue la situación de cada pueblo después de
verse sometido, de haber caído bajo el dominio ro-
mano, hasta las turbulencias y revoluciones que, des-
pués de estos hechos, se han reproducido. En vistas a
la importancia de las acciones que entonces se desarro-
llaron y al carácter extraordinario de los aconteci-
mientos, pero también —y esto es lo más importante—
en razón del hecho de que yo he sido no solamente
espectador, sino unas veces colaborador y otras diri-
gente, he emprendido la redacción, por así decir, de
18 Polibio insiste en conceptos ya expuestos, cf. 1 1-3.
19 Aquí hay ciertos ecos de doctrina estoica.
LIBRO HI 277
una historia nueva, tomando un punto de partida nuevo
también.
Los trastornos a que me refería son los siguientes:
los romanos hicieron la guerra a los celtíberos y a los
vacceos %, mientras que los cartagineses guerrearon
contra Masinisa, rey de Libia”. En Asia, Átalo y Pru-
sias se combatían mutuamente y el rey de Capadocia,
Ariarates, expulsado de su trono por Orofernes con la
ayuda del rey Demetrio”, recuperó el reino que le
legara su padre apoyado por Átalo”. Por otro lado,
Demetrio, hijo de Seleuco, tras reinar en Siria durante
doce años, perdió a la vez la vida y el imperio, al
coaligarse contra él los demás reyes. Y también los
romanos levantaron la acusación de que habían sido
objeto los griegos inculpados en la guerra de Perseo
y les reintegraron a sus países *. Y los mismos romanos
atacaron, poco tiempo después, a los cartagineses, con
el propósito, primero, de forzarles a expatriarse, y des-
pués de aniquilarles totalmente, por las causas que se
expondrán a continuación. Paralelamente a estos he-
chos, al romper los macedonios la amistad con los
romanos y abandonar los lacedemonios la Liga aquea,
se inició el proceso que conduciría a la ruina total de
Grecia.
De modo que éste es nuestro plan. Pero aún depen-
de de la Fortuna que mi vida dure lo suficiente para
2 Es la segunda campaña romana en España contra na-
tivos del país. Quedan fragmentos de su narración en Polibio,
XXXV 1-5,
21 Polibio narró esta guerra en el libro XXXI, pero nos
queda sólo una leve referencia a ella en XXXI 21.
22 Es Demetrio 1 Soter, que reinó en Siria (162-150).
23 Atalo 11 de Pérgamo (160-139).
2 La referencia es a los supervivientes de la batalla de
Pidna, en la que los romanos, en el año 168, derrotaron a
Perseo, el último rey de Macedonia, e iniciaron prácticamente
su dominio universal. Cf., con todo, la nota 20 del libro 1.
278 HISTORIAS
8 llevar nuestro propósito hasta el final. Sin embargo,
estoy convencido de que si nos ocurre lo que es propio
de los hombres, el proyecto no quedará en el aire ni
le faltarán hombres cabales; su belleza atraerá a mu-
chos que lo tomarán bajo su responsabilidad y se
esforzarán por llevarlo a cabo.
9 Después que hemos pasado revista, resumidamente,
a las acciones más sobresalientes, con la intención de
conducir a los lectores al conocimiento del conjunto y
las partes de nuestra Historia general, ya es hora, pues,
de recordar nuestro propósito y de que abordemos el
principio de nuestra materia.
6 Algunos tratadistas de la histo-
Guerra de Aníbal. ria de Aníbal, al querer señalar-
Precisiones nos las causas de la guerra en
terminológicas cuestión entre romanos y carta-
gineses, aducen primero el asedio
2 de Sagunto por parte de los cartagineses y, en segundo
lugar, su paso, en contra de los tratados, del río que
3 los naturales del país llaman Ebro”. Yo podría afir-
mar que éstos fueron los comienzos de la guerra, pero
negaría rotundamente que fueron sus causas % —¡nada
4 de estol—, a no ser que alguien diga que el paso de
Alejandro a Asia fue la causa de su guerra contra los
persas y que el desembarco de Antíoco en Demetrias
fue la causa de su guerra contra los romanos; ninguna
de estas afirmaciones responde a la verdad y a la ló-
s gica. ¿Quién creería, en efecto, que radica aquí la
verdadera causa de los muchos preparativos que pre-
25 Aquí la confusión de Polibio es segura: no se trata del
río Ebro, sino del Júcar.
2 Un buen comentario a estas precisiones terminológicas
lo ofrece WALBANK, Commentary, ad loc., y Díaz TEJBRA, Polibio,
páginas LXXIV-LXXXIV. La impresión general que se extrae
es la de que el pensamiento de Polibio no es tan profundo
como el de Tucídides.
LIBRO III 279
viamente realizó Alejandro y de los no pocos que Fi-
lipo, vivo aún, dispuso para la guerra contra los per-
sas? Lo mismo cabe decir de los etolios, antes de que
se les presentara Antíoco, por lo que hace a su guerra
contra los romanos. Éstas son cosas propias de hom-
bres que no han descubierto en qué se diferencia y
cuánto se contrapone el inicio de la causa y el pre-
texto. Porque la causa y el pretexto son lo primero
de todo, y el inicio, en cambio, la última parte de las
mencionadas.
Yo sostengo que los inicios de todo son los prime-
ros intentos y la ejecución de obras ya decididas;
causas son, en cambio, lo que antecede y conduce
hacia los juicios y las opiniones; me refiero a nuestras
concepciones y disposiciones y a los cálculos relacio-
nados con ellas: gracias a ellas llegamos a juzgar y
decidir. Mi aseveración se comprenderá mejor con
ejemplos. Cuáles fueron realmente las causas y de
dónde surgió la guerra contra los persas, puede verlo
cualquiera.
La primera fue la retirada de los griegos bajo el
mando de Jenofonte desde las satrapías del interior”,
retirada en la que recorrieron toda el Asia*, que les
era hostil, y, sin embargo, ningún bárbaro osó hacerles
frente. La segunda fue el paso de Agesilao, rey de La-
cedemonia, en el cual no encontró ningún adversario
importante ni de su altura, y, sin realizar sus proyec-
tos, se vio obligado a regresar por los disturbios que
2771 No se refiere a las guerras médicas, sino a la campaña
de Ciro contra Artajerjes, en la que interviene un cuerpo
griego expedicionario de diez mil hombres. Es la obra clásica
de JENOFONTE, la Anábasis, la que narra este hecho. Esta cam-
paña tuvo lugar en el año 401.
23 Se refiere a la expedición, del año 396, del rey espartano
Agesilao al Asia con ocho mil espartanos, en la que no logró
nada resonante.
yA
10
11
12
13
14
6
280 HISTORIAS
estallaron en Grecia. De resultas de esto, Filipo com-
prendió y dedujo la cobardía y malicia de los persas
frente a su propia buena disposición, y la de los ma-
cedonios para las acciones bélicas. Puso, además ante
sus ojos, la magnitud y la belleza de los trofeos que
se seguirían de la guerra. Así que se hubo captado la
adhesión unánime de los griegos, usando al punto el
pretexto de que corría prisa vengarse de los ultrajes
que les habían inferido los persas, tomó impulso y se
dispuso a la guerra; disponía todos los preparativos
correspondientes.
De modo que hay que creer que las causas de la
guerra contra los persas son las aducidas en primer
lugar; el pretexto, lo que se dijo en segundo lugar, y
el inicio, el paso de Alejandro al Asia.
Se debe considerar sin la menor duda que la causa
de la guerra que estalló entre Antíoco y los romanos
fue la cólera de los etolios. Éstos, a la vista del desen-
lace de la guerra contra Filipo, se creían víctimas de
diversos y grandes perjuicios por parte de los romanos,
como expliqué más arriba, y no se limitaron a atraerse
a Antíoco, sino que pasaron por cualquier acción y
humillación, enfurecidos por las circunstancias aludi-
das. Debe considerarse un pretexto la liberación de los
griegos, que los etolios, recorriendo con Antíoco las ciu-
dades, invocaron de manera falaz y absurda; pero el
inicio de la guerra fue el desembarco de Antíoco en
Demetrias.
He insistido en la diferenciación de estos concep-
tos no para reprender a los escritores, sino para adoc-
trinar a los estudiosos. ¿Pues para qué serviría a los
enfermos un médico que ignorara las causas de las
indisposiciones corporales? ¿Cómo puede ser útil un
hombre de estado incapaz de calcular el cómo, el por-
qué y el de dónde ha tomado su punto de partida
cada uno de los sucesos? Porque ni aquel médico po-
LIBRO 111 281
drá ejercer como es debido el cuidado de los cuerpos
ni el hombre de estado será capaz de manipular acer-
tadamente las cuestiones sin el conocimiento de lo an-
tedicho. De modo que nada hay que observar y buscar
más que la causa de los acontecimientos, dado que
muchas veces los más trascendentales surgen del azar
y, en todo caso, siempre es más fácil remediar las pri-
meras opiniones y veleidades.
Fabio ?, el historiador romano,
Causas de la afirma que la causa de la guerra
guerra anibálica contra Aníbal fue, además de la
según el historiador “27 o
Fabio injusticia cometida contra los sa-
guntinos, la avaricia y la ambi-
ción de poder de Asdrúbal, ya que éste, tras adquirir
un gran dominio en los territorios de España, se pre-
sentó en el Africa, donde intentó derogar las leyes vi-
gentes y convertir en monarquía la constitución de los
cartagineses. Los prohombres de la ciudad, al aperci-
birse de su intento contra la constitución, se pusieron
de acuerdo y se enemistaron con él. Cuando Asdrúbal
lo comprendió, se marchó del Africa y desde entonces
manejó a su antojo los asuntos españoles, prescin-
diendo del senado cartaginés. Aníbal, que desde niño
había sido compañero de Asdrúbal y emulador de su
manera de gobernar, luego que hubo recibido la direc-
ción de los asuntos de España, dirigió las empresas
del mismo modo que él. Esto hizo que ahora la guerra
contra los romanos estallara contra la voluntad de los
cartagineses, por decisión de Aníbal. Porque ningún no-
table cartaginés había estado de acuerdo con el modo
2 Fabius Pictor, historiador romano que escribió en griego
una historia de Roma desde sus orígenes hasta su propia época.
A pesar de que Polibio muestra cierta animadversión hacia él,
sin embargo lo utiliza como fuente para las secciones de su
historia en las que no dispone de otras. Cf. la nota 16 del
primer libro.
10
,
2
3
4
5
282 HISTORIAS
con que Aníbal trató a la ciudad de Sagunto. Fabio
afirma esto, y luego asegura que tras la caída de la
plaza mencionada los romanos acudieron y exigieron
de los cartagineses que les entregasen a Aníbal o arros-
traran la guerra. Ante su afirmación de que ya desde
el principio los cartagineses estaban disgustados por
la conducta de Aníbal, se podría preguntar a este autor
si dispusieron de ocasión más propicia que ésta, o de
manera más justa y oportuna para avenirse a las pre-
tensiones romanas y entregarles al causante de tales
injusticias. Así se libraban discretamente, por medio
de terceros, del enemigo común de la ciudad, lograban
la seguridad del país, apartaban la guerra que se les
venía encima y satisfacían con sólo un decreto a los
romanos. A todo esto, ¿qué podría decir Fabio? Nada,
evidentemente.
La verdad es que los cartagineses tanto distaron de
hacer cualquier cosa de las indicadas, que, según las
iniciativas de Aníbal, guerrearon continuamente duran-
te dieciséis años y no cesaron hasta que, tras poner a
prueba todas sus esperanzas, al final vieron en peligro
su país y sus vidas,
¿Por qué he mencionado a Fabio y lo que escribió?
No por temor de que alguien dé crédito a sus afirma-
ciones; pues aún prescindiendo de mi comentario, los
lectores pueden comprobar su propia incoherencia. Lo
que pretendo es advertir a los que toman sus libros
que examinen no el título, sino el contenido. Hay quien
no se fija en lo que se dice, sino en la persona que lo
dice, y al saber que el autor fue contemporáneo de
los hechos y que perteneció al senado romano, por
todo ello juzgan, sin más, que es creíble lo que afirma.
Digo que no se debe desdeñar la autoridad de un es-
critor, pero tampoco debe juzgársela como suficiente
en sí misma. Es más, los lectores deben formular su
juicio por los hechos en sí.
LIBRO HH 283
En cuanto a la guerra entre ro-
manos y cartagineses (pues de
Causas de la guerra ella partió la digresión) hay que
considerar que la primera causa
fue el resentimiento de Amílcar,
el llamado Barca, que era padre natural de Aníbal.
Amílcar, en efecto, en la guerra de Sicilia, no fue derro-
tado en su espíritu, ya que comprobaba que había con-
servado intactas sus tropas en Érice, y con el mismo
empeño que él tenía. A causa de la derrota naval de
los cartagineses, se había visto forzado a ceder a las
circunstancias y a firmar los pactos. Pero la cólera le
duraba, y aguardaba siempre una ocasión. Si no se hu-
biera producido la revuelta de los mercenarios contra
los cartagineses, en lo que dependía de Amílcar, al
punto habría comenzado otra campaña y los prepara-
tivos para ella. Pero los disturbios internos le ocupa-
ron, y se dedicó a estas acciones.
Pero cuando los cartagineses hubieron solventado
los disturbios aludidos, los romanos les declararon la
guerra, y ellos, primero, estaban decididos a todo, en
la suposición de que la justicia de su causa les haría
triunfar. Esto ha sido ya expuesto en los libros ante-
riores, sin los cuales no es posible entender debida-
mente ni lo que contamos ahora ni lo que diremos
después. Pero al no ceder los romanos, los cartagineses,
cediendo a las circunstancias, y apesadumbrados, nada
pudieron hacer: evacuaron Cerdeña y convirtieron en
deber añadir otros mil doscientos talentos a los tribu-
tos ya impuestos. Lo hicieron para no verse constre-
ñiidos a una guerra en aquellas circunstancias. Debe
establecerse ésta como la segunda causa, aún más
grave, de la guerra que estalló después.
Amílcar sumó a su ira la cólera de sus conciudada-
nos, y tan pronto como reforzó la seguridad de su
patria, después de la derrota de los mercenarios suble-
10
11
3
284 HISTORIAS
vados, puso luego todo su interés en los asuntos de
España, pues quería aprovechar estos recursos para la
guerra contra los romanos. Y hay que tener en cuenta
todavía una tercera causa, me refiero al éxito de los
cartagineses en los asuntos de España. Porque, por
confiar en estas fuerzas entraron llenos de coraje en
la guerra citada. Es innegable que Amílcar, aunque
murió diez años antes del comienzo de esta segunda
guerra, contribuyó decisivamente a su estallido. Ello se
puede probar de muchas maneras, pero para merecer
crédito bastará con considerar lo que se expone a con-
tinuación.
En la época en que Aníbal, de-
rrotado por los romanos, acabó
Juramento 1. . Ñ
de Aníbal por exiliarse de su patria Y y vi-
vía en la corte de Antíoco, los ro-
manos, que intuían ya las inten-
ciones de los etolios, enviaron embajadores a Antíoco
para no quedar en la ignorancia acerca de las inten-
ciones del rey. Los embajadores, al ver que Antíoco se
inclinaba a favor de los etolios y que pensaba decla-
rar la guerra a los romanos, trataron con suma defe-
rencia a Aníbal, con la intención de infundir sospechas
a Antíoco, lo que terminó por suceder. A medida que
pasaba el tiempo y el rey recelaba cada vez más de
Aníbal, surgió la oportunidad de explicarse acerca de
la desconfianza surgida entre ellos dos. En el diálogo
Aníbal se defendió múltiplemente, y, al final, cuando
ya agotaba los argumentos, explicó lo que sigue: cuan-
do su padre iba a pasar a España con sus tropas, Aní-
bal contaba nueve años y estaba junto a un altar en el
que Amílcar ofrecía un sacrificio a Zeus. Una vez que
30 Fue en el año 195, que marca la desaparición definitiva
de Aníbal como figura de primera categoría en la historia, aun-
que aún toma parte en acciones militares de poca categoría
en calidad de aliado de Antígono.
LIBRO III 285
obtuvo agiieros favorables, libó en honor de los dioses
y cumplió los ritos prescritos, ordenó a los demás que
asistían al sacrificio que se apartaran un poco, llamó
junto a sí a Aníbal y le preguntó amablemente si quería
acompañarle en la expedición. Aníbal asintió entusias-
mado y aun se lo pidió como hacen los niños. Amílcar
entonces le cogió por la mano derecha, le llevó hasta
el altar y le hizo jurar, tocando las ofrendas, que jamás
sería amigo de los romanos. Aníbal pidió entonces a
Antíoco que, pues le había confiado su secreto, siempre
que tramara algo nocivo:a los romanos confiara en él,
seguro de que tendría un colaborador leal. Pero en el
momento en que llegara a una tregua o amistad con
los romanos, en tal caso, podía desconfiar de él sin
necesidad de acusaciones, y precaverse; porque siempre
intentaría todo lo posible contra los romanos.
Cuando Antíoco lo hubo oído se convenció de que
le había hablado con sinceridad y con verdad, y así
dejó sus sospechas anteriores. De modo que debemos
tener este testimonio por prueba irrefutable del odio
de Amílcar, y de sus intenciones, que luego evidencia-
ron los mismos hechos: tan enemigos hizo de los roma-
nos a Asdrúbal, que era el marido de su hija, y a su
propio hijo Aníbal, que este odio resultó insuperable.
Pero Asdrúbal murió prematuramente, y no pudo hacer
notorias a todos sus inclinaciones; Aníbal, en cambio,
tuvo la ocasión de demostrar, a carta cabal, el odio que
contra los romanos había heredado de su padre.
Por eso, los rectores de la cosa pública deben pre-
ocuparse más que nada de que no les pasen desaper-
cibidos los propósitos de quienes hacen desaparecer
las enemistades o trabar amistades. Esto a veces se
hace cediendo a las circunstancias; otras veces los
pactos se hacen por convicción del espíritu. Así se guar-
darán de los primeros, porque estos tales espían las
circunstancias, y, en cambio, darán crédito a los se-
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3
286 HISTORIAS
gundos, que son, qué duda cabe, o súbditos leales o
amigos fieles; no vacilarán en ordenarles cualquier cosa
que se presente.
Como causas de la guerra emprendida por Aníbal
hay que tener las dichas; como inicio, lo que se ex-
pone a continuación.
Los cartagineses soportaban a
duras penas su descalabro en Si-
cilia; pero aumentaron su cóle-
ra, como dije antes, lo ocurrido
en Cerdeña y la gran cantidad de
dinero que, al final, les fue impuesta. Por ello, así que
hubieron sometido la mayor parte de los territorios
de España, estuvieron dispuestos a todo lo que se pre-
sentara contra los romanos. Cuando les llegó la noti-
cia de la muerte de Asdrúbal, a quien, tras la muerte
de Amílcar, habían confiado los asuntos españoles, pri-
mero tantearon las preferencias de las tropas. Cuando
desde los campamentos se les hizo saber que los sol-
dados habían elegido unánimemente a Aníbal como
general, reunieron al instante la asamblea popular y
ratificaron por unanimidad la decisión de sus tropas.
Aníbal se hizo cargo del mando, y al instante hizo una
salida para someter a la tribu de los ólcades *!. Llegó
a Altea, su ciudad más fuerte, y acampó junto a ella.
Luego la atacó de manera enérgica y formidable y la
tomó en poco tiempo; ello hizo que las demás ciudades,
espantadas, se entregaran a los cartagineses. En ellas
Aníbal recaudó dinero; tras hacerse con una fuerte
suma se presentó en Cartagena para pasar allí el in-
vierno.
Trató con liberalidad a sus súbditos, anticipó parte
de sus soldadas a sus compañeros de armas y les pro-
Inicio de
la guerra
31 Tribu prerromana que vivía en lo que actualmente es la
Mancha. Su supuesta capital, Altea, es ilocalizable.
LIBRO HI 287
metió aumentarlas, con lo que infundió grandes espe-
ranzas en sus tropas, y al propio tiempo se hizo muy
popular.
Al verano siguiente salió de nuevo, esta vez contra
los vacceos 2, lanzó un ataque súbito contra Salaman-
ca y la conquistó; tras pasar muchas fatigas en el
asedio de Arbucala *, debido a sus dimensiones, al nú-
mero de sus habitantes y también a su bravura, la
tomó por la fuerza.
Ya se retiraba, cuando se vio expuesto súbitamente
a los más graves peligros: le salieron al encuentro los
carpetanos %, que quizás sea el pueblo más poderoso
de los de aquellos lugares; les acompañaban sus veci-
nos, que se les unieron excitados principalmente por
los ólcades que habían logrado huir; les atacaban tam-
bién, enardecidos, los salmantinos que se habían salva-
do. Si los cartagineses se hubieran visto en la preci-
sión de entablar con ellos una batalla campal, sin duda
alguna se habrían visto derrotados. Pero Aníbal, que se
iba retirando con habilidad y prudencia, tomó como
defensa el río llamado Tajo, y trabó el combate en el
momento en que el enemigo lo vadeaba *, utilizando
como auxiliar el mismo río y sus elefantes, ya que dis-
ponía de cuarenta de ellos. Todo le resultó de manera
imprevista y contra todo cálculo. Pues los bárbaros
intentaron forzar el paso por muchos lugares y cruzar
el río, pero la mayoría de ellos murió al salir del agua,
32 Tribu prerromana situada en el curso medio del Duero.
Estamos en la primavera del año 220.
33 La villa de Toro, en la provincia de Zamora.
34 Vivían en tierras de la actual Castilla la Nueva, aguas
arriba del Tajo. Una de sus principales poblaciones era la
actual Toledo.
35 Esta llamada batalla del Tajo se libró seguramente no
lejos de la capital toledana; en todo caso, entre Toledo y
Aranjuez.
10
288 HISTORIAS
ante los elefantes que recorrían la orilla y siempre se
anticipaban a los hombres que iban saliendo. Muchos
también sucumbieron dentro del río mismo a manos
de los jinetes cartagineses, porque los caballos domi-
naban mejor la corriente, y los jinetes combatían con-
tra los hombres de a pie desde una situación más ele-
vada. Al final cruzó el río el mismo Aníbal con su es-
colta, atacó a los bárbaros y puso en fuga a más de
cien mil hombres. Una vez derrotados, nadie de allá
del Ebro % se atrevió fácilmente a afrontarle, a excep-
ción de Sagunto. Pero Aníbal, de momento, no atacaba
en absoluto a la ciudad, porque no quería ofrecer nin-
gún pretexto claro de guerra a los romanos hasta
haberse asegurado el resto del país; en ello seguía su-
gerencias y consejos de su padre, Amílcar.
Los saguntinos despachaban mensajeros a Roma
continuamente *, porque preveían el futuro y temían
por ellos mismos; querían, al propio tiempo, que los
romanos no ignorasen los éxitos cartagineses en Es-
paña. Hasta entonces los romanos no les habían hecho
el menor caso, pero en aquella ocasión enviaron una
misión que investigara lo ocurrido. Era el tiempo en
que Aníbal ya había sometido a los que quería y se
había establecido con sus tropas de nuevo en Carta-
36 La expresión griega es vaga, y todo depende de la pers-
pectiva desde la que mire el lector. Si Polibio lo considera,
situado él en la situación primera de los cartagineses, el sentido
es «al S. del Ebro»; si lo considera desde el centro de gravedad
político cartaginés en la Península, Cartago Nova (Cartagena),
entonces significaría «al N. del Ebro», que es lo que induda-
blemente significa, en realidad, la expresión en el lugar 76, 6
de este libro 111. Excepto en una estrecha faja litoral del SE. de
la península, los cartagineses no ejercieron jamás en España
un dominio territorial estricto, aunque depredaran frecuente-
mente sus riquezas y sus cultivos, o apresaran a sus hombres
con fines militares. Cf. la nota 37 del libro 1.
37 Estamos en el año 220.
LIBRO II 289
gena, para pasar el invierno. Esta ciudad era algo así
como el ornato y la capital de los cartagineses en las
regiones de España. Allí se encontró con la embajada
romana, la recibió en audiencia y escuchó lo que.decían
acerca de la situación. Los romanos, poniendo por tes-
tigos a los dioses, le exigieron que se. mantuviera
alejado de los saguntinos (pues estaban bajo su pro-
tección) y no cruzara el río Ebro, según el pacto esta-
blecido con Asdrúbal. Aníbal, como joven que era, em-
bargado de ardor guerrero, que había tenido éxito en
sus empresas, y dispuesto desde hacía tiempo a la ene-
mistad con los romanos, les acusaba ante sus emba-
jadores, como si fuera él el encargado de velar por los
saguntinos, de que, aprovechandó una revuelta que
había estallado en la ciudad hacía muy poco, habían
efectuado un arbitraje para dirimir aquella turbulencia
y habían mandado ejecutar injustamente a algunos
prohombres. Dijo que no vería con indiferencia a los
que habían sido traicionados. Pues era algo innato en
los cartagineses no pasar por alto ninguna injusticia.
Pero al mismo tiempo Aníbal envió correos a Cartago
para saber qué debía hacer, puesto que los saguntinos,
fiados en su alianza con los romanos, dañaban a algu-
nos pueblos de los sometidos a los cartagineses. Aní-
bal, en resumen, estaba poseído de irreflexión y de
coraje violento. Por eso no se servía de las causas
verdaderas y se escapaba hacia pretextos absurdos.
Es lo que suelen hacer quienes por estar aferrados a
sus pasiones desprecian el deber. ¡Cuánto más le hu-
biera valido creer que los romanos debían devolverles
Cerdeña y restituirles el importe de los tributos que,
aprovechándose de las circunstancias, les habían im-
puesto y cobrado anteriormente, y afirmar que si no
accedían, ello significaría la guerra! Pero ahora, al si-
lenciar la causa verdadera y fingir una inexistente
sobre los saguntinos, dio la impresión de empezar la:
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290 HISTORIAS
guerra no sólo de un modo irracional, sino aun injusto.
Los embajadores romanos, al comprobar que la gue-
rra era inevitable, zarparon hacia Cartago, pues que-
rían renovar allí sus advertencias. Evidentemente, es-
taban seguros de que la guerra no se desarrollaría en
Italia, sino en España, y de que utilizarían como base
para esta guerra la ciudad de Sagunto.
Por esto, el Senado romano, al
estar de acuerdo con esta hipó-
La Iliria tesis, juzgó que debía asegurar
su situación en la lliria, porque
se preveía que la guerra sería
larga y muy lejos del país. Por aquel entonces % De-
metrio de Faros olvidó los favores que debía a los
romanos, y les desdeñó por el miedo que éstos sintie-
ron primero de los galos y después de los cartagineses.
Poniendo todas sus esperanzas en la casa real de Ma-
cedonia, porque había guerreado junto con Antígono
y había participado en sus luchas contra Cleómenes,
comienza a devastar y destruir las ciudades ilirias so-
metidas a la obediencia romana. Había navegado con
cincuenta esquifes rebasando el cabo Lisos —infrin-
giendo con ello los pactos— y había talado muchas
islas de las Cícladas. Los romanos, al ver todo esto y
percatarse de la prosperidad de la casa real de Ma-
cedonia, se apresuraron a asegurarse la región oriental
de Italia; estaban convencidos de que tendrían tiempo
de corregir la necedad de los ilirios y de castigar y
reprimir la ingratitud y temeridad de Demetrio. Pero
erraron en sus cálculos, pues Aníbal les aventajó con
la toma de Sagunto. Ello hizo que la guerra se desarro-
llara no en España, sino en las inmediaciones de Roma
y por toda Italia. No obstante, según sus cálculos, los
romanos poco antes del verano enviaron a Lucio Emi-
38 Estamos en el año 220 también.
LIBRO HI 291
lio con tropas a la lliria, a afrontar los asuntos de allí.
Era el año primero de la Olimpíada ciento cuarenta *. .
Aníbal levantó el campo y avan-
zó con sus tropas desde Carta-
gena, marchando hacia Sagunto.
Esta ciudad está no lejos del
mar, y al pie mismo de una re-
gión montañosa que une los límites de la Iberia y de
la Celtiberia %; dista de la costa unos siete estadios.
Sus habitantes se alimentan del país, que es muy
feraz, y sobrepasa en fertilidad a todos los de Espa-
ña. Aníbal, pues, acampó allí, y estableció un asedio
muy activo, ya que preveía muchas ventajas para el
futuro si conseguía tomar la ciudad por la fuerza.
Creía, en primer lugar, que quitaría a los romanos la
esperanza de trabar la guerra en España, y después
que, si intimidaba a todos, volvería más dóciles a los
ya sometidos a los cartagineses, y más cautos a los
iberos que conservaban todavía la independencia. Pero
lo principal era que al no dejar atrás a ningún ene-
migo, podría continuar su marcha * sin ningún peligro.
Además, suponía que iba a disfrutar de recursos en
abundancia para sus empresas, que infundiría coraje
a sus soldados con la ganancia que cada uno lograría,
y que con el botín que enviaría procuraría la prospe-
ridad de los cartagineses residentes en la metrópoli.
Haciendo tales cálculos, proseguía el asedio con fir-
Aníbal toma
Sagunto
39 220/219.
40 La referencia es dudosa. Quizá se "aluda a la serranía de
Cuenca, pero aun las estribaciones más occidentales de ella
distan bastante de Sagunto. Quizás se aluda a los montes del
Maestrazgo. Ni tan siquiera Walbank, tan minucioso en sus
disquisiciones geográficas, se atreve a dar un nombre para este
monte (o cadena montañosa).
4 En marcha hacia Roma. Ocupará buena parte del conte-
nido de este libro.
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292 HISTORIAS
meza: a veces daba ejemplo a sus tropas y participaba
de la fatiga de las operaciones, otras las arengaba y
arrostraba audazmente los peligros. Tras sostener pe-
nalidades y preocupaciones de todas clases, tomó la
ciudad al asalto tras ocho meses. Se apoderó de mu-
chas riquezas, de prisioneros y de bagaje. El dinero,
según su propósito inicial, lo reservó para sus propios
proyectos; los prisioneros, los distribuyó entre sus sol-
dados, según el merecimiento de cada uno, y remitió
el bagaje íntegro a Cartago sin pérdida de tiempo.
Al obrar así, ni erró en sus cálculos ni falló en su
propósito inicial: aumentó en los soldados el ardor
combativo y predispuso a los cartagineses para lo que
les anunciaba. Y con tales pertrechos y provisiones él
mismo logró muchas cosas útiles después.
En aquella época Demetrio,
que había intuido los planes de
los romanos, envió a toda prisa
a Dímale * una guarnición consi-
derable, con el avituallamiento
correspondiente. En las demás ciudades hizo ejecutar
a sus adversarios políticos y entregó el gobierno a sus
partidarios. Luego escogió, de entre sus hombres, a los
seis mil más valerosos y los apostó en Faros %. El ge-
neral romano, cuando llegó a la Iliria con sus fuerzas
y vio al enemigo, confiado en sus pertrechos y en la
fortaleza de Dímale, que suponían inexpugnable, de-
cidió iniciar el ataque por ella, con la intención de
espantar a sus contrarios. Arengó a los jefes de sus
unidades, dispuso las obras en, muchos puntos e inició
el asedio. Tomó la ciudad en siete días y desmoralizó
rápidamente a todos sus adversarios. Por este motivo
Prosigue la guerra
en Iliria
4 Lugar de ubicación desconocida, pero con seguridad no
lejos de la actual Durazzo.
4 Cf. 16, 23 de este mismo libro.
LIBRO HM1 293
se le presentaron al punto las gentes de todas las ciu-
dades, para pasársele y confiarse a la lealtad romana.
El cónsul las admitió a todas en condiciones adecua-
das a cada caso y luego navegó hacia Faros, contra el
mismo Demetrio.
Enterado, sin embargo, de que
la ciudad era un fortín y de que
Asedio de Faros en ella se habían concentrado
gran cantidad de tropas escogi-
das, y de que, además, estaba
aprovisionada copiosamente y dotada de los pertrechos
necesarios, temió que el asedio resultara difícil y pro-
longado. Tanteó todas sus posibilidades, y al final usó,
en esta ocasión, de la estratagema siguiente: navegó
de noche hacia la isla con todo su ejército e hizo desem-
barcar a la mayor parte de sus fuerzas en unos lugares
boscosos y abruptos. Al sobrevenir el día navegó osten-
siblemente con veinte naves hasta muy cerca del puerto
de la ciudad. Los hombres de Demetrio, al ver las
naves, despreciaron su número, y se precipitaron de
la ciudad hacia el puerto, para impedir el desembarco
enemigo.
Así que se trabó el combate la pelea se iba haciendo
más encarnizada, y cada vez iban saliendo más hombres
de la ciudad para prestar apoyo; acabaron por salir
todos hacia el lugar de la refriega. Los romanos desem-
barcados durante la noche se unieron en este momento
a sus camaradas; habían marchado por lugares encu-
biertos. Ocuparon un montecillo escarpado que hay
entre la ciudad y el puerto y cerraron el paso a los
que salían de la ciudad para prestar auxilio. Los horn-
bres de Demetrio, al ver lo sucedido, cesaron de acosar
a los desembarcados, y agrupándose y exhortándose
atacaron, con la intención de entablar una batalla cam-
pal contra los ocupantes del montecillo. Los romanos,
como vieron que el ataque de los ilirios era enérgico y
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294 HISTORIAS
ordenado, cayeron sobre sus formaciones provocando el
espanto. Simultáneamente a lo que se acaba de relatar,
los que habían desembarcado de las naves, al ver lo
que pasaba, atacaron la retaguardia enemiga. Los ro-
manos, pues, lanzándose por todos lados, promovieron
una confusión y tumulto no pequeño entre los ilirios.
Desde ese momento, al ser acosados unos de frente y
otros por la espalda, finalmente Demetrio y sus fuer-
zas se dieron a la fuga; algunos huyeron hacia la ciu-
dad, pero la mayoría se esparció por la isla, campo a
traviesa. .
En previsión de cualquier eventualidad Demetri
tenía fondeados unos esquifes en un lugar apartado,
y se retiró hacia ellos. Esperó a la noche, embarcó y
se hizo a la mar, presentándose inesperadamente al
rey Filipo, en cuya corte pasó el resto de su vida. Fue
hombre audaz y corajudo, pero irreflexivo y muy poco
razonable, lo cual le ocasionó una muerte en conso-
nancia con este carácter de toda su vida. Con el con-
sentimiento de Filipo intentó conquistar, por sorpresa
y sin plan preconcebido, la ciudad de Mesene *. Y mu-
rió en el curso de la acción, cosa que expondremos con
detalle cuando llegue su momento $.
El cónsul romano Emilio tomó, pues, Faros al pri-
mer embate y la destruyó. Cuando se apoderó del
resto de la Iliria y organizó todo según su criterio,
ya a finales del verano % regresó a Roma y efectuó en
ella una entrada triunfal, entre los agasajos populares.
Se entendía, en efecto, que había dirigido la acción no
sólo con destreza, sino, sobre todo, con valor.
4 Ciudad situada en el extremo N. del golfo Pérsico.
45 Esta descripción se ha perdido.
46 Del año 219,
LIBRO III 295
Cuando llegó a los romanos la
Retorno a los o:
A noticia de la toma de Sagunto,
temas de España.
Crítica de la no celebraron ninguna asamblea,
historiografía ¡no, por Zeus!, para tratar de la
contemporánea guerra, cosa que afirman algunos
historiadores que llegan a incluir los discursos pro-
nunciados por los rivales políticos, actuando de ma-
nera totalmente absurda. ¿Cómo iba a ser posible
que los romanos, que en el año anterior habían adver-
tido a los cartagineses que si invadían el país de los
saguntinos les declararían la guerra, se reunieran, to-
mada ya por la fuerza la ciudad de Sagunto, para de-
liberar si debían pelear o no? ¿Cómo y de qué forma
presentan éstos el extraño abatimiento del senado ro-
mano y, al mismo tiempo, afirman que los padres
llevaron a la asamblea a sus hijos de doce años, quie-
nes participaron en las discusiones, y no revelaron a
nadie, ni siquiera a los parientes, ningún secreto?
Nada de esto es lógico ni verídico en absoluto, a no
ser que, ¡por Zeus!, la Fortuna hubiera proporcionado
a los romanos, entre otras muchas cosas, ser juiciosos
ya de nacimiento. Contra semejantes libros, como los
que escriben Quéreas y Sósilo “, no hay que decir más;
creo que tienen la disposición y la fuerza no de una
historia, sino de cuentos de barbería o de charlatanes
vulgares.
Los romanos, al saber lo ocurrido con los sagunti-
nos, eligieron unos embajadores y los enviaron sin di-
lación a Cartago *. Debían proponer alternativamente
dos cosas: si aceptaban la primera, los cartagineses
47 Son los historiadores aludidos al principio de este ca-
pítulo. De Quereas no sabemos nada; Sósilo fue un espartano
que sirvió en el ejército de Aníbal, y a lo que parece, tuvo una
especial predilección por él.
48 El porqué y el cómo de esta embajada no están muy cla-
ros. Véase la amplia discusión de WALBANK, Commentary, ad loc.
10
:21
296 HISTORIAS
sufrían a todas luces daño y vergiienza; la segunda les
representaba el inicio de problemas y de grandes pe-
ligros. En efecto, los romanos exigían la entrega del
general Aníbal y de sus consejeros; de lo contrario,
habría guerra. Los romanos llegaron a Cartago, se pre-
sentaron al senado cartaginés y expusieron sus condi-
ciones. Los cartagineses escucharon con disgusto aque-
llas propuestas; sin embargo, eligieron como :portavoz
suyo al más hábil de entre ellos, y empezaron a justi-
ficarse.
El portavoz silenció los pactos establecidos por As-
drúbal, como si no hubieran existido, o bien, de exis-
tir, como si para ellos fueran nulos, ya que se habían
convenido sin haberles sido consultados. En ello los
cartagineses decían seguir el ejemplo dado por los pro-
pios romanos: en efecto, el tratado concluido en la
guerra de Sicilia por Lutacio, decían, fue convenido
por él, y luego invalidado por el pueblo romano porque
se había hecho al margen de su parecer. Los cartagi-
neses urgían y apoyaban toda su defensa eri los pactos
últimos establecidos en la guerra de Sicilia. Y negaban
que en ellos constara algo escrito acerca de España;
lo único que se ordenaba específicamente era que los
aliados de ambos bandos gozaran de seguridad. Y de-
mostraron que entonces los saguntinos no eran aliados
de los romanos; a este propósito leyeron muchas veces
los tratados.
Los romanos rechazaron de plano estas justificacio-
nes, afirmando que si Sagunto se mantuviera aún in-
tacta, tal justificación sería admisible, y se podrían
tratar los puntos discutibles. Pero como la ciudad
había sido violada, o había que entregar a los culpa-
bles (con lo cual quedaría claro para todos que ellos
no habían participado en la injusticia, sino que esta
obra se había llevado a cabo contra su parecer) o, si
se negaban a ello, reconocían que habían participado
LIBRO 11 297
(en la injuria y. aceptaban la guerra). Tales fueron, en
resumen, los argumentos que-ellos utilizaron.
Nos parece necesario el no dejar de lado este punto,
para que ni aquellos a quienes incumbe el deber y la
necesidad de ser muy estrictos en este aspecto se
aparten de la verdad en sus deliberaciones más indis-
pensables, ni tampoco los estudiosos se confundan,
inducidos a error por la ignorancia o la parcialidad
de los historiadores; por el contrario, debe haber una
- visión de conjunto. de .las obligaciones mutuas que pac-
taron romanos y cartagineses. desde el principio hasta
la época actual.
El. primer pacto *. entre romanos y cartagineses se
concluye en tiempos de Eucio Junio Bruto y Marco
Horacio, los primeros cónsules romanos nombrados
después del derrocamiento de la monarquía. Bajo su
consulado se. consagró el templo de Júpiter % capito-
10
lino. Esto ocurrió veintiocho años antes del paso de 2
Jerjes a Grecia 5!. Lo hemos transcrito traduciéndolo
con la máxima exactitud posible, pues también entre
los romanos es tan grande la diferencia entre la lengua
actual y la antigua, que, algunas cosas, apenas si los
más entendidos logran discernirlas claramente. Los
pactos son del tenor siguiente: ¿Que haya paz entre los
romanos y sus aliados y los cartagineses y sus aliados
bajo las condiciones siguientes: que ni los romanos
ni los aliados de los romanos naveguen más allá del
49 Los capítulos 22-28 versan sobre los tratados habidos entre
romanos y cartagineses. Los conocimientos actuales acerca de
estos tratados presentan una problemática ardua y complicada,
imposible de tratar aquí. Remito, pues, a WALBANK, Commentary,
ad loc., donde el mismo comentarista dice ceñirse a lo más
esencial, y remite a una bibliografía más amplia.
50 Se traduce «Júpiter» y no «Zeus», por tratarse de una
divinidad romana.
5 En el 480.
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13
298 HISTORIAS
cabo Hermoso * si no les obliga una tempestad, o bien
los enemigos. Si alguien es llevado allá por la fuerza,
que no le sea permitido comprar ni tomar nada, ex-
cepción hecha de aprovisionamientos para el navío o
para los sacrificios (y que se vayan a los cinco días).
Los que lleguen allí con fines comerciales no podrán
concluir negocios si no es bajo la presencia de un he-
raldo o de un escribano. Lo que se venda en presencia
de éstos, sea garantizado al vendedor por fianza pú-
blica, tanto si se vende en Africa como en Cerdeña. Si
algún romano se presenta en Sicilia, en un paraje so-
metido al dominio cartaginés, gozará de los mismos
derechos. Que los cartagineses no cometan injusticias
contra el pueblo de los ardeatinos, ni contra el de
Antio, ni contra el de Laurento, ni contra el de Circes,
ni contra el de Terracina %, ni contra ningún otro pue-
blo latino sujeto a los romanos. Que los cartagineses
no ataquen a las ciudades que no les están sometidas,
y si las conquistan, que las entreguen intactas a los
romanos. Que no levanten ninguna fortificación en el
Lacio. Si penetran en él hostilmente, que no lleguen a
pernoctar allí.»
El cabo Hermoso está junto a la misma Cartago,
en la parte norte. Los cartagineses se oponen rotunda-
mente a que los romanos naveguen por allí hacia el
Sur con naves grandes, de guerra, porque, según creo,
52 Se trata, sin duda alguna, de un cabo que ahora no po-
demos determinar, pero que está en la costa tunecina.
53 Ciudades costeras del Lacio, la más lejana, a 93 kilóme-
tros de Roma, aunque en una fecha tan antigua —estamos en
el 508 a. C.— es difícil que Roma tuviera un poder tan amplio.
Véase en WALBANK, Commentary, ad loc., y en la nota de Fou-
CAULT, Polybe, III, a este lugar, las posibles explicaciones, y al-
guna posibilidad de corrupción en el texto griego, principalmente
en lo que atañe a la ciudad de Laurento.
LIBRO III 299
no quieren que conozcan los parajes de Bisatis 5, ni
los de la Sirte Pequeña, la llamada Emporio por la
fertilidad de sus tierras. Si alguien permanece allí for-
zado por una tempestad o por la presión de los ene-
migos, y carece de lo preciso para los sacrificios o para
el equipamiento de la nave, se avienen a que lo tome,
pero nada más; exigen que los que han fondeado allí
zarpen al cabo de cinco días. Los romanos tienen
permiso de navegar, si es con fines comerciales, hasta
Cartago, hasta la región de Africa limitada por el
cabo Hermoso, y también a Cerdeña y a la parte de *
Sicilia sometida a los cartagineses; éstos les prometen
asegurar con una fianza pública un trato justo. Por
este pacto se ve que los cartagineses hablan como de
cosa propia de Cerdeña y de Africa; en cambio, al tra-
tar de Sicilia, precisan formalmente lo contrario, dado
que hacen los pactos sobre aquella parte de Sicilia que
cae bajo el dominio cartaginés. Igualmente los roma-
nos pactan acerca de la región del Lacio, y no hacen
mención del resto de Italia porque no cae bajo su po-
testad.
Después de éste, los cartagine-
ses establecen otro pacto 3%, en el
Segundo tratado cual han incluido a los habitantes
de Tiro y Útica. Al cabo Hermo-
so añaden Mastia y Tarseyo *%,
más allá de cuyos lugares prohiben a los romanos
5 Era el área que va de los actuales golfos de Hammamet
al de Gabes.
55 Parece que es del año 348. Polibio señala que el pacto
lo establecen los cartagineses: quiere dar a entender que to-
davía están en posición dominante. El área de dominio carta-
ginés se ha extendido, pero la inclusión de Tiro produce difi-
cultades. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc.
56 Estos lugares se encuentran indudablemente en la Penín-
sula Ibérica, pero su localización es insegura. Cf. WALBANK,
Commentary, ad loc.
10
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12
300 HISTORIAS
coger botín y fundar ciudades. El pacto es como sigue:
«Que haya amistad entre los romanos y los aliados
de los romanos por una parte y el pueblo de los carta-
gineses, el de Tiro, el de Útica y sus aliados por la otra,
bajo las siguientes condiciones: que los romanos no
recojan botín más allá del cabo Hermoso, de Mastia
ni de Tarseyo, que no comercien en tales regiones ni
funden ciudades. Si los cartagineses conquistan en el
Lacio una ciudad no sometida a los romanos, que se
reserven el dinero y los hombres, pero que entreguen
la ciudad. Si los cartagineses aprehenden a ciudada-
nos cuya ciudad haya firmado un tratado de paz con
Roma, pero que no sea súbdita romana, que los pri-
sioneros no sean llevados a puertos romanos; pero si
uno desembarca y un romano le da la mano”, sea
puesto en libertad. Que los romanos se comporten
igualmente. Si un romano recoge agua o provisiones
de un país dominado por los cartagineses, que este
aprovisionamiento no sirva para perjudicar a nadie de
aquellos que están en paz y amistad ¿con los cartagi-
neses. Y que lo mismo) haga el cartaginés. Pero en
caso contrario, que no haya venganza privada; si al-
guien se comporta así, que sea un crimen de derecho
común. Que ningún romano comercie ni funde ciudad
alguna, ni tan siquiera fondee en Africa o en Cerdeña 3,
a no ser para recoger provisiones o para reparar una
nave. Si un temporal le lleva hasta allí, que se marche
al cabo de cinco días. En la parte de Sicilia dominada
51 Se da esta traducción porque hay una referencia clara
a la institución romana de la manumisión: el dueño tocaba la
cábeza del esclavo y pronunciaba la fórmula correspondiente,
y el esclavo quedaba libre.
58 Aquí las fuentes textuales griegas presentan una laguna,
en el texto subrayado, que traduzco según la restitución, acep-
tada por Biittner-Wobst y por Walbank, de otros filólogos muy
anteriores.
LIBRO 111 301
por los cartagineses y en Cartago, un romano puede
hacer y vender todo lo que es lícito a un ciudadano
cartaginés. Y que los cartagineses hagan lo mismo en
Roma.»
En este pacto los cartagineses aumentan sus exi-
gencias con respecto a África y Cerdeña, y prohiben a
los romanos todo acceso a estos territorios. Y por el
contrario, en cuanto a Sicilia, aclaran que se trata de
la parte que les está sometida. Lo mismo hacen los
romanos en cuanto al Lacio: exigen a los cartagineses
que no se dañe a los de Ardea, a los de Antio, a los de
Circe ni a los de Terracina. Estas ciudades son cos-
teras, y por ellas los romanos firmaron el pacto.
Los romanos establecieron to-
davía un último pacto en la épo-
Tercer tratado ca de la invasión de Pirro ”, antes
de que los cartagineses iniciaran
la guerra de Sicilia. En este pac-
to se conservan todas las cláusulas de los acuerdos ya
existentes, pero además se añaden las siguientes: «Si
hacen por escrito un pacto de alianza contra Pirro,
que lo hagan ambos pueblos, para que les sea posible
ayudarse mutuamente en el país de los atacados. Sea
cual fuere de los dos el que necesite ayuda, sean los
cartagineses quienes proporcionen los navíos para la
ida y para la vuelta; cada pueblo se proporcionará los
víveres. Los cartagineses ayudarán a los romanos por
mar, si éstos lo necesitan. Nadie obligará a las dota-
ciones % a desembarcar contra su voluntad.»
Siempre era obligado hacer un juramento. Se hicie-
ron así: en los primeros pactos los cartagineses jura-
ron por los dioses paternos y los romanos por unas
59 Años 279/8.
60 Se refiere a las dotaciones de las naves cartaginesas. Es
una restricción a lo estipulado inmediatamente antes.
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302 HISTORIAS
piedras *, según la costumbre antigua, y además por
Ares y por Enialio. El juramento por las piedras se
efectúa así: el que lo formula con referencia a un tra-
tado toma en su mano una piedra, y tras jurar por la
fe pública, dice lo siguiente: «Si cumplo este jura-
mento, que todo me vaya bien, pero si obro o pienso
de manera distinta, que todos los demás se salven en
sus propias patrias, en sus propias leyes, en sus propios
bienes, templos y sepulturas, y yo solo caiga así, como
ahora esta piedra.» Y tras decir esto, arroja la piedra
de su mano.
Las cosas eran así, y los pac-
tos se conservan todavía hoy en
Ultimos tratados tablas de bronce en el templo de
Júpiter Capitolino, en el archivo
de los ediles %. ¿Quién no se ex-
trañará, naturalmente, del historiador Filino *, no de
que ignore estos pactos (lo cual no es de extrañar,
pues incluso ahora los más ancianós romanos y car-
tagineses, incluso los que parece que más se habían
interesado por el tema, los ignoraban), sino de que se
atrevió, no sé con qué seguridades, a escribir lo con-
trario: dice que entre romanos y cartagineses había
un pacto según el cual los romanos no podían entrar
$l O quizás, simplemente, «por las piedras», como traduce
Foucault, quien varía ligeramente el texto griego. Por lo demás,
el texto polibiano parece algo confuso. Ares, en mitología ro-
mana, es Marte, pero los romanos desconocían, me refiero al
pueblo, su advocación de Enialio, típicamente griega. En la
mente de Polibio se ha producido una contaminación.
62 Polibio ha leído personalmente, al menos en parte, al-
gunos de estos tratados. Los ediles y los cuestores eran los en-
cargados de custodiar los archivos oficiales romanos, depositados
en el templo de Júpiter Capitolino.
63 Filino de Agrigento, historiador contemporáneo de la
primera guerra púnica, que historió, y al que Polibio utilizó
como fuente.
LIBRO II 303
en ningún punto de Sicilia, ni los cartagineses en nin-
guno de Italia. Según Filino los romanos pisotearon
los pactos y los juramentos, puesto que fueron los
primeros en hacer una travesía a Sicilia. Pero tales
pactos no existen, y no hay constancia escrita acerca
de ellos; Filino los cita explícitamente en su segundo
libro. De tal cosa hemos hecho mención en la introduc-
ción a nuestra Historia, pero dejamos hasta ahora el
tratarla con algún detalle, porque muchos en este tema
se equivocan por fiarse de la obra de Filino. Entendá-
monos: si alguien reprocha a los romanos su paso a
Sicilia relacionándolo con el hecho de que habían ad-
mitido sin reservas a los mamertinos a su amistad, y
cuando éstos se la pidieron, les prestaron ayuda, aun-
que los mamertinos habían traicionado no sólo a Me-
sina, sino también a Regio, desde esta perspectiva su
indignación es explicable. Pero si éste supone que la
travesía significó la transgresión de pactos y juramen-
tos, aquí su ignorancia es manifiesta.
Porque, acabada la guerra de Sicilia, los romanos
hacen unos pactos distintos *, en los cuales las cláu-
sulas contenidas eran las siguientes: «Los cartagineses
evacuarán (toda Sicilia y) todas las islas que hay entre
Italia y Sicilia. Que ambos bandos respeten la seguri-
dad de los aliados respectivos. Que nadie ordene nada
que afecte los dominios del otro, que no levanten edi-
ficios públicos en ellos ni recluten mercenarios, y que
no atraigan a su amistad a los aliados del otro bando.
Los cartagineses pagarán en diez años dos mil doscien-
tos talentos, y en aquel mismo momento abonarán mil.
Los cartagineses devolverán sin rescate todos sus pri-
sioneros a los romanos.» Después de esto, al acabar
la guerra de Africa, los romanos, tras amenazar con
la guerra a los cartagineses hasta casi decretarla, aña-
64 En el año 241.
304 HISTORIAS
s dieron al pacto lo siguiente: «Los cartagineses evacua-
rán Cerdeña y pagarán otros mil doscientos talentos»,
9 tal como explicamos más arriba. Y a todo lo dicho
hay que añadir las últimas convenciones aceptadas por
Asdrúbal en España, según lás cuales «los cartagineses
10- no cruzarían el río Ebro en son de guerra». Éstos fue-
ron los tratados entre romanos y cartagineses desde
el principio hasta los tiempos de Aníbal.
23 Así como comprobamos que el paso de los romanos
a Sicilia no significó una transgresión de los juramen-
tos, del mismo modo, a propósito de la segunda guerra,
a cuyo fin corresponde el tratado referente a Cerdeña,
no podemos encontrar una causa o un pretexto que
2 lo justifique. Está reconocido que los cartagineses eva-
cuaron Cerdeña y debieron añadir la suma indicada
de dinero obligados por las circunstancias y contra
3 toda justicia. Pues la acusación formulada por los ro-
manos, de que sus tripulaciones habían resultado da-
ñadas durante la guerra de África, se desvaneció en el
momento en que lós cartagineses les devolvieron los
cautivos y los romanos, en agradecimiento, restituyeron
sin rescate a los prisioneros de guerra que retenían.
a Hemos expuesto esto con detalle en el libro prece-
dente 6,
5 En esta situación las cosas, nos resta ver y exami-
nar atentamente a cuál de los dos bandos se debe
achacar la causa de la guerra de Aníbal.
29 Hemos indicado ya lás razones aduúcidas entonces
por los cartagineses; ahora expondremos las de los
romanos, no las que entonces manifestaron, indigna-
dos por la pérdida de Sagunto, aunque se habla de
ellas con mucha frecuencia y por muchos.
65 Pequeña confusión de Pólibio: esto ha sido tratado en el
libro primero.
LIBRO III 305
En primer lugar, no se debían tener por nulos los
pactos establecidos con Asdrúbal, como los cartagine-
ses tienen la desfachatez de afirmar. En efecto: en
ellos no constaba, como en los establecidos por Luta-
cio, «que serán vigentes si los ratifica el pueblo ro-
mano»; Asdrúbal había pactado con autoridad orní-
moda un tratado en el que se decía «que los
cartagineses no cruzarían el río Ebro en son de guerra».
En los pactos de Sicilia consta, como reconocen tam-
bién aquéllos, «que cada parte garantizará la seguridad
de los aliados de la otra», y no sólo a los aliados de
aquel momento, que era la interpretación ofrecida por
los cartagineses. Pues en tal caso se habría añadido
«que no se aceptarían otros aliados que los que enton-
ces tenían», o bien «que los aceptados posteriormente
no se incluirían en el pacto». Pero no se hizo constar
ninguna cláusula en este sentido, con lo cual quedó
claro que la seguridad afectaba a los aliados de ambas
partes, a los de entonces y a los que se adhirieran
posteriormente. Lo cual es muy lógico, pues, por des-
contado que no iban a hacer unos pactos tales que
les privaran de la posibilidad de unirse, según las cir-
cunstancias, a aquellos que les parecieran amigos y
aliados útiles, o bien que les forzaran, tras aceptar su
lealtad, a abandonarles cuando alguien cometiera una
injusticia contra ellos. Lo esencial en el pensamiento
de ambas partes en los pactos era esto: no molestar
a los aliados que entonces tenía cada parte, y que nin-
guna de ellas debía aceptar a los aliados de la otra.
En cuanto a los adquiridos posteriormente, se estipu-
laba «no reclutar mercenarios entre ellos; ninguna
parte ordenaría nada que afectara los dominios de la
otra o los de sus aliados; se garantizaba la seguridad
de los ciudadanos de ambas partes».
Las cosas estaban así, y era notorio que los sa-
guntinos ya se habían aliado con los romanos muy
20 »n
10
30
31
306 HISTORIAS
anteriormente a la época de Aníbal. He aquí la máxima
prueba de ello, reconocida por los mismos cartagine-
ses: cuando los saguntinos se pelearon entre ellos, no
se dirigieron a los cartagineses, a pesar de que los
tenían muy cerca y disponían ya de los asuntos de
España, sino a los romanos, y gracias a ellos endere-
zaron su situación política. Si alguien apunta que la
destrucción de Sagunto fue la causa de la guerra, debe
concedérsele que los cartagineses la provocaron injus-
tamente, contra el pacto establecido por Lutacio, en
el que se estipulaba que los aliados respectivos debían
gozar de seguridad, y también contra el pacto firmado
por Asdrúbal, según el cual los cartagineses no debían
cruzar el río Ebro con fines bélicos. Pero si como
causa de esta guerra se aduce la pérdida de Cerdeña
por parte de los cartagineses, y el dinero unido a tal
pérdida, en este caso se debe reconocer que los car-
tagineses hicieron con toda razón la guerra de Aníbal;
aprovecharon una circunstancia que se les presentaba
de vengarse de quienes les habían inferido daños,
aprovechándose de otra circunstancia.
Quizás algunos de los que mi-
ran sin discernimiento estos he-
chos nos podrían decir que no
era necesaria tanta minuciosidad
y puntualización en el tema. Sin
embargo, si alguien cree que en toda circunstancia se
basta a sí mismo, le diré que, en este caso, el conoci-
miento del pasado es cosa bella, pero no imprescin-
dible. Mas si no hay nadie, en nuestra condición hu
mana, que se atreva a afirmar una cosa así ni para su
vida privada ni en los asuntos públicos (efectivamente:
ningún hombre sensato, aunque de momento sus ne-
gocios marchen viento en popa, fundará razonablemen-
La causalidad
en la historia
LIBRO HI 307
te en ello una esperanza de futuro)“, entonces afirmo
que el conocimiento del pasado no sólo es bello, sino
que es necesario. ¿Pues cómo encontraría ayuda y alia-
dos ante las injusticias de que uno se ve víctima, o su
patria?, o bien, si uno pretende ampliar sus dominios
e iniciar unas hostilidades, ¿cómo podría decidir a la
gente a que le ayude en su intento?, y el que está sa-
tisfecho de su situación, ¿cómo estimulará hábilmente
a los que han de asegurársela y velar por él si no co-
noce el pasado de cada uno? Porque para el presente
siempre hay quienes amoldándose y disimulando al
mismo tiempo, hablan y actúan de modo tal que re-
sulta difícil penetrar en sus intenciones; en muchos,
la verdad resulta enormemente oscurecida. La historia
del pasado, en cambio, que comporta la prueba de los
hechos reales, pone verdaderamente de relieve los pro-
pósitos y las decisiones de las personas, y evidencia
de quién se puede esperar agradecimiento, servicio y
asistencia, y de quién lo contrario a tales disposiciones.
Por estos hechos, pues, muchas veces y en muchas
ocasiones es posible adivinar quién se va a compade-
cer de nosotros, quién compartirá nuestra cólera e in-
cluso quién va a hacernos justicia. Lo cual representa
una gran ayuda para la vida humana, tanto en lo pú-
blico como en lo privado. He aquí por qué los que
escriben las historias y los que las leen no deben
preocuparse tanto de la narración de los mismos
hechos como de aquellos que les son anteriores, pre-
sentes o futuros. Ya que si se suprime de la historia
el porqué, el cómo, el gracias a quién sucedió lo que
sucedió y si el resultado fue lógico, lo que queda es
un ejercicio, pero no una lección. De momento deleita,
pero es totalmente inútil para el futuro.
6 A pesar de que el sentido general es claro, el texto
griego ofrece aquí numerosas dificultades de transmisión, que
se pueden ver en una edición crítica.
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32
308 HISTORIAS
Por esto, se debe suponer ignorancia en los que
estiman que nuestra obra es difícil de adquirir y de
leer por el número y la extensión de sus libros. ¡Cuán
más fáciles resultan de adquirir y de leer cuarenta li-
bros enhebrados como por un hilo y seguir claramente
las acciones desarrolladas en Italia, en Sicilia y en
África, enlazando con los hechos descritos por Timeo,
después ver la época de Pirro %, hasta la toma de Car-
tago, y conectar con lo sucedido en las otras partes
del mundo, desde la fuga de Cleómenes, el rey de
Esparta, hasta la confrontación de aqueos y romanos
frente al Istmo, que no adquirir y leer las obras que
los diversos autores han dedicado a los hechos en par-
ticular! Dejando aparte que estas obras son muchas
más que nuestras propias Memorias %, es imposible
que sus lectores recojan algo seguro. En primer lugar,
porque la mayoría de tratadistas no escribe lo mismo
acerca de un mismo tema; después, porque omiten las
acciones que han sido simultáneas, acciones que juz-
gadas y contempladas comparativamente, cada una es
susceptible de un juicio distinto al que recibiría de con-
siderársela aisladamente, y, finalmente, porque tales
autores son incapaces de rozar tan siquiera el aspecto
más importante. Afirmamos, en efecto, que las partes
más importantes de la historia son lo que se sigue de
los hechos, de inmediato o a cierta distancia, y, prin-
cipalmente, sus causas. Vemos que la guerra de Antíoco
se originó en la de Filipo, ésta en la de Aníbal, y la de
Aníbal en la de Sicilia; los hechos que hubo entre ellas
representan muchas y variadas peripecias, pero conver-
gen en un mismo fin.
67 El texto griego presenta aquí una laguna que no se se-
fala en la traducción, porque, aun así, hay sentido completo y
coherente. Puede verse cualquier edición crítica.
68 Otra manera que tiene Polibio de denominar su propia
obra.
LIBRO HI 309
Todo esto puede ser visto y entendido por la lec-
tura de historias universales %, pero es imposible verlo
por las guerras mismas, como la de Perseo o la de
Filipo, a menos que quien lea las confrontaciones tal
como vienen expuestas por ellos crea que se ha hecho
con un conocimiento claro de la disposición y el des-
arrollo de toda la guerra. Pero esto no es así, sino
que creo que la diferencia que hay entre aprender y
sólo escuchar es la misma que existe entre nuestra
Historia y las exposiciones particulares.
Los embajadores romanos (de
ahí arrancó nuestra digresión)
escucharon el alegato cartaginés
y no añadieron nada. El de ma-
yor edad mostró su manto a los
senadores cartagineses, y les dijo que allí les llevaba
la guerra y la paz; lo sacudiría y les soltaría lo que
eligieran. El sufeta” cartaginés les dijo que soltaran
lo que a ellos les pareciera bien. Cuando el romano
dijo que les soltaba la guerra, la mayoría de los com-
ponentes del senado alzó la voz y gritó que la acep-
taban. Y con estas palabras los embajadores y el se-
nado cartaginés se separaron.
Aníbal pasaba el invierno en Cartagena. Primero
licenció a los iberos hacia sus ciudades respectivas,
con la intención de tenerlos dispuestos y animosos
para el futuro. A continuación dio instrucciones a su
hermano Asdrúbal”! acerca de cómo debía ejercer el
Inicios de la
guerra de Aníbal
6 Sobre el concepto estricto de «historia universal» en Po-
libio, léase Díaz TEJERA, Polibio, págs. CXI-CXV.
70 El texto griego dice «rey», pero este título no existía
entre los cartagineses; debe de tratarse del sufeta de más edad.
Los sufetas eran los dos magistrados supremos de Cartago y
de otras repúblicas fenicias.
71 No se trata del yerno de Amílcar, muerto ya, sino de
un hermano de Aníbal. Saldrá todavía otro hermano de éste,
Magón; ambos desempeñan cargos militares.
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310 HISTORIAS
gobierno y la autoridad sobre los iberos, y de cómo
debía hacer los preparativos contra los romanos en el
caso de que él mismo se encontrara ausente en cual-
quier otro sitio. En tercer lugar se preocupó de la
seguridad de los asuntos de Africa. Con cálculo propio
de un hombre prudente y experto hizo pasar soldados
de África a España y de ésta al África, estrechando
con semejante plan la lealtad mutua de ambas pobla-
ciones. Los que pasaron al África fueron los tersitas
y los mastios, y además los oretanos iberos 7” y los
ólcades. Los soldados procedentes de estos pueblos
sumaban mil doscientos jinetes y trece mil ochocien-
tos cincuenta hombres de a pie. Además de éstos había
baleares (en número de ochocientos setenta), cuyo
nombre significa propiamente «honderos». Los habitan-
tes de estas islas usan principalmente hondas, y este
uso ha dado nombre a las islas y a sus moradores.
La mayoría de” los citados fue acantonada en Meta-
gonia ”* del África, pero algunos lo fueron en la misma
Cartago. A ella mandó también Aníbal cuatro mil in-
fantes, en calidad a la vez de rehenes y refuerzo, pro-
12 De los tersitas no se sabe nada; los mastios parece que
habitaban la región actual entre Cartagena y Cádiz; otros auto-
res les llaman bastetanos. Los oretanos vivían en la región entre
el Guadiana y el Guadalquivir. Es indudable que Polibio les
aplica el gentilicio de iberos, lo que significa una procedencia
distinta de estos oretanos con referencia a los otros. Véase
WALBANK, Commentary, ad loc.
73 Son numerosos los testimonios de la antigiiedad clásica
según los cuales las Baleares proporcionaban, por aquel enton-
ces, excelentes honderos. Puesto que lanzar se dice en griego
bállein, lo más probable es que estemos ante una etimología
popular por parte de Polibio. De todos modos, el eminente
filólogo mallorquín don Francisco de Borja Moll me comunica
telefónicamente que ésta es la única etimología conocida del
nombre «Baleares», sin que exista otra. Cf. la nota 69 del
libro TI.
714 Parece ser la plaza española de soberanía de Ceuta.
LIBRO II : 311
cedentes de las ciudades llamadas de los metagonitas.
En España dejó a su hermano Asdrúbal cincuenta
quiquerremes, dos cuatrirremes y cinco trirremes. De
estas naves, treinta y dos quinquerremes y las cinco
trirremes tenían sus dotaciones. Le confió también
como caballería cuatrocientos cincuenta libiofenicios *
y africanos, trescientos ilergetes”* y mil ochocientos
hombres reclutados entre los númidas: los masilios,
los masasilios, los macneos y los mauritanos que viven
en la costa”; como infantería, once mil ochocientos
cincuenta soldados de a pie africanos, trescientos li-
gures, quinientos baleares y veintiún elefantes.
Nadie debe extrañarse de la exactitud de esta enu-
meración acerca de las disposiciones de Aníbal en Es-
paña, aunque apenas la usaría uno que hubiera dis-
puesto personalmente las acciones en todas sus partes.
15 Los libiofenicios eran los habitantes de las ciudades alre-
dedor de las Sirtes y de la costa atlántica de África, que go-
zaban, respecto a Cartago, del derecho de conubium, es decir,
sus ciudadanos podían contraer matrimonio con mujeres carta-
ginesas, y viceversa.
76 Aquí traduzco «ilergetes»; la transcripción del texto griego
es «lergetes», sin duda alguna. Foucault se inclina por creer
que se trata de una tribu norteafricana desconocida, cf. Fou-
CAULT, Polybe, VII, pág. 71, nota al pie; WALBANK, Commentary,
ad loc., los identifica con los conocidos ilergetes que habitaban
las llanuras de Lérida y de la Violada, al S. de la provincia
de Huesca.
77 La costa es la de Africa. Los «númidas» es un término
genérico, que incluye, más o menos, a los siguientes. Los ma-
silios vivían entre el cabo Tretum y la provincia romana de
África. Los masasilios (o masesilios: “la tradición manuscrita
griega es insegura), eran también númidas que vivían al O. de
los anteriores. Los macneos vivían en territorio de la nación
actual de Túnez. Pero FoucauLr, Polybe, TI, pág. 71, en nota
al pie, siguiendo a Schweigháuser, señala que en el texto griego
hay una corrupción textual, y que debe leerse «vacceos», en cuyo
caso se trataría de la conocida tribu prerromana de nuestra
península. Cf. la nota 32 de este libro 1IT.
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312 HISTORIAS
Que nadie nos condene precipitadamente si hemos
procedido de modo semejante a algunos historiadores
que pretenden dar visos de verdad a sus falsedades.
Pues nosotros hemos encontrado en el cabo Lacinio *
esta enumeración grabada por orden de Aníbal en una
tablilla de bronce en la época en que él se paseaba
por Italia; hemos creído que, al menos en esta materia,
la tablilla es totalmente fiable, y por esto hemos de-
cidido dar crédito a la inscripción.
Aníbal, después de tomar sus
previsiones acerca de la seguri-
dad de las operaciones en Afri-
ca y en España, esperaba con
impaciencia la llegada de los
mensajeros que le habían enviado los galos. En efecto:
había investigado exhaustivamente la fertilidad de la
tierra situada al pie de los Alpes y alrededor del Po, el
número de sus habitantes, la audacia bélica de estos
hombres, y lo que le importaba más, la aversión que
abrigaban contra los romanos como consecuencia de
la guerra que tratamos en el libro anterior para fami-
liarizar a los lectores con lo que ahora se va a expo-
ner. Por esto, Aníbal se aferraba a esta esperanza y
hacía toda clase de promesas; enviaba con gran interés
legados a los jefes de los galos que habitaban en la
parte de acá de los Alpes y a los de los mismos Alpes.
Suponía que sólo entablaría en Italia la guerra contra
los romanos si podía superar las dificultades del terre-
no y llegar a los lugares antedichos, y si podía usar a
los galos como aliados y colaboradores para el plan
que tenía fijado. Al llegar los mensajeros y anunciar
la buena disposición y las esperanzas de los galos, di-
ciendo, además, que el paso de los Alpes sería muy
duro y difícil, pero no imposible, Aníbal congregó a
Ultimos preparativos
de la marcha
78 A diez kilómetros de Crotona, al S. de la costa italiana.
LIBRO III 313
sus tropas desde los lugares donde habían invernado ”
al comienzo de la primavera. Acababa de saber lo ocu-
rrido en Cartago, y esto le infundió ánimos. Confiado
en la buena disposición de sus conciudadanos, exhor-
taba abiertamente a sus tropas para la guerra contra
los romanos. Expuso muy claramente de qué modo
los romanos habían exigido la entrega de su persona
y la de todos los oficiales de su campamento; les in-
dicó, además, la fertilidad del país al que iban a mar-
char, y también la buena disposición y alianza de los
galos. Al ofrecérsele para el combate las tropas entu-
siásticamente, las felicitó, les indicó el día en que se
iniciaría la marcha y disolvió la asamblea.
Aníbal realizó los mencionados preparativos duran-
te el invierno. Dispuso una seguridad suficiente para
los asuntos de África y los de España, y cuando Megó
el día señalado, se puso en marcha con noventa mil
soldados de a pie y alrededor de doce mil de caballería.
Cruzó el río Ebro y sometió a las tribus de ilergetes y
bargusios, también a los ernesios y a los andosinos *,
hasta llegar a los llamados Pirineos. Redujo a todos
estos pueblos, tomó por la fuerza algunas ciudades más
pronto de lo que hubiera esperado, pero le costaron
numerosas y duras luchas en las que perdió no pocos
hombres. Dejó a Hannón como gobernante de todo el
territorio desde el río*! hasta los Pirineos, y de los
bargusios, pues desconfiaba mucho de ellos porque
eran amigos de los romanos. Del ejército de que dis-
ponía separó para Hannón diez mil hombres de in-
fantería y mil jinetes, y también dejó la impedimenta
de los que marchaban con él. Licenció y mandó a sus
79 Estamos en el año 218.
30 Sobre los ilergetes, cf. la nota 76. Bargusios, ernesios y
andosinos son tribus prerromanas que vivían, sin duda, en las
costas mediterráneas españolas, pero de localización imposible.
31 Aquí se debe de tratar del Ebro.
314 HISTORIAS
hogares a un número de soldados igual al mencionado,
con la intención de dejarles bien dispuestos hacia él,
y dejar entrever a los restantes la esperanza del re-
torno a la patria, no sólo a los iberos que marchaban
a la campaña con él, sino también a los del país que
se quedaban en sus casas. Quería que todos se pusie-
ran en movimiento con buen ánimo por si eventual-
mente precisaba de su ayuda. Tomando, pues, el resto
de las tropas ligeras, cincuenta mil soldados de a pie
y unos nuéve mil jinetes, los condujo a través de los
montes llamados Pirineos para pasar el río que se
llama Ródano. Tenía un ejército no tan numeroso como
útil y excepcionalmente entrenado por lo continuo de
sus luchas en España.
Para evitar que el desconoci-
miento de los lugares convierta
Excurso geográfico mi exposición en ininteligible
habrá que explicar de dónde
partió Aníbal, los lugares que
atravesó, sus dimensiones y a qué partes llegó de Ita-
lia. Y deberemos decir no los nombres mismos de pa-
rajes, ríos y ciudades, como hacen algunos historia-
dores que suponen que esta práctica ya es totalmente
suficiente para dar un conocimiento claro de las cosas.
Estoy convencido de que, si se trata de lugares cono-
cidos, la mención de los nombres ayuda no poco a la
memoria. Pero si se trata de lugares desconocidos, su
mención desnuda equivale a la pronunciación de pala-
bras sin significado, que penetran en el oído, pero no
hallan soporte en la mente: no se puede relacionar lo
dicho con algo conocido, y la exposición resulta con-
fusa e incomprensible. Por lo cual hay que presentar
algún método que posibilite a los que hablan de lu-
gares desconocidos llevar a sus oyentes, en la medida
de lo posible, a nociones verdaderas y conocidas.
LIBRO III 315
El conocimiento primero y principal, común a todos
los hombres, es la distribución y ordenamiento del
espacio que nos rodea. Todos, incluso las personas de
menos luces, conocemos el Norte, el Sur, el Este y el
Oeste. El segundo conocimiento es aquel por el cual
repartimos, en relación con los puntos señalados, los
lugares de la tierra: los situamos siempre, por una
referencia mental, en uno de aquellos puntos, y así
llegamos a nociones familiares referidas a lugares des-
conocidos y jamás vistos.
Establecido esto acerca de la tierra en su totalidad,
lo lógico será llevar a nuestros lectores al conocimiento
del mundo hoy habitado, distribuyéndolo según estos
principios. Lo dividimos en tres partes y le damos tres
nombres. La primera parte del mundo se llama Asia,
la segunda Africa y la tercera Europa. Estas partes
vienen limitadas por el río Tanais *, por el Nilo y por
la entrada de las columnas de Hércules. El Asia viene
situada entre el Nilo y el Tanais, y cae debajo de la
región celeste comprendida entre el Nordeste y el Sur.
El Africa está entre el Nilo y las columnas de Hércu-
les, y cae debajo de la región celeste que va del Sur
al Suroeste y al Oeste, hasta el poniente equinoccial,
que acaba junto a las columnas de Hércules. Estas dos
regiones, contempladas en su conjunto, ocupan la
parte meridional del Mar Mediterráneo, de Este a
Oeste. Europa está situada frente a Asia y África, al
norte de ambas, y se extiende sin interrupción de
Oriente a Occidente. La parte más importante y más
profunda está al Norte, entre el río Tanais y el de
Narbona %, no muy distante, a poniente, de la ciudad
82 El río Don. Las columnas de Hércules, citadas a conti-
nuación, ya se notó anteriormente que son el estrecho de Gi-
braltar.
83 El río Aude.
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316 HISTORIAS
de Marsella y de las bocas del Ródano, por donde el
río citado desemboca en el mar de Cerdeña +,
Desde el Narbona, el territorio de su entorno lo ha-
bitan los galos, hasta los montes llamados Pirineos,
que se extienden, en una línea continua, desde el Me-
diterráneo hasta el Mar Exterior. El resto de Europa,
que discurre desde dichos montes hasta poniente y
hasta las columnas de Hércules, está rodeado por el
Mediterráneo y el Mar Exterior; la parte que se ex-
tiende a lo largo del Mediterráneo hasta las columnas
de Hércules se llama España $. La parte que se extien-
de a lo largo del Mar Exterior, llamado también el Gran
Mar, no tiene aún una denominación común porque
ha sido explorada sólo recientemente; está habitada en
su totalidad por tribus bárbaras muy numerosas, de
las que daremos razón en una sección posterior.
Por lo que se refiere a Asia y a África, que conver-
gen en Etiopía, nadie puede decir exactamente, al me-
nos hasta nuestra época, si en su prolongación hacia
el Sur es tierra firme o bien si está rodeada de mar.
Asimismo, la parte que tiende hacia el Norte, entre
el Tanais y el río Narbona, hasta hoy nos es descono-
cida, a no ser que desde ahora nos informemos inves-
tigándolas a fondo. De los que escriben o hablan de
estas regiones hay que pensar que son unos ignoran-
tes e inventores de fábulas.
He explicado todo esto para que mi narración no
sea totalmente oscura para:los que ignoran los lugares,
sino que puedan considerar, al menos, las divisiones
generales y guiarse en mis afirmaciones por algún co-
nocimiento, tomando como punto de partida los espa-
cios celestes. Igual que al mirar solemos volver siempre
8% Es decir, el mar Tirreno.
85 El traductor es ahora más consciente que nunca del ana-
cronismo. Cf. la nota 37 del libro 1.
LIBRO IN 317
el rostro hacia lo que nos muestran, es preciso volver
nuestro pensamiento y dirigirlo a los parajes que sin
interrupción se nos muestran a lo largo de la ex-
posición.
Pero dejemos estas considera-
ciones y sigamos el hilo de la na-
rración que nos hemos propuesto.
En esta época los cartagineses
dominaban todas las partes de
África que miran al Mar Interior, desde los altares de
Fileno %, que están en la Sirte Mayor, hasta las colum-
nas de Hércules. La longitud de esta costa es de más
Prosigue
la narración
39
de dieciséis mil estadios. Habían cruzado la entrada 4
de las columnas de Hércules y se habían apoderado
de toda España hasta el promontorio que, en el Mar
Mediterráneo, es el final de los montes Pirineos 8;
estos montes separan a los españoles de los galos.
Desde este lugar a la entrada de las columnas de Hér-
cules hay unos ocho mil estadios. Desde las columnas
de Hércules a Cartagena hay unos tres mil; en esta
ciudad inició Aníbal su expedición contra Italia. [A
Cartagena algunos la llaman Nueva Cartago 88.] Desde
esta ciudad hasta el río Ebro hay dos mil seiscientos
estadios, y desde este río hasta Ampurias * mil seiscien-
86 Seis kilómetros tierra adentro desde la Sirte Mayor. Fj-
leno: Polibio da el nombre en singular (Fileno), pero la refe-
rencia es a dos hermanos cartagineses que consintieron en ser
sepultados vivos para salvar a Cartago. Cf. SaLusti0, La guerra
de Yugurta 79,
87 El cabo de Creus, en la provincia de Gerona.
88 Desde el punto de vista del texto griego, lo que se ha
puesto entre corchetes parece ser una nota marginal de un
lector, que un copista posterior incluyó en el texto.
89 La ciudad griega, con un posterior asentamiento romano,
establecida sobre un antiguo poblado ibérico; sus ruinas se pue-
den visitar. La gente del poblado ibérico parece que se desplazó
hasta un montículo en la localidad próxima de Ullastret, donde,
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318 HISTORIAS
los estadios, (desde Emporio hasta Narbona unos seis-
cientos). Y desde aquí hasta el paso del Ródano alre-
dedor de mil seiscientos estadios. [Los romanos han
medido y señalado cuidadosamente estas distancias
emplazando mojones cada ocho estadios] %,
Desde el vado del Ródano, marchando junto al río
remontando su curso, hasta el lugar en que las ver-
tientes de los Alpes dan ya a Italia, hay mil cuatrocien-
tos estadios. Pero queda el paso mismo de los Alpes,
unos mil doscientos estadios, que Aníbal debía reco-
rrer para llegar a las llanuras del río Po, en Italia. De
modo que, contando desde Cartagena, la cifra total de
estadios que debía recorrer era de unos nueve mil.
De todos estos lugares, por lo que se refiere a las dis-
tancias, había recorrido ya casi la mitad, pero si se
considera la dificultad, le restaba la mayor parte del
camino.
Aníbal atacó los desfiladeros
pirenaicos con un gran temor a
los galos, porque aquellos para-
jes son sumamente escarpados.
Los romanos, en ese mismo tiem-
po, ya habían oído de boca de los embajadores envia-
dos a Cartago lo decidido allí y los discursos que se
pronunciaron. Supieron que Aníbal había cruzado el
río Ebro con su ejército más pronto de lo que ellos
suponían, y resolvieron enviar a España a Publio Cor-
nelio Escipión con sus legiones ”, y a Tiberio Sempro-
nio a Africa.
Hechos en la
Galia Cisalpina
hacia los años cuarenta, se descubrió el poblado ibérico más
importante de Cataluña, que lleva el nombre de la localidad,
Ullastret.
% También aquí lo incluido entre corchetes parece una ano-
tación marginal de un comentarista primitivo, que un copista
posterior introdujo en el texto.
91 Es el año 218, año conocido en la historia de España,
LIBRO 111 319
Mientras éstos reclutaban las tropas y hacían los
preparativos restantes, los romanos se apresuraron a
organizar las colonias que ya habían planeado enviar
a la Galia (Cisalpina). Pusieron gran ardor en amura-
llar las ciudades, y ordenaron a sus futuros habitantes
que se personaran en ellas en el plazo de treinta días.
Cada ciudad iba a tener unos seis mil. Fundaron la
primera colonia en la parte de acá del río Po y la lla-
maron Placentia %; la segunda, en la parte de allá del
río, y la llamaron Cremona.
Apenas fundadas estas ciudades, los galos llamados
boyos (que desde hacía tiempo buscaban, sin encon-
trarla, una ocasión para deshacerse de la amistad de
los romanos), se envanecieron fiados, por las declara-
ciones de sus mensajeros, en la llegada de los cartagi-
neses, y desertaron de los romanos, abandonando los
rehenes entregados al final de la guerra pasada, que
hemos descrito en el libro anterior a éste.
Llamaron a los insubres, que compartían con ellos
la cólera por los hechos de antes, y devastaron las tie-
rras que los romanos habían distribuido en lotes. Per-
siguieron a los fugitivos hasta Mutina*%, que era co-
lonia romana, y la asediaron. Entre los que encerra-
ron allí había tres hombres notables, que habían sido
enviados para repartir las tierras; uno de ellos era
Cayo Lutacio, que anteriormente había sido cónsul, y
dos antiguos pretores. Los tres creyeron oportuno
parlamentar con los boyos, a lo que éstos accedieron.
Pero cuando los romanos hubieron salido, los boyos,
menospreciando cualquier derecho, les cogieron prisio-
neros; esperaban que así recuperarían a sus propios
rehenes.
pues en él empieza el período de romanización de la Península
Ibérica.
2 Es la actual Piacenza.
9 La actual Módena.
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320 HISTORIAS
Lucio Manlio, al que habían nombrado pretor, y
estaba en aquellos parajes con sus fuerzas, cuando
oyó lo ocurrido, acudió en su socorro a marchas for-
zadas. Pero los boyos se enteraron de su llegada y le
tendieron una celada en unos encinares, y al tiempo
de llegar los romanos en el paraje boscoso se vieron
asaltados a la vez desde todas partes; los boyos les
infligieron muchas bajas. Los supervivientes primero
emprendieron la huida, pero cuando alcanzaron unas
alturas, allí se reagruparon como para poder efectuar
con dificultad una honrosa retirada. Los boyos persis-
tieron en su persecución y les cercaron en la aldea lla-
mada Tannes ”. Cuando en Roma se enteraron de que
los boyos habían atrapado la legión cuarta y la ase-
diaban enérgicamente, enviaron al punto en su ayuda
las legiones puestas a disposición de Publio Cornelio
Escipión, al mando de un pretor; ordenaron a aquél
reclutar y concentrar más legiones de entre los aliados.
Esto fue lo que pasó en la
Galia Cisalpina desde el principio
hasta la llegada de Aníbal. La si-
tuación evolucionó tal como he-
mos descrito en los libros pre-
cedentes y ahora mismo.
Los cónsules romanos, cuando terminaron los pre-
parativos para sus operaciones, zarparon a principios
de verano para las acciones que tenían asignadas. Pu-
blio puso rumbo a España con sesenta naves, y Tiberio
Sempronio al África con ciento sesenta naves quin-
querremes. Y se aplicó a la guerra de manera tan
imponente y hacía tales preparativos en Lilibeo, jun-
tándo todo lo que podía desde cualquier parte, que
daba la impresión de que nada más desembarcar ase-
diaría Cartago. Publio Cornelio Escipión costeó la Li-
Aníbal cruza
el Ródano
2% La actual Taneto, entre Parma y Módena.
LIBRO 111 321
guria, y en cinco días llegó de Pisa a la región de
Marsella. Fondeó junto a la primera boca del Ródano,
la llamada Masaliota, e hizo desembarcar a sus fuer-
zas, pues le llegaba la voz de que Aníbal cruzaba ya
los montes Pirineos. Sin embargo, estaba convencido
de tenerle todavía a gran distancia, tanto por las di-
ficultades de los lugares como por la multitud de galos
que había de por medio. Pero Aníbal, que había so-
bornado a unos galos con dinero y sometido a otros
por la fuerza, se presentó inesperadamente con su
ejército y se dispuso a cruzar el Ródano; el Mar de
Cerdeña le quedaba a la derecha. Cuando Escipión tuvo
noticia de la presencia del enemigo, no acababa de
creerlo, por la prontitud de aquella llegada, así que
quiso averiguar la verdad. Concedió un descanso a las
tropas que habían arribado por mar y deliberó con
sus oficiales acerca de qué clase de terreno debían
elegir para presentar batalla al enemigo. Mandó como
avanzadilla a sus trescientos jinetes más bravos, dán-
doles como guías y auxiliares a unos galos que casual-
mente estaban a sueldo de los masaliotas.
Aníbal, así que llegó a los parajes próximos al río,
intentó cruzarlo allí donde su curso es todavía único,
a una distancia del mar que un ejército haría en unos
cuatro días. Se concilió de todas las formas imagina-
bles la amistad de los pueblos ribereños: les compró
las barcas y los esquifes, suficientes en número, puesto
que muchos de los que habitan la región del Ródano
se dedican al tráfico marítimo. Adquirió de ellos tam-
bién la madera necesaria para fabricar barcas, por lo
cual al cabo de dos días tenía construidas muchísimas,
pues sus hombres se empeñaban en no depender del
vecino y en depositar en sí mismos la esperanza de
cruzar el río. Pero entonces se concentró en la otra
orilla una gran multitud de bárbaros con la intención
de impedir el paso del río a los cartagineses. Aníbal
22 »1
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322 HISTORIAS
se percató muy bien de que en aquellas circunstan-
cias ni podría forzar por la violencia el paso del río,
porque el número de enemigos apostados era incalcu-
lable, ni podría aguartar allí sin que el adversario le
atacara por todas partes.
A la tercera noche envía parte de sus fuerzas, con
unos guías naturales del país, bajo el mando de
Hannón *%, el hijo del sufeta Bomílcar. El contingente
marchó unos doscientos estadios curso arriba del río,
hasta llegar a un lugar en que la corriente se divide y
forma una pequeña isla, y se quedaron allí. Fijando y
atando troncos de un bosque vecino, en breve tiempo
armaron muchas balsas, suficientes para lo que enton-
ces necesitaban; en ellas cruzaron el río con seguridad
y sin que nadie les estorbara, Tomaron un lugar abrup-
to, y aquel día permanecieron allí tanto para descan-
sar de las penalidades anteriores como para prepararse
para la operación siguiente, según las órdenes que
tenían. Aníbal hizo algo muy parecido con las tropas
que habían quedado con él. Lo que le ofrecía más di-
ficultades era hacer cruzar el río a los elefantes, que
eran treinta y siete.
De todos modos, al llegar la quinta noche, los que
habían cruzado el río por la parte superior de su curso,
al amanecer avanzaron por su orilla contra los bárba-
ros apostados en ella, Aníbal, que tenía ya dispuestos
sus propios soldados, esperaba el momento de cruzar.
Había llenado los esquifes con caballería ligera y las
barcas con infantería más ligera. Los esquifes estaban
situados arriba y contra corriente; a continuación los
transportes ligeros. Así serían los esquifes los que so-
portarían la fuerza mayor de la corriente, y el paso de
las demás embarcaciones sería más seguro durante la
travesía. Idearon también arrastrar los caballos a popa
95 Un tercer Hannón; éste, sobrino de Aníbal.
LIBRO 11 323
de los esquifes, para que nadaran. Un solo hombre
conducía por las riendas tres o cuatro a la vez, a cada
lado de la popa, de modo que ya inmediatamente, en
el primer paso, trasladaron un buen número de ca-
ballos.
Los bárbaros, al ver el intento de los enemigos, sa-
lieron desordenadamente de sus atrincheramientos, con-
vencidos de que frustrarían con facilidad el desembarco
cartaginés. Aníbal vio que en la orilla opuesta sus sol-
dados estaban ya cerca, pues, según lo convenido, le
habían señalado su presencia mediante humaredas.
Ordenó a todos sus hombres embarcar a la vez, y a
los que dirigían las embarcaciones navegar contra co-
rriente. La operación se hizo rápidamente, porque los
que estaban en las embarcaciones rivalizaban entre
ellos, con gran griterío, en su pugna contra la fuerza
del río. Ambos ejércitos estaban frente a frente, en
las dos orillas: unos se asociaban a las dificultades
de sus camaradas, y les seguían con gritos en sus es-
fuerzos, mientras que los bárbaros entonaban cantos
de guerra y llamaban al combate. El espectáculo era
sobrecogedor y producía angustia.
En el momento en que los bárbaros abandonaron
sus barracas, los cartagineses que estaban en aquella
orilla les acometieron de manera súbita e inesperada.
Algunos prendieron fuego al campamento, pero la ma-
yoría atacó directamente a los que acechaban la tra-
vesía. Los bárbaros, sorprendidos por aquella inespe-
rada maniobra, unos retrocedieron para proteger sus
barracas, otros se defendieron y entablaron combate
con los atacantes. Cuando comprendió que la acción
se desarrollaba según sus cálculos, Aníbal rápidamente
organizó a los que habían desembarcado, les arengó y
trabó pelea contra los bárbaros. Los galos, ante aquel
desorden y ante un hecho tan inesperado, volvieron
pronto la espalda y se dieron a la fuga.
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324 HISTORIAS
El general cartaginés, pues, dominó a la vez el paso
del río*% y a los enemigos. Luego se dedicó inmediata-
mente a hacer pasar a los hombres que quedaban en
la otra orilla. Tras pasar a todas sus fuerzas en poco
tiempo, aquella noche acampó en la misma orilla del
río. Al enterarse, al día siguiente, de que una flota
romana había fondeado en la desembocadura, envió
quinientos jinetes nómadas a inspeccionar dónde es-
taban, cuántos eran y qué hacían los enemigos. Al
mismo tiempo dispuso que unos hombres adiestrados
pasaran los elefantes.
Él reunió a sus fuerzas y les presentó a Mágilo y a
otros reyezuelos, que habían acudido allí desde las lla-
nuras del Po. A través de un intérprete hizo saber a
sus tropas los planes que habían acordado. Lo que
infundió más ánimos a aquella masa de hombres fue,
primero, el ver con sus propios ojos a aquellos que
les incitaban y que les decían que ellos mismos cola-
borarían en una guerra contra los romanos. En segundo
lugar, la seguridad y la promesa de que les guiarían
por unos lugares en los que no les iba a faltar nada
necesario para marchar contra Italia con toda seguri-
dad y en poco tiempo. Hablaron, además, de la ferti-
lidad del país al que iban a llegar, de su extensión, del
coraje de los hombres en compañía de los cuales iban
a combatir contra las fuerzas romanas. Los galos,
después de hablar así, se retiraron. Tras ellos se des-
tacó Aníbal en persona, y en primer lugar recordó a
aquella multitud las gestas ya cumplidas, en las que,
afirmó, ellos mismos habían afrontado muchos peligros
y empresas azarosas, sin fracasar en ninguna por
haber seguido su parecer y consejo. De modo que les
9% No sabemos el lugar exacto por donde Aníbal cruzó el
Ródano, pero fue, ciertamente, entre las ciudades de Aviñón y
Tarascón.
LIBRO JII 325
incitó a estar confiados, al ver que lo más arduo de la
empresa estaba superado; pues habían vencido el paso
del río y habían visto por sí mismos la adhesión y la
predisposición de los aliados. Por eso creía que podían
despreocuparse de cada una de las operaciones porque
caían bajo su incumbencia personal. En cambio, de-
bían cumplir las órdenes, ser hombres valientes y a la
altura de las gestas pasadas. La muchedumbre aplaudió
y evidenció gran empuje y ardor. Aníbal les felicitó, y
tras rogar a los dioses por todos sus planes les des-
pidió diciéndoles que se cuidaran y que se prepararan
con empeño; la marcha iba a iniciarse a la aurora si-
guiente.
Ya se había disuelto aquella asamblea cuando lle-
garon los númidas enviados en misión de reconoci-
miento. La mayoría de los que habían salido había
muerto y los restantes habían huido precipitadamente,
porque no lejos de su propio campo se habían trope-
zado con la caballería romana, enviada por Publio con
la misma finalidad, y ambos destacamentos pusieron
tal coraje en la escaramuza que murierori en ella ciento
cuarenta jinetes entre galos y romanos, y más de dos-
cientos jinetes númidas. Después de la refriega los ro-
manos siguieron la persecución y se acercaron al atrin-
cheramiento cartaginés, que examinaron; dieron la
vuelta y regresaron para explicar a su general la pre-
sencia del enemigo. Llegaron, pues, a su campamento,
y la anunciaron. Escipión transportó inmediatamente
sus bagajes a las naves, levantó todo su campamento
y avanzó hacia el río, deseando establecer contacto con
el enemigo. Al día siguiente de la asamblea Aníbal, al
amanecer, hizo avanzar toda la caballeria en dirección
al mar, en situación de observadora, e iba haciendo
salir del atrincheramiento a sus fuerzas de a pie para
emprender la marcha. Él personalmente se quedó en
espera de los elefantes y de los hombres que había
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326 HISTORIAS
dejado a su cuidado. El paso de los elefantes se efec-
tuó como sigue:
Construyeron un gran número de balsas muy sóli-
das, ataron fuertemente entre sí a dos de ellas y las
adosaron a la tierra firme, a la orilla misma del río;
entre ambas tenían una anchura como de cincuenta
pies. Por la parte externa de éstas ataron otras que
encajaran con ellas, y alargaron así la plataforma hacia
el curso del río. Consolidaron el lado de la corriente
con cables fijados en tierra, atándolos a los árboles
que crecían en la orilla, para que toda la obra resis-
tierra y no cediera, yéndose río abajo. Cuando hubie-
ron construido el conjunto de esta plataforma proyec-
tada hacia adelante, de una anchura de dos pletros ”,
añadieron a las últimas balsas dos más excepcionalmen-
te resistentes, atadas estrechamente, y a éstas otras,
de la misma manera, pero de modo tal que las amarras
fueran fáciles de cortar. Además, habían fijado a las
balsas muchas correas: con ellas los esquifes que iban
a remolcar las balsas impedirían que éstas fueran
arrastradas por el río, y al retenerlas con fuerza contra
la corriente permitirían transportar y pasar a los ele-
fantes sobre tales artilugios. Recubrieron las balsas
con mucha tierra, que echaron encima hasta nivelarlas;
las allanaron y les dieron el mismo color del camino
que conducía al vado a través de la tierra firme. Los
elefantes están acostumbrados a obedecer a los indios
hasta llegar al agua, pero en modo alguno se atreven
a penetrar en ella. Los indios hicieron avanzar por la
tierra apisonada a un par de hembras, que los elefan-
tes siguieron. Así que situaron en las últimas balsas a
los elefantes, cortaron las amarras que las unían a las
otras, tiraron con los esquifes de los cables y pronto
N El área de un pletro es 0,087 de hectárea, unos treinta
metros cuadrados.
LIBRO III 327
separaron de la tierra apisonada los elefantes y las bal-
sas que los transportaban. Tras esta operación los ani-
males al principio se pusieron a dar vueltas y embes-
tían hacia todas partes; pero, rodeados por la corriente,
se acobardaron y se vieron forzados a permanecer en
su sitio. De esta manera, atando cada vez dos balsas,
hicieron cruzar encima de ellas la mayoría de los ele-
fantes. Algunos, con todo, se lanzaron aterrorizados al
río a mitad de la travesía, y ocurrió que sus indios
murieron todos, pero los elefantes se salvaron. Pues,
gracias a la fuerza y longitud de sus trompas, que le-
vantaban por encima del agua, inspirando y exhalando
a la vez, resistieron la corriente, haciendo erguidos la
mayor parte de la travesía.
Cuando los elefantes hubieron sido trasladados, Aní-
bal los recogió, y con ellos y los jinetes formó la reta-
guardia. Y avanzó paralelamente al río, desde el mar
en dirección a Oriente; se marchaba como si fuera
hacia el interior del continente europeo.
El Ródano tiene sus fuentes orientadas hacia po-
niente, encima del golfo Adriático, en la vertiente norte
de los Alpes; fluye en dirección Sudoeste y desemboca
en el Mar de Cerdeña. Corre casi siempre por un valle
en cuya parte norte habitan los galos ardieos*%, pero
por el Sur le bordean en toda su longitud las estriba-
ciones de los Alpes que miran hacia el Norte. Las lla-
nuras del Po, de las que hemos hablado largamente,
están separadas del valle del Ródano por la citada
cordillera, que arranca en Marsella y cubre todo el
golfo Adriático; esta cadena montañosa es la que, par-
tiendo de la región del Ródano, franqueó Aníbal para
invadir Italia.
Algunos de los autores que han tratado este paso
de los Alpes quieren sobrecoger a los lectores mediante
% Es un linaje totalmente desconocido.
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328 HISTORIAS
narraciones portentosas sobre los lugares citados, y no
caen en la cuenta de que cometen las dos faltas más
directas contra el género histórico, pues narran men-
tiras y, además, se contradicen a sí mismos: presen-
tan a Aníbal como general sin parangón por su pre-
visión y audacia, y al mismo tiempo nos lo muestran,
sin duda alguna, como el más irracional; entonces, in-
capaces de encontrar solución y salida a sus embustes,
introducen dioses e hijos de dioses en la historia cien-
tífica. En efecto, establecen que la fragosidad y las
dificultades de los Alpes son tales que, no ya los ca-
ballos y los ejércitos, junto con los elefantes, sino que
ni tan siquiera la infantería ligera los pasaría con
facilidad; y como también nos describen aquellos pa-
rajes como tan desiertos que, a no ser que un dios o
un héroe hubiera guiado a los hombres de Aníbal,
todos se hubieran visto en una situación difícil y hu-
bieran perecido, es evidente que estos autores caen en
ambos errores citados.
Porque, ante todo, ¿qué general nos parecería más
absurdo que Aníbal, qué jefe más inhábil? ¿El, coman-
dante de un ejército tan enorme, hombre que abrigaba
las esperanzas de un triunfo total en sus empresas,
no iba a conocer ni las rutas del país ni los parajes
—según afirman estos autores—, ni, en absoluto, las
tierras ni los hombres a los que se dirigía, y, lo que
ya es el colmo, incluso si se lanzaba a una empresa
posible?
Pero lo que no admiten ni los generales derrota-
dos irremisiblemente y que se ven en dificultades de
todo género, es decir, entrar con sus tropas en parajes
desconocidos, estos autores se lo achacan a Aníbal
cuando en sus planes tenía todavía intactas las más
bellas esperanzas. Igualmente es manifiesta la falacia
de estos autores cuando nos dicen que los lugares en
cuestión son un desierto abrupto e impracticable. Ig-
LIBRO II 329
noran, en efecto, que los galos transalpinos, que habitan
junto al río Ródano, ya muchas veces antes de la pre-
sencia de Aníbal, y no en tiempos remotos, sino muy
poco antes, habían cruzado los Alpes, cosa que sabe
todo el mundo, para oponerse a los romanos y luchar
codo a codo con los galos que habitan las llanuras del
Po, tal como hemos explicado en los libros anteriores.
Tales autores no saben además que los mismos Alpes
son habitados por una población muy numerosa, y al
ignorar totalmente lo dicho, afirman que un héroe se
apareció a los cartagineses y les mostró el camino. Por
esto es natural que deban recurrir a algo semejante a
aquello a que recurren los autores trágicos. Éstos, al
final de sus dramas, necesitan de un deus ex machina,
puesto que sus planteamientos iniciales son irraciona-
les y absurdos. Es inevitable que a estos autores les
ocurra algo semejante, y que se inventen apariciones
de dioses y de héroes, puesto que propusieron princi-
pios poco fiables y falsos. ¿Cómo sería posible poner
un final razonable a unos comienzos absurdos? Pero
Aníbal desarrolló sus planes no como éstos escriben,
sino con un alto sentido práctico: había averiguado de
modo concluyente la fertilidad del país al que se pro-
ponía acudir, la aversión de sus habitantes contra los
romanos, y para el paso de los lugares intermedios
difíciles se había servido de guías y de unos jefes in-
dígenas que iban a participar de sus mismas espe-
ranzas.
Hacemos estas afirmaciones con una seguridad total,
por habernos documentado sobre las operaciones a
través de personas que tomaron parte directamente en
aquellos sucesos, y por haber visitado personalmen-
te los lugares y haber hecho la ruta de los Alpes para
tener una visión y un conocimiento exactos.
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Cuando hacía tres días que los cartagineses habían 4
iniciado la marcha, Escipión, el general romano, llegó
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330 HISTORIAS
al paso del río. Comproubó que el adversario ya había
partido, y se maravilló a más no poder, ya que estaba
persuadido de que jamás osaría efectuar la marcha
hacia Italia por aquellos lugares, entre otras razones
porque los bárbaros de aquellos parajes eran muchos
y muy traidores. Pero al ver que los cartagineses se
habían arriesgado, regresó rápidamente hacia las naves,
llegó donde estaban y embarcó a sus tropas. Envió a
su hermano a las operaciones de España, y él perso-
nalmente viró en redondo y navegó hacia Italia, con el
afán de adelantarse al adversario, y, a través de la Etru-
ria, encontrarle al pie de los Alpes.
Aníbal marchó ininterrumpidamente durante cuatro
días desde que cruzara el río, y llegó a un lugar llamado
La Isla?, país muy poblado y rico en trigo, cuyo nom-
bre se debía a su misma forma: por un lado fluye el
río Ródano y por el otro el Isére; cuando conflu-
yen dan a este lugar la figura de una punta. Tanto en
dimensiones como en forma es un lugar parecido al
que en Egipto se llama El Delta, sólo que en éste el
mar forma uno de los lados, que ciñe las desemboca-
duras de los ríos; aquí el lado correspondiente lo for-
man montañas difícilmente practicables, de penetra-
ción penosa y casi, por así decir, inaccesibles.
Aníbal, pues, llegó a este lugar y se encontró en él
con dos hermanos que se disputaban la realeza, y que
se habían enfrentado ya con sus dos ejércitos. El mayor
de estos hermanos se atrajo a Aníbal y le pidió colabo-
ración y ayuda para hacerse con el poder. El cartaginés
accedió, pues era claro el provecho que en aquel mo-
mento iba a obtener. De modo que le ayudó militar-
mente, y tras expulsar al otro, obtuvo muy buena co-
laboración por parte del vencedor; pues no sólo abas-
teció abundantemente de trigo y de otras provisiones
9 Es, sin duda alguna, un lugar de la cuenca del Isére.
LIBRO III 331
a su ejército, sino que al cambiarle las armas viejas
y gastadas renovó así su fuerza de manera muy opor-
tuna. Además, como avitualló a la mayoría con vesti-
dos y calzados, les procuró la mayor facilidad para
cruzar los montes. Y lo que es más importante: los
cartagineses temían su paso por la región de los galos
llamados alóbroges, y este rey les cubrió la retaguar-
dia con su propio ejército; así dispuso que los carta-
gineses avanzaran sin peligro hasta llegar al paso de
los Alpes.
Tras una marcha de diez días
a lo largo del río, unos ochocien-
tos estadios, Aníbal inició la as-
censión de los Alpes '%, y cayó en
los mayores riesgos. Pues mien-
tras los cartagineses se encontraban aún en la llanura,
los jefes de las tribus de los alóbroges se mantuvieron
distanciados de ellos, tanto por temor a la caballería
como a los bárbaros que cerraban la marcha. Pero
cuando éstos se hubieron retirado a sus tierras y los
hombres de Aníbal empezaban ya el avance por terre-
nos difíciles, entonces los jefes alóbroges concentraron
un número de tropas suficientes y se adelantaron a
ocupar lugares estratégicos, por los cuales los hombres
de Aníbal debían efectuar inevitablemente la ascen-
sión. Si hubieran logrado mantener oculta su inten-
ción hubieran podido destruir totalmente el ejército
de los cartagineses; pero como fueron descubiertos,
aunque causaron grandes estragos en los hombres de
Aníbal, no fueron menores los que se infirieron a sí
mismos. El general cartaginés, en efecto, sabedor de
Aníbal pasa
los Alpes
100 Napoleón Bonaparte, que parece que se interesó por la
ciencia militar, sostenía que esta ascensión de los Alpes se
había iniciado por el pequeño San Bernardo. Por lo demás, el
trazado de la ruta más probable de Aníbal en su paso de los
Alpes puede verse en Weltatlas, pág. 31.
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332 HISTORIAS
que los bárbaros se habían anticipado a ocupar posi-
ciones estratégicas, acampó en sus mismas estribacio-
nes y permaneció allí. Envió a algunos galos de los
“que actuaban como guías para que indagaran las inten-
ciones del adversario y toda su disposición. Los envia-
dos cumplieron las órdenes, y Aníbal pudo saber que
el enemigo de día observaba cuidadosamente el orden
y custodiaba los parajes, pero que de noche se retira-
ban a una ciudad no lejana. Se ajustó, pues, a esta tác-
tica, y dispuso la acción como sigue: tomó sus fuerzas,
avanzó a la vista de todos, se aproximó a los lugares
abruptos y acampó no lejos del enemigo. Cuando so-
brevino la noche ordenó encender hogueras, y dejó
allí la mayor parte de sus tropas. Equipó a los hom:-
bres más aptos como soldados de infantería ligera,
durante la noche pasó los desfiladeros y tomó las po-
siciones que habían sido ocupadas antes por el adver-
sario, puesto que los bárbaros se habían retirado, según
su costumbre, a la ciudad.
Logrado esto, cuando vino el día, los bárbaros, aper-
cibidos de lo ocurrido, primero desistieron de sus in-
tenciones. Pero después, al ver la gran cantidad de
acémilas y a los jinetes que marchaban con dificultad y
lentamente por aquellas fragosidades, se decidieron por
esa circunstancia a cortar la marcha. Cuando llegó el
momento, los bárbaros atacaron por todas partes, y el
desastre de los cartagineses fue muy grande, no tanto
por los hombres, sino por aquellos parajes. La vereda,
en efecto, no sólo era estrecha y pedregosa, sino tam-
bién empinada, de manera que cualquier movimiento
o cualquier perturbación hacía que se despeñaran por
los precipicios muchas acémilas con sus cargas. Los
que provocaban más este desorden eran los caballos
heridos; cada vez que una herida les desbocaba, unos
caían de bruces sobre las acémilas y otros se precipi-
taban hacia adelante y arrastraban consigo todo lo
LIBRO III 333
que en la aspereza se les presentaba; se producía una
confusión enorme. Al ver esto Aníbal y calcular que
si se perdían todos los bagajes ni aun los que consi-
guieran eludir el riesgo se salvarían, recogió a los que
de noche habían tomado las posiciones estratégicas y
se lanzó en ayuda de los suyos que abrían la marcha.
Allí murieron muchos bárbaros, puesto que Aníbal ata-
caba desde lugares más altos, pero no menos cartagi-
neses. En efecto: la confusión que ya acompañaba a
la marcha se acrecentó por el griterío y el combate
de los citados. Sólo cuando hubo matado a la mayoría
de los alóbroges y obligado a los restantes a replegarse
y a huir a sus tierras Aníbal logró que, a duras penas,
atravesaran aquellos lugares difíciles las acémilas y
los acemileros supervivientes. El mismo, pasado el pe-
ligro, reunió a todos los hombres que pudo y atacó la
ciudad desde la que el enemigo le había agredido. La
sorprendió casi desierta, pues las posibles ganancias
habían atraído a sus habitantes, y se adueñó de ella.
En este lugar Aníbal obtuvo muchas cosas útiles, tanto
para el presente como para el futuro. De momento
se hizo con una gran cantidad de caballos y de acémi-
las, junto con muchos hombres suyos que habían caído
prisioneros. Tuvo, además, abundancia de trigo y de
ganado para dos o tres días, y, sobre todo, infundió
temor a las tribus vecinas, de manera que los habitan-
tes de las proximidades ya no se atrevieron sin más
a molestarle durante la ascensión.
Aníbal estableció allí su campamento, aguardó un
día y se puso de nuevo en marcha. En las jornadas si-
guientes condujo con seguridad su ejército hasta cierto
punto, pero en el día cuarto se volvió a ver expuesto a
grandes riesgos. En efecto, los que habitaban los luga-
res por los que pasaba tramaron de común acuerdo
un engaño y le salieron al encuentro con coronas y
ramos de olivo, lo cual entre casi todos los bárbaros
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334 HISTORIAS
es señal de amistad, al igual que el caduceo entre los
griegos. Tales lealtades no acababan de convencer a
Aníbal, e intentaba con sumo cuidado averiguar sus
intenciones y su entero propósito. Ellos afirmaron que
conocían bien la toma de_la ciudad y la ruina de los
que habían intentado dañarle, y le aclararon que es-
taban allí por esto, porque no querían hacer ni sufrir
nada malo; le prometieron, además, que le entregarían
rehenes. Durante mucho tiempo Aníbal anduvo preca-
vido y desconfiaba de lo que le iban diciendo. Con
todo, calculó (que si aceptaba) aquellos ofrecimientos,
quizás convertiría en más cautos y pacíficos a los que
se le habían presentado, pero que si no los aceptaba,
los tendría por enemigos declarados. Se avino, pues, a
lo que le decían, y simuló aceptar aquellas amistades.
Los bárbaros entregaron los rehenes, aportaron reba-
ños en abundancia y, en suma, se entregaron sin reser-
vas ellos mismos en sus manos, de modo que Aníbal y
los suyos acabaron por creer tanto en ellos que les
tomaron por guías en los lugares difíciles que iban a
seguir. Los bárbaros, pues, les guiaron durante dos
días, y entonces una masa de bárbaros que les iba si-
guiendo les ataca cuando cruzaban un desfiladero di-
fícil y escarpado.
En aquella ocasión se hubiera perdido, simplemen-
te, todo el ejército de Aníbal. Pero éste guardaba to-
davía un punto de desconfianza, y, en previsión del
futuro, había situado bagajes y caballería abriendo la
marcha; la infantería marchaba, cerrándola a retaguar-
dia. Ésta, pues, estaba al acecho, lo cual aminoró el
desastre, pues los soldados de a pie contuvieron el
ataque de los bárbaros. Sin embargo, y a pesar de
que salió del trance, perdió gran cantidad de hombres,
de acémilas y de caballos. El enemigo, en efecto, había
ocupado las alturas; los bárbaros, avanzando por las
cumbres, hacían caer peñascos, que rodaban contra
LIBRO 111 335
unos, lanzaban a mano piedras contra otros, y así les
causaron tanto riesgo y confusión que Aníbal se vio
forzado a pernoctar con la mitad de su ejército en un
lugar yermo, rocoso y pelado, separado de sus caballos
y de sus acémilas; les iba cubriendo, hasta que a duras
penas logró, durante la noche, salvar el desfiladero. Al
día siguiente, cuando el enemigo se hubo ya retirado,
estableció contacto con jinetes y acémilas, y progresó
hacia los pasos más avanzados de los Alpes, sin en-
contrarse ya ningún grupo organizado de bárbaros, y
hostigado sólo por pequeñas bandas y en ciertos para-
jes; unos por retaguardia y otros por vanguardia, le
privaron de algunas acémilas con asaltos bien calcu-
lados. En todas estas acciones a Aníbal le fueron de
gran utilidad los elefantes: el enemigo no osaba atacar
por los lugares por los cuales éstos pasaban, ya que la
extraña figura de estos animales les resultaba impo-
nente.
Al cabo de nueve días llegó a la cumbre, donde
acampó y aguardó dos, con la intención de hacer des-
cansar a los que se habían salvado y recobrar a los
rezagados. En esta ocasión muchos de los caballos que
habían perdido el tino y muchas de las bestias de
carga que la habían arrojado de sí siguieron sorpren-
dentemente el rastro, lo recorrieron y volvieron a es-
tablecer contacto con el campamento.
La nieve se iba acumulando ya sobre las cumbres,
puesto que se aproximaba el ocaso de las Pléyades 1%,
Aníbal vio a sus tropas desmoralizadas tanto por las
penalidades precedentes como por las que preveían.
Congregó a sus hombres e intentó estimularles, toman-
do para ello como única ocasión la vista de Italia; pues
está tan próxima a los montes en cuestión que si se
mira a la vez a ambos lados, los Alpes parecen estar
101 Estamos a finales de septiembre del año 218.
10
336 HISTORIAS
3 dispuestos como la acrópolis de toda Italia. Por eso
Aníbal iba mostrando a sus hombres las llanuras del
río Po, y les recordaba en resumen la buena disposi-
ción de los galos que la habitaban; al propio tiempo
les indicaba la situación de Roma. Y así logró infundir
4 elevada moral a sus soldados. Al día siguiente levantó
el campamento e inició el descenso. En él ya no en-
contró adversarios, fuera de algunos malhechores em-
boscados, pero los parajes mismos y la nieve le hicieron
perder casi tantos hombres como los que había perdido
s en la subida. La bajada se hacía por rutas estrechas
y en pendiente, y la nieve había borrado los caminos;
todo el que caía fuera de la senda y se extraviaba, se
e despeñaba precipicio abajo. Sin embargo, los hombres
de Aníbal soportaron también estas penalidades, puesto
7 que ya estaban habituados a las cosas así. Pero llega-
ron a un lugar muy angosto que no podían atravesar
ni los elefantes ni las acémilas; su longitud era de
estadio y medio. La pendiente, antes ya muy pronun-
ciada, lo era todavía más, por un reciente desprendi-
miento. Allí el ejército volvió a desmoralizarse y a re-
8 troceder. Primero el general cartaginés intentó dar un
rodeo y evitar aquel mal paso, pero la nieve caída hacía
también imposible esta solución, y Aníbal renunció al
intento.
ss Lo que ocurría era raro y desacostumbrado. Porque
sobre la nieve primera y la que quedaba del invier-
no anterior estaba la nieve recién caída, fácil de
hollar por dos motivos: su precipitación era reciente,
y por esto se trataba de nieve blanda, sin un espesor
2 excesivo. Pero cuando la habían pisado y caminaban
encima de la capa inferior helada no lograban fijar el
pie, sino que patinaban resbalando con ambos pies;
ocurría lo mismo que cuando se camina por lugares
3 fangosos. Lo que seguía era peor: pues los hombres, al
4 no poder romper la capa inferior de nieve, cuando se
LIBRO III 337
caían, pretendían ayudarse con las rodillas o con las
manos para levantarse, y entonces los miembros en
los que se apoyaban resbalaban todavía más, ya que
el terreno presentaba una pendiente muy fuerte. Las
acémilas, si caían, cuando intentaban levantarse rom-
pían la capa inferior de nieve congelada, pero queda-
ban aprisionadas en ella por el peso de la carga que
transportaban y por la congelación de la nieve antigua.
Por aquí Aníbal ya no esperó nada, y acampó en la
cresta de la cordillera, de la que había mandado retirar
la nieve; después él personalmente dirigió a sus solda-
dos en la excavación de un camino en la roca, con un
trabajo muy penoso. Pero en un solo día consiguió
abrir un paso suficiente para las acémilas y los caba-
llos; los hizo pasar inmediatamente y acampó en luga-
res en los que no había nieve; allí mandó las bestias al
pasto. Luego envió a los númidas para que, trabajando
en cuadrillas, abrieran camino. Este trabajo también
fue muy arduo, pero en poco menos de tres días hizo
pasar a los elefantes, que estaban ya casi exhaustos
por el hambre: las crestas de los Alpes y los parajes
próximos a los pasos carecen totalmente de árboles;
todo es yermo, debido a que siempre hay nieve, en
invierno y en verano; en cambio, desde la mitad de las
laderas hasta el pie de los montes, por las dos .ver-
tientes los parajes están llenos de árboles y de vege-
tación y son totalmente habitables.
Aníbal, cuando hubo reunido toda su fuerza, em-
prendió el descenso, y al tercer día de su partida de
los precipicios citados llegó a la llanura. Había per-
dido muchos combatientes, unos a manos de los ene-
migos, o a causa de los ríos, durante la marcha, y mu-
chos hombres en los barrancos y lugares difíciles de
los Alpes, y no sólo hombres, sino aun acémilas y Ca-
ballos en cantidad superior. Al final, toda la marcha
desde Cartagena le duró cinco meses, y el paso de los
22...)
338 HISTORIAS
Alpes quince días. Llegó, pues, audazmente a las lla-
nuras del Po, al pueblo de los insubres. Había salvado
una parte de los soldados de Africa, doce mil de a pie
y ocho mil iberos; la cifra de caballos de que disponía,
en conjunto, no iba mucho más allá de los seis mil,
como el mismo Aníbal señala en la estela que, en el
cabo Lacinio, contiene un recuento de sus tropas.
Por aquel mismo tiempo, como dije más arriba, Es-
cipión había confiado fuerzas a su hermano Cneo, con
el encargo de que atendiera los asuntos de España e
hiciera enérgicamente la guerra a Asdrúbal. El zarpó
con unos pocos hombres hacia Pisa. Hizo la marcha a
través de la Etruria, y tomó de los pretores el mando
de los ejércitos que, a sus órdenes, hacían la guerra a
los boyos. Acudió a las llanuras del Po y acampó allí,
ansioso de trabar batalla.
Nosotros, una vez que en nues-
tra exposición hemos llevado los
jefes de ambos bandos y la gue-
rra a Italia, antes de empezar a
narrar las batallas queremos dis-
currir brevemente acerca de lo que consideramos ade-
cuado a nuestra obra.
Algunos se preguntarán sin duda cómo, tras haber
hecho una larga exposición acerca de los parajes del
África y de España, no hemos tratado con más detalle
la entrada de las columnas de Hércules, el Mar Exte-
rior ni las características que este mar tiene, ni las
Islas Británicas, ni la producción de estaño. Nada he-
mos dicho sobre las minas de oro y de plata que hay
en España. Todos son temas muy discutidos por los
autores, que los tratan en prolijos discursos. Nosotros,
sin embargo, los hemos omitido no por creer que estos
temas sean ajenos a la historia, sino porque no que-
remos ni prolongar la exposición en cada punto ni
apartar de la descripción sistemática a los lectores es-
Digresión sobre
la historia
LIBRO 111 339
tudiosos. Además, consideramos que no había que men-
cionar estos puntos de forma marginal o dispersa, sino
tratarlos en su entidad, dando a cada uno su lugar
oportuno, e investigar así, en la medida de lo posible,
lo que hay de verdad en cada uno.
Por eso, que nadie se extrañe si, en lo que sigue,
al llegar a las regiones en cuestión, los aspectos de
este tipo también quedan omitidos; las razones se han
dado ya. Si algunos intentan oír, por todos los medios,
temas semejantes en conjunto y en detalle, quizás ig-
noren que les ocurre algo parecido a los comilones en
los banquetes. En efecto: los tragones comen todo lo
ofrecido, pero no extraen verdadero placer de ninguno
de los manjares, no obtienen ninguna digestión útil
para el futuro, ninguna nutrición provechosa, bien al
contrario. Los que durante su lectura se comportan así
no extraen debidamente de ella ninguna instrucción
inmediata ni una utilidad para el porvenir.
No hay parte de la historia que, como ésta, re-
quiera más corrección y circunspección; esto es claro
por muchas razones, pero ante todo por las siguientes:
Casi todos o, al menos, la mayoría de tratadistas
que han intentado explicar las peculiaridades y dispo-
siciones de los países más extremos del universo que
habitamos han errado en multitud de puntos. Éstos
no pueden ser en absoluto descuidados: debemos re-
futarlos no de una manera marginal y al azar, sino con
conocimiento de causa. Debemos hablar no en tono
de reproche ni de rechazo, más bien de alabanza, pero
corrigiendo su ignorancia, porque sabemos que estos
autores, si hubieran tenido las oportunidades de ahora,
habrían modificado y rehecho muchas de sus afirma-
ciones. En las épocas anteriores han sido pocos los
griegos que se han dedicado a explorar estas regiones
más alejadas; la empresa ofrecía dificultades ímprobas.
En efecto, los peligros del mar eran innumerables, pero
2
340 HISTORIAS
muchos más eran los riesgos por tierra. Y aun en el
caso de que alguien, por gusto o por necesidad, hu-
biera conseguido llegar a los confines del mundo, ni
aun así habría alcanzado su propósito, porque es muy
difícil ser testigo ocular de ciertas cosas, debido a que
algunos lugares son incivilizados, y otros están desier-
tos. Todavía es más difícil conocer y aprender de pa-
labra lo que sea, por la diferencia de lenguas. Incluso
si se llegara a conocerlas, es aún más arduo que las
cosas precedentes usar con moderación de este cono-
cimiento, rechazar lo fantástico y monstruoso y honrar
la verdad por el honor que cada cual se debe a sí
mismo, sin narrar nada que no responda a la realidad.
En épocas pretéritas resultaba no difícil, sino prác-
ticamente imposible una descripción ajustada a la reali-
dad de las regiones citadas, por lo cual no debemos
reprochar a los historiadores sus errores y omisiones.
Lo justo es admirarse y alabarles por lo que conocieron
y progresaron en el conocimiento de estas materias en
sus épocas.
Pero en la nuestra, en Asia por el imperio de Ale-
jandro y en las demás regiones por el dominio de los
romanos se puede viajar y navegar casi por todas par-
tes. Los hombres emprendedores se han visto libres
por fin de la preocupación que representan las accio-
nes guerreras y políticas, y esto les ha proporcionado
muchas ocasiones de investigar y de instruirse en el
estudio de los temas citados. Sería conveniente y ne-
cesario un conocimiento más real de lo que antes se
ignoraba. Esto es lo que intentaremos hacer cuando
encontremos en nuestra Historia un lugar adecuado.
Querríamos que los que quieren saber por curiosidad
participaran de un conocimiento más completo de lo
enunciado. Fue principalmente por esto por lo que
afrontamos los peligros y las penalidades que nos ocu-
rrieron en un viaje por Africa, por España, por la Galia
LIBRO 111 341
y por el Mar Exterior que cierra estos países, para pro-
porcionar a los griegos el conocimiento de estas partes
del universo, y corregir la ignorancia de nuestros ante-
pasados sobre estos temas.
Ahora, volviendo al punto de partida de la digre-
sión, intentaremos aclarar las luchas ocurridas en Tta-
lia en las confrontaciones entre romanos y cartagineses.
Ya hemos precisado el número
Aníbal y Escipión, de soldados con que Aníbal llegó
frente a frente a Italia. Tras su entrada, acampó
en Italia en las mismas estribaciones de
los Alpes, y de momento procuró
que sus tropas se repusieran. Todo su ejército estaba
en una situación lamentable no sólo por las ascensio-
nes y descensos y por las penalidades de la travesía;
la escasez de víveres y los nulos cuidados corporales lo
habían deteriorado enormemente. Ante estas privacio-
nes y lo continuo de las calamidades muchos se habían
desmoralizado por completo. Las dificultades del te-
rreno habían imposibilitado a los cartagineses trans-
portar provisiones abundantes para tantas decenas de
millares de hombres, e incluso se perdió la mayor parte '
de lo que acarreaban cuando perdieron las acémilas.
Cuando cruzó el Ródano, Aníbal tenía unos treinta y
ocho mil hombres de infantería y más de ocho mil
jinetes, pero en los pasos perdió casi la mitad de las
fuerzas, como apunté más arriba. Los supervivientes
tenían algo de salvajes en su aspecto y en su comporta-
miento, como consecuencia de la continuidad de las
penalidades aludidas. Aníbal puso mucha atención en
su cuidado, y recuperó a sus hombres tanto en sus
cuerpos como en sus espíritus. Hizo igualmente que se
repusieran los caballos.
Tras esto, rehechas ya sus tropas, los turineses,
que viven al pie de los Alpes, andaban peleando con
los insubres, pero recelaban de los cartagineses; pri-
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342 HISTORIAS
mero Aníbal les había ofrecido su amistad y alianza.
Pero al serle rechazadas, acampó junto a la ciudad,
que era muy fuerte, y en tres días la rindió por asedio.
Mandó decapitar a sus oponentes, con lo cual infundió
tal pavor a los bárbaros que habitaban en las cerca-
nías que acudieron todos inmediatamente a ofrecerle
su lealtad y sus personas. El resto de los galos que
habitaban las llanuras se apresuró a asociarse a las
empresas de los cartagineses, según el acuerdo ante-
rior. Pero debido a que las legiones romanas habían
rebasado a la mayor parte de estos galos y les habían
interceptado, permanecían inactivos; algunos incluso
se vieron forzados a militar con los ejércitos romanos.
Al ver esto Aníbal, decidió no perder tiempo, sino se-
guir adelante y hacer algo para infundir confianza a
los que estaban dispuestos a participar en sus espe-
ranzas.
Tales eran sus propósitos. Sabía, además, que Es-
cipión había cruzado el Po con sus tropas y que estaba
cerca, Al principio no hacía caso a los mensajeros: no
dejaba de pensar que pocos días antes le había dejado
en los pasos del Ródano, y calculaba cuán larga y di-
fícil sería la navegación desde Marsella a Etruria.
Sabía, además, por sus informadores, cuán enorme y
dura era para un ejército la marcha desde el Mar Ti-
rreno a través de Italia hasta los Alpes. Pero como las
informaciones que le llegaban eran cada vez más fre-
cuentes y claras, se admiró y quedó sobrecogido ante
los planes y la gesta del cónsul. Y Escipión experimen-
tó algo semejante. Primero creyó que Aníbal ni tan
siquiera iba a intentar el paso por los Alpes con un
ejército tan heterogéneo. Si llegaba a atreverse, Esci-
pión suponía que, evidentemente, la ruina de Aníbal
iba a ser total. Calculando así, cuando se enteró de
que Aníbal había salvado el obstáculo, y se encontraba
ya en Italia, asediando algunas ciudades, quedó pas-
LIBRO III 343
mado de la audacia del hombre y de su coraje. Lo
mismo sintieron los habitantes de Roma ante lo que
se les venía encima. Apenas si acababa de cesar el
rumor de que los cartagineses habían tomado Sagunto,
y tras haber deliberado sobre ello, habían mandado
uno de los cónsules al África a asediar la propia ciu-
dad de Cartago, y al otro a España, para que allí gue-
rreara contra Aníbal, cuando les llega la noticia de
que Aníbal está allí con un ejército y de que está ya
asediando algunas ciudades en Italia. Lo ocurrido les
pareció increíble, y perturbados mandaron inmediata-
mente mensajeros a Tiberio, que se encontraba en Li-
libeo, a señalarle la presencia del enemigo; debía aban-
donar sus planes y correr a toda prisa en socorro de
su país. Tiberio concentró inmediatamente a los hom-
bres de su flota y los envió con la orden de que na-
vegaran en dirección a la patria. A través de los tribu-
nos tomó juramento a sus fuerzas de tierra, y les
señaló el día en que debían presentarse en Rímini
para pernoctar allí. Ésta es una ciudad junto al Mar
Adriático, situada en el límite meridional de la llanura
del Po. Había movimientos simultáneos en todas par-
tes, lo que ocurría eran noticias inesperadas para todos,
y ello producía en cada uno una inquietud acerca del
futuro que no se podía tomar a la ligera.
En este momento, Aníbal y Escipión ya estaban uno
cerca del otro, y se propusieron arengar a sus propias
fuerzas, exponiendo cada uno lo adecuado a las cir-
cunstancias presentes.
Aníbal emprendió la exhortación de la manera si-
guiente: congregó a su gente e hizo conducir allí a
algunos jóvenes de los prisioneros '? que había cogido
102 Aunque la dramática escena que sigue la narra también
Tito Livio (la ha recogido de Polibio), los comentaristas coin-
ciden en afirmar que se trata de una invención de Polibio.
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344 HISTORIAS
cuando hostigaban su marcha a través de las aspere-
zas de los Alpes. Estos jóvenes habían sido maltratados
siguiendo instrucciones concretas de Aníbal, en vista
a sus propios designios: arrastraban pesadas cadenas,
estaban rendidos de hambre y tenían el cuerpo molido
a palos. Les puso, pues, en medio, y al propio tiempo
exhibió unas panoplias galas, las que habitualmente
adornan a los reyes cuando éstos se disponen a un
duelo; además de esto, hizo traer unos caballos y unos
sayos 1% riquísimos. Entonces preguntó a los jóvenes
quiénes de ellos estaban dispuestos a luchar entre sí.
La condición era que el vencedor se llevaría los pre-
mios propuestos, y el vencido se libraría de los males
presentes mediante la muerte. Los jóvenes gritaron to-
dos a la vez y dijeron que querían entablar un duelo
personal. Aníbal ordenó echarlo a suertes, y mandó
que los dos que resultaran elegidos se armaran y lu-
charan uno contra el otro. Así que los jóvenes oyeron
esto levantaron las manos en súplica a los dioses, pues
todos anhelaban ser ellos los elegidos por la fortuna.
Cuando se vio el resultado del sorteo, los agraciados
exultaban de alegría, al revés de los restantes. Des-
pués del duelo, los prisioneros supervivientes felicita-
ban no menos al vencedor que al muerto, pues éste se
veía ya libre de muchos y grandes males, que ellos su-
frían aún intensamente. El estado de ánimo era seme-
jante en muchos cartagineses; pues al comparar la ca-
lamidad de aquellos a los que se volvían a llevar vivos,
les compadecían y todos tenían por feliz al muerto.
Cuando con el espectáculo expuesto hubo infun-
dido en el ánimo de sus tropas la disposición que pre-
tendía, Aníbal avanzó personalmente y dijo que había
ordenado conducir allí a aquellos prisioneros para que
103 Es el sagulum de los romanos, pieza de vestir con fran-
jas verticales de distintos colores.
LIBRO 11 345
el ejército viera claramente en las desgracias ajenas
su propia situación; así reflexionaría mejor sobre la
situación presente. La Fortuna, en efecto, les había
encerrado en una coyuntura semejante y les había im-
puesto un combate idéntico; los trofeos propuestos
eran paralelos. Era inevitable, pues, vencer, morir o
caer vivos en manos de sus enemigos. El premio del
triunfo no consistía en caballos ni en sayos, sino en
convertirse en los hombres más felices: se apoderarían
de las riquezas de Roma. Si en el combate les pasaba
algo '%, habrían luchado hasta el último aliento por
la más bella de las esperanzas, y acabarían su vida en
la pelea, sin haber sufrido otra calamidad. Pero los
vencidos o los que huyeran por amor a la vida o eligie-
ran vivir de otra forma participarían de todos los
males y desgracias. Si recordaban la longitud del ca-
mino efectuado desde sus patrias respectivas, el nú-
mero de guerras que hubo de por medio, si considera-
ban la anchura de los ríos que habían vadeado, no
habría nadie tan necio ni tan torpe que, huyendo, espe-
rara alcanzar la patria. Por eso creía que ellos debían
desechar totalmente esta esperanza, y que tuvieran,
ante su situación, la misma opinión que se habían
formado ante las desgracias ajenas. Pues igual que ante
aquellos jóvenes, todos consideraban feliz tanto al ven-
cedor como al muerto, y, en cambio, compadecían a
los vivos, de igual manera Aníbal pensaba que ellos
debían opinar acerca de sí mismos. Todos debían acu-
dir a los combates para vencer, y si esto resultaba
imposible, para morir. Les pedía que no admitieran
en modo alguno la esperanza de sobrevivir derrotados.
Si adoptaban este razonamiento y designio, era evidente
que les seguirían a la vez la salvación y la victoria,
porque todos los que por preferencia o por necesidad
104 Eufemismo: morían.
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346 HISTORIAS
adoptan un tal propósito, jamás se engañan en cuanto
a vencer a sus adversarios. Y siempre que el enemigo
tenga la esperanza opuesta, que es lo que ahora acon-
tece a los romanos, pues es evidente que si huyen la
gran mayoría logrará salvarse, ya que tienen su patria
a un paso, en este caso está claro que la audacia de
los desesperados se convertirá en irresistible.
La gran mayoría aprobó el ejemplo y el discurso, y
cobró el empuje y el ardor que pretendía el que les
exhortaba. Entonces Aníbal les felicitó y les despidió
al tiempo que les anunciaba que al día siguiente al
alborear levantarían el campo.
Escipión había cruzado en aquellos mismos días
el río Po, y pensaba pasar también el río Tesino. Ordenó
a los pontoneros que tendieran puentes, y concentran-
do al resto de las fuerzas las arengó. La mayoría de las
cosas que les dijo se referían al honor de la patria y
de las gestas de los antepasados; en cuanto a la situa-
ción presente, les habló de esta manera: afirmó que,
aunque de momento ellos no tuvieran ninguna expe-
riencia del enemigo, el mero hecho de saber que iban
a luchar contra cartagineses les debía hacer tener una
esperanza indiscutible de victoria. Debían pensar, sin
la menor duda, que era cosa absurda e indigna que
los cartagineses se opusieran a los romanos, cuando
habían sido derrotados por ellos tantas veces y les
habían pagado muchos tributos, y casi habían sido sus
esclavos durante tanto tiempo ya. «Y cuando, además
de lo dicho, hemos aprendido a conocer a estos hom-
bres hasta el punto de que no se atreven a mirarnos
cara a cara!S, ¿qué debemos pensar acerca del futuro
105 Aquí la tradición manuscrita del texto griego ofrece cier-
tas dificultades, que se pueden comprobar en las ediciones
críticas. El texto griego transmitido, efectivamente, es algo
incoherente, y los mismos editores Biittner-Wobst modificaron
LIBRO III 347
si hacemos una previsión correcta? Ni aún su propia
caballería, que trabó combate con la nuestra junto al
Ródano '%, se salió con honor, antes bien, tras sufrir
grandes pérdidas, huyó vergonzosamente hasta alcan-
zar su propio campamento; su general, con todo su
ejército, cuando supo la presencia de nuestros soldados,
se retiró de una manera muy parecida a una desban-
dada, y fue por su propia decisión, por miedo, por lo
que utilizó la ruta de los Alpes.» Y añadió que ahora
Aníbal estaba allí, tras haber perdido la mayor parte de
su ejército, y lo que le quedaba era impotente e inútil
por las malas condiciones en que estaba. Había perdido
también la mayor parte de sus caballos, y el resto no
servía para nada debido a la duración de la marcha
y a sus dificultades '”, Con todo esto Escipión intentaba
demostrarles que les bastaría con mostrarse al ene-
migo. Lo que más les pedía es que cobraran ánimo al
ver que él estaba allí; puesto que jamás habría aban-
donado la flota y las acciones de España, a las que
había sido enviado, y no habría acudido tan aprisa
si no se hubiera convencido, de manera absolutamente
lógica, de que esta acción era necesaria para la patria,
y de que, además, era cosa clara en ella la victoria.
La autoridad del orador y la verdad de lo que les
decía hizo que todos cobraran ánimo para la lucha.
Escipión les felicitó por su empuje y les despidió con
la recomendación de que estuvieran prestos a las
órdenes.
su lectura en su segunda edición (1904). Mi traducción responde
a esta segunda lectura.
106 Se refiere a la escaramuza narrada en el cap. 45 de este
mismo libro.
107 A pesar de haberlos desaprobado, Polibio introduce aquí
un discurso en estilo directo. Cf. la nota 160 del libro II.
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348 HISTORIAS
Al día siguiente, ambos jefes
avanzaron por la orilla del río 1%
que da a los Alpes; los romanos
tenían la corriente a la izquierda
y los cartagineses a la derecha. Al
cabo de dos jornadas supieron por los forrajeadores
que los dos ejércitos estaban cerca uno del otro; se
quedaron en el lugar en que estaban y acamparon.
Al amanecer, tomando ambos generales toda su caba-
llería, y Escipión también a sus infantes armados de
jabalinas, se adelantaron por la llanura, con el deseo
de inspeccionarse mutuamente las fuerzas. Así que se
aproximaron y vieron la polvareda levantada, al ins-
tante se alinearon para la batalla. Escipión situó de-
lante a los infantes armados de jabalinas, y con ellos
a los jinetes galos; dispuso el resto de frente y avan-
zaba lentamente. Aníbal colocó al frente su caballería *
bridada '%, y el resto de ella, sin freno, y así se en-
frentó al enemigo. Había dispuesto a ambas alas la
caballería númida, en vistas a una operación envolvente.
Los dos jefes y los jinetes de los dos bandos estaban
con gran moral para la pelea, y el primer choque fue
tal que la infantería ligera romana no consiguió dis-
parar con antelación sus jabalinas, y se replegaron
rápidamente a través de los huecos que entre sí deja-
ban los escuadrones, pasmados ante la arremetida ene-
miga y temiendo acabar pateados por los jinetes que
se echaban encima. Entonces, pues, las caballerías cho-
Primeras batallas:
el Tesino 108
103 En WALBANK, Commentary, pág. 398, hay un plano de la
batalla del Tesino.
109 Polibio no llega a decir su nombre, pero aparte de que
nos lo da Tito Livio, el río en cuestión no puede ser otro que
el Tesino, que fluye de manera sensiblemente paralela a los
Alpes.
110 Por oposición a los númidas, que montaban a caballo
sin freno.
LIBRO 111 349
caron frontalmente, y su encuentro fue indeciso duran-
te mucho tiempo. Lo que había era a la vez un combate
de caballería y de infantería, porque durante la misma
lucha descabalgó una gran cantidad de combatientes.
Pero tras la operación envolvente de los númidas, que
atacaban por la espalda, los infantes romanos armados
de jabalinas que antes habían rehuido el choque contra
la caballería cartaginesa se vieron aplastados por el
número y violencia de los númidas. Y la caballería,
que primero luchaba de frente contra los cartagineses,
perdió muchos hombres, pero infligió pérdidas aún ma-
yores al enemigo. Mas cuando los númidas cargaron
por la espalda se dio a la fuga; unos se dispersaron y
otros se agruparon en torno a su comandante.
Escipión, pues, levantó el campo y avanzó, a tra-
vés de la llanura, hacia el puente tendido sobre el río
Po; quería que sus fuerzas se anticiparan a cruzarlo
primero: veía que los terrenos eran llanos y que el
enemigo era superior en caballería. Además, él mismo
estaba gravemente herido; por esto decidió apostar sus
fuerzas en un lugar seguro. Durante algún tiempo Aní-
bal supuso que los romanos le presentarían batalla con
sus fuerzas de infantería, pero al ver que habían levan-
tado el campamento, les persiguió hasta la primera
orilla y hasta el puente tendido encima *!!. Encontró
111 Aquí hay un problema de crítica textual importante,
porque condiciona, incluso, la ubicación de la batalla. La pa-
labra griega que aquí se traduce por «primer» no consta en
todas las fuentes manuscritas; si se admite la supresión, se
admite automáticamente que la batalla se libró a orillas del
Po y no del Tesino. No obstante, con Biúttner-Wobst y la ma-
yoría de editores, admito como genuina en el texto griego la
palabra que significa «primer». Esto implica la existencia de
dos puentes, cosa que Polibio tampoco dice explícitamente, pero
que se deduce incuestionablemente del desarrollo de la batalla.
Paton, tan parco en las notas en su edición, anota este lugar,
e indica que la batalla se libró cerca de la población actual
de Vigerano.
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350 HISTORIAS
que la mayoría de las tablas habían sido arrancadas,
pero hizo prisioneros a los custodios del puente, que
estaban todavía allí; eran unos seiscientos. Sin embar-
go, cuando se enteró de que el resto de los romanos
estaba ya muy lejos, dio la vuelta e hizo la marcha
por las márgenes del río, deseoso de encontrar un lugar
donde se pudiera tender fácilmente un puente sobre
el Po. Al cabo de dos días se detuvo, y sirviéndose, a
modo de puente, de embarcaciones fluviales para el
paso, encargó a Asdrúbal el traslado de las tropas; él
mismo, después de cruzar, inmediatamente entabló ne-
gociaciones con unos embajadores de lugares próximos
que se habían presentado. Pues así que se produjo su
victoria, todos los galos limítrofes se apresuraron, se-
gún el propósito inicial, a hacerse amigos de los carta-
gineses, a ayudarles y a salir a campaña con ellos. Aní-
bal, pues, recibió amablemente a los presentes, y
cuando se le hubieron juntado las tropas de la otra
orilla, avanzó paralelamente al río, en una marcha
opuesta a la anterior, pues ahora la hacía río abajo,
ansioso de establecer contacto con el enemigo. Escipión,
que había cruzado el río Po, y había acampado junto a
la ciudad de Placencia, colonia romana, se curaba a sí
mismo y a los demás heridos, y, creyendo haber apos-
tado a su ejército en un lugar seguro, permanecía
inactivo. Pero Aníbal, que al cabo de dos días de haber
cruzado el río, llegó cerca del enemigo, al tercer día
situó a sus tropas a la vista de los romanos. Mas nadie
le salía al encuentro, y acampó, dejando unos cincuenta
estadios de intervalo entre ambos campamentos.
Los galos que combatían entre los romanos, al ver
que las esperanzas de los cartagineses eran más brillan-
tes, tramaron un complot, y aguardaban una ocasión
para atacar a los romanos; entre tanto permanecían
en sus tiendas. Cuando los soldados que estaban junto
a la misma empalizada cenaron y se retiraron a des-
LIBRO 111 351
cansar, las galos dejaron pasar la mayor parte de la no-
che hasta la tercera guardia 1?; entonces atacaron a los
romanos acampados junto a ellos. Mataron a muchos
e hirieron a no pocos; al final decapitaron a los muer-
tos y se pasaron a los cartagineses; eran dos mil, y
poco menos de doscientos jinetes. Aníbal les acogió be-
névolamente a su presencia, les estimuló y prometió
a todos recompensas adecuadas; luego les remitió a
sus ciudades de origen, para que explicaran a sus con-
ciudadanos cómo les había tratado y les animaran a
aliarse a él. Sabía que todos, cuando se hubieran ente-
rado de la traición que sus propios conciudadanos ha-
bían cometido contra los romanos, se aliarían, sin duda
alguna, a sus empresas. Al tiempo de éstos se presen-
taron también los boyos y entregaron a Aníbal aqueilos
tres hombres enviados por los romanos para proceder
a la distribución de tierras, de los que se habían apo-
derado por traición al principio de la guerra, como
más arriba dije 3. Aníbal acogió su lealtad y estableció
con ellos también amistad y alianza, pero les devolvió
a los hombres con el encargo de que los custodiaran
para poder recibir a cambio de ellos a sus propios re-
henes, según sus planes iniciales. Escipión, indignado
por la traición sufrida, calculó que si ya antes los galos
les habían sido hostiles, ahora ocurriría que todos los
de alrededor se inclinarían por los cartagineses. Creyó,
pues, indispensable precaverse ante el futuro; llegó la
noche, y al amanecer levantó el campo y marchó en
dirección al río Trebia '* y a las colinas que se levan-
tan junto a él, confiando tanto en la aspereza de aquella
región como en los aliados que habitaban en sus inme-
diaciones.
112 De tres a seis de la madrugada.
113 En 40, 9 de este mismo libro.
114 Afluente del Po por su margen derecha.
352 HISTORIAS
Aníbal, tras conocer su mar-
cha, envió sin dilaciones a los ji-
netes númidas, y no mucho des-
pués a los restantes. El ejército,
mandado por él mismo, seguía
Clastidio.
Batalla de Trebia
2 inmediatamente detrás. Los númidas cayeron sobre el
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campamento abandonado y lo incendiaron. Ello favo-
reció enormemente a los romanos, ya que si la caba-
llería cartaginesa, que les perseguía muy de cerca, les
hubiera atrapado con los bagajes en el terreno llano,
muchos habrían muerto a manos de los jinetes. Pero
entonces la mayoría consiguió cruzar el río Trebia; de
los que quedaron atrás en la retaguardia, unos murie-
ron y otros cayeron vivos en manos de los cartagineses.
Escipión cruzó el río citado y acampó junto a las
primeras colinas 45, y tras rodear el campamento de
un foso y de una empalizada, recibió a Tiberio Sem-
pronio con las fuerzas que traía; cuidaba su propia
herida con gran interés, pues deseaba estar en condi-
ciones de participar en el próximo combate. Aníbal es-
tableció su campamento a unos cuarenta estadios de
distancia del enemigo. La gran masa de galos que ha-
bitaba aquellas llanuras se había sumado a las espe-
ranzas de los cartagineses; aprovisionaba en abundan-
cia su ejército y estaba dispuesta a colaborar con los
hombres de Aníbal en cualquier trabajo y empresa.
En Roma, cuando se supo lo ocurrido en el com-
bate de caballería, hubo sorpresa, porque el hecho era
algo imprevisto, pero no faltaron pretextos para creer
que lo sucedido no era una derrota: unos culpaban
la precipitación del general, otros la perversa voluntad
de los galos, a juzgar por la deserción reciente. En
suma, puesto que sus tropas de a pie estaban intactas,
115 Cerca de la población actual de Rivagano, en la margen
derecha del río Trebia.
LIBRO III 353
se suponía que, en conjunto, también las esperanzas
continuaban íntegras. Así, cuando Tiberio Sempronio
llegó y cruzó Roma con sus tropas, creyeron que con
su sola. presencia decidirían la contienda. A los solda-
dos concentrados en Rímini según su juramento, su
general les recogió y avanzó, deseoso de juntarse con
las fuerzas de Escipión. Unidos ya ambos ejércitos,
hizo acampar a los suyos junto a sus compatriotas.
Quería que sus hombres se recuperaran, pues durante
cuarenta días habían marchado ininterrumpidamente
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desde Lilibeo hasta Rímini. Al propio tiempo iba ha- '
ciendo los preparativos para la batalla. Deliberaba con
gran interés con Escipión, preguntándole acerca de lo
ya sucedido, y discutía con él la situación presente.
En aquellos mismos días Aníbal había tomado por
traición la ciudad de Clastidio ''ó: se la entregó un
hombre de Bríndisi a quien la habían confiado los ro-
manos. Dueño de la fortaleza y de su depósito de trigo,
lo utilizó para aquella oportunidad, y se llevó consigo
a los hombres hechos prisioneros sin inferirles ningún
daño: quería proporcionar una prueba de sus disposi-
ciones para que los que se vieran atrapados por las cir-
cunstancias no desesperaran, temerosos, de su salva-
ción junto a él. Al traidor, le honró de manera magnifi-
cente, confiando en que la esperanza depositada en los
cartagineses atrajera a los que ejercían algún gobierno.
Pero después observó que algunos galos que habi-
taban entre el río Po y el Trebia y que habían pactado
amistad con él, enviaban mensajeros también a los ro-
manos; creían que de esta manera estarían seguros
igualmente frente a los dos contrincantes. Aníbal, pues,
envió dos mil soldados de infantería y unos mil de ca-
ballería, entre galos y númidas, con la orden de hacer
un pillaje en las tierras de aquéllos. Estas tropas en-
116 Actualmente Casteggio, cerca de Pavía.
38. —23
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354 HISTORIAS
viadas cumplieron su misión y recogieron botín en
abundancia; rápidamente los galos se presentaron ante
la empalizada romana en demanda de ayuda. Tiberio
Sempronio buscaba desde hacía tiempo una ocasión
para intervenir; tomó esto como pretexto y envió la
mayor parte de su caballería, y con ella un millar de
soldados de a pie, armados de jabalinas. Éstos comba-
tieron con gran ardor al otro lado del Trebia y dispu-
taron el botín a los enemigos; lograron que los galos
y los númidas se retiraran a su propio vallado. Los
jefes del campamento cartaginés comprendiendo al ins-
tante lo que ocurría, ayudaban con sus reservas desde
sus posiciones a los que estaban en situación difícil;
al ocurrir esto, fueron los romanos los que volvieron
la espalda y se retiraron, a su vez, a su propia empa-
lizada. Tiberio Sempronio, al verlo, envió a todos sus
jinetes y a los lanceros. Ante su ataque, los galos ce-
dieron de nuevo y se fueron retirando en vistas a su
propia seguridad. El general cartaginés no estaba pre-
parado para jugárselo todo en una batalla. Juzgaba
que una batalla decisiva no debe librarse sin un plan
preconcebido ni por cualquier oportunidad, lo que hay
que reconocer que es propio de un buen general, De
momento retuvo a los que estaban junto a él en la em-
palizada, y les obligó a revolverse y a afrontar al ene-
migo, pero les impidió que salieran en su persecución
y le afrontaran; les reclamaba por medio de sus oficia-
les y de trompeteros. Los romanos aguardaron un breve
tiempo y se retiraron: habían perdido a algunos de los
suyos, pero habían causado muchas más bajas a los
cartagineses.
Tiberio, exaltado y alborozado por aquel triunfo,
ansiaba entablar lo antes posible una acción decisiva.
Debido a la enfermedad de Escipión, tenía la ocasión
de tratar aquella situación según sus criterios persona-
les. Pero, con todo, quería saber también la opinión
LIBRO III 355
de su colega en el mando, y dialogaba con él acerca de
estos temas. En cuanto a la situación de entonces, Es-
cipión creía lo contrario: suponía que las legiones, si
durante el invierno se ejercitaban, mejorarían su pre-
paración. Creía, además, que la versatilidad de los galos
no les mantendría leales a los cartagineses cuando éstos
estuvieran inactivos y se vieran obligados a permane-
cer ociosos, sino que harían alguna cosa nueva contra
ellos. Y por encima de todo esperaba que él, personal-
mente, curado ya de la herida, sería de una utilidad
positiva para los intereses comunes. Por todas estas
previsiones pedía a Sempronio que se atuviera a lo pla-
neado. Éste sabía que todo aquello había sido dicho
de modo acertado y oportuno, pero empujado por su
amor a la gloria y confiando en la situación, se apre-
suró, de un modo irracional, a jugarse él mismo el todo
por el todo, sin que Escipión pudiera participar en la
batalla, ni los cónsules nombrados pudieran tomar el
mando, aunque era ya el tiempo de hacerlo. Evidente-
mente, Tiberio Sempronio no cumplía con su deber, ya
que escogía no lo oportuno en aquella situación, sino
su propia oportunidad.
Aníbal tenía una idea muy semejante a la de Esci-
pión en cuanto a la situación de entonces, y deseaba
todo lo contrario, entablar batalla con el enemigo. Pre-
tendía, antes que nada, aprovechar el ardor de los galos
cuando todavía estaba intacto. Además, iba a pelear
contra unas tropas romanas bisoñas, todavía no experi-
mentadas. En tercer lugar, quería combatir mientras
duraba todavía la invalidez de Escipión. Y lo que pre-
tendía, por encima de todo, era hacer algo y no perder
el tiempo inútilmente: quien ha situado sus ejércitos
en un país extranjero y se dispone a empresas increí-
bles, sólo tiene una manera de salir adelante: renovar
constantemente las esperanzas de los aliados.
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356 HISTORIAS
Aníbal, pues, sabedor del ataque inmediato de Tibe-
rio Sempronio, estaba en estas condiciones.
Desde hacía tiempo se había fijado en que entre los
campamentos había un lugar llano y pelado, que era
muy propio para una emboscada: corría por él un ria-
chuelo en cuyas orillas había zarzas y espinos que las
recubrían totalmente; Aníbal se propuso tender allí una
trampa al enemigo y aplastarle.
En efecto: iba a pasar fácilmente desapercibido,
ya que los romanos desconfiaban de lugares boscosos,
puesto que los galos preparaban sus celadas en ellos;
en cambio, no sospechaban de lugares llanos y sin ve-
getación: no se daban cuenta de que para ocultarse
sin sufrir daño los emboscados son más adecuados
estos lugares que los boscosos: en ellos se puede divi-
sar desde muy lejos; en la mayoría de estos parajes hay
escondrijos suficientes. Un riachuelo cualquiera con
una pequeña escarpadura, a veces unas cañas, unos
helechos o cualquier planta espinosa es suficiente para
ocultar no sólo la infantería sino con frecuencia incluso
la caballería, con tal de que se tenga la mínima pre-
caución de colocar las armas debajo, pegadas al suelo,
y de esconder los cascos debajo de los escudos. Enton-
ces, el general cartaginés deliberó con su hermano
Magón y los demás consejeros acerca de la batalla inmi-
nente, y todos aprobaron sus planes. Durante la cena
del ejército Aníbal llamó a Magón, su hermano, joven
lleno de ardor e instruido desde su infancia en el arte
de la guerra, y reunió asimismo a cien hombres de ca-
ballería e igual número de infantería. Todavía no ha-
bía caído la noche cuando eligió a los hombres más
vigorosos de todo el campamento y les dijo que en
concluyendo la cena se presentaran en su tienda. Les
incitó y les infundió el coraje que la ocasión requería,
tras lo cual hizo que ellos mismos seleccionaran de
sus propias formaciones a los diez soldados más va-
LIBRO 111 357
lientes, y que se dirigieran con ellos a un lugar de la
acampada. Ellos cumplieron la orden, y a éstos, que
eran mil soldados de caballería y otros tantos de in-
fantería, Aníbal les mandó de noche a la emboscada;
a su cabeza puso unos guías, y dio instrucciones a su
hermano en cuanto al momento del ataque. Él mismo,
al rayar el día, concentró a la caballería númida, hom-
bres excepcionalmente sufridos, les exhortó, prometió
recompensas a los más valientes, y les mandó que se
aproximaran al atrincheramiento enemigo, que cruza-
ran rápidamente el río y que, provocando escaramuzas,
hicieran mover a los romanos; intentaba coger al ad-
versario en ayunas y no preparado para lo que se le
echaba encima. Juntó también a los demás comandan-
tes, les arengó de modo semejante para la refriega,
dispuso que todos tomaran alimento y que se pusieran
muy a punto armas y caballos.
Cuando vio que la caballería númida se aproximaba,
Tiberio envió al punto a la suya propia, con la orden
de establecer contacto con el enemigo y atacarle. A
continuación hizo salir a sus lanceros de a pie, unos
seis mil'”, e iba moviendo también desde el vallado
al resto de sus tropas, como si su aparición fuera a
decidir todo; pues estaba excitado por el número de
sus hombres y por lo sucedido la víspera con sus ji-
netes. La estación era ya el solsticio de invierno %', y
el día era muy nevoso y extremadamente frío. Los hom-
bres y caballos romanos habían salido prácticamente
todos en ayunas, por así decirlo. Inicialmente el ardor
y el afán sostuvieron a las tropas romanas. Pero al
atravesar el río Trebia, cuyo caudal había crecido de-
bidó a las lluvias caídas por la noche en los lugares
117 Son los velites de las legiones romanas, infantería arma-
da de lanzas.
118 Hacia el 20 de diciembre del año 218.
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358 HISTORIAS
situados encima de los campamentos, la infantería
realizó la travesía a duras penas, porque el agua les
llegaba al pecho. Esto, y el hambre y el frío, produjo
grandes penalidades al ejército romano, pues el día
había avanzado mucho. Los cartagineses habían comido
y bebido dentro de sus tiendas, tenían bien dispuestos
a sus caballos, se untaban con grasa y se armaban al-
rededor de las fogatas.
Aníbal acechaba la ocasión, y así que vio que los
romanos se habían puesto a cruzar el río, mandó por
delante, como cobertura, a sus lanceros de a pie y a
los baleares, en conjunto unos ocho mil hombres, y
luego hizo salir al grueso de su ejército. Avanzó ocho
estadios frente a su propio campamento, y formó una
sola línea con su infantería, veinte mil hombres en
número, iberos, galos y africanos. Distribuyó su caba-
Mería por las alas, en número de más de diez mil, con-
tando la de los aliados galos; dividió a sus elefantes y
los situó delante de las dos alas.
En aquel momento Tiberio Hamaba hacia sí a su
propia caballería, al ver que no tenían nada que hacer
contra aquel enemigo, ya que los númidas se retiraban
con facilidad, dispersándose, pero se revolvían y ataca-
ban de nuevo con audacia y temeridad; los númidas
acostumbran a pelear de este modo. Sempronio alineó
su infantería según la táctica habitual romana. Los ro-
manos propiamente dichos eran dieciséis mil, y sus
aliados unos veinte mil. Entre los romanos un ejército
completo para operaciones de gran envergadura cuen-
ta con este número de hombres, esto cuando las cir-
cunstancias llevan a pelear conjuntamente a los dos
cónsules. A continuación distribuyó su caballería por
las alas, unos cuatro mil hombres, y avanzó contra el
enemigo altaneramente, en orden y haciendo la pro-
gresión paso a paso.
LIBRO III 359
Cuando los dos bandos estaban ya cerca uno de
otro, la infantería ligera que precedía ambas formacio-
nes trabó combate. Los romanos se vieron en inferio-
ridad en muchos lugares; a los cartagineses, por el
contrario, la acción les era ventajosa, porque los lan-
ceros romanos sufrían penalidades ya desde la aurora.
Y habían disparado la mayoría de sus dardos en la re-
friega contra los númidas; las jabalinas que les resta-
ban habían quedado inutilizadas por la persistencia de
la humedad. Y lo mismo ocurría a la caballería y a
todo el ejército. Los cartagineses, totalmente al revés:
formados, y con un vigor intacto, sin experimentar fa-
tiga, eran siempre efectivos y se afanaban allí donde
fuera necesario. Por eso, cuando en sus espacios Va-
cíos recogieron a los que habían iniciado el combate y
se enzarzaron las tropas de la infantería pesada, la
caballería de los cartagineses presionó en el acto desde
ambas alas al enemigo; era muy superior en número
de caballos y la fatiga no había hecho mella en ella,
pues acababa de entrar en acción. La caballería ro-
mana retrocedió, y al quedar desguarnecidas las alas
de su formación, los lanceros cartagineses y la masa de
los númidas rebasaron las avanzadillas propias, caye-
ron sobre los flancos romanos, en los que causaron
grandes estragos, y no les permitieron combatir a los
que les atacaban de frente. Las infanterías pesadas,
que en ambos bandos ocupaban el frente y el centro
de las formaciones respectivas, sostuvieron durante
largo tiempo un cuerpo a cuerpo, con lo cual la pugna
no se decidía.
En aquel momento se levantaron los númidas que
estaban en la emboscada y atacaron súbitamente por
la espalda a los romanos que luchaban en el centro;
en las tropas romanas se produjo una gran confusión
y dificultad. Al final las dos alas de las fuerzas de
Tiberio, presionadas fuertemente por los elefantes y en
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360 HISTORIAS
los flancos por la infantería ligera, volvieron la espal-
da, y en su huida se vieron empujados hasta el río
que tenían a retaguardia. Al ocurrir esto, de los roma-
nos colocados en el centro del combate, los que for-
maban detrás morían por el ataque de los emboscados
y lo pasaron mal; los que estaban en primera línea,
forzados, derrotaron a los galos y a una parte de los
africanos: mataron a muchos de ellos y rompieron las
líneas cartaginesas. Pero al ver que sus camaradas de
las alas habían sido derrotados, renunciaron tanto a
prestarles ayuda como a regresar a su campamento:
pensaron que la caballería cartaginesa era demasiado
numerosa. Además, el río era un obstáculo, y la lluvia
caía continua y pesadamente sobre sus cabezas. Se
mantuvieron, pues, en formación, y se retiraron agru-
pados en seguridad hacia Placencia, en número no in-
ferior a diez mil. La mayoría de los restantes murió
junto al río por la acción de los elefantes y de la
caballería cartaginesa. Los soldados de infantería que
consiguieron escapar y la mayoría de la caballería se
retiraron también, como se dijo antes, y llegaron con
los demás a Placencia.
El ejército de los cartagineses, que había acosado
hasta el río al enemigo, ya no pudo progresar más de-
bido a la lluvia, y se retiró a su campamento. Todos
estaban contentos sobremanera, porque las cosas les
habían salido a derechas. En total habían muerto unos
pocos iberos y africanos: la mayoría de bajas eran de
galos. Pero la lluvia y una nevada que cayó posterior-
mente los puso también en tan mala situación que se
les murieron todos los elefantes menos uno, y también
perecieron de frío muchos hombres y caballos.
Tiberio Sempronio, aunque sabía lo ocurrido, que-
ría ocultarlo lo más posible a los de Roma, y envió
unos mensajeros que explicaran que se había librado
una batalla, pero que el tiempo invernal les había frus-
LIBRO III 361
trado la victoria. Los romanos, primero, dieron fe a
tales anuncios, pero poco después se enteraron de que
los cartagineses les habían llegado a acechar el campa-
mento, de que todos los galos se habían decidido por
su amistad, de que los suyos habían abandonado el
campamento, que después de la batalla se habían reti-
rado y se habían concentrado todos en las ciudades 1”,
y de que eran aprovisionados desde el mar remontan-
do el curso del Po; supieron, en suma, con demasiada
claridad lo ocurrido en la batalla, A pesar de que les
parecía un hecho paradójico, se dedicaron con gran
intensidad a custodiar los puntos peligrosos y a efec-
tuar otros preparativos. Enviaron legiones a Cerdeña y
a Sicilia, y, además, guarniciones a Tarento y a otros
lugares estratégicos; equiparon, también, sesenta na-
ves quinquerremes. Cneo Emilio y Cayo Flaminio, que
acababan de ser nombrados cónsules, concentraron a
los aliados, y reclutaron legiones nuevas para ellos.
Establecieron además depósitos de víveres, unos en
Rímini y otros en Etruria, porque pensaban hacer la
marcha por estos lugares. Enviaron legados a Hierón
en demanda de ayuda, y éste les mandó quinientos
cretenses y mil peltastas '%; los romanos lo iban dispo-
niendo activamente todo, porque siempre que les rodea
un peligro real son muy temibles, tanto particular
como colectivamente.
En la misma época Cneo Cor-
nelio, nombrado por su hermano
Publio comandante de las fuerzas
navales, según dije más arriba *!,
zarpó con toda la flota desde las
bocas del Ródano y alcanzó España por los parajes cer-
Los hechos
de España
119 Piacenza y Cremona.
120 Cf. nota 169 del libro II.
121 Cf. nota 49, 4 de este libro.
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362 HISTORIAS
canos a la ciudad llamada Ampurias 2. Empezando
desde allí hacía desembarcos e iba asediando a los ha-
bitantes de la costa hasta el río Ebro que le rechazaban;
en cambio, trató benignamente a los que le acogieron,
y les protegió de la mejor manera posible. Aseguró,
pues, las poblaciones costeras que se le habían pasado,
y avanzó con todo su ejército hacia los territorios del
interior. Había reunido ya un gran número de aliados
de entre los españoles. A medida que avanzaba se atraía
a unas ciudades y sometía a otras. Los cartagineses de-
jados en estos parajes al mando de Hannón acamparon
frente a los romanos cerca de una ciudad llamada
Cissa!”*, Cneo Cornelio formó a sus tropas y libró un
combate del cual salió victorioso, con lo que se adueñó
de muchas riquezas, ya que las tropas cartaginesas que
habían marchado a Italia habían confiado sus bagajes a
los cartagineses de aquí. Cneo Cornelio convirtió en
amigos y aliados a todos los naturales del país que ha-
bitaban al norte del Ebro; cogió vivo al general de los
cartagineses Hannón y al caudillo ibero Indibil **; éste
detentaba el mando de aquellos lugares de tierra aden-
tro, y había sido siempre muy amigo de los cartagi-
neses. Enterado muy pronto de lo sucedido, Asdrúbal
cruzó el río Ebro y acudió a prestar ayuda.
Se enteró de que las tripulaciones de la flota ro-
mana, dejadas allí, al saber los triunfos de sus ejérci-
tos de tierra, se habían dispersado de manera confiada
y negligente; concentró, pues, unos ocho mil hombres
12 Cf. nota 89 de este libro.
123 El P. ANToNto RAMON, Polibi, 1, pág. 21, nota al pie,
sugiere que se trata de la población de Guissona, a las orillas
del río Ció, en la provincia de Lérida.
14 Una respetable tradición le hace jefe de los ilergetes
que vivían por tierras leridanas. El gran dramaturgo catalán
ÁNGEL GUIMERA le hizo protagonista de su tragedia Indibil i
Mandoni.
LIBRO III 363
de infantería de su propio ejército y mil jinetes, sor-
prendió diseminados por el país a los romanos de las
naves, mató a muchos de ellos y obligó a los demás a
huir hacia sus propias embarcaciones.
Asdrúbal entonces se retiró, cruzó de nuevo el río
Ebro y se preocupó de la guarnición y defensa de los
parajes situados detrás del río; pasó el invierno en
Cartagena; Cneo alcanzó de nuevo a su flota, castigó
según la usanza romana '* a los culpables de lo suce-
dido, concentró en un solo punto a sus fuerzas terres-
11
12
tres y navales y estableció su campamento de invierno :
en Tarragona. En previsión del futuro repartió el botín
en partes iguales entre sus soldados, lo cual les infun-
dió gran ardor para el futuro y simpatía hacia él.
Tal era la situación en Espa-
ña. Llegada la primavera !%, Cayo
En Italia Flaminio recogió sus fuerzas,
avanzó a través de la Etruria y
acampó junto a la ciudad de los
arretinos. Cayo Servilio, a su vez, se dirigió a Rímini
para vigilar por aquí la invasión de los enemigos.
Aníbal, que pasaba el invierno en territorio galo,
retenía en custodia a los romanos que había cogido
prisioneros en la batalla, y les suministraba los víveres
justos para sobrevivir; a los aliados de los romanos,
en cambio, ya de buenas a primeras les trató con hu-
manidad; después los reunió y les dijo, en tono exhor-
tatorio, que no se había presentado a pelear contra
ellos, sino a su favor, y contra los romanos, por lo cual
era indispensable, afirmó, que si estaban en su sano
juicio se hicieran amigos de él, ya que se encontraba
allí, ante todo, para lograr la libertad de los italianos,
15 La usanza romana era decapitar a los culpables del
desastre.
126 Del año 217.
364 HISTORIAS
y al propio tiempo para salvar las ciudades y al país
que cada uno de ellos había perdido a manos de los
romanos.
7 Tras estas afirmaciones les remitió a todos a sus
países sin exigir rescate, con la intención a la vez de
atraerse de este modo a los que habitaban Italia, y de
que éstos se enajenaran su simpatía hacia los romanos;
pretendía además excitar a los que pensaban que la
dominación romana había causado algún daño a sus
ciudades o a sus puertos ?”.
78 Además, durante el período invernal usó de esta
2 estratagema, ciertamente fenicia. Temía la inconstan-
cia de los galos, e incluso algún atentado contra su
persona, porque sus relaciones con ellos eran muy re-
cientes, de modo que se preparó unas pelucas, adapta-
das a las diversas edades de la vida y a sus distintos
3 aspectos, y las utilizó cambiándolas constantemente;
también se mudaba los vestidos, adecuándolos a aqué-
a llas. Todo esto le hizo difícil de reconocer no sólo a los
que le habían visto alguna vez de pasada, sino incluso
s a los que le trataban habitualmente. Veía también que
los galos estaban molestos porque la guerra se des-
arrollaba en su propio territorio, y que estaban impa-
cientes y deseosos de llevarla a tierras enemigas, apa-
rentemente por su odio a los romanos, pero en realidad
más por el provecho a obtener. Aníbal, pues, tomó la
decisión de levantar el campo lo más pronto posible y
satisfacer los deseos de sus tropas.
6 Por eso, al tiempo de cambiar la estación se in-
formó por los que parecía que conocían mejor el
12 Aquí hay un problema de tradición manuscrita que con-
diciona la traducción. Aquí se ha adoptado la lectura de los
códices, que es la aceptada por Biittner-Wobst; Schweigháuser
propone una variante textual que, de aceptarse, da el sentido:
«a los que pensaban que es difícil decir los puertos que los
romanos quitaron a los galos».
LIBRO III 365
país y supo que las rutas que llevaban a tierra enemiga
eran largas y familiares al adversario; en cambio, había
un camino que, a través de las marismas, conducía a
la Etruria. La marcha iba a ser penosa, pero breve,
y, además, inesperada para Flaminio y los suyos. Como
por su natural estas empresas le eran habituales,
Aníbal determinó avanzar por esta ruta. Por el cam-
pamento corrió el rumor de que el general les iba a
conducir por terrenos pantanosos, y todo el mundo
mostró sus reservas ante tal itinerario, porque se ima-
ginaban las ciénagas y los atolladeros de aquellos pa-
rajes.
Cuando se hubo asegurado cuidadosamente de que
los lugares de la ruta eran cenagosos, pero firmes,
Aníbal levantó el campo. Situó en vanguardia a los
africanos y a los iberos, y, además, al contingente más
útil de todo su ejército. Y entre éstos colocó el bagaje
para que, de momento, disfrutaran de provisiones;
para el futuro ya no leimportaba en absoluto el apro-
visionamiento; pensaba que, al llegar a territorio ene-
migo, si era vencido, ya no precisaría de nada indis-
pensable, y si triunfaba en una batalla campal, no
carecería de provisiones. Detrás de los hombres cita-
dos colocó a los galos, y, cerrando la formación, a la
caballería. Puso a su hermano Magón como jefe de
la retaguardia, más que nada porque los galos eran
blandos y aborrecían las penalidades; si, al sufrirlas,
intentaban retroceder, Magón podría impedírselo con
la caballería, que se les echaría encima.
Los iberos y los africanos hicieron la marcha por
las marismas aún no removidas, y la concluyeron con
penalidades soportables, puesto que todos eran gente
sufrida y habituada a tales dificultades, pero los galos
avanzaban difícilmente, ya que el fondo de las maris-
mas había sido revuelto y hollado. Soportaron aquella
dificultad penosa y difícilmente, como hombres que
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366 HISTORIAS
no estaban acostumbrados a aquellas molestias. No
lograron retroceder por los jinetes que tenían detrás.
Todos lo pasaron muy mal, principalmente porque no
podían dormir, ya que marcharon continuamente cua-
tro días y tres noches a través del agua; los que lo
sufrieron más, y perecieron en número mayor que los
restantes, fueron precisamente los galos. La mayoría
de las acémilas cayó en los lodazales y murió; su caída,
con todo, prestaba una utilidad a los hombres, porque
si se sentaban encima de ellas y de los bagajes logra-
ban emerger del agua y descabezar un breve sueño
durante la noche. No pocos caballos perdieron las
pezuñas debido a la marcha continua encima del lodo.
Y el mismo Aníbal se salvó con dificultad a lomos del
único elefante superviviente, pasando muchas penali-
dades. Sufría, además, dolores terribles por una fuerte
inflamación ocular que padecía y que acabó privándole
de la visión en un ojo, ya que en aquella situación no
se podía detener ni cuidar.
Aníbal atravesó, pues, increíblemente aquellos luga-
res pantanosos '%, y tras sorprender en la Etruria a
Flaminio, que había acampado delante de la ciudad de
los arretinos, entonces lo hizo él mismo a la salida de
las marismas; quería que sus fuerzas se recuperaran,
e informarse al propio tiempo sobre el enemigo y los
territorios que tenía delante. Supo que aquel país re-
bosaba de recursos de toda clase y que Flaminio era
un hombre ávido de popularidad y un demagogo total,
desconocedor absoluto de cómo se dirigen las empresas
bélicas; además tenía una confianza ciega en sus pro-
pias fuerzas.
Aníbal, pues, pensó que si lograba rebasar el cam-
pamento romano y establecerse él mismo en el país
128 Estas marismas estaban en los territorios de Bolonia a
Pistoya.
LIBRO 11 367
que tenía a la vista, Flaminio, recelando la burla de sus
tropas, no podría contemplar con indiferencia que el
país fuera devastado; herido en su orgullo, Flaminio
estaría dispuesto a seguirle a cualquier lugar, afanoso
de triunfar él solo, sin esperar la llegada del que com-
partía el mando con él.
Por todo ello Aníbal supuso que Flaminio le daría
muchas oportunidades de atacarle. Todo esto lo calcu-
laba con lógica y sentido práctico.
No sería natural decir otra
Reflexiones sobre “OSA: si alguien cree que en el
el carácter de los arte de la guerra hay algo más
generales importante que conocer las pre-
ferencias y el carácter del gene-
ral enemigo, es un ignorante y está cegado por la
soberbia. Así como en los duelos personales o en las
luchas cuerpo a cuerpo el que pretente vencer ha de
examinar cómo podrá alcanzar su objetivo y qué parte
de sus antagonistas se muestra desnuda y desarma-
da 1%, igualmente es indispensable que los responsa-
bles máximos de una empresa guerrera examinen no
qué parte del cuerpo está al descubierto, sino qué parte
del espíritu del general adversario se muestra vulne-
rable.
Porque muchos por su indolencia y por una inope-
rancia total arruinan no sólo las empresas del estado,
sino que, simplemente, pierden sus propias vidas. Por
129 Posible reflejo de la muerte de Héctor, Ilíada XX1I 318-
325: «...tal la punta fulgía, de la espada de Aquiles, acerada,
que él en su diestra mano blandiendo iba, meditando cómo
la muerte dar al divino Héctor, y atisbando por qué parte
cedería mejor su bella carne. Mas Héctor lleva el cuerpo to-
talmente cubierto por las armas que a Patroclo —bellas armas
broncíneas— le quitara, y sólo como un claro aparecía, la
parte en que del hombro separan las clavículas el cuello y
por donde es más rápida la muerte...» (traducción del P. Da-
NIEL Ruiz BUENO).
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368 HISTORIAS
la pasión que sienten por el vino muchos no logran
conciliar el sueño si no se enajenan y emborrachan;
otros, en su afán de placeres venéreos, por el trans-
porte- que éstos comportan, no sólo arruinaron sus
ciudades y haciendas, sino que perdieron incluso su
vida con deshonor.
La cobardía y la flojedad en la vida privada repor-
tan oprobio a quienes las tienen, pero si se dan en un
comandante en jefe, constituyen una calamidad pública
y el mayor de los desastres. Pues no sólo convierten
en ineficaces a los esclavizados por ellas, sino que mu:
chas veces exponen a los mayores riesgos a los que les
están confiados. La temeridad, la audacia y el coraje
irracional, e incluso la vanagloria y la soberbia son
cosas que van muy bien al enemigo, pero muy peligro-
sas para los amigos; un hombre así es accesible a cual-
quier asechanza, emboscada o engaño. Si alguien pu-
diera apercibirse de los errores de los demás y atacar
al adversario allí por donde el general enemigo es prin-
cipalmente vulnerable, su triunfo total sería inmediato.
Si alguien priva a una nave de su timonel, toda la
embarcación y sus hombres caerán en manos del ene-
migo: de la misma manera, si alguien en la guerra es
capaz de manipular por previsión y cálculo al general
enemigo, muchas veces logrará vencer totalmente, hom-
bre por hombre, a sus oponentes. En aquella ocasión
Aníbal, por haber previsto y calculado lo que se refería
al general enemigo, no se engañó en su plan.
En efecto, tan pronto como
Aníbal levantó el campo, partien-
Avance de Aníbal do de la región de Fiésole, rebasó
mínimamente el campamento ro-
mano e invadió la región que te-
nía delante, Flaminio se excitó al punto y se llenó de
furor: se creía víctima del desdén del enemigo. Des-
pués, al quedar devastado el país y señalar las colum-
LIBRO III 369
nas de humo que la ruina era total, el romano se
irritó; creía que lo ocurrido era intolerable. Algunos
oficiales romanos eran del parecer de que no se debía
seguir de cerca al enemigo, y mucho menos trabar
combate, sino precaverse y tener en cuenta que la
caballería cartaginesa era muy numerosa; ante todo
era indispensable aguardar al segundo cónsul y dar la
batalla con los dos ejércitos romanos reunidos. Pero
Flaminio desestimó estas opiniones, y a duras penas
soportó la presencia de los que las manifestaban. Les
incitó a pensar en lo que, naturalmente, dirían los que
habían quedado en Roma si el país llegaba a ser des-
truido casi en las puertas de la ciudad, esto cuando
ellos estaban acampados en la Etruria, en la retaguar-
dia del enemigo.
Cuando habló en estos términos, finalmente, levantó
el campo y avanzó con sus tropas sin examinar ni la
oportunidad ni el territorio, con el sólo afán de caer
sobre el enemigo, como si la victoria de los romanos
fuera algo incuestionable. Tal fue la confianza que in-
fundió en las multitudes, que mayor que el de los hom-
bres que empuñaban armas era el número de los que,
ajenos a la formación, les seguían, ávidos de ganancia:
llevaban cadenas, grilletes y todo tipo de objetos por
el estilo 1%,
Aníbal, por su parte, avanzaba por la Etruria en
dirección a Roma; tenía a la izquierda la ciudad lla-
mada de Crotona y los montes que la circundan; a la
derecha, el lago llamado Trasimeno *!, A medida que
progresaba quemaba y talaba el país; quería provocar
el coraje del adversario. Cuando vio que Flaminio es-
taba ya en contacto con él se apercibió de unos parajes
130 Cadenas y grilletes para llevarse como esclavos, com-
prados, a los cartagineses caídos prisioneros en manos de los
romanos.
11 En la Umbría, no lejos de Perusa.
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370 HISTORIAS
aptos para la lucha y se dedicó a preparar la batalla.
En el camino había un valle en pendiente, y en toda
su longitud, a ambos lados, se levantaban collados altos
y contiguos 1%; por la parte delantera opuesta este des-
filadero estaba obstaculizado en toda su abertura por
un monte escarpado y difícil; por la parte de atrás
había un lago que dejaba sólo un paso muy estrecho
en dirección al desfiladero, al pie de la cadena mon-
tañosa.
Aníbal lo atravesó bordeando el lago y ocupó per-
sonalmente la altura que se oponía frontalmente al
camino; acampó allí con los africanos y los iberos.
Destacó a los baleares y a los lanceros de la vanguar-
dia bajo los collados de la derecha del. desfiladero, y
los situó estirando su línea lo más posible. Y lo mismo
hizo con los galos: les mandó que rodearan los colla-
dos de la izquierda, y les extendió en una hilera con-
tinua, de manera que los últimos ocupaban ya el acceso
que, entre el lago y las cadenas montañosas, conduce
hacia el lugar mencionado. Aníbal lo había dispuesto
todo durante la noche, y había rodeado de emboscadas
el valle en pendiente; después quedó a la expectativa.
6 Flaminio le seguía los pasos, deseoso de establecer
contacto con los enemigos. En la víspera había acam-
pado junto al lago, ya muy entrado el día. Cuando
apuntó el alba del siguiente mandó que su vanguardia
avanzara y bordeara el lago hasta la misma entrada
del valle, con intención de atacar al adversario.
12 El lugar exacto de la batalla de Trasimeno ha sido muy
discutido, pero es obvio que aquí no se puede ni esbozar la
discusión. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc., con un gráfico
de la batalla en la pág. 416.
LIBRO 111 371
El día era muy brumoso. Aní-
bal, así que la mayoría de roma-
nos que marchaban había pene-
trado en el valle, y la vanguardia
del adversario había establecido
contacto con él mismo, dio la consigna, que transmitió
a todos los emboscados, y atacó por todas partes al
enemigo. Su aparición resultó inesperada a los hom-
bres de Flaminio; debido a las condiciones atmosfé-
ricas les era difícil comprender la situación. El ene-
migo arremetía desde muchos lugares dominantes y
se les echaba encima. Los comandantes y los oficiales
romanos no sólo no podían acudir a prestar ayuda
allí donde era necesario, sino que ni tan siquiera se
apercibían de lo que pasaba, porque les atacaban por
la vanguardia, por la retaguardia y por los flancos.
Ocurrió, por consiguiente, que la mayoría murieron en
la misma formación en marcha, sin defensa posible;
en la práctica se vieron entregados por la impericia
de su jefe. Perecían sin esperárselo, cuando todavía
discutían lo que se debía hacer. En aquella ocasión el
mismo Flaminio, indeciso y abatido por aquella cala-
midad, murió a manos de unos galos que se le abalan-
Zaron encima. En el desfiladero murieron unos quince
mil romanos, que no cedieron a las circunstancias,
pero que no pudieron hacer nada: según su costumbre,
dieron la máxima importancia a no huir y a no aban-
donar la formación.
Los que, en la marcha, se vieron copados dentro
del valle, entre el lago y la cadena montañosa, pere-
cieron de manera vergonzosa y aún más miserable.
En efecto: rechazados hacia el lago, unos se lanzaron,
obcecados, y nadaron cargados con las armas hasta
ahogarse; la mayoría se adentró en el agua lo más
posible y permanecieron allí sacando únicamente la
cabeza. Cuando la caballería cartaginesa les alcanzó
Batalla del
lago Trasimeno
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372 HISTORIAS
comprendieron que estaban perdidos sin remisión: le-
vantaban los brazos y suplicaban que les cogieran vi-
vos; emitían voces de todas clases. Al final, unos mu-
rieron a manos del enemigo y otros se incitaron a
darse muerte mutuamente. Es verdad que quizá seis
mil romanos del desfiladero derrotaron al adversario
que tenían delante, pero no lograron cercarle ni pres-
tar apoyo a los suyos, porque no veían nada de lo
que sucedía, siendo así que hubieran podido ser de
gran utilidad en la batalla. En su anhelo de avanzar,
progresaban convencidos de que caerían encima de al-
gún enemigo; sin apercibirse de ello, llegaron a ocupar
las alturas. Ya eran dueños de ellas cuando escampó
la niebla y comprendieron la magnitud .del desastre;
incapaces ya de cualquier cosa porque el enemigo lo
dominaba y lo ocupaba todo, dieron la vuelta y se
replegaron a una aldea etruria. Después de la batalla
Aníbal mandó allí a Maharbal con los iberos y algunos
lanceros, que asediaron la aldea. Los romanos, rodea-
dos de tantas calamidades, depusieron las armas y se
entregaron a condición de salvar sus vidas.
La guerra total librada entre romanos y cartagine-
ses en Etruria acabó de esta manera.
Cuando fueron conducidos a su presencia los pri-
sioneros romanos que se habían rendido con condicio-
nes, y al propio tiempo los demás, Aníbal les reunió
a todos, en número de más de quince mil. En primer
lugar puso en claro que Maharbal no tenía competen-
cia, si él personalmente no se la otorgaba, de ofrecer
seguridades a los que se habían entregado por un
pacto; después lanzó acusaciones contra los romanos.
Cuando acabó, repartió a los romanos cogidos prisio-
neros entre los batallones cartagineses para su custo-
dia, y a los aliados de los romanos les remitió a sus
propias patrias sin exigir rescate alguno. Les repitió
las mismas palabras que a los de antes: que estaba allí
LIBRO III 373
no para combatir contra los italianos, sino contra los
romanos en pro de la libertad de los italianos.
Hizo descansar a sus tropas e hizo enterrar a los
muertos más ilustres de su propio ejército, que, en nú-
mero, eran unos treinta. Todos los muertos eran unos
mil quinientos, galos en su mayoría. Después de hacer
esto, deliberó con su hermano y sus amigos dónde y
cómo debería emprender el ataque, seguro ya de la
victoria final.
Al llegar a Roma la noticia de la desgracia aconte-
cida, los magistrados de la ciudad fueron incapaces de
disimular, o al menos de velar la magnitud del desas-
tre, enorme como era: se vieron forzados a declarar
el hecho a la multitud, para lo cual habían congre-
gado la asamblea del pueblo. Cuando el pretor subió
a la tribuna y declaró a la multitud reunida: «Hemos
perdido una gran batalla», se produjo tal consterna-
ción que quienes habían vivido ambas circunstancias
creyeron que lo sucedido entonces era mucho peor que
lo ocurrido en la propia batalla. Y es lógico que fuera
así: hacía muchísimo tiempo que ni de palabra ni de
hecho se había reconocido una derrota, y el pueblo no
soportó el desastre con moderación ni con dignidad.
Pero no obró igual el senado, sino que se mantuvo en
las previsiones oportunas, y deliberó acerca del cómo
y qué debía hacer en el futuro cada uno.
Precisamente durante los días
Aníbal marcha de esta batalla Cneo Servilio, el
hacia el Adriático. cónsul que mandaba en la región
Situación en Roma de Rímini situada frente a la
costa del Adriático, allí donde
las llanuras galas limitan con el resto de Italia, no
lejos de la desembocadura de las bocas del Po en el
mar, sabedor de que Aníbal había invadido la Etru-
ria y de que había acampado frente a Flaminio, se
propuso juntársele con todas sus tropas. Pero imposi-
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374 HISTORIAS
bilitado por la lentitud de su ejército destacó a toda
prisa a Cayo Centenio, a quien confió cuatro mil ji-
netes; por si las necesidades lo exigían, quería que
éste se adelantara antes de llegar él mismo. Aníbal se
enteró del socorro enemigo cuando la batalla ya había
concluido, y envía a Maharbal con los lanceros y parte
de la caballería. Éstos acometieron a los hombres de
Cayo, y en la primera refriega mataron casi a la mitad
de ellos; persiguieron a los restantes hasta una loma,
y al día siguientes los cogieron prisioneros a todos.
En la ciudad de Roma hacía tres días que se había
anunciado la pérdida de la batalla; la consternación
había alcanzado su punto máximo, y cuando sobrevino
este segundo desastre, no sólo el pueblo, sino el mismo
senado cayó en un profundo desaliento. Dejaron de
lado la discusión de los asuntos del año y la provisión
de las magistraturas, y deliberaron a fondo sobre la
situación; creían que ella y las circunstancias presen-
tes exigían un dictador 93,
Aníbal, aunque confiaba ya en una victoria total,
por el momento renunció a acercarse a Roma; iba
recorriendo el país y lo devastaba impunemente: di-
rigía su marcha en dirección al Mar Adriático. Atra-
vesó los territorios de los umbros y el de los picenos,
y al cabo de diez días llegó a la región adriática. Se
había apoderado de un botín tan grande, que su ejér-
cito se veía incapaz de llevar y de transportar sus ga-
nancias. Además, durante la marcha causó muchas
bajas al enemigo; tal como ocurre en la conquista de
ciudades, también entonces se pasó la orden de matar
a todos los hombres en edad militar que encontraran.
Y-esto lo hacía por su odio congénito contra los ro-
manos.
133 El mismo Polibio explica, algo más abajo (87, 7-8), la
figura jurídica del dictador romano.
LIBRO III 375
En esta ocasión, cuando Aníbal acampó en la costa 87
del Adriático, en una tierra muy fértil, que da frutos
de todas clases, puso un interés especial en curar y
recuperar a sus hombres, no menos que a los caballos.
Había pasado el invierno al -aire libre en el territorio 2
de los galos; el frío y la falta de cuidados, las pena-
lidades posteriores y el paso por los lugares pantano-
sos habían producido en casi todos los caballos y
también en los hombres la llamada sarna del hambre
y malestares semejantes. Aníbal, convertido en dueño 3
de un país ubérrimo, restableció el cuerpo de sus ca-
ballos y el cuerpo y el espíritu de sus hombres. Cam-
bió el equipo de los africanos a la manera romana,
con armas escogidas de entre tantos despojos como
había capturado. También en este momento mandó 4
por mar legados a Cartago, que describieran lo suce-
dido. Pues entonces por primera vez tocó la costa
desde que había penetrado en Italia. Cuando los oye- 5
ron, los cartagineses exultaron de alegría, y pusieron
todo su interés y providencia en ayudar, de todos los
modos posibles, a las acciones de Italia y de España.
Los romanos, por su parte, nombraron dictador a 6
Quinto Fabio !%*, hombre de prudencia excepcional y
de ilustre nacimiento. Todavía hoy entre nosotros los
hombres de su linaje son llamados Máximos, es decir,
los más grandes, debido a las acciones y a los éxitos
de aquél. He aquí las diferencias que hay entre un dic- 7
tador y los cónsules. Éstos tienen, cada uno, un cortejo
de doce lictores, mientras que el dictador lo tiene de
veinticuatro. Los cónsules muchas. veces necesitan del s
senado para ejecutar sus planes; el dictador es un ge-
neral que goza de plenos poderes. Cuando ha sido
nombrado, en Roma se anulan todas las magistratu-
134 Ha pasado a ser proverbial en la historia bajo el nombre
de Fabius Maximus o bien Fabius Cunctator (= el precavido).
376 HISTORIAS
9 ras '*, a excepción de los tribunos de la plebe. Pero
de esto se hará una exposición más detallada en otro
lugar %. Los romanos, pues, nombraron un dictador,
y junto con él a Marco Minucio como comandante de
la caballería. Éste está semetido al dictador, pero le
sustituye en el mando cuando algo retiene al dictador
en otra parte.
88 Aníbal iba moviendo su campamento en etapas bre-
ves, y no salía de la región adriática. Disponía en
abundancia de vino añejo y con él lavaba a los caballos;
2 era una medicina para su mal estado y su sarna. Lo
mismo hacía con los hombres: curaba a los heridos y
procuraba que los restantes soldados adquirieran vigor
3 y valor para las necesidades que se aproximaban. Atra-
vesó y devastó las tierras de los pretutios con la po-
blación de Adria, después las de los marrucinos y
las de los frentenianos 1”; luego avanzó hacia Yapi-
4 gia'%. Este país está dividido en tres partes, el terri-
torio de los daunios; el de los peucetios y el de los
5 mesapios; Aníbal invadió el primero, la Daunia. Em-
135 Esto no es exacto: las magistraturas no se anulaban,
pero sí quedaban bajo el control del dictador, que podía revocar
sus decisiones.
136 En los extractos que han quedado de la obra de Polibio
no se encuentra la exposición anunciada aquí.
13 Los pretutios ocupaban el S. de la región del Piceno;
los marrucinos estaban al S. de éstos, y los frentenianos ya
bordeaban el Adriático. Un mapa interesante y detallado de la
península italiana en esta época, Weltatlas, pág. 38.
1338 Es la Apulia central, pero el "término en Polibio parece
alcanzar, además, la Calabria. La Daunia está al S. del monte
Gargano; los peucetios habitaban la región de Bari, y los mesa-
pios, la de Brindisi. En el texto original, después de los dau-
nios, hay una laguna, en la que falta, evidentemente, uno de
los nombres en que estaba dividida la provintia de Yapigia. Con
Biittner-Wobst, se da aquí el nombre de peucetios, que es el
que, por otro lado, nos dan otras fuentes de tradición.
LIBRO II 3n
pezó por aquí, por Luceria '”, que era colonia romana,
e iba devastando el país. Posteriormente cambió de
emplazamiento y acampó junto al lugar lHamado Ibo-
nio 1%, recorrió el territorio de Argiripa* y saqueó
impunemente toda la Daunia.
Entretanto, Fabio, tras su investidura, ofreció sa-
crificios a los dioses, salió con su colega en el mando
y con las cuatro legiones alistadas para esta circuns-
tancia. Cerca de Narnia '? estableció contacto con las
fuerzas romanas que habían salido de Rímini para
prestar ayuda. Relevó a su jefe, Cneo Servilio, del
mando del ejército de tierra, y le envió a Roma con
una escolta, con la orden de que si los cartagineses
se movían por mar, acudiera siempre a proteger los
lugares que corrieran peligro. Y él personalmente,
junto con su ayudante en el mando, tomó a sus órde-
nes las tropas y acampó delante de los cartagineses, en
el lugar llamado Eca'*%, que distaba del enemigo unos
cincuenta estadios.
Aníbal supo de la presencia de Fabio y se propuso
aterrorizar súbitamente al enemigo. Hizo salir a su
ejército, lo aproximó al atrincheramiento romano y lo
formó en orden de combate. Esperó algún tiempo sin
que saliera nadie, y se retiró nuevamente a su propio
campamento. Pues Fabio había decidido no exponerse
ni arriesgar una batalla; procuraba por encima de todo
la seguridad de sus tropas, y se atuvo firmemente a
139 La actual Lucera.
140 La grafía de este topónimo es insegura, quizás sea Vi-
binum; sea como sea, es la actual Hippone.
141 Es la actual Arpi.
14 Aquí el texto ofrece el nombre de Daunia, pero los edi-
tores, a excepción de Schweigháuser, modifican el texto y apun-
tan Narnia, en la orilla izquierda del río Avens, en la Ytalia
central.
143 Se desconoce la ubicación de este topónimo, pero debía
de estar al N. de la Apulia.
9
378 HISTORIAS
esta decisión. Primero los suyos le desdeñaron y no
faltó quien le tildara de cobarde, como si la batalla le
empavoreciera, pero con el tiempo hizo que todos re-
conocieran que en aquellas circunstancias nadie hubie-
ra sido capaz de comportarse de manera más atinada
y juiciosa. Los hechos, en efecto, testificaron muy
pronto a favor de sus cálculos, y fue natural que ocu-
rriera así: sucedía que las tropas adversarias se habían
ejercitado en la guerra continuamente, desde su más
temprana juventud; contaban con un jefe que había
crecido entre ellos, acostumbrado desde niño a opera-
ciones en campo abierto. Habían vencido en muchas
batallas en España, y dos veces seguidas a los romanos
y a sus aliados. Y por encima de todo debía tenerse
en cuenta que habían renunciado a todo, y que la
única esperanza de salvación que tenían estaba en
vencer.
La situación del ejército romano era exactamente
la contraria. Por lo cual era desaconsejable arriesgar
una batalla decisiva cuando lo más probable era que
iban a ser derrotados. En sus cálculos, Fabio se volvió
hacia lo que les era ventajoso, fue constante en ello,
y dirigió la guerra de este modo. Las ventajas de los
romanos consistían en un aprovisionamiento práctica-
mente ilimitado y en una gran abundancia de soldados.
Así pues, en el tiempo que siguió siempre marcha-
ba paralelamente al enemigo, y se adelantaba a ocupar
2 los lugares estratégicos según su experiencia. Dispo-
nía en su retaguardia de provisiones abundantes, por
lo que jamás permitió que sus soldados se dispersaran
a forrajear ni que ni una sola vez se apartaran del
atrincheramiento: vigilaba que estuvieran siempre jun-
tos y concentrados, y acechaba lugares y oportunida-
des. De este modo cogió prisioneros y mató a muchos
enemigos que, despreciando al adversario, se habían
diseminado para forrajear, desde su propio campa-
LIBRO III 379
mento. Obraba así porque quería reducir el número
de enemigos, siempre limitado, y restablecer y hacer
recobrar poco a poco la confianza y el espíritu de sus
propios hombres, derrotados en batallas campales por
medio de éxitos parciales. No era en absoluto capaz
de lanzarse deliberadamente a una confrontación deci-
siva. Marco Minucio, su subordinado en el mando, no
estaba de acuerdo con semejante proceder: participaba
de las ideas de la masa y denigraba a Fabio delante de
todos, afirmaba que se encaraba con la situación de
manera floja y remisa; él, personalmente, deseaba con
ardor exponerse y arriesgarse a una batalla.
Los cartagineses devastaron, pues, los lugares cita-
dos, rebasaron los Apeninos y bajaron al territorio de
los samnitas, muy fértil, y que durante mucho tiempo
se había visto libre de guerra. Allí tuvieron tal sobre-
abundancia de provisiones, que ni consumiéndolas ni
destruyéndolas podían agotar el botín. Recorrieron
también el campo de Benevento '*, que era colonia ro-
mana, y conquistaron la ciudad de Venusa 145, que no
estaba amurallada, repleta, además, de toda clase de
ajuares. Los romanos les iban siguiendo constante-
mente los pasos, conservando una distancia de uno O
dos días de marcha: rehusaban acercarse más al ene-
migo y trabar combate con él. Aníbal, viendo que
Fabio rehuía la batalla, pero que no acababa de reti-
rarse del campo abierto, avanzó audazmente hacia las
llanuras que rodean Capua !%, al lugar llamado Faler-
14 Era la capital de los samnitas.
145 Esta Venusa, en el país de los samnitas, nos es desco-
nocida: no hay que confundirla con la Venusa de la Apulia
(116, 3). Pero hay que notar que algunos editores, siguiendo a
Trro Livio, XII -3, leen aquí Telesia.
146 Capua, a la altura de Benevento, al O. de esta ciudad,
a orillas del río Calor. Falerno debía ser un villorrio sin
importancia.
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380 HISTORIAS
no. Pensaba que una de dos: o bien forzaría al ene-
migo a luchar o bien haría patente a todos que su
dominio era indisputado, y que los romanos le cedían
el campo abierto. Esperaba que con esto las ciudades
intimidadas desertarían una tras otra de los romanos.
Hasta entonces, a pesar de que éstos habían perdido
dos batallas '”, ninguna ciudad italiana se había pasado
a los cartagineses, sino que se mantenían leales, aun
cuando algunas habían sufrido mucho. Esto puede ser
un indicio del respeto y de la estimación de que go-
zaba la república romana entre los aliados.
El cáiculo de Aníbal era muy
Aníbal en el país lógico: las llanuras de Capua son
de los samnios y las más famosas de Italia por su
en la Campania fertilidad y por su belleza; se
extienden a lo largo de la costa
y poseen mercados a los que concurren navegantes
procedentes de casi todo el mundo que se dirigen a
Italia. En estas Hanuras hay también las ciudades más
bellas e ilustres de esta península. En su franja cos-
tera se levantan Sinuesa '%, Cumas y Puzzoli, además
de Nápoles, y finalmente el pueblo de los nucerios.
Tierra adentro, la parte nórdica está habitada por los
calenos y los tianitas 1%, la parte oriental y la del sur
la habitan los daunios y los nolanos'%. En la parte
central de estas llanuras está situada la ciudad de
Capua, la más próspera de todas. La descripción que
los mitógrafos hacen de estas llanuras es muy justifi-
147 En realidad son tres, pero Polibio omite sistemática-
mente la batalla del Tesino.
18 La actual Mondragone.
149 Territorio de las actuales ciudades Calvi y Teano.
159 Nola, al S. de la Campania y al E. del Vesubio. En cuanto
a los daunios, algunos editores escriben aquí caudios, pero en
la traducción se acepta, con Biittner-Wobst, la lectura de los
manuscritos.
LIBRO 1II 381
cada. Se les llama también Campos Flegreos *!, igual
que a otras llanuras célebres: no es extraño que los
dioses se pelearan por ellas, por su belleza y su ferti-
lidad. Además de lo apuntado, estas llanuras están bien
defendidas y son de acceso difícil: están rodeadas por
el mar, y, en su mayor parte, por una gran cadena
montañosa que ofrece sólo tres entradas desde tierra
adentro, angostas y escabrosas, la primera por el país
de los samnitas, (la segunda por el Lacio) 1%? y la otra
por la región de Hirpino 3, Por todo lo cual los car-
tagineses se dispusieron a acampar allí teatralmente
para intimidar a todos ante algo inesperado, represen-
tar a los enemigos fugitivos y hacer patente que eran
ellos los que dominaban el campo.
Con este cálculo, pues, Aníbal partió del territorio
de los samnitas y pasó el desfiladero por el collado
llamado Eribiano '*. Acampó junto al río Volturno, que
divide en dos partes aproximadamente iguales la citada
llanura. Estableció su campamento en la parte que da
hacia la ciudad de Roma, y lanzando a sus forrajeado-
res por todas partes, devastaba la llanura impunemen-
te. Fabio quedó impresionado por la operación y la
audacia enemiga, pero se atuvo aún más a sus decisio-
nes. Marco Servilio, su subordinado en el mando, y
todos los tribunos y centuriones del ejército, crefan
que habían cogido al enemigo en buena situación, y
151. Cf. ARISTÓFANES, Aves 824; HeróDOTO, VII 123, etc.
152 Aquí el texto ofrece una laguna, en la que ofrezco, tra-
ducida, la restitución de Biittner-Wobst; otros editores resti-
tuyen Erídano.
153 Puras exageraciones por parte de Polibio: la «gran ca-
dena montañosa» son moderadas colinas, y desde Italia central
hay por lo menos ocho accesos a esta región.
1s4 Es lo que Trro Livio llama mons Callicula (XXIL 5, 3),
una colina al S. de la actual Pietravaivano. Un gráfico de la
situación de las fuerzas de Fabio y las de Aníbal, en WALBANK,
Commentary, pág. 428.
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382 HISTORIAS
juzgaban que debían apresurarse a establecer contacto
con él en las llanuras, sin tolerar que fueran arrasa-
dos los territorios más famosos. Hasta que llegó a aque-
llos lugares Fabio se daba prisa y fingía estar de acuer-
do con quienes estaban tan animosos y belicosos. Pero
al acercarse al Falerno se dejaba ver por las cadenas
montañosas y se movía paralelamente al enemigo, de
modo que, aunque daba la impresión a los aliados de
no ceder el terreno al adversario, sin embargo no hacía
bajar su ejército a la llanura, y esquivaba cualquier
tipo de batalla campal; le movían a ello las causas ya
dichas y, además, la evidencia de que el enemigo le
superaba enormemente en caballería.
Aníbal, después de provocar al enemigo y devastar
toda la llanura, se hizo con un botín enorme; luego
levantó el campo. No quería echar a perder el botín,
sino depositarlo en un lugar donde pudiera pasar el
invierno; así su ejército gozaría de bienestar no sólo
en aquel momento, sino que dispondría siempre de re-
cursos en abundancia. Quinto Fabio adivinó este plan
y que Aníbal iba a emprender la retirada por donde
había venido; se percató, además, de que los parajes
eran angostos y muy adecuados para un ataque. Apostó,
pues, en la misma salida, a unos cuatro mil hombres,
les arengó para que utilizaran su bravura oportuna-
mente, ya que el lugar era muy estratégico; él perso-
nalmente con la mayor parte de su ejército acampó en
una colina que dominaba la entrada a los desfiladeros.
Los cartagineses llegaron y establecieron el campa-
mento en la llanura, al pie mismo de las montañas;
Quinto Fabio creía que lograría arrebatarles el botín
sin lucha, y aún más, que, por ser el lugar muy estra-
tégico, le permitiría culminar favorablemente aquellas
operaciones. Estaba entregado de lleno a la reflexión:
pensaba cómo y por dónde aprovecharía la posición
ventajosa, y quiénes y desde dónde arremeterían con-
LIBRO 111 383
tra el adversario. Los romanos se preparaban para el
día siguiente, pero Aníbal lo previó, porque era lo más
natural, y no dio tiempo ni ocasión a los planes ene-
migos. Llamó a Asdrúbal, el jefe de sus servicios de
intendencia, y le encargó que a toda prisa atara el
máximo número posible de haces de leña seca, fuera
la que fuera; debía elegir, además, de entre los bueyes
de labranza cogidos en el botín, unos dos mil de los
más vigorosos, y agruparlos delante del campamento.
Hecho esto, reunió a los soldados de intendencia y les
indicó una prominencia que estaba entre su propio
campamento y los desfiladeros por los que se disponía
a hacer la marcha; les ordenó que cuando se diera la
contraseña dirigieran con fuerza y energía a los bueyes
hasta que llegaran a las alturas. Después mandó cenar
a todo el mundo y retirarse a descansar hasta que lle-
gara el momento. Al caer la tercera vigilia ' de la
noche hizo salir a los de la intendencia y les indicó
que ataran los haces a los cuernos de los bueyes. Lo
hicieron rápidamente, porque eran muchos hombres,
y entonces mandó prender fuego a los haces, azuzar a
los bueyes y dirigirlos hacia las cimas %, Detrás de los
de intendencia dispuso a los lanceros, con la orden
de ayudar algo a los que dirigían a los bueyes; cuando
los animales hubieran emprendido la primera carrera
ellos debían correr a ambos lados y con gran griterío
ocupar las crestas, para prestar ayuda y trabar com-
bate con el enemigo, si por casualidad les disputaban
aquellas alturas. Simultáneamente él situó sus fuerzas,
primero las pesadas, detrás de ellas su caballería, a
continuación el botín y finalmente a los iberos y a los
galos. Así se dirigió a los desfiladeros y las salidas.
155 A las tres de la madrugada.
158 FoucAuLT, Polybe, WI, pág. 151, señala una estratagema
semejante en la primera guerra europea, en el frente ítalo-
austríaco.
10
384 HISTORIAS
e Los romanos que custodiaban los desfiladeros, así
que vieron las llamas avanzar hacia las cumbres, cre-
yeron que Aníbal se lanzaba por allí. Abandonaron el
paso difícil y se fueron a apoyar a los de las crestas.
2 Al acercarse a los bueyes, las llamas les pusieron en
apuros, pues se imaginaron y creyeron que sucedía
3 algo peor de lo 'que en realidad pasaba. Cuando lle-
garon los lanceros, se estableció entre ambos bandos
una ligera escaramuza: los bueyes se lanzaron en me-
dio, y los dos bandos quedaron en las crestas, pero
separados, y se mantuvieron esperando el día, porque
no alcanzaban a comprender lo sucedido.
4 Quinto Fabio, perplejo ante los acontecimientos, y,
según el poeta, «sospechando que allí había engaño» 1,
pero decidido, según su propósito inicial, a no jugarse
nada al azar ni a entablar una batalla decisiva, per-
maneció inactivo en su campamento y aguardó el día.
s Entonces Aníbal, puesto que las cosas le habían salido
según sus cálculos, hizo pasar sin riesgo por los desfi-
laderos a sus tropas con el botín %, puesto que los
defensores de las angosturas las habían abandonado.
6 Al alborear se apercibió de los romanos que, en las
cumbres, hacían frente a sus lanceros; envió allí a
algunos iberos que trabaron combate y mataron a un
millar de romanos; recuperaron fácilmente a su propia
infantería ligera y descendieron del monte.
7 Aníbal, pues, después de haber salido de esta ma-
nera de Falerno, desde entonces ya acampaba sin ries-
go. Miraba y pensaba dónde y cómo iba a pasar el
invierno: había infundido gran miedo y perplejidad a
las ciudades y a los hombres de Italia.
8 La reputación de Quinto Fabio fue mala entre el
grueso de la población, que le supuso cobarde porque
157 La cita es de HoMERO, Odisea X 232.
158 A principios de septiembre del año 217.
LIBRO III 385
había dejado escapar a los adversarios en un sitio tan
ventajoso; él, con todo, no se apartó de sus propó-
sitos. Mas obligado al cabo de pocos días a dirigirse
a Roma por razón de ciertos sacrificios, confió el mando
del ejército a su lugarteniente, con la orden expresa,
que encareció, de que no se pusiera tanto interés en
dañar al enemigo como en no sufrir ellos mismos nada
malo. Pero Marco Servilio no hizo el menor caso; mien-
tras Fabio le decía esas cosas, él ya estaba dispuesto,
sin vacilar lo más mínimo, a arriesgar todo y a librar
una batalla.
La situación en Italia era la'
descrita. En la misma época en
Hechos de España que se desarrollaban las opera-
ciones citadas, Asdrúbal, el gene-
ral cartaginés en España, que
durante el invierno había equipado las treinta naves
que le dejara su hermano, y además había dotado otras
diez, a principios del verano zarpó de Cartagena con
sus Cuarenta naves fuertemente revestidas y confió a
Amílcar '* el mando de la flota. Al propio tiempo,
desde sus campamentos de invierno concentró sus fuer-
zas de a pie y levantó el campo. Con las naves hacía
la travesía paralelamente a la costa, y con las tropas
de a pie marchaba por la orilla; al cartaginés le urgía
establecer contacto entre ambos ejércitos en el río
Ebro. Cneo Escipión adivinó los proyectos de los car-
tagineses e inicialmente pensó oponérseles (por mar y
por) tierra desde sus campamentos de invierno. Pero
cuando conoció el número de soldados adversarios y
la importancia de sus preparativos renunció a enfren-
társeles por tierra; equipó treinta y cinco naves —había
159 Es difícil decir de qué Amílcar se trata. La tradición ma-
nuscrita griega no es segura; algunos códices tienen aquí Hi-
milcón.
228 _—9K
e
4
s
386 HISTORIAS
tomado de su ejército de tierra los hombres más aptos
para este servicio naval—, zarpó de Tarragona, y al
6 cabo de dos días llegó a la región del Ebro. Fondeó a
una distancia de ochenta estadios del enemigo y envió
por delante, en función de exploración, dos naves rá-
pidas marsellesas, pues éstas siempre navegaban a la
cabeza de las formaciones y eran las primeras en en-
tablar combate, y se prestaban, sin reservas, a cualquier
7 servicio. Los marselleses han colaborado noblemente,
más que otros pueblos, a las empresas romanas, mu-
chas veces también en tiempos posteriores, pero princi-
8 palmente durante la guerra anibálica. Cuando las naves
exploradoras anunciaron que la flota del enemigo es-
taba fondeada en la desembocadura del río Ebro, Cneo
Escipión levó anclas inmediatamente, con la intención
de caer de improviso sobre el adversario.
96 Asdrúbal y los suyos, al señalarles sus vigías, ya de
lejos, la navegación del enemigo, dispusieron que sus
fuerzas de tierra se ordenaran junto a la costa al tiem-
po que ordenaban a las dotaciones embarcar en sus
2 naves. Los romanos ya no estaban lejos; los cartagine-
ses dieron la señal de combate entonando un grito de
guerra, decididos a librar la batalla naval. Se trabaron,
pues, con el enemigo, y durante breve tiempo le dispu-
taron la victoria; no mucho después comenzaron a
3 replegarse. La reserva de infantería situada junto a
la costa no les aprovechó tanto, por infundirles valor
en la batalla, como les perjudicó, ya que les ofrecía
4 una esperanza cierta de salvación. Tras perder dos
naves con sus tripulaciones, y los remos y la marinería
s de cuatro, huyeron, replegándose hacia tierra. Los ro-
manos les persiguieron bravamente y ellos lanzaron
las naves hacia la costa; sus tripulantes saltaron de
ellas y se salvaron corriendo hacia sus formaciones.
6 Los romanos se aproximaron audazmente a tierra firme
y remolcaron a las naves enemigas que lograron re-
LIBRO III 387
mover; se hicieron al mar abierto con gran alegría:
habían vencido al adversario en la primera embestida,
se habían hecho con el dominio del mar y habían arre-
batado veinticinco naves al enemigo.
Las operaciones de España adquirieron desde este
momento perspectivas más brillantes, debido al éxito
reseñado. Y los cartagineses, al enterarse de la derrota
sufrida, dotaron al instante setenta naves y las despa-
charon, ya que estaban convencidos de que, para cual-
quier intento, les era indispensable el dominio del mar.
Esta flota tocó primero Cerdeña, desde aquí se dirigió
a los territorios de Italia junto a Pisa!'%; la marinería
creía que allí establecería contacto con los hombres
de Aníbal. Pero los romanos desde la propia Roma se
hicieron a la mar con ciento veinte navíos pentarre-
mes, y los cartagineses, sabedores de esta salida, zar-
paron de nuevo hacia Cerdeña, y después, de nuevo a
Cartagena. Cneo Servilio, con la escuadra referida,
persiguió a los cartagineses durante algún tiempo, con-
vencido de que les alcanzaría, pero por ser mucha la
distancia renunció. Entonces ancló primero en Lilibeo,
en Sicilia, después zarpó de nuevo hacia África, a la
isla de Cercina *él, y cobró dinero a sus habitantes para
no devastarles el país; de retorno se apoderó de la
isla de Cosira 1%, dejó una guarnición en la pequeña
ciudad y se dirigió de nuevo a Lilibeo. Finalmente,
fondeó allí su flota, y al cabo de poco tiempo se rein-
tegró a su ejército de tierra.
160 Esta ciudad, que salió ya anteriormente, no debe ser
confundida con la ciudad italiana que hoy lleva este nombre;
la Pisa de que ahora se trata (cuya grafía latina es Pisae) es-
taba situada en la misma desembocadura del río Arno, en el
mar Tirreno. ,
16 Hoy llamada Kerbenah. El cronista catalán medieval
Ramon Muntaner sitúa en ella una acción de los almogávares.
Es una isla diminuta al N. de la Pequeña Sirtis.
162 Es la isla llamada actualmente de Pantelaria.
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388 HISTORIAS
Los del senado se enteraron de la victoria de Cneo
en la batalla naval, y convencidos de que era útil, y
aún más, necesario, no desatender las operaciones de
España, sino oponerse a los cartagineses y extender
la guerra, equiparon veinte naves, nombraron almiran-
te, según su decisión inicial, a Publio Cornelio Escipión,
y con gran celo le mandaron junto a su hermano
Cneo, con quien dirigió colegiadamente los asuntos de
España. Angustiaba a los romanos la idea de que si
los cartagineses dominaban tal país, adquirirían pro-
visiones abundantes y muchos hombres, pugnarían más
por dominar el mar y ayudarían a sus ejércitos de
Italia, enviando tropas y dinero a Aníbal. Atribuyeron,
pues, gran importancia a esta guerra, y despacharon
a las naves y a Publio. Éste llegó a España, entró en
contacto con su hermano y fue de una gran utilidad
para las empresas conjuntas. En efecto: los romanos
antes jamás se habían atrevido a cruzar el Ebro, sino
que se contentaban con la amistad y confianza de los
que habitaban al norte de este río. Pero entonces lo
cruzaron, y por primera vez tuvieron el valor de ope-
rar en el otro lado. Y aquí les ayudó mucho una ca-
sualidad.
Cuando hubieron intimidado a los iberos que ha-
bitaban en las inmediaciones del vado, se llegaron
hasta la ciudad de Sagunto y acamparon a unos cua-
renta estadios de distancia, junto al templo de Afro-
dita. Ocuparon un lugar muy estratégico porque les
ofrecía seguridad contra el enemigo, y además era apto
para que les aprovisionaran desde el mar. La flota iba
costeando paralelamente a su avance.
Y entonces se dio el cambio de situación siguiente:
Cuando Aníbal emprendió su marcha hacia Italia,
de cuantas ciudades españolas desconfiaba, tomó como
rehenes a los hijos de los hombres más ilustres y los
concentró, en su totalidad, en la ciudad de Sagunto,
LIBRO HI 389
porque ésta era de acceso difícil, y además confiaba
mucho en los hombres que dejaba allí. Había un ibero,
de nombre Abílix, no inferior ni en fama ni en situa-
ción a cualquier otro ibero, y encima daba la impresión
de superar mucho a los otros en su buena disposición
y lealtad hacia los cartagineses. Este hombre consideró
la situación, juzgó que eran más brillantes las espe-
ranzas depositadas en los romanos y reflexionó consigo
mismo sobre la devolución de los rehenes, una estra-
tagema digna de un ibero y de un bárbaro. Conven-
cido de que entre los romanos podía llegar a ser un
hombre de gran prestigio si les aportaba conjuntamen-
te lealtad y utilidad, rompiendo sus pactos con los car-
tagineses, se aprestó a entregar los rehenes a los roma-
nos: se había percatado de que Bóstar, el general
cartaginés enviado por Asdrúbal para impedir que los
romanos cruzaran el río, pero que no se había atrevido
a oponérseles, después de retirarse, acampaba en Sa-
gunto, al lado del mar; era un hombre ingenuo y be-
nigno por naturaleza, que le tenía una gran confianza.
Abílix, entonces, habla de los rehenes con Bóstar, y le
dice que los romanos han cruzado el río; los cartagine-
ses ya no podrán retener por el miedo sus dominios
en España, pero las circunstancias exigen la benevo-
lencia de los sometidos; ahora que los romanos se han
aproximado y se han situado frente a Sagunto, amena-
zando la ciudad, si él, Bóstar, hace salir a los rehenes
y los devuelve a sus padres y a sus ciudades, arruinaría
las ambiciones de los romanos. Pues éstos querían
hacer precisamente lo mismo si eran ellos los que se
apoderaban de los rehenes. Bóstar, pues, debía conci-
liarse la benevolencia de todos los iberos para con los
cartagineses, prever el futuro y pensar también en la
seguridad de los rehenes. Y si era él mismo, añadió,
el que tratara personalmente el asunto, acrecentaría,
multiplicándolo, el agradecimiento. En efecto, al resti-
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390 HISTORIAS
tuir los muchachos a sus ciudades, no sólo se atraería
la adhesión de los padres, sino también de la masa de
las poblaciones, al poner bajo su vista con esta con-
ductá la estima y la magnitud de los cartagineses para
con sus aliados. Además, le insinuó la cantidad de ob-
sequios que él personalmente recibiría de los que
hubieran recuperado a sus hijos; pues los padres, al
verse inesperadamente en posesión de sus allegados
más próximos, rivalizarían en mostrar su liberalidad
hacia el autor de tal decisión. Abílix añadió además
muchas más cosas por el estilo y con el mismo tono,
y logró persuadir a Bóstar a seguir sus proposiciones.
Abílix señaló el día en que se presentaría con unos
hombres de confianza para llevarse a los jóvenes, y se
fue. Por la noche se presentó en el campamento ro-
mano, y juntándose con algunos iberos que luchaban
al lado de los romanos, a través de ellos logró llegar
hasta los generales. Les demostró con abundancia de
pruebas la inclinación y conversión de los iberos hacia
ellos si recuperaban a los jóvenes que habían entre-
gado como rehenes, y se ofreció a entregarles los jó-
venes. Publio Cornelio y los suyos acogieron esta
propuesta con mucho entusiasmo, y le prometieron
grandes recompensas. Abílix entonces se retiró a su
residencia, tras señalar día, tiempo y lugar en que de-
berían aguardarle los receptores. Tras esto, tomó con-
sigo los jóvenes traídos desde Sagunto, y salió de noche,
porque quería pasar desapercibido, pasó el atrinchera-
miento romano, llegó al lugar determinado en el mo-
mento preciso e hizo entrega de todos los rehenes a
los generales romanos. Publio y los suyos honraron
excepcionalmente a Abílix y le emplearon para efectuar
la restitución de los rehenes a sus ciudades de origen,
haciendo que le acompañaran algunos amigos. Él iba
recorriendo las villas y, mediante la entrega de los mu-
chachos, ponía a la vista de todos la bondad y magnani-
LIBRO III 391
midad de los romanos, y junto a ellas, la desconfianza
y la dureza de los cartagineses; poniendo como ejemplo
su propia mudanza empujó a muchos iberos a hacerse
amigos de los romanos.
Bóstar, que había entregado los rehenes al enemigo
de la manera más ingenua que lo que su edad per-
mitía suponer, corrió riesgos muy superiores al normal.
Pero como la estación estaba ya muy entrada, los dos
bandos esparcieron sus fuerzas para pasar el invierno.
La Fortuna había prestado una ayuda suficiente a los
romanos con el caso de estos muchachos para los pro-
yectos futuros.
Y ésta era la situación en España.
Habíamos dejado a Aníbal '*.
Italia. Desarrollo Sus exploradores le informaron
de los hechos en de que en la región de Luceria y
la Apulia en el país llamado Gerunio '4 ha-
bía trigo en abundancia; este úl-
timo lugar era muy adecuado para silo. El cartaginés,
pues, determinó pasar allí el invierno, y avanzó, mar-
chando junto al monte Liburno '*, hacia los lugares
mencionados. Llegado a Gerunio, que dista de Luceria
doscientos estadios, primero envió mensajeros y pro-
curó atraerse la amistad de los habitantes de aquellas
regiones, ofreciéndoles garantías de lo que les anun-
ciaba. Sin embargo, nadie le hizo el menor caso, por
lo que emprendió el asedio de la plaza. Se adueñó del
país rápidamente, mató a sus habitantes, pero conservó
163 Cuando salió del territorio de Falerno, 94, 7.
164 Sobre Luceria, cf. 85, 5. Gerunio estaba ciertamente en
la Apulia, pero su localización es incierta.
166 La grafía de este nombre en la tradición manuscrita
griega es insegura, y, por tanto, lo es su localización. Algunos
manuscritos tienen «Taburno», en cuyo caso sería un monte
tocante a Caudio: en otros se lee Tifernus, actualmente el
monte Matese.
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intactas la mayoría de las casas, y también las mura-
llas, pues quería almacenar el trigo allí para el invierno.
Hizo acampar su ejército delante de la ciudad, y for-
tificó el campamento con un foso y un atrinchera-
s
miento. Listo ya todo esto, mandó dos partes de su
ejército a aprovisionarse de trigo, con la orden de que
diariamente cada una debía proporcionar a los suyos
una cantidad determinada; la contribución de cada
grupo se debía remitir a los encargados de este servi-
cio. Aníbal mismo con la otra parte custodiaba el cam-
pamento y protegía a sus forrajeadores allí donde se en-
contraran. La mayor parte del país era llana y se podía
recorrer fácilmente. El número de forrajeadores car-
tagineses era prácticamente incalculable, y como era
la estación más apropiada para la recolección, la canti-
dad de trigo recogida cada día era enorme.
Marco Minucio recogió de manos de Fabio el mando
de las tropas. Primero siguió por las crestas, en para-
lelo, a los cartagineses; confiado siempre en caer sobre
ellos alguna vez. Pero cuando se enteró de que las
tropas de Aníbal ya habían tomado Gerunio y de que
recogían el trigo del país, de que habían acampado
ante la ciudad protegiéndose con una estacada, aban-
donó las alturas y descendió por una cresta que lle-
gaba al llano. Alcanzó una montaña que está encima del
territorio de Larino 166, llamada Calena, y acampó en
torno a ella, resuelto a trabar combate con el enemigo
a cualquier precio. Aníbal vio la aproximación del ene-
migo, y permitió salir a forrajear a sólo una tercera
parte de su ejército; retuvo las dos restantes y avanzó
desde la ciudad dieciséis estadios en dirección al ad-
versario. Acampó en la cima de una loma: con ello
166 Larino está a la altura de Roma, pero no lejos de la
costa adriática. La localización del monte aquí aludido es in-
segura.
LIBRO III 393
pretendía intimidar al enemigo y proporcionar al tiem-
po seguridad a sus forrajeadores. Entre ambos cam-
pamentos había una altura situada estratégicamente,
desde la cual se dominaba el campamento enemigo;
Aníbal mandó unos dos mil lanceros y consiguió ocu-
parla cuando todavía era de noche. Al alborear, Marco
Minucio lo vio, hizo salir a sus tropas ligeras y asaltó
la colina. Se produjo una escaramuza violenta, de la
que, al final, salieron victoriosos los romanos, que tras-
ladaron todo su campamento a este lugar. Al tener en-
frente el campamento romano, Aníbal retuvo durante
cierto tiempo la mayor parte de su ejército con él.
Pero cuando pasaron muchos días se vio obligado a
dividir sus tropas y enviar una parte a apacentar ga-
nado y otros a forrajear, pues se esforzaba, según su
plan inicial, en no echar a perder su botín y en reunir
la máxima cantidad de trigo posible; así durante el in-
vierno sus hombres dispondrían de todo en abundancia,
y no menos sus acémilas y sus caballos. En efecto: las
máximas esperanzas de su ejército, Aníbal las deposi-
taba en su cuerpo de caballería.
Fue entonces cuando Marco Minucio vio que la ma-
yor parte de los enemigos se había diseminado por el
país para las tareas reseñadas; escogió la hora más
oportuna del día e hizo salir a sus fuerzas. Se apro-
ximó al campamento de los cartagineses, hizo formar
a sus tropas pesadas, repartió en grupos a su caba-
llería y a sus tropas ligeras y los mandó contra los fo-
rrajeadores con la orden de no coger ningún prisionero
vivo. Ante esto, la situación de Aníbal se convirtió en
muy delicada, pues no podía oponerse de manera se-
gura a la formación contraria ni podía prestar socorro
a los suyos, esparcidos por el territorio. Los romanos
que habían sido enviados contra los forrajeadores ma-
taron a muchos de éstos por estar esparcidos, y los
que se mantenían en la formación desdeñaron tanto a
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los cartagineses que llegaron a arrancarles la estacada:
lo único que no hicieron fue asediarles.
s Aníbal, pues, estaba en mala situación, pero no se
movió, a pesar de la tormenta que le zarandeaba. Iba
rechazando a los que se aproximaban, y custodiaba a
6 duras penas su campamento, hasta que Asdrúbal rea-
grupó a los que habían huido del territorio hacia el
atrincheramiento de Gerunio, que eran unos cuatro mil,
7 y se presentó para ayudar. Esto fue para Aníbal un
respiro, y se atrevió a efectuar una salida: formó a
sus tropas a poca distancia del campamento y con
gran esfuerzo rechazó el peligro que se cernía sobre
8 él. Marco Minucio había causado muchas bajas al ene-
migo en la refriega junto a la estacada, y había matado
todavía un número mayor de cartagineses en el terri-
torio; entonces se replegó con grandes esperanzas de
9 cara al futuro. Al día siguiente los cartagineses aban-
donaron la estacada y Marco subió y ocupó el campa-
10 mento adversario. Aníbal, que temía que por la noche
los romanos encontraran desguarnecida la empalizada
de Gerunio y se apoderaran de los bagajes y de los
depósitos, determinó retirarse y establecer de nuevo
11 su campamento en aquel lugar. Desde entonces los
cartagineses forrajearon con más cuidado y más pro-
tección, y los romanos lo contrario, con más confianza
y más audacia.
103 En Roma se dio más importancia a lo sucedido de
la que en realidad tenía, y la gente exultaba; poseídos
antes de una desconfianza total, ahora creían que se
2 les ofrecía un cambio hacia algo mejor; además pen-
saban que antes la inactividad y el recelo de las le-
giones no se debía a un acobardamiento de las tropas,
3 sino a la precaución del general. Todo el mundo acu-
saba y reprochaba a Fabio el no haber aprovechado
con audacia las oportunidades; en cambio, alababan
tanto a Marco por lo sucedido, que ocurrió lo que
LIBRO III 395
nunca había pasado: le concedieron también plenitud
de poderes !, convencidos de que iba a poner un rá-
* pido fin a sus problemas. Es innegable que entonces
hubo dos dictadores para una misma empresa, cosa
jamás vista antes entre los romanos. Marco Minucio,
cuando tuvo claro el afecto de la masa y la potestad
que el pueblo le había otorgado, sintió doblemente el
afán de desafiar y de atreverse contra el enemigo.
También Fabio llegó donde estaban las tropas; los he-
chos no le habían hecho cambiar nada; permanecía
aún más firme en su opción inicial. Vio que Marco se
había envanecido, que le llevaba la contraria en todo
y que estaba totalmente decidido a arriesgar una ba-
talla, por lo cual le dio a elegir: o ejercer el mando
por turno, o partirse las fuerzas y actuar cada uno se-
gún sus propias decisiones. Marco Minucio prefirió
esto último, la partición. Se dividieron, pues, el ejérci-
to, y acamparon separadamente el uno del otro, a doce
estadios de distancia.
Aníbal sabía unas cosas por prisioneros capturados,
y los hechos que veía le hacían adivinar las otras. Com-
prendía la rivalidad de los generales romanos y la va-
nidad y la ambición de Marco. Y creyó que lo que
ocurría entre los enemigos no le era adverso, sino fa-
vorable. Dirigió su atención a Marco: pretendía rebatir
su audacia y superarle en ardor. Entre el campamento
cartaginés y el de Marco había un montecillo que podía
ser perjudicial a los dos bandos, por lo que determinó
ocuparlo. Pero intuía claramente, por el éxito romano
anterior, que Marco Minucio acudiría inmediatamente
167 Cf. WALBANK, Commentary, ad loc. O estamos ante un
error de Polibio, la existencia de dos dictadores, o bien ante el
primer paso de lo que más tarde se constata plenamente en
la historia de Roma: la desaparición del dictator como figura
jurídica en la república romana.
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para obstaculizar su intento, de modo que ideó lo que
sigue.
Los lugares que rodeaban la eminencia eran áridos,
pero ofrecían muchas cavernas y hendiduras de todas
clases; por la noche envió, en grupos de doscientos o
trescientos a los lugares más aptos para emboscarse,
quinientos jinetes y un total de unos cinco mil infantes
armados a la ligera. Para que no fueran vistos al ama-
necer por los forrajeadores romanos, al despuntar el
día ocupó la loma con su infantería ligera. Marco Mi-
nucio, al ver lo ocurrido, lo creyó un signo de buena
suerte; mandó al punto a su infantería ligera con la
orden de luchar y de pelear por aquel lugar; después
envió a la caballería, y a continuación marchó él mismo
con las tropas pesadas, igual que la vez anterior, ac-
tuando en cada caso más o menos de la misma manera.
Acababa de amanecer, y los pensamientos y los ojos
de todos estaban fijos en los que habían trabado com-
bate en la loma; no se sospechaba la carga de los
emboscados. Aníbal enviaba ininterrumpidamente re-
fuerzos a sus hombres de la colina, siguiendo él perso-
nalmente paso a paso con su caballería y con sus
tropas; resultó que los de a caballo trabaron pronta-
mente combate entre ellos. Al ocurrir esto, la infan-
tería ligera romana se vio presionada por la gran masa
de caballería enemiga, y al huir hacia sus fuerzas pe-
sadas produjo una gran confusión. Y fue entonces
cuando se dio la señal a los cartagineses emboscados,
los cuales aparecieron y atacaron por todos lados; y
no sólo sobre la infantería ligera, sino que sobre todo
el ejército romano se abatió un grave peligro. Fabio
se dio cuenta de lo que pasaba, y, temiendo sufrir una
derrota decisiva, efectuó una salida con sus fuerzas y
socorrió con gran celo a los que corrían peligro. Como
se aproximó a toda prisa, los romanos recobraron su
ánimo, y, a pesar de haber deshecho ya toda su forma-
LIBRO 111 397
ción, de nuevo se reagruparon en torno a sus estan-
dartes, se retiraron y se refugiaron entre los hombres
de Fabio. La infantería ligera había sufrido muchas
bajas, pero aún más las legiones, que perdieron la flor
y nata de sus hombres.
Aníbal y los suyos temieron el estado íntegro y el
orden de las legiones que acudían a reforzar, de modo
que desistieron de la persecución y de la batalla. Para
los que habían asistido personalmente a la refriega
quedó claro que todo se perdió por la temeridad de
Marco Minucio, y que todo hasta entonces, y también .
entonces, se había salvado por la prevención de Fabio.
Los habitantes de Roma reconocieron, por fin, clara-
mente, la diferencia real entre la vanagloria y la preci-
pitación de un soldado, y la previsión y el cálculo se-
guro y razonable de un general. Enseñados por los
acontecimientos, los romanos establecieron de nuevo
un campamento único con una sola estacada, y desde
entonces atendieron ya a Fabio y a sus consejos.
Los cartagineses abrieron un foso en el espacio in-
termedio entre la loma y su propio campamento, ro-
dearon con una estacada la cima del monte, que ahora
dominaban, y dejaron allí una guarnición, tras la cual,
ya sin peligro, dispusieron su propia invernada '%,
Al llegar el tiempo de los co-
micios consulares 1%, los romanos
eligieron cónsules a Lucio Emi-
lio y a Cayo Terencio, tras cuya
designación los dictadores deja-
ron sus cargos. Los cónsules del año anterior, Cneo
Servilio y Marco Régulo (que había sido nombrado
tras la muerte de Flaminio) fueron nombrados pro-
Campaña de Italia.
Batalla de Cannas
168 Se trata del invierno del año 217.
169 Del año 216.
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cónsules '* por Lucio Emilio; tomaron el mando de los
acampados y dispusieron las operaciones militares se-
gún su parecer. Tras deliberar conjuntamente con el
senado, Emilio llamó inmediatamente a filas la parte
de tropas que faltaban para completar la campaña,
y las envió. Pusieron en claro a Cneo que no debía en
modo alguno entablar una batalla decisiva, pero sí, en
cambio, librar escaramuzas continuas y lo más duras
posible: así los procónsules entrenarían y harían co-
brar ánimo a los soldados bisoños para las batallas
decisivas. En efecto: les parecía que había contribuido
no poco a los desastres anteriores el hecho de usar
soldados recién reclutados y sin ninguna preparación.
Ellos personalmente confiaron al pretor ! Lucio Pos-
tumio, nombrado general, una legión, con la que le
mandaron al país de los galos: querían producir es-
cisiones entre los galos que militaban a favor de Aní-
bal. Previeron también la recuperación de la flota que
invernaba en Lilibeo, y enviaron a los generales roma-
nos de España todo lo requerido para sus operaciones.
Los cónsules, pues, pusieron gran empeño en esto y
en los demás preparativos. Cneo Servilio recibió sus
órdenes y lo dispuso todo según ellas, por lo cual
omitiremos escribir más sobre el particular. No se
hizo nada decisivo, ni, simplemente, digno de mención,
tanto por las órdenes recibidas como por el cariz que
presentaban las circunstancias. Hubo, en cambio, esca-
ramuzas y choques parciales en gran número, en las
1710 Los que eran cónsules, si les tocaba cesar en el cargo
durante una guerra, permanecían en el cargo mediante la lla-
mada prorrogatio imperíi, hasta que acabara la campaña; du-
rante el período supletorio recibían el título de procónsules.
111 Aquí se trata de un praetor militaris, jefe militar y la
figura más antigua de pretor en la república romana, pero más
tarde aparecerán el praetor urbanus, que vigilaba la adminis-
tración de justicia, y el praetor peregrinus, que atendía los
asuntos de los extranjeros.
LIBRO 111 399
que los jefes romanos alcanzaron prestigio, pues pare-
cía que lo disponían todo con energía y coraje.
Los dos ejércitos pasaron el invierno y la prima-
vera acampados uno frente al otro. Cuando la época
del año les permitió aprovisionarse de las cosechas
anuales, Aníbal hizo salir a “sus tropas de la fortifica-
ción de Gerunio: creyó conveniente obligar como fuera
al enemigo a combatir, por lo que ocupó la ciudadela
de la ciudad llamada Cannas !?. Los romanos habían
depositado en ella su trigo y el resto de sus provisio-
nes procedentes de los parajes de Canusio '”, y desde
esta ciudad lo trasladaban al campamento según lo exi-
gieran las necesidades.
La ciudad había sido arrasada ya antes, pero en-
tonces la pérdida de la ciudadela y de las provisiones
perturbó a las tropas romanas en no pequeño grado,
puestas en situación difícil mo sólo por la falta de avi-
tuallamiento, al ser conquistado aquel lugar, sino tam-
bién porque la ciudadela estaba colocada estratégica-
mente en medio de los parajes circundantes. Los jefes
romanos enviaban mensajeros a Roma continuamente
para recibir instrucciones acerca de lo que debían
hacer; si se aproximaban al enemigo ya no podrían
rehuir la batalla, puesto que el país estaba arruinado
y todos los aliados vacilaban. Los senadores decidieron
combatir, presentar batalla al enemigo. Pero ordena-
ron a Cneo Servilio que se contuviera y ellos enviaron
a los cónsules.
172 Primera aparición de este nombre, que será fatídico para
los romanos. Cannae (actualmente Monte di Canne) estaba
situada en la orilla derecha del Aufidus (hoy el Ofanto), a poca
distancia de la desembocadura del río. La discusión acerca de
la topografía véase en WALBANK, Commentary, ad loc., y un grá-
fico de la batalla, en Weltatlas, pág. 51.
173 Canusio estaba en las inmediaciones de Cannas.
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Todos miraban hacia Paulo Emilio, quien infundía
grandes esperanzas por la honradez de su vida anterior
y porque parecía que poco tiempo antes había condu-
cido con coraje y a la vez con serenidad la guerra con-
tra los ilirios. El senado romano se propuso afrontar
el peligro con ocho legiones, cosa inaudita entre los
romanos. Cada legión tendría unos cinco mil hombres,
y además los aliados. Los romanos, en efecto, tal como
hemos dicho en alguna parte anterior, se manejan
siempre con cuatro legiones. Una legión comprende
normalmente unos cuatro mil hombres de infantería
y doscientos jinetes. Pero si se presenta alguna empre-
sa de riesgo capital aumentan en cada legión a cinco
mil el número de infantes y a trescientos el de jinetes.
En cuanto a los aliados, el número de soldados de a
pie lo equiparan al de las legiones, pero el de jinetes
lo triplican. Confían a cada uno de los cónsules dos
legiones y la mitad de los aliados, y los mandan así a
las operaciones. La mayoría de los combates los deci-
den con un cónsul, dos legiones y el número indicado
de aliados; raras son las veces en que aprestan todas
sus fuerzas para una sola oportunidad y un solo com-
bate. Pero entonces estaban aterrorizados: temían tanto
al futuro que determinaron afrontar el riesgo no con
cuatro, sino con ocho legiones romanas a la vez.
Exhortaron a los hombres de Paulo Emilio, pusie-
ron ante sus ojos la trascendencia del resultado de la
batalla para ambos bandos y les enviaron con la orden
de arriesgarse totalmente, con valor y de manera digna
de la patria. Éstos se unieron al resto de las tropas
y, reuniendo a todo el contingente, le expusieron la de-
cisión del senado; pronunciaron una arenga a tono con
aquellas circunstancias, palabras salidas de la expe-
riencia personal de Paulo Emilio, que era quien aren-
gaba a las tropas. La mayor parte de su discurso
tocó los desastres sufridos recientemente; pues esto
LIBRO 111 401
era lo que había hecho cundir el desánimo, y aquí la
gran mayoría precisaba de aliento. Por esto procuró
imbuirles la idea de que encontrarían no una O dos
causas de las derrotas sufridas en las batallas prece-
dentes, sino muchas más, que les habían conducido a
aquel final. Pero entonces ya no les quedaba ningún
pretexto, si eran verdaderamente hombres, para no
vencer al enemigo. Jamás los dos cónsules habían com-
batido juntos y con todos sus efectivos, ni antes
se habían utilizado tropas entrenadas, sino bisoñas y
que no habían ni tan siquiera visto nada terrible. Y
por encima de todo: antes no sabían absolutamente
nada del enemigo, se le habían opuesto en formación
casi sin haberle visto y se habían lanzado así a batallas
decisivas. Pues los derrotados junto al río Trebia ha-
bían llegado de Sicilia el día anterior y formaron ya
al alborear del día siguiente. Y los que lucharon en
Etruria no pudieron ver al enemigo no ya antes, sino
incluso durante la batalla, ya que el aire se llenó de
niebla. «Pero ahora la situación es absolutamente
opuesta a las antedichas:
En primer lugar —dijo—, estamos aquí los dos
cónsules, y no vamos a participar con vosotros única-
mente nosotros en los combates, sino que, además,
hemos dispuesto que los del año pasado estén aquí y
tomen parte activa en los mismos. Y vosotros no sola-
mente habéis visto el armamento, la táctica y el nú-
mero de enemigos, sino que, además, lleváis comba-
tiendo casi cada día, y en ello habéis cumplido dos
años. Y si en el detalle todo tiene una disposición
opuesta a la de las batallas anteriores, es lógico que
el desenlace de la lucha sea también el contrario. En
efecto: sería absurdo, es más, imposible, por así de-
cirlo, que si en muchas escaramuzas parciales, com-
batiendo contra un número igual de enemigos, habéis
vencido las más de las veces, ahora, cuando formáis
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402 HISTORIAS
todos a la vez, y así sois más del doble que el adver-
sario, seais derrotados. Por lo cual, soldados, cuando
todo está dispuesto para vuestra victoria, la empresa
requiere ya únicamente de vuestro coraje y de vuestra
determinación. Sobre ello me imagino que ya no con-
viene exhortaros más. Para los que combaten a sueldo
junto a otros, o para los que, por una alianza, van a
arrostrar un peligro en pro de los vecinos, lo más te-
rrible es la batalla misma; el resultado no les afecta
demasiado. Para tales hombres sería precisa una ex-
hortación de aquel género. Pero si se trata de hombres
como vosotros ahora, a quienes os peligra no lo ajeno,
sino lo propio, es decir, vuestras mismas personas, la
patria, las mujeres y los hijos, y para quienes el re-
sultado de la batalla se diferencia enormemente de los
peligros presentes, se necesita sólo una mención, no
un estímulo. Porque, ¿quién no preferiría vencer en la
lucha, y si no fuera posible, morir en ella combatiendo,
a vivir para ver la ruina y el insulto inferido a los que
os dije? Por lo cual, soldados, haced incluso caso omi-
so de lo que os he hablado, pero poneos, vosotros mis-
mos, a la vista la diferencia entre el triunfo y la
derrota, y lo que se sigue en ambos casos. Disponeos
para la batalla no porque corran peligro las legiones
de la patria, sino ella misma en su integridad. Vosotros
sois su último recurso, y no tendrá con qué oponerse
al enemigo si la ocasión presente se decide de modo
desfavorable. La patria sustenta en vosotros su ardor
y su fuerza, ha depositado en vosotros todas sus es-
peranzas de salvación. No debéis ahora defraudarla.
Dad a la patria la gratitud debida, y haréis patente a
todos los hombres que las derrotas anteriores no se
debieron a que los romanos sean menos capaces que
los cartagineses, sino a la inexperiencia de aquellos
combatientes, y también a las dificultades ofrecidas
por las circunstancias.»
LIBRO III 403
Tras arengarles con estas palabras y otras por el
estilo, Paulo Emilio despidió al ejército.
Al día siguiente los cónsules levantaron el campo
y guiaron las tropas hacia el lugar en el que oían decir
que habían acampado los enemigos. Llegaron al cabo
de dos días y acamparon a unos cincuenta estadios
del enemigo. Paulo Emilio observó que los parajes de
alrededor eran llanos y pelados, y sostuvo que allí no
convenía trabar combate, ya que el enemigo les aven-
tajaba en caballería. Lo que debían hacer era avanzar
y atraerle hacia lugares tales en los que el grueso de
la batalla lo soportara la infantería. Pero Cayo Varrón,
poco experimentado, era de la opinión contraria, y ello
motivó discusiones y tirantez entre ambos jefes, que
era lo peor que podía ocurrir. Al día siguiente corres-
pondía el mando a Varrón, ya que los cónsules, según
era usual, se alternaban cada día en el ejercicio del
mando. Cayo Varrón, pues, levantó el campo y avanzó;
quería aproximarse al enemigo, pese a que Paulo Emi-
lio se oponía y protestaba airadamente.
Aníbal tomó consigo a su infantería ligera y a su
caballería, les salió al encuentro, cayó sobre ellos cuan-
do todavía marchaban, trabó combate inesperadamente
y produjo una gran confusión entre los romanos. Éstos
sostuvieron la primera carga haciendo avanzar algunas
secciones de su infantería pesada, después enviaron a
sus arqueros y a su caballería, con lo que lograron
ventaja en este combate generalizado, porque los car-
tagineses no disponían de una reserva digna de este
nombre y porque algunos manípulos romanos ya lo-
graban combatir entre su propia infantería ligera. Pero
sobrevino la noche y separó a ambos bandos; el ataque
de los cartagineses no había tenido el éxito que éstos
esperaban.
Al día siguiente, Paulo Emilio, que ni se decidía a
combatir, ni podía tampoco retirar con seguridad a su
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404 HISTORIAS
ejército, acampó con las dos terceras partes de él junto
al río llamado Aufidio (que es el único que atraviesa
los Apeninos, una cordillera continua que separa todas
las vertientes de Italia, las que van al Mar Tirreno y
las que van al Mar Adriático; el Aufidio fluye a través
de esta cordillera, tiene sus fuentes en las vertientes
etruscas de Italia, pero desemboca en el Adriático), y
para la tercera parte construyó una empalizada al otro
lado del río, hacia el este del vado; se mantenía a una
distancia de unos diez estadios de su propio campa-
mento, y a un poco más del de los enemigos. Con
todo ello pretendía proteger a los forrajeadores que
salían del campamento y hostigar al propio tiempo a
los forrajeadores cartagineses.
Entonces Aníbal comprendió que la situación le
invitaba a combatir, a librar batalla contra el enemi-
go, pero temía que el fracaso reciente hubiera abatido
el ánimo de los suyos. Creyó que el momento exigía
una arenga, y congregó a sus hombres. Reunidos ya,
les hizo contemplar los lugares de alrededor, y pre-
guntó qué cosa mejor hubiera podido pedir a los dio-
ses, en las circunstancias presentes, cuando se les con-
cendía librar la batalla decisiva en un paraje en que
su caballería les hacía muy superiores al enemigo.
Todos aprobaron esta afirmación, porque era evi-
dente. «Por consiguiente —añadió Aníbal—, dad gra-
cias a los dioses, ya que ellos cuando han llevado al
enemigo a este terreno nos preparan la victoria. Y en
segundo lugar, dádmelas a mí, puesto que he forzado
al adversario a la lucha. Ahora ya no puede rehuirla, y
luchará en un terreno que nos es ventajoso. No me
parece en modo alguno que sea preciso estimularos
con muchos argumentos a que tengáis buen ánimo y
coraje en la refriega. Tal exhortación era necesaria
cuando no teníais experiencia de lo que es combatir
contra los romanos, y yo mismo os hice muchos dis-
LIBRO 111 405
cursos en los que os aducía ejemplos. Pero cuando
habéis vencido a los romanos en tres grandes batallas
consecutivas, ¿qué palabra os podría infundir más con-
fianza que los propios hechos? En las luchas habidas
hasta ahora habéis conquistado el país y os habéis
apoderado de sus bienes, según nuestras promesas;
siempre evitamos mentir en todos los discursos que
os dirigimos. El combate de ahora será por las ciuda-
des y las riquezas contenidas en ellas. Cuando las ha-
yáis conquistado, seréis de inmediato dueños de toda
Italia; lejos ya de las penalidades, convertidos en amos
de toda la riqueza de los romanos, os convertiréis en
jefes y señores de todo gracias a la batalla de ahora.
De manera que lo que hoy necesitamos no son pa-
labras, sino hechos. Estoy persuadido de que, con la
voluntad de los dioses, no tardará mucho en confir-
marse mi promesa.»
Les dijo estas cosas y otras por el estilo, que sus
hombres aplaudieron con entusiasmo. El les felicitó y
aprobó su ánimo; luego despidió a los soldados. Esta-
bleció su campo sin dilación, y construyó una empa:
lizada en la misma orilla del río donde estaba el mayor
de los dos campamentos romanos.
Al día siguiente ordenó a todos sus hombres que
prepararan las armas y que estuvieran prestos. Y al
día siguiente formó a sus tropas junto al río: su inte-
rés en luchar contra el enemigo era evidente. Paulo
Emilio no estaba satisfecho con aquel lugar, y veía
que los cartagineses pronto se verían obligados a cam-
biar de sitio el campamento por la necesidad de avi-
tuallarse. Permaneció, pues, inactivo, y se limitó a re-
forzar las guardias de su acampada. Aníbal aguardó
mucho tiempo sin que nadie le saliera al encuentro,
por lo que hizo entrar de nuevo a sus tropas en su
atrincheramiento. Envió a sus númidas contra los agua-
dores del campamento romano más pequeño. Los nú-
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406 HISTORIAS
midas llegaron hasta la misma empalizada enemiga y
estorbaban la aguada, y Cayo Varrón se excitó todavía
más contra éstos; también las tropas se sentían impe-
lidas a la batalla; soportaban con disgusto su aplaza-
miento, porque a los hombres el tiempo de espera se
les hace difícil, pero cuando algo se ha decidido, hay
que soportarlo todo, incluso lo que parezca más te-
rrible.
Cuando en Roma se enteraron de que los dos ejér-
citos estaban acampados frente a frente y que cada
día se producían refriegas de avanzadillas, la ciudad
estaba animada y temerosa. El pueblo temía por el
futuro, puesto que se habían sufrido tantas derrotas;
suponían y se imaginaban ya en sus pensamientos lo
que les iba a ocurrir si ahora les sobrevenía un desca-
labro total. Todos los oráculos que tenían corrieron
entonces de boca en boca, todo templo y toda casa
rebosaba de signos y de prodigios; de ahí que plega-
rias y sacrificios, súplicas e imploraciones a los dioses
agitaran la ciudad. En las circunstancias difíciles los
romanos tienden a propiciarse dioses y hombres, y no
juzgan nada indecoroso o innoble si se hace en tales
tiempos.
Al día siguiente, nada más tomar el mando Cayo
Varrón, al alborear movió a la vez las tropas de las
dos acampadas. Hizo que las del campamento mayor
cruzaran el río, y las formó al instante; juntó a ellas
las del otro campamento y las ordenó en un línea
continua, orientada hacia el Sur. Situó a la caballería
romana junto al mismo río, en el ala derecha, y ex-
tendió a las tropas de a pie a continuación, en la
misma línea; ponía los manípulos mucho más com-
pactos, y lograba así que la profundidad de sus for-
maciones fuera muy superior a su frente. Colocó a la
caballería aliada en el ala izquierda. Delante de todo
el ejército, a una cierta distancia, situó a la infantería
LIBRO III 407
ligera. Incluyendo a los aliados, los romanos dispo-
nían de unos ochenta mil hombres de a pie y de algo
más de seis mil de a caballo.
En aquel mismo momento Aníbal hizo cruzar el río
a sus baleares y a sus lanceros, y los puso al frente de
su ejército. Hizo salir del atrincheramiento al resto de
sus hombres, cruzó la corriente por dos lugares dis-
tintos y formó a sus tropas contra el enemigo. Al lado
mismo del río, en el flanco izquierdo, puso a los jine-
tes iberos y a los galos frente a la caballería romana,
a continuación la mitad de su infantería pesada afri-
cana, y seguidamente a los iberos y a los galos; a su
flanco dispuso el resto de los africanos; en el ala
derecha situó a la caballería númida. Los extendió a
todos en una sola línea, tomó personalmente las for-
maciones de iberos y de galos y les hizo avanzar sin
que perdieran el contacto con los demás. Todo se des-
arrollaba según un plan preconcebido '*: se formaba
una figura convexa en forma de media luna; las líneas
de sus flancos perdían en espesor a medida que avan-
zaban. Aníbal quería que sus africanos durante la ba-
talla le sirvieran de retaguardia, y que iberos y galos
pelearan en primera fila.
El armamento de los africanos era romano, pues
a todos ellos Aníbal les había dotado con él, escogién-
dolo del botín de las batallas anteriores. Los iberos
y los galos tenían el escudo muy parecido, pero en
cambio las espadas eran de factura diferente. Las de
los iberos podían herir tanto de punta como por los fi-
los; la espada gala, en cambio, servía sólo para herir de
filo, y ello aun a cierta distancia. Sus secciones esta-
ban dispuestas alternadamente. Los galos iban desnu-
114 Ha habido discusión sobre el sentido de la expresión
griega subyacente (katá lógon), que las más de las veces signi-
fica «proporcionalmente» o bien «progresivamente», pero aquí
estos sentidos no encajan; es preferible la traducción dada.
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408 HISTORIAS
dos, los iberos vestían unas túnicas delgadas de lino, con
el borde de púrpura, según el uso de sus regiones; el
conjunto ofrecía una visión extraña y sobrecogedora.
s El número de jinetes de que disponían los cartagine-
ses era de diez mil; el de soldados de infantería, no
muy superior a los cuarenta mil, incluidos los galos.
6 Paulo Emilio mandaba el ala derecha romana, la iz-
quierda Cayo Varrón y el centro lo mandaban Marco
Atilio y Cneo Servilio, los cónsules del año precedente.
7 El ala izquierda cartaginesa la mandaba Asdrúbal, la
derecha Hannón y en el centro estaba el propio Aníbal,
s que tenía a su lado a Magón, su hermano. Como dije
más arriba, la formación romana miraba hacia Occi-
dente, y la de los cartagineses hacia Oriente, de modo
que cuando salió el sol no molestó en ningún momento
a los dos bandos. :
115 Las avanzadillas iniciaron la refriega 5, Al princi-
pio el choque entre las infanterías ligeras se mantenía
2 indeciso. Pero a medida que, desde su izquierda, la
caballería ibera y gala se aproximaba a los romanos,
estos jinetes convirtieron aquello en una batalla autén-
3 tica y a la manera bárbara; se combatía no según la
norma de arremetidas y retiradas alternativas, antes
bien, los jinetes atacaban montados, pero luego desca-
4 balgaban y entablaban duelos individuales. En ello sa-
lieron victoriosos los cartagineses, y en la lucha ma-
taron a la mayoría de sus adversarios, a pesar de que
los romanos lucharon noblemente y con coraje. Aco-
rralaron luego junto al río a los supervivientes y los
mataron también; los cartagineses no usaron de piedad
con los que les llegaron a las manos. Entonces en-
traron en combate las fuerzas de infantería, que se-
5 guían a las ligeras. Las formaciones de iberos y de
galos resistieron algún tiempo y lucharon varonilmente
175 La batalla de Cannas se libró el 2 de agosto del año 216.
LIBRO III 409
contra los romanos, pero después, acosados por el ene-
migo que presionaba, cedieron y se replegaron, rom-
piendo la figura de la media luna. Los batallones ro-
manos les persiguieron con furia y lograron romper
fácilmente las formaciones enemigas, porque la de los
galos carecía de profundidad, y la de los romanos se
había engrosado precisamente desde las alas al centro
y al lugar en que se combatía. El centro y las alas
cartaginesas no entraron en combate al mismo tiempo,
sino en primer lugar el centro, ya que los galos, debido
a la formación en figura de media luna, se habían ade-
lantado mucho más que las alas; lo convexo de la
figura avanzaba de cara al enemigo. En su persecución
los romanos corrieron hacia el centro y hacia aquellas
partes del enemigo que cedían; las rebasaron tanto,
que ahora tenían a ambos lados, en los flancos que
ofrecían, a los africanos, que eran los dotados con ar-
mamento pesado. De éstos, los que estaban a la derecha
giraron hacia la izquierda, cargaron por el flanco de-
recho y cayeron de costado sobre el flanco enemigo,
y los del ala izquierda giraron a su derecha y se des-
plegaron por el flanco izquierdo. La situación mostra-
ba por sí misma lo que se debía hacer. Ocurrió lo que
había calculado Aníbal: en su persecución de los galos,
los romanos fueron cogidos en medio por los africa-
nos. Y entonces ya no mantuvieron sus formaciones,
sino que se revolvían individualmente y por batallones,
y luchaban contra los que les atacaban de flanco.
Paulo Emilio, a pesar de que desde el principio es-
taba en el ala derecha y participaba en la lucha de la
caballería, quedaba aún entre los supervivientes. Pero
según las palabras que pronunciara en la alocución,
quería encontrarse siempre en el corazón de la lucha.
Al ver que la decisión de la batalla radicaba en las
fuerzas de infantería, galopó hacia el centro de la
formación romana, y al tiempo que él mismo combatía
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410 HISTORIAS
y golpeaba con sus manos al adversario, excitaba y
estimulaba a los soldados que tenía alrededor.
Y lo mismo hacía Aníbal, pues desde el principio
se encontraba en esta sección de sus tropas. Los nú-
midas que, apostados en el ala derecha, habían asal-
tado a la caballería enemiga, no hicieron ni sufrieron
gran cosa por lo peculiar del combate, pero mantu-
vieron inactivo al enemigo atrayéndoselo y luego ata-
cándole por todos lados. Cuando Asdrúbal y los suyos,
tras matar, junto al río, a casi todos los jinetes ro-
manos, desde el ala izquierda corrieron a apoyar a los
númidas, entonces la caballería de los aliados previó
el asalto, lo esquivó y se retiró.
En aquella ocasión parece que Asdrúbal se compor-
tó de manera práctica y prudente. Sabedor, en efecto,
de que los númidas, que eran muchos en número, eran
muy eficaces y terribles contra los que ya se daban por
vencidos, les dejó los que huían, y él condujo a sus
propios hombres hacia el choque de la infantería, in-
teresado en apoyar a los africanos. Cargó por la es-
palda contra las legiones romanas con arremetidas
sucesivas; sus escuadrones atacaban por muchos lu-
gares al mismo tiempo, y así infundió ánimo a los afri-
canos y abatió y llenó de pavor el espíritu de los ro-
manos.
Allí sucumbió, herido mortalmente, Paulo Emilio,
con las armas en la mano. Fue un varón que realizó
no menos que cualquier otro durante toda su vida,
hasta el último momento, lo que en justicia se debe
a la patria. .
Los romanos, mientras combatieron frente a frente,
de cara a los enemigos que les rodeaban, resistieron
bravamente. Pero los de las primeras filas iban cayendo,
y al final murieron todos, y entre ellos Marco Atilio y
Cneo Servilio, los cónsules del año anterior, hombres
LIBRO 1LI 411
nobles y que en el peligro se habían mostrado dignos
de Roma.
Mientras ocurría este combate y esta masacre, los
númidas persiguieron a los jinetes que huían, mata-
ron a gran número de ellos y forzaron al resto a dejar
sus monturas. Unos pocos romanos consiguieron huir
a Venusa, entre los cuales se encontraba Cayo Terencio
Varrón, el general, hombre de espíritu deshonroso, cuyo
mando fue totalmente ineficaz para su propia patria.
De este modo acabó la batalla que en Cannas li-
braron romanos y cartagineses; en ella actuaron hom-
bres nobilísimos, tanto entre los vencedores como entre
los vencidos, cosa evidenciada por los hechos mismos.
De los seis mil jinetes romanos, lograron escapar hasta
Venusa, con Cayo Varrón, sólo setenta, y unos tres-
cientos de los aliados se salvaron esparcidos por di-
versos villorrios. Durante la lucha cayeron prisioneros
unos diez mil soldados de infantería, los que habían
permanecido fuera de la batalla. Desde el campo mismo
de la lucha sólo unos tres mil lograron huir a las ciu-
dades circundantes. Todos los demás, unos setenta mil,
murieron bravamente. Tanto entonces como en las
ocasiones anteriores fue la caballería cartaginesa la
que decidió la victoria. Quedó claro para la posteri-
dad que en los azares de la guerra vale más poseer
la mitad de infantería, pero ser muy superior en caba-
llería, que no trabar combate en igualdad total de
condiciones que el enemigo. De los de Aníbal, murie-
ron cuatro mil galos, y otros mil quinientos entre ibe-
ros y africanos.
Los romanos cogidos prisioneros, lo fueron fuera
de la batalla; la causa fue la siguiente: Paulo Emilio
había dejado diez mil soldados de infantería en su
propio campamento para que si Aníbal, descuidando
el suyo, hacía formar a todos sus hombres, los roma-
nos asaltaran el campamento adversario durante la
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412 HISTORIAS
batalla y así se apoderarían del bagaje enemigo. Si
Aníbal, en cambio, prevía cualquier eventualidad y de-
jaba en su campo una guarnición numerosa, en la
batalla decisiva los romanos lucharían contra menos
hombres. Estos romanos fueron aprisionados así: Aní-
bal, efectivamente, dejó una guarnición considerable
en su campamento; así que empezó la batalla, los ro-
manos, siguiendo las instrucciones recibidas, la asedia-
ron, atacando a los defensores del campamento carta-
ginés. Éstos ofrecieron primero una resistencia tenaz,
pero pronto se vieron en situación difícil. Mas Aníbal
ya había decidido totalmente la batalla, por lo que
corrió en apoyo de los suyos, hizo retroceder a los
romanos y les cercó en su propio campamento. Mató
unos dos mil y cogió prisioneros a los restantes. Del
mismo modo, los númidas asediaron a los jinetes ad-
versarios que se habían refugiado en las fortalezas de
la región y se los llevaron prisioneros: eran unos dos
mil, que anteriormente habían sido puestos en fuga.
Decidida la batalla del modo descrito, la situación
tomó el giro esperado por ambos contendientes. Por
su triunfo, los cartagineses sometieron prácticamente
el resto de Italia. Los tarentinos se les pasaron inme-
diatamente, los de Argiripa y algunos de Capua lla-
maron a Aníbal. Los demás miraron con respeto, todos
ya, hacia los cartagineses, que confiaban en apoderarse
de Roma al primer asalto. Los romanos, por su parte,
debido a esta derrota, abandonaron al punto su idea
de dominar a todos los italianos. Se habían asustado
ante el grave riesgo que corrían sus personas y el suelo
de la patria; esperaban la presencia de Aníbal en cual-
quier momento. Y como si la Fortuna quisiera hacer
rebosar la medida y combatir a favor de los hechos
ya consumados, al cabo de pocos días, cuando el terror
poseía todavía a la ciudad de Roma, el general enviado
LIBRO 111 413
a la Galia Cisalpina "*, cayó inesperadamente en una
emboscada de los galos, y perecieron él y sus tropas,
sin que se salvara nadie. El Senado, sin embargo, no
omitió nada de lo realizable: incitó al pueblo, aseguró
la ciudad y deliberó varonilmente acerca de aquella si-
tuación; esto se notó en los hechos posteriores. Enton-
ces la derrota de los romanos era innegable y habían
perdido su reputación guerrera, pero la peculiaridad 9
de su constitución y la prudencia de sus deliberaciones
no sólo les permitieron recobrar el dominio de Italia
(tras derrotar a los cartagineses), sino que poco tiempo
después se hicieron dueños del universo.
Por eso cerraremos este libro
sobre estas acciones. Hemos des-
Eptlogo crito los hechos de Italia y de
España en la Olimpíada ciento
cuarenta. Cuando hayamos na-
rrado los hechos de Grecia en la misma Olimpíada, y
lleguemos a este mismo hecho cronológico, trataremos
de la constitución romana. Consideramos que su ex-
posición no sólo es apropiada al plan conjunto de la
historia, sino que será una gran aportación para los
hombres estudiosos y para los de acción que deseen
establecer o reformar sus instituciones políticas.
neo Cf. 106, 6.
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LIBRO IV
En el libro anterior tratamos
las causas de la segunda guerra
Recapitulación que estalló entre romanos y car-
tagineses, y expusimos la inva-
sión de Italia por Aníbal. Ade-
más describimos las luchas habidas entre ambos ban-
dos hasta la batalla librada junto al río Aufidio y la
ciudad de Cannas. Ahora vamos a explicar la historia
de Grecia en esta misma época, simultánea a los hechos
precedentes, a partir de la Olimpíada ciento cuarenta.
Pero primero recordaremos brevemente al lector el
prefacio de nuestra obra, tal cual lo expuse en el se-
gundo libro, a propósito de los hechos de Grecia! y
principalmente de la Confederación aquea, a causa del
auge inesperado que este estado ha tomado en épocas
anteriores y en esta misma. En efecto, tras empezar
por Tisámenes, uno de los hijos de Orestes, y afirmar
que desde él su linaje detentó el reino hasta Ogigo?,
y que posteriormente los aqueos tomaron la excelente
decisión de servirse de una constitución democrática,
hasta que fueron desmembrados por los reyes de Ma-
cedonia en pueblos y ciudades, luego nos dedicamos
1 La referencia es a II 37-70.
2 Cf. II 41, 4, Pero aquí sale un personaje fabuloso, Ogigo,
que allí no sale, y que ningún mitógrafo griego cita.
LIBRO IV 415
a contar cómo y cuándo se inició su restablecimiento
y quiénes fueron los primeros que se coaligaron con
ellos. Siguiendo estos sucesos, aclaramos de qué modo
y con qué política los aqueos se atrajeron a las ciuda-
des e intentaron que todos los peloponesios actuaran
bajo un mismo nombre y constitución. Tras unas con-
sideraciones generales acerca de este intento, trazamios
una exposición detallada y continua de los hechos que
condujeron a la caída de Cleómenes, rey lacedemonio.
Y a continuación del resumen de los hechos contenidos
en nuestra Introducción, hasta las muertes de Antí-
gono, de Seleuco y de Ptolomeo? (que murieron casi si-
multáneamente), anunciamos que comenzaríamos nues-
tra propia historia por los hechos que siguieron al
período citado.
Creemos, en efecto, que éste es un punto de partida
excelente, en primer lugar porque el libro de Arato
acaba, concretamente, en estos sucesos con los que
decidimos enlazar nuestra exposición prosiguiendo el
relato de los asuntos de Grecia; en segundo lugar,
porque esta época coincide con la inmediatamente pos-
terior y con los sucesos que caen dentro de nuestra
historia, de tal suerte que algunos hechos los hemos
vivido nosotros mismos y otros nuestros padres, unos
personalmente y 'otros los hemos oído de testigos
oculares. No nos pareció que ofreciera certeza ni en
en los juicios ni en las afirmaciones el ir remontando
épocas para escribir de oídas lo que ya se sabía de
oídas. Comenzamos en esta época, principalmente,
porque en ella se puede decir que la Fortuna ha reno-
vado el universo.
En efecto: Filipo *, hijo legítimo de Demetrio, reci-
bió el gobierno de Macedonia cuando casi era todavía
3 Cf. la nota 149 del libro 1.
4 Filipo V de Macedonia. Cf. la nota 5 del libro 111.
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416 HISTORIAS
un niño. Aqueo, rey de las regiones de acá del Tauro,
tenía no sólo la prestancia de un soberano, sino el poder
efectivo. Antíoco, llamado el Grande, recibió el imperio
de Siria un poco antes, a la muerte de su hermano
Seleuco; era todavía muy joven.
En esta época Ariarates* obtuvo el imperio de Ca-
padocia, y por el mismo tiempo Ptolomeo Filopátor
se hizo señor de Egipto. Al cabo de poco Licurgo fue
nombrado rey de los lacedemonios, y algo antes los
cartagineses habían nombrado a Aníbal general para
las guerras que hemos considerado. Tal renovación en
todas las dinastías debía ser el inicio de unos hechos
inauditos. Esto es lo que ya ha ocurrido y suele ocurrir,
de acuerdo con la naturaleza. Y es lo que entonces
sucedió. Romanos y cartagineses se enzarzaron en la
guerra ya expuesta, en la misma época Antíoco y Pto-
lomeo se pelearon por la Celesiria; los aqueos y Filipo
hicieron la guerra contra los etolios y los lacedemo-
nios f, cuyas causas fueron las siguientes:
Hacía ya tiempo que los eto-
Orígenes de lios soportaban con disgusto la
la guerra de los paz y el subsistir con sus propios
aliados recursos, acostumbrados como
estaban a vivir a costa de los
vecinos, y además necesitaban de muchas provisiones,
debido a su fanfarronería innata. Ésta les ha esclavi-
zado, y llevan siempre una vida avara y brutal, sin
respetar la propiedad privada; todo lo consideran botín
de guerra. Sin embargo, en el tiempo anterior, mien-
tras Antíoco vivió, permanecieron inactivos porque
temían a los macedonios. Pero cuando murió y dejó
5 Ariarates V de Capadocia, que reinó en 220-163 (téngase
en cuenta que accedió al trono siendo niño, DrioborRo, XXXI
19, 6).
6 La narración de esta guerra es el contenido básico de este
libro IV.
LIBRO IV 417
a su hijo Filipo, niño aún, a éste le menospreciaron, y
buscaban excusas y pretextos para entrometerse en el
Peloponeso, llevados por su vieja costumbre de sa-
quearlo; creían, al propio tiempo, que se bastaban
a sí mismos para una guerra contra los aqueos. Éste
era su propósito, y aprovecharon una nimiedad que
se les ofreció fortuitamente para justificar sus inten-
ciones.
Dorímaco de Triconio era hijo de aquel Nicóstrato
que había roto la tregua durante la fiesta solemne de
los beocios”. Era joven, pero imbuido de la violencia
y rapacidad etolia. Fue enviado en misión oficial a la
ciudad de Figalea f, en el Peloponeso, ya en el límite
de los montes de Mesenia. Figalea formaba parte de
la Confederación etolia. Dorímaco iba oficialmente a
proteger la ciudad y el país circundante, pero las ins-
trucciones que en realidad tenía eran las de observar
lo que ocurría en el Peloponeso. Unos bandoleros se
pusieron de acuerdo con él y se le presentaron en Fi-
galea. En justicia, éste no podía concederles ningún
botín, porque estaba todavía en plena vigencia la paz
general entre los griegos establecida por Antígono?;
apurado Dorímaco, al final les concedió saquear los re-
baños de los mesenios, a pesar de que se trataba de
amigos y aliados. Los bandidos, primero se limitaban
a expoliar los rebaños de la frontera, pero después
su insolencia fue en aumento y se dedicaron a asaltar
7 Aunque aquí lo cite, Polibio se ocupará de ello más tarde,
IX 34, 11.
8 Ciudad al O. del Peloponeso, al N. de la Mesenia. Su
nombre actual es Paulitsa.
9 Aquí la expresión de Polibio mo es exacta; no es que An-
tígono Dosón estableciera de hecho una paz, sino que, después
de la guerra cleoménica, Grecia quedó efectivamente sin gue-
rras,
38. —27
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13
418 HISTORIAS
las alquerías, para lo cual aparecían inopinadamente
por la noche.
Todo esto indignaba a los mesenios, que enviaban
legados a Dorímaco. Éste, al principio, no les hacía
caso, porque quería beneficiar a sus subordinados y
extraer provecho él personalmente, ya que participaba
de las presas. Pero la presencia de los legados se hacía
cada vez más insistente, ya que las rapiñas menudea-
ban. Ante ello, Dorímaco afirmó que acudiría personal-
mente a Mesenia a justificarse delante de los acusa-
dores de los etolios. Pero cuando llegó, al presentársele
los perjudicados, ridiculizó a unos, tomó el pelo a otros
e insultó e intimidó a los restantes.
Se encontraba todavía en la ciudad de Mesenia
cuando los bandidos se acercaron de noche, echaron
unas escaleras y asaltaron la alquería llamada de Qui-
rón. Degollaron a los que ofrecieron resistencia, ataron
al resto de los esclavos y se llevaron consigo el ganado.
Los éforos de los mesenios, dolidos ya desde hacía
tiempo tanto de lo que ocurría como de la permanen-
cia de Dorímaco en su ciudad, creyeron que entonces
la insolencia ya era intolerable, y le llamaron a la
reunión de la Magistratura. Allí Esciro, un éforo Y de
los mesenios que durante toda su vida había gozado
de gran prestigio entre sus conciudadanos, aconsejó
no permitir que Dorímaco saliera de la ciudad si no
restituía a los mesenios todo lo que habían perdido;
en cuanto a los asesinados, debía obligársele a la en-
trega de los asesinos para que recibieran su castigo.
Todos aprobaron las oportunas palabras de Esciro;
10 Éforo era un título bastante común de los magistrados
del Peloponeso, aunque los más famosos eran los de Esparta.
Etimológicamente el término significa «guardián»; el conjunto
de los éforos gobernaba, en todos los aspectos, las ciudades
del Peloponeso. Su institución se atribuye míticamente a Li-
curgo, legislador espartano.
LIBRO IV : 419
Dorímaco, enfurecido, les dijo que eran unos simples
de remate si creían que con ello afrentaban sólo a
Dorímaco y no a la Confederación etolia. Consideraba
que lo que allí pasaba era absolutamente terrible, y
dijo a los mesenios que estaban urdiendo su propia
ruina, y que la sufrirían con justicia. En aquella época
había en Mesenia un tipo de baja estofa llamado Ba-
birtas, que procuraba por todos los medios mostrarse
afeminado. Si le hubieran puesto la túnica y el som-
brero de Dorímaco hubiera sido imposible distinguirle
de él, pues tenía su misma voz, y se le parecía tam-
bién en el resto del cuerpo; Dorímaco lo sabía. Cuando
hablaba, pues, de manera soberbia y arrogante a los
mesenios, Esciro, enfurecido, le soltó: «¿Crees que
vamos a hacer caso de ti y de tus amenazas, Babirtas?»
Ante tales palabras y tal actitud, Dorímaco cedió al
punto, y consintió en dar satisfacción a los mesenios
por todas las injurias sufridas. Pero aquel dicho lo
soportó con tanta acritud y pesadumbre que, de re-
greso a Etolia, atizó sólo por eso la guerra contra los
mesenios.
Entonces el general de los etolios era Aristón !.
Pero éste no era muy apto para las empresas guerre-
ras por ciertas debilidades corporales, y además era
pariente de Dorímaco y de Escopas, a quien, en cierto
modo, había cedido todo el mando militar. En público
Dorímaco no se atrevía a incitar a los etolios a una
guerra contra los mesenios, porque no disponía de
motivos suficientes; todos sabían que su pretensión
nacía de aquel insulto y de sus propios delitos. Aban-
donó, pues, esta táctica, pero privadamente azuzaba a
Escopas para que compartiera sus puntos de vista
1 La Confederación Etolia elegía anualmente a su general
en Termo, en la asamblea ordinaria de los etolios. La elección
de Aristón fue para el año 221/220.
10
420 HISTORIAS
contra Mesenia. Le indicaba que los macedonios no
eran peligrosos por la edad de su monarca (Filipo con-
taba a la sazón no más de diecisiete años), aducía
también la hostilidad de los lacedemonios contra los
mesenios, y le recordaba cómo los eleos les eran alia-
dos propicios; con esto le demostraba que la invasión
de Mesenia sería para ellos segura. Y lo decisivo en un
argumento etolio: le ponía a la vista el provecho a ex-
traer del territorio de los mesenios, que estaba inde-
fenso y era el único del Peloponeso que había quedado
intacto durante la guerra de Cleómenes. A todo esto
añadía la popularidad de que gozaría entre la masa de
los etolios. De los aqueos sostenía que si les impedían
el paso no podrían acusar a los etolios de que éstos
se defendieran; si, en cambio, permanecían inactivos,
no les estorbarían la invasión. Y aseguraba que no les
faltarían pretextos contra los mesenios, porque éstos
desde hacía tiempo se comportaban injustamente, di-
ciendo a macedonios y a aqueos que iban a aliarse con
ellos. Con tales palabras y otras por el estilo Dorímaco
estimuló tanto a Escopas y a sus amigos, que éstos
sin tan siquiera esperar a la asamblea general de la
Confederación etolia, sin consultar a los apócletos * ni
hacer ninguna de las cosas requeridas para tales pla-
nes, movidos por sus propios impulsos y juicios, de-
clararon la guerra simultáneamente a mesenios, epiro-
tas, aqueos, acarnanios y macedonios.
Enviaron inmediatamente pira-
tas por mar, los cuales se en-
contraron casualmente, cerca de
Citera, con una nave real mace-
donia; la condujeron con su tri-
pulación a'Etolia, donde vendieron el navío con sus
Inicio de las
hostilidades
12 Los apócletos venían a constituir una mesa permanente
de la Asamblea de la Confederación Etolia.
LIBRO IV 421
oficiales y sus marineros. Devastaron la costa del Epiro,
y para tal fechoría usaron naves cefalenias %; además
intentaron apoderarse de Tirión', en la Acarnania.
También enviaron ocultamente, por el Peloponeso, a
algunos hombres, que consiguieron tomar el fuerte lla-
mado de Clarion ', en el centro del territorio de Me-
galópolis. Usaron este fuerte como mercado de venta
de despojos; concentraban en él el producto de sus
robos. Sin embargo, lo asedió y lo tomó en pocos días
Tixómeno, general de los aqueos, ayudado por Taurión,
a quien Antígono había encargado velar por los inte-
reses reales del Peloponeso. Pues por la guerra de
Cleómenes el rey Antígono retenía Corinto con el con-
sentimiento de los aqueos '%; luego que se apoderó de
Orcómeno por la fuerza, no devolvió esta plaza a los
aqueos, sino que la usurpó y se la quedó con la in-
tención —al menos a mí me lo parece— de dominar
la entrada del Peloponeso y además proteger sus te-
rritorios interiores mediante la guarnición y el arsenal
situados en Orcómeno. Dorímaco y Escopas aguarda-
ban el momento en que a Timóxeno le quedara ya
poco tiempo de mando, y Arato, nombrado por los
aqueos general para el año siguiente, no ejerciera to-
davía su autoridad militar. Concentraron todas las tro-
pas etolias en Rion ” y prepararon las naves de trans-
13 Cefalenia es una isla del mar Jonio.
14 Población situada en el fondo del golfo de Ambracia; ac-
tualmente se llama Hagios Vasilios.
15 Su localización no se ha logrado.
16 Cf. 1I 54, 1 y 20, para Orcómeno.
17 El texto griego dice claramente Rion, y así vierten los
distihtos traductores de Polibio. Walbank no comenta este lu-
gar. Sin embargo, una ojeada al mapa de la Grecia clásica qui-
zás hiciera dudar. El cabo Rion está en la Acaya, casi en su
punto más septentrional, pero frente a él, en el Epiro, está el
cabo Antirrion. ¿No será aquí donde se concentraron los etolios?
¿A qué, si no, preparar las naves de transporte? Si en realidad
10
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422 HISTORIAS
porte, dispusieron las de los cefalenios, hicieron pasar
sus hombres al Peloponeso e iniciaron la marcha contra
Mesenia. A su paso por los territorios de los de Patras,
de Fares y de Tritea ' declaraban su intención de no
dañar en nada a los aqueos, pero aquella horda no
fue capaz de respetar el país, porque los etolios ante
la ganancia no tienen freno; y así, causando daño y
devastación lo atravesaron hasta que llegaron a Figalea.
Desde ella lanzaron un ataque imprevisto y audaz, e
invadieron el país de los mesenios, sin tener en cuenta
ni la amistad ni la alianza que desde tiempos inme-
moriales les unía a ellos, ni cualquier otra cosa; mucho
menos atendieron lo que la justicia define entre los
hombres. Colocando su propia rapacidad por encima
de todo talaron los campos impunemente, porque los
mesenios no se atrevieron a salirles al encuentro.
Cuando correspondió según la ley *, los aqueos acu-
dieron a Egio” y se reunieron en asamblea. Los de
Patras y los de Fares refirieron los delitos cometidos
contra su territorio durante el paso de los etolios.
Los mesenios se hicieron presentes mediante una em-
bajada, y pidieron ayuda, víctimas de una injusticia
y de una violación de tratados. Los aqueos atendieron
a estas quejas y se asociaron a la indignación de los
de Patras y de Fares; también se compadecieron de
los mesenios. Con todo, creyeron que lo peor era que
los etolios, sin haberles dado nadie permiso, ni tan si-
quiera haberlo solicitado, se hubieran atrevido, en
se concentraron en Rion, éstas ya habrían servido, y su mención
sería superflua.
18 Patras está donde la ciudad actual del mismo nombre;
Fares está en el curso medio del río Pierus (actualmente Ka-
menitsa); Tritea no sabemos dónde estaba, pero de todos mo-
dos debía de asentarse aguas arriba del río.
19 En mayo del año 220.
2 Población en la costa del golfo de Corinto.
LIBRO IV 423
contra de lo pactado”, a pisar con un ejército la
Acaya. Todo ello les enfureció, y así votaron una ayuda
a los mesenios, que el general concentrara el ejército
aqueo y que los decretos que allí promulgaran los
asambleístas tuvieran fuerza de ley en los respectivos
territorios.
Timóxeno, que era todavía el general, ya que aún
no había cesado su período de mando, desconfiaba de
los aqueos, porque por aquel entonces habían descui-
dado su entrenamiento militar, por lo que aplazaba
la marcha e incluso cualquier concentración de hom-
bres. En efecto: después de la caída de Cleómenes, rey
de Esparta, todos los peloponesios, cansados de las
guerras pasadas y confiando en la duración de aquel
estado de cosas, desatendieron su formación militar.
Pero Arato, indignado y enfurecido por la desvergiien-
za de los etolios, se tomó la cosa con más coraje, tanto
más cuanto desde tiempos pasados tenía con los etolios
ciertas diferencias. Se apresuró, pues, a concentrar a
los aqueos bajo las armas, y tenía gran interés en lu-
char contra los etolios. Al final, cinco días antes de
iniciarse el período de mando que le correspondía, re-
cibió de Timóxeno el sello del estado. Escribió a las
ciudades y concentró en Megalópolis a los hombres en
edad militar.
Debido a la peculiaridad de su carácter, me parece
indicado hacer un breve inciso acerca de la persona-
lidad de Arato.
Arato tenía las cualidades que
debe tener un hombre de estado:
10
11
Retrato de Arato era orador hábil, poseía claridad 2
de ideas y sabía ocultar sus deci-
siones. No había quien le iguala-
ra en moderación cuando dirimía diferencias políticas,
21 Cf. 11 44, 1. Es el tratado del año 239.
o
10
424 HISTORIAS
sabía ganarse amigos y adquirir aliados. Era también
muy diestro en organizar golpes de mano, estrata-
gemas y emboscadas contra los enemigos, y en llevar-
las a cabo con paciencia y audacia. Testimonios de
esto claros, es más clarísimos, los dan los autores de
historias particulares: las tomas de Sición y de Man-
tinea ”, la expulsión de los etolios de Pelene; la más
preclara de sus gestas la constituye la acción del Acro-
corinto. Pero este mismo hombre, cuando debía com-
batir a campo abierto, era lento en sus concepciones,
poco audaz en sus operaciones e incapaz de afrontar
un riesgo cara a cara. Por eso, Arato llenó el Pelopo-
neso de trofeos que le concernían, y en él fue siempre
presa fácil para los enemigos. La naturaleza de los hom-
bres presenta variedad de formas, no sólo en los cuerpos
sino también, y aún más, en los espíritus; en actividades
de tipo diferente, un mismo hombre está bien dotado
para unas y no para otras; si se trata de empresas simila-
res, es a la vez muy entendido pero muy lento, muy audaz
pero muy negligente. Y esto no es paradójico, sino habi-
tual y conocido para los aficionados a la observación. En
las cacerías algunos son audaces en la lucha contra
las fieras, y éstos mismos son cobardes si se trata de
empuñar las armas contra el enemigo, y, en la guerra
misma, hay quien es experto y eficaz en encuentros
cuerpo a cuerpo, pero inútil en la acción general, ali-
neado junto a otros. La caballería tesalia, por ejemplo,
si lucha formada en escuadrones y falanges, es inven-
cible, pero si la ocasión y el lugar la fuerzan a com-
batir aisladamente, hombre contra hombre, es lenta y
poco útil. Con los etolios ocurre exactamente lo con-
2 Para Sición, cf. 11 43, 3 (año 251); para Mantinea, II 57, 2
(año 227); la gesta del Acrocorinto, II 43, 4 (año 243); la de
Pelene Polibio no la explica, sólo la menciona aquí.
LIBRO IV 425
trario. Los cretenses si se trata de emboscadas, de pi-
llaje y de robar al enemigo, de ataques nocturnos y
de cualquier acción que sea con engaño, realizada por
una cuadrilla, son invencibles; en cambio, para un ata-
que frontal en formación son cobardes y de espíritu
mezquino. Aqueos y macedonios son todo lo contrario.
He expuesto esto para que los lectores no desconfíen
de mis afirmaciones si en algún lugar parecen encon-
tradas, acerca de algún personaje, si se trata de hechos
del mismo género.
Concentrados, pues, los hom-
bres en edad militar, con su ar-
mamento en Megalópolis, según
el decreto de los aqueos (pues de
ahí partió nuestra digresión), los
mesenios se dirigieron otra vez al pueblo suplicando
que se les tuviera en cuenta, ya que de manera tan
clara habían visto violados sus pactos: querían entrar
en la alianza general, y urgían que se les inscribiera,
junto con los demás. Pero los jefes aqueos rehusaron
la alianza: alegaban que no era lícito añadir a nadie
sin el consentimiento de Filipo y de los demás aliados.
En efecto, la Liga establecida por Antígono en la época
de Cleómenes obligaba todavía a todos: aqueos, epi-
rotas, focenses, macedonios, beocios, acarnanios y te-
salios. Sin embargo, dijeron que saldrían en su ayuda,
con la única condición de que los allí presentes depo-
sitaran a sus propios hijos en Lacedemonia como
fianza de que los mesenios no harían la paz con los
etolios sin el consentimiento de los aqueos. Los lace-
demonios habían salido en campaña según el pacto de
los coaligados; estaban en los montes de Mesenia, pero
en realidad más como observadores y reserva que en
calidad de combatientes. Arato resolvió de este modo
el problema de los mesenios, y envió legados a los
etolios que les explicaran lo acordado y que les invi-
Prosigue la
narración
11
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426 HISTORIAS
taran a retirarse del territorio de los mesenios y a no
tocar la Acaya; de lo contrario trataría a los trans-
gresores como enemigos. Escopas y Dorímaco oyeron
estas advertencias; sabedores de que los aqueos se
habían concentrado, creyeron que entonces les conve-
nía hacer caso de aquellas demandas. Enviaron, pues,
al punto correos a Cilene*% para Aristón, jefe supremo
de los etolios: pedían que les mandara a toda prisa
naves de carga desde Elea a la isla de Feas *. Y al cabo
de dos días ellos mismos levantaron el campo, manda-
ron el botín y avanzaron en dirección a Elea. Los eto-
lios siempre habían conservado la amistad con los
eleos, ya que a través de su territorio podían penetrar
en el Peloponeso para sus pillajes y sus rapiñas.
Arato esperó dos días, y creyendo ingenuamente
que los etolios culminarían la marcha en la dirección
en que la habían iniciado, despachó a sus casas a todos
los aqueos restantes y a todos los lacedemonios; se
quedó con tres mil hombres, trescientos jinetes y con
los soldados de Taurión. Con tales efectivos avanzó
hacia Patras, con el propósito de situarse en el flanco
etolio. Al enterarse los de Dorímaco de que las tropas
de Arato marchaban contra ellos y tomaban posiciones,
se angustiaron por si les atacaban mientras estuvieran
ocupados en el embarque, pero como deseaban encen-
der la guerra, enviaron el botín en las naves, tras
disponer para su custodia un número suficiente de
hombres adecuados, y ordenaron a los jefes de la ex-
pedición que fueran a encontrarles a Rion, ya que ellos
embarcarían allí. Primero ellos mismos vigilaron el
envío del botín y lo escoltaron, pero después cambia-
ron de dirección como hacia Olimpia. Al oír que Tau-
2 Lugar no identificado; seguramente en la costa de la
Élide.
24 Feas, en realidad, no es una isla, sino el puerto de Olim-
pia, en el cabo Ictis, en la Acaya, frontero a la isla de Zacintos.
LIBRO IV 427
rión con las tropas mencionadas estaba en Clitoria %,
juzgaron que no podrían salir de Rion sin peligro y
sin combatir, y decidieron que les convenía, en interés
propio, atacar cuanto antes a las tropas de Arato, por-
que todavía eran pocos y no preveían el futuro. Supo-
nían que si lograban poner en fuga a los aqueos po-
drían emprender la travesía con seguridad desde Rion,
donde, por lo demás, Arato proponía concentrar de
nuevo la Liga de los aqueos. Y si Arato, intimidado,
rehuía el combate y no aceptaba la batalla, los etolios
se retirarían sin peligro en el momento que juzgaran
conveniente. Con estos razonamientos avanzaron y
acamparon cerca de Metridio”%, en el país de Mega-
lópolis.
Los jefes aqueos conocieron la
presencia de los etolios, y dispu-
Batalla de Cafias sieron las cosas tan rematada-
mente mal que no omitieron ne-
cedad por exagerada que fuera.
En efecto: regresaron del territorio de Clitoria y
acamparon cerca de Cafias 7. Cuando los etolios hacían
la marcha desde Metidrio, a través del territorio de
Orcómeno, los jefes aqueos sacaron a sus fuerzas y
las formaron en la llanura de Cafias; tomaron como
defensa el río que fluye a través de ella. Los etolios,
tanto por las dificultades de terreno que presentaba
la ruta (pues incluso antes del río había fosos, infran-
queables en su mayoría) como por la demostración de
presteza para la lucha evidenciada por los aqueos, se-
gún sus planes iniciales rehusaron enfrentarse al ene-
25 Población situada en el límite de la Arcadia y la Acaya.
26 Ciudad antigua radicada a poco menos de cinco kilóme-
tros de la población actual de Vitina, en el centro de la Arcadia.
27 Cafias está situada en el extremo NO. de la llanura de
Orcómeno, cerca de la ciudad moderna de Cotussa. Los eto-
lios dejaron la villa a su derecha.
10
428 HISTORIAS
migo, e hicieron una marcha muy ordenada en di-
rección a lugares elevados, a Oligirto%, dándose por
satisfechos si nadie les atacaba y les obligaba a pelear.
Cuando la marcha de los etolios hacia las alturas había
progresado bastante y la caballería cerraba la marcha,
pero estaba aún en la MHanura, cerca ya de la altura
Mamada Propo %, Arato y sus oficiales mandan allí a su
propia caballería y a su infantería ligera, al frente de
cuyas tropas pusieron a Epístrato de Acarnania. Dieron
orden de establecer contacto con la retaguardia etolia
y tantear al adversario. Pero en realidad, si se debía
combatir, convenía entablar combate no con la reta-
guardia, cuando el enemigo había ya atravesado la lla-
nura, sino con la vanguardia, en el preciso momento
en que entraba en ella. Así la batalla se habría librado
íntegramente en una planicie, en lugar sin accidentes
geográficos, en los que los etolios se manejaban muy
mal tanto por su armamento como por toda su forma-
ción; en terreno llano, por el contrario, los aqueos
eran muy poderosos, por razones naturalmente opues-
tas a las aducidas. Y ahora abandonaban los "lugares
y las circunstancias que les eran propicios y bajaron
allí donde el enemigo tenía ventaja. De modo que el
desenlace de la operación se correspondió con el plan-
teamiento de la batalla.
Las infanterías ligeras de ambos bandos trabaron
combate, y la caballería de los etolios se replegó, sin
abandonar la formación, hacia las alturas, interesada
en establecer contacto con su propia infantería. Arato
y sus oficiales no se percataron completamente de lo
que estaba sucediendo ni calcularon debidamente lo
que se iba a seguir; así que vieron que la caballería
28 Unas lomas que están al NE. de la llanura de Cafias,
modernamente llamadas de Skipiezza.
22 Esta palabra tomada como substantivo común significa
«contrafuerte».
LIBRO IV 429
etolia retrocedía, creyeron que huía y mandaron a la
infantería pesada desde las alas con la orden de apoyar
y de establecer contacto con su infantería ligera; ellos
personalmente hicieron girar todo el ejército hacia un
ala y lo guiaron corriendo con ardor. La caballería
etolia cruzó la llanura, y así que alcanzó a su propia
infantería se detuvo y aguardó; fue juntando a sus
hombres en los espacios de las alas y les arengaron,
pues los soldados de la columna en marcha, al oír los
gritos de sus compañeros, acudían también rápida-
mente, a paso ligero, y las reforzaban continuamente. :
Cuando creyeron que su número era suficiente se re-
volvieron y atacaron la avanzadilla aquea de caballería
y de infantería ligera. Eran superiores en número y
atacaban desde lugares ventajosos. La refriega duró
largamente, pero al final los etolios pusieron en fuga
al adversario. Mientras que aquellos aqueos cedían y
huían, los de la infantería pesada que acudían a apo-
yarles se presentaban sin orden, dispersamente; unos
quedaron perplejos ante lo que ocurría, y otros dieron
de frente con los que se retiraban y huían; se vieron
forzados a dar la vuelta y a hacer lo mismo. Total, que
los derrotados en el enfrentamiento no fueron más de
quinientos, pero los fugitivos más de dos mil. La situa-
ción enseñaba por sí misma a los etolios lo que debían
hacer: acosaron con gritos frenéticos y furiosos hasta
no poder más. Los aqueos se retiraron hacia sus tropas
pesadas, creyendo que se mantenían en seguridad en
su formación inicial, y al principio la retirada se hacía
en buen orden y les salvaba. Pero al ver que también
sus tropas pesadas habían abandonado los lugares se-
guros, que en su marcha estaban muy lejos y que se
habían desbandado, unos se dispersaron también en
desorden y se retiraron a ciudades vecinas; otros, al
darse de frente con las falanges que venían a ayudar-
les no necesitaron del enemigo, sino que ellos mismos,
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430 HISTORIAS
aterrorizándose, Jes obligaban a huir en desorden.
Como queda dicho, huyeron a las ciudades, pues Orcó-
meno y Cafias, que estaban cerca, salvaron a muchos.
De no ser así, los aqueos hubieran corrido el riesgo
de perecer todos absurdamente. La batalla de Cafias
acabó de esta manera.
Los de Megalópolis habían sabido que los etolios
habían acampado no lejos de Metridio, y acudieron al
toque de trompeta con todo su ejército % para prestar
apoyo al día siguiente de la batalla: lo que encontra-
ron fue que debieron enterrar a los que creían vivos y
dispuestos a afrontar al enemigo y que habían sucum-
bido a manos de éste. Cavaron un foso en la llanura
de Cafias, agruparon los cadáveres y rindieron honores
de todo tipo a aquellos desgraciados.
Los etolios, que habían alcanzado aquel éxito de
manera inesperada por su caballería y su infantería
ligera, desde aquel momento hicieron correrías por el
centro del Peloponeso con la más absoluta impunidad.
Fue entonces cuando se dio su tentativa contra la ciu-
dad de Pelene*! y cuando saquearon el territorio de
Sición; después se retiraron a través del Istmo 2.
Éstas fueron la causa y el pretexto de la Guerra
Social; el principio debe buscarse en el decreto de
todos los aliados, promulgado inmediatamente después,
ya que los aqueos se reunieron en la ciudad de Co-
rinto y aprobaron la medida; el consejo se reunió bajo
la presidencia del rey Filipo *.
: 30 Cf. la nota 146 del libro 1l.
31 Pelene, situada en la punta E. de la Acaya, en dirección
a Sición.
322 De Corinto.
33 El contenido de este decreto se detalla más abajo, en el
capítulo 25.
LIBRO IV 431
El pueblo de los aqueos al
cabo de pocos días se reunió en
su asamblea ordinaria, y tanto en
público como en privado mostra-
ba su-animadversión contra Ara-
to, pues le creían responsable claro del desastre refe-
rido. Sus enemigos políticos le acusaban y aducían
pruebas contundentes, lo cual irritó y exasperó más a
la masa reunida. La primera. falta clara parecía ser
que había tomado el mando militar cuando no le co-
rrespondía aún, ocupando el tiempo de otro, y que
había emprendido unas acciones en las que era cons-
ciente de que había fracasado muchas veces. En segun-
do lugar, y esto era más grave, había licenciado a los
aqueos cuando los etolios se encontraban todavía en
el Peloponeso Central, sobre todo sabiendo que Esco-
pas y Dorímaco tenían prisa en remover la situación
y en hacer estallar la guerra. Se le reprochaba en ter-
cer lugar haber aceptado batalla con pocos efectivos
contra el enemigo sin que urgiera ninguna necesidad,
cuando podía retirarse sin riesgo alguno a las ciuda-
des vecinas, concentrar allí a los aqueos y atacar enton-
ces al adversario si lo creía de todo punto indispensa-
ble. Pero lo último y lo más imperdonable era que,
decidido a combatir, se planteó la situación de manera
temeraria e irreflexiva; abandonó la llanura y no em-
pleó sus hoplitas *, arriesgando con su infantería li-
La asamblea de
los aqueos
3 Este término, frecuentísimo en Tucídides, sale relativa-
mente poco en Polibio. Los hoplitas formaban la infantería pe-
sada de los ejércitos de las ciudades griegas. Se pagaban su
propio armamento: un yelmo, una coraza y unas grebas de
bronce. En el brazo izquierdo embrazaban un escudo, con el
que se protegían, y con la mano derecha manejaban una espada
de hierro. Si la llevaban colgada al cinto, como arma suple-
toria, manejaban una lanza de fresno con la punta metálica.
En rigor, una armadura así recuerda ya la de los héroes de la
Itíada. Los vasos cerámicos griegos muestran, en sus pinturas,
14
432 HISTORIAS
gera una batalla en terreno montañoso contra los
etolios, para los que nada podía ser más familiar y fa-
7 vorable. Pero Arato se adelantó y recordó su actua-
ción política anterior y sus empresas; después se de-
fendió de las acusaciones: probó que no había sido
culpable de lo sucedido, y pidió perdón si había tenido
alguna negligencia en la batalla pasada; sin embargo,
creía que debía mirarse al conjunto, y elo de manera
8 humana, y no acerbamente. Entonces la asamblea cam-
bió de opinión de manera tan rápida y magnánima que
mostró enorme descontento a los enemigos políticos
de Arato que le habían atacado, y desde entonces todo
se decidió según el parecer de Arato 3,
9 [Esto ocurrió en la Olimpíada precedente; lo que
seguirá durante la ciento cuarenta] *.
15 Los decretos que tomaron los aqueos fueron los si-
guientes: enviar embajadas a los epirotas, a los beocios,
2 a los focenses, a los acarnanios y a Filipo, para poner
en claro cómo los etolios habían penetrado por dos
veces en son de guerra en la Acaya, rompiendo los
pactos, para pedirles ayuda, según los acuerdos, y que
3 los mesenios fueran admitidos en la alianza. Solicita-
ban, además, que el general hiciera una leva de cinco
mil hombres de infantería y de quinientos de caba-
llería, que apoyara a los mesenios si los etolios volvían
4 a invadir su territorio, y que se fijara, para los lacede-
monios y los mesenios, el número de jinetes y de tropas
hoplitas en abundancia; cf., por ejemplo, JEan CHARBONNEAUX,
ROLAND MARTIN, FRANCOIS VILLARD, Grecia arcaica (traducción
del francés de JosÉ ANTONIO MÍNGUEZ), Madrid, 1969, pág. 313
(ilustración 359).
35 Esta asamblea tuvo lugar en pleno verano del año 220.
36 Lo encerrado entre corchetes es tenido por WALBANK,
Commentary, ad loc., como una nota marginal que un copista
posterior introdujo en el texto. La Olimpíada 139 abarca los
años 224/220, y la 140, los años 220/216.
LIBRO IV 433
de infantería que debían aportar a las operaciones
comunes. Todo ello se aprobó; los aqueos soportaron
con entereza el desastre sufrido y no abandonaron a
los mesenios ni su propio propósito, mientras que los
embajadores cumplían su misión entre los aliados. El
general, según el decreto, reclutó las tropas aqueas;
asignó, además, a los lacedemonios y a los mesenios
que aportaran, cada ciudad, dos mil quinientos solda-
dos de infantería y doscientos cincuenta de caballería,
de manera que, en conjunto, para las operaciones fu-
turas, los soldados de infantería eran diez mil, y mil
los de caballería.
Los etolios, cuando les llegó el tiempo de su asam-
blea ordinaria, se reunieron y acordaron guardar la paz
con los lacedemonios, los mesenios y todos los demás,
pero esta actuación era malvada, pues su propósito era
humillar y destruir a los aliados de los aqueos; en
cuanto a éstos, votaron tener paz si abandonaban su
alianza con los mesenios; en caso contrario debían
declararles la guerra, cosa la más irracional. En efecto:
ellos eran aliados a la vez de aqueos y mesenios, y de-
claraban la guerra a los primeros si éstos mantenían
su amistad y alianza con los mesenios, y hacían una
paz por separado con los aqueos si éstos elegían la ene-
mistad con los mesenios. De forma que apenas puede
comprenderse la maldad de los etolios por lo retorcido
de sus propias empresas.
Los epirotas y el rey Filipo escucharon a los emba-
jadores y admitieron a los mesenios en la alianza; en
cuanto a los hechos de los etolios, se indignaron al
punto, pero no se extrañaron demasiado, ya que no
habían hecho nada raro, al contrario, algo habitual en
ellos. Por eso no lo tomaron muy a pecho, sino que
votaron mantener la paz con los etolios; una injusticia
permanente acostumbra a ser más dispensada que una
38. —28
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434 HISTORIAS
maldad irracional e inesperada Y. Por lo menos los
etolios se comportaban de esta manera, saqueaban
Grecia continuamente y hacían la guerra a muchos
sin declaración previa. Ni tan siquiera se dignaban dar
explicaciones cuando les acusaban, sino que se chan-
ceaban si alguien les pedía cuentas de lo ocurrido o,
por Zeus, de sus planes futuros. Los lacedemonios que
debían, ello era reciente, su libertad a Antígono y a la
generosidad de los aqueos, se sentían obligados a no
hacer nada contrario a los macedonios y a Filipo, por
lo que enviaron secretamente legados a los etolios, y
pactaron ocultamente alianza y amistad con ellos.
Los aqueos habían reclutado ya a su juventud, y los
lacedemonios y los mesenios habían aportado ya su
concurso cuando Escerdiledas % y Demetrio de Faros
navegaron a un tiempo desde Faros con noventa esqui-
fes y rebasaron Lisos *%, rompiendo su pacto con los
romanos. Abordaron primero Pilos, contra la que lan-
zaron algunos ataques fracasados. Después Demetrio,
con cincuenta de aquellos esquifes, se dirigió a las
islas, y navegando entre las Cícladas saqueó unas e
impuso contribución a otras. En su navegación, Escer-
diledas fingió que se dirigía a su país, pero en realidad
puso rumbo a Naupacto * con cuarenta esquifes, aten-
37 ¡Qué atinada observación de Polibio! En el mundo actual
se arma la gran tremolina por un quítame allá esas pajas
ocurrido en alguna nación libre de Occidente, y se acepta sin
rechistar la opresión y la represión sistemáticas de más de
medio mundo, porque le ha tocado vivir así.
38 Este personaje ha salido ya en II 5, 6. Sobre Demetrio
de Faros, cf. WALBANX, Commentary, ad loc. Sucedió a Teuta en
el gobierno de Iliria.
359 Cf. nota 36 del libro II, y, además, para la exacta situa-
ción de la plaza, Weltatlas, pág. 9.
40 Plaza etolia muy importante, situada en la costa S. de
esta región.
LIBRO IV 435
diendo la petición del rey Aminas de Atamania *, pa-
riente suyo. A través de Agelao pactó con los etolios
la partición del botín, y les prometía unírseles si in-
vadían la Acaya.
Agelao, Dorímaco y Escopas, pues, tras hacer estos
tratos con Escerdiledas, y entregárseles la ciudad de
Cineta *, concentraron el ejército de los etolios y, jun-
tamente con los ilirios, invadieron la Acaya.
Aristón, el general de los eto-
lios, afectaba ignorancia acerca
Toma de Cineta de lo que ocurría, y estaba inac-
tivo en su ciudad; afirmaba que
no hacía la guerra a los aqueos,
sino que mantenía la paz, con lo que se portaba de
manera simple y pueril. Evidentemente, es natural que
parezca necio y vano el que supone que con palabras
logrará encubrir la evidencia de los hechos. Las tropas
de Dorímaco hicieron la marcha a través de la Acaya
y llegaron inesperadamente a Cineta. Los cinetenses,
que eran arcadios, desde hacía mucho tiempo vivían
revoluciones continuas y formidables; había entre ellos
muchas matanzas y destierros, y además rapiñas y re-
distribuciones de tierras. Al final se impusieron los
partidarios de los aqueos, y retuvieron la ciudad, si-
tuando una guarnición en las murallas y a un aqueo
como general de la ciudad. Así estaban las cosas, cuan-
do poco antes de la llegada de los etolios los exiliados
41 La Atamania es un pequeño país sin poblaciones excesi-
vamente importantes, separada de la Tesalia y de la Etolia por
la cordillera del Pindo; limita el N. con la Macedonia y al O.
con el Epiro y la Ambracia; entre la Ambracia y la Etolia tenía
una mínima salida al mar por el golfo de Ambracia. En cuanto
al rey Aminas, Dindorf apunta que la tradición manuscrita es
errónea, y que se debe escribir Aminandro (cf. XVI y XVIII 1).
Tomo la referencia del P. Antonio Ramon.
4 Esta plaza debía de encontrarse en la Mesenia, pero su
localización no se ha logrado.
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436 HISTORIAS
enviaban mensajes a sus conciudadanos y solicitaban
la reconciliación y su regreso al país. Los que regían la
ciudad se avinieron a ello, pero enviaron legados a los
aqueos: querían que tal reconciliación se hiciera con
su licencia. Los aqueos asintieron de buen grado, con-
vencidos de que así se captaban la benevolencia de
los dos bandos, la de los que gobernaban la ciudad,
que ya habían depositado en ellos todas sus esperan-
zas, y la de los repatriados, que iban a alcanzar su
salvación debido a su conformidad. Los cinetenses des-
pidieron de su ciudad la guarnición y al general aqueo,
se reconciliaron con los exiliados, a los que invitaron
a regresar, en número de casi trescientos, aunque les
exigieron las garantías tenidas como las: más sólidas
entre los humanos. Los expatriados regresaron, y aun-
que no encontraron causa o pretexto para recomenzar
las diferencias, todo lo contrario, así que llegaron em-
pezaron a conspirar contra su país y sus salvadores.
Yo creo que en el mismo instante en el que se juraban
mutua fidelidad encima de los animales sacrificados,
ya entonces maquinaban una impiedad contra lo divi-
no % y contra los que les otorgaban su confianza. En
efecto: así que gozaron de sus derechos políticos, al
punto se atrajeron a los etolios y les vendieron la ciu-
dad, deseosos de destruir irremisiblemente al mismo
tiempo a los que les habían salvado y a la ciudad que
los crió.
Tramaron esta empresa con una gran audacia, como
sigue: algunos de los repatriados habían sido nombra-
dos polemarcos *: este cargo conlleva abrir y cerrar
4 Creo que aquí hay un argumento muy fuerte para de-
fender las creencias religiosas de Polibio. Cf. nuestro artículo,
BaLascH, «La religiosidad...», pág. 385.
4 Esta palabra, etimológicamente, significa «jefe militar»,
pero jurídicamente no designaba lo mismo en todas las ciu-
dades de Grecia. En Atenas el polemarco era el tercero de los
LIBRO IV 437
las puertas de la ciudad, y en el tiempo intermedio
ser depositarios de las llaves; además pasarse el día
de guardia en los torreones. Los etolios, ya prepara-
dos, con las escaleras dispuestas, aguardaban la opor-
tunidad. Los anteriormente exiliados que ejercían el
cargo de polemarcos degollaron a sus colegas en el
mismo torreón y abrieron el portón. Hecho esto, algu-
nos etolios penetraron por allí, mientras otros adosa-
ban las escaleras y con ellas forzaron el paso y se
apoderaron de las murallas. Todos los de la ciudad,
intimidados ante aquellos hechos, estaban apurados,
sin saber qué hacer ante tal situación. No podían acu-
dir ininterrumpidamente contra los que habían pene-
trado por el portón debido a que otros entraban por
el muro, ni podían defender adecuadamente la muralla
a causa de los que entraban por la puerta. Los etolios
se hicieron rápidamente con la ciudad, y en medio
de sus injusticias realizaron una obra justísima: a los
primeros que decapitaron fueron a los que les habían
introducido en la ciudad y se la habían entregado; así
se adueñaron de sus bienes %. Pero con todos los demás
cinetenses hicieron lo mismo. Al final se instalaron en
las casas, agujerearon los muros para descubrir teso-
ros y torturaron a muchos cinetenses de quienes sos-
pechaban que habían escondido algún ajuar muy va-
lioso o alguna otra cosa de gran precio.
Tras maltratar de esta manera a los de Cineta le-
vantaron el campo, dejaron allí una guarnición en la
arcontes o magistrados, en Esparta era el comandante de una
Imora, cuerpo de cuatrocientos hombres; en Etolia sus funcio-
nes eran más bien ciudadanas, algo así como la policía (al
igual que los escitas atenienses).
45 Aquí la traducción es conscientemente algo inexacta; el
griego, traducido rigurosamente, significa «medios de vida». Pero
hay que pensar que las víctimas de la rapiña no serían precisa-
mente los pobres.
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muralla y avanzaron en dirección a Lusos *, Llegados
al templo de Artemis, que está entre Clítor y Cineta,
considerado entre los griegos como lugar de asilo, ame-
nazaron con robar el ganado y las otras posesiones de
la diosa. Los lusiatas fueron astutos y les dieron al-
gunos adornos de la divinidad, con lo que conjuraron
la impiedad de los etolios y lograron no sufrir nada
irreparable Y. Los etolios lo aceptaron así, levantaron
al instante el campo y lo establecieron junto a la
ciudad de Clítor.
En aquel mismo tiempo Arato, el general de los
aqueos, envió legados a Filipo en demanda de ayuda,
concentró a los reclutados y mandó llamar a las tropas
lacedemonias y mesenias consignadas en los pactos.
2 Los etolios primero insinuaron a los de Clítor que aban-
donaran a los aqueos y se les aliaran. Los de Clítor
rechazaron de plano estas propuestas, y entonces los
etolios les atacaron; adosaron las escaleras en los mu-
ros e intentaron tomar la ciudad. Pero los de dentro
se defendieron con valor y audacia y los etolios ce-
dieron ante tal situación, y alzaron el campo,'se diri-
gieron de nuevo hacia Cineta y saquearon de paso los
ganados de la diosa, que se llevaron. Cineta, en primer
lugar, la dieron a los eleos, quienes no aceptaron, y
entonces los etolios decidieron reservársela para sí
4 Lusos estaba a medio camino entre Cineta y Clítor; ya
se ha advertido que la primera de las ciudades no se ha loca-
lizado.
47 La tradición manuscrita del texto griego es aquí dudosa,
pero lo que, en todo caso, variaría sería el valor sintáctico de
la expresión, no su sentido, que, en líneas generales, es el
mismo siempre. Otra traducción posible es: «conjuraron la
impiedad de los etolios para no sufrir nada irreparable». Aquí
me aparto de la lectura de Biittner-Wobst, que abona la segunda
traducción, y admito la de FoucauLrt, Polybe, TI, ad loc., que
me parece, sintácticamente, más coherente (me refiero al texto
griego, claro está).
LIBRO IV 439
mismos, y nombraron a Eurípidas gobernador de la
plaza. Pero después temieron ante el anuncio de la
expedición de los macedonios, por lo que incendiaron
la ciudad y se retiraron, marchando de nuevo en di-
rección a Rion *, pues habían decidido hacer por aquí
la travesía. Taurión se enteró de la incursión de los
etolios y de los hechos de Cineta, y al ver además que
Demetrio de Faros había zarpado de las islas en direc-
ción a Cencreas *%, le exhortaba para que apoyara a los
aqueos, transportara sus esquifes a través del Istmo
y acechara la travesía de los etolios. Demetrio regre-.
saba de las islas con más provecho que gloria, puesto
que los rodios le seguían de cerca, de modo que aten-
dió con agrado la propuesta de Taurión, quien sufragó
los gastos originados por el transporte de los esqui-
fes. Demetrio, pues, atravesó el Istmo, pero llegó dos
días después del paso de los etolios: saqueó algunos
parajes de la costa etolia y zarpó de nuevo hacia
Corinto. Los lacedemonios descuidaron culpablemente
el envío de ayuda a que les obligaba el pacto; manda-
ron unos destacamentos mínimos de infantería y de
caballería, con lo que querían salvar las apariencias.
Arato, que mandaba a los aqueos, en aquella ocasión
pensó de manera más política que militar: hasta en-
tonces permaneció a la expectativa. No olvidaba el de-
sastre reciente, y aguardó a que Escopas y Dorímaco,
tras la ejecución de todos sus planes, regresaran a su
país, aunque lo hicieran por lugares estrechos, donde
un ataque era fácil: sólo necesitaban de un toque de
clarín.
Los cinetenses, a los que los etolios habían causado
grandes desgracias e infortunios, lo tenían mucho más
48 Aquí Rion es un nombre aceptable. Cf. la nota 17 de este
libro.
49 Pequeña localidad al S. de Argos.
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440 HISTORIAS
merecido que todos los demás; así pensaba todo el
mundo.
El conjunto de los pueblos de
Carácter de los la Arcadia goza de cierta fama de
arcadios. Digresión virtud entre todos los griegos no
sobre la música sólo por su humanitarismo y la
hospitalidad % de sus usos y cos-
tumbres, sino ante todo por su respeto ante lo divino.
Por esto merece la pena investigar un poco el salva-
jismo de los cinetenses y cómo, siendo innegable que
eran arcadios, en aquella ocasión su ferocidad y su
perfidia sobrepasaron en mucho a las de los demás
griegos.
Yo creo que fue porque los cinetenses fueron los
primeros, y los únicos arcadios, que abandonaron algo
que los antiguos habían instituido de manera admira»
ble y muy adecuado por su propia naturaleza a todos
los que habitan la Arcadia: a todos los hombres les
es útil practicar la música, esto es, la verdadera mú-
sica, pero a los arcadios les es imprescindible. No de-
bemos dar crédito a la afirmación, indigna de él, que
hace Éforo5! en el proemio de la Historia General,
donde establece que la música ha sido introducida en-
tre los hombres para seducirles y engañarles. Tampoco
debemos creer que los antiguos cretenses y lacedemo-
nios adoptaran sin ningún fundamento la flauta y el
50 Todavía hoy la Arcadia, llamada la Suiza griega, porque
es la única región griega que no sale al mar y es, además, mon-
tuosa, es un país eminentemente agrícola. Sus alquerías o casas
de campo, que recuerdan las masías catalanas, acostumbran a
tener plantados, alrededor de la casa, una hilera de cipreses.
El número de tales árboles significa el número de personas que,
en caso de necesidad, puede albergar hospitalariamente la al-
quería.
51 Bforo de Cime, historiador griego procedente del Asia
Menor. Fue discípulo de Isócrates. Vivió en el siglo tv a. C., sin
que se pueda precisar más. Su obra se ha perdido.
LIBRO IV 441
ritmo para la guerra, en sustitución de la trompeta,
ni que los arcadios primitivos incorporaran porque
sí en su vida pública la música hasta tal punto que la
hicieran como nodriza no sólo de los niños, sino aun
de los jóvenes hasta los treinta años, a pesar de la
gran austeridad con que vivían en todo lo demás.
Es cosa reconocida y notoria que casi sólo entre
los arcadios la ley 2 fuerza a los niños a acostumbrar-
se ya desde su primera infancia a entonar himnos y
peanes * con los cuales cada uno, según costumbres
ancestrales, glorifica a los dioses y héroes del país.
Posteriormente aprenden los aires de Filóxeno y de
Timoteo *, y danzan en los teatros cada año, en las
Dionisíacas 3, con gran emulación, acompañados por
flautistas profesionales, los niños en competiciones in-
fantiles y los jóvenes en las llamadas varoniles.
E igualmente durante toda su vida, cuando organi-
zan banquetes, llaman poco a cantores extranjeros; se
llaman más entre sí, e imponen a cada uno que cante
52 Aquí el texto griego es ambiguo, y se presta a dos sen-
tidos: a) que la ley obliga a los niños a que aprendan música,
o bien b) que se habitúa a los niños a cantar según las leyes
de la música. Parece más lógica la primera interpretación.
53 El peán era un canto solemne, ordinariamente polifónico,
que se cantaba en ocasiones adecuadas, especialmente en honor
de Apolo, pero también de otras divinidades. Homero ya lo
menciona en sus poemas. Podía ser canto fúnebre, de gozo, de
guerra, etc.
5 Filóxeno de Citera (435-380) vivió en la corte de Dionisio
el Tirano; era poeta ditirámbico. Timoteo, poeta y músico, fue
contemporáneo suyo (450/360). Con él, acaba la gran poesía
lírica griega. Los griegos conocían de oídas al autor de una
melodía; cf. la primera escena de la comedia de ARISTÓFANES
Los Acarnienses.
5 Las fiestas en honor de Dionisio (el Baco de los latinos)
se celebraban en diversas épocas del año, y su elemento prin-
cipal eran las representaciones teatrales, aunque había también
canto y danza. Sobre las Dionisíacas de Atenas, cf. MANUEL
BaLasch, Aristófanes, 1, Barcelona, 1969, págs. 41-42.
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442 HISTORIAS
cuando le corresponda. No sienten vergiienza de con-
fesar su ignorancia si se trata de otros conocimien-
tos, pero no pueden negarse a entonar una canción,
puesto que todos las aprendieron por obligación; no
pueden tampoco reconocer que las saben, pero negarse
a ejecutarlas: es entre ellos una cosa humillante. Los
jóvenes se ejercitan en marchas militares al son de
la flauta, en buen orden, y se entrenan en las danzas
para ofrecer un espectáculo a sus conciudadanos todos
los años en el teatro, a iniciativa del estado, que su-
fraga los gastos.
Creo que los antiguos introdujeron estas costum-
bres no como un lujo o como algo superfluo, sino
porque veían que cada uno trabajaba por su cuenta, y
que la vida se les hacía dura y difícil; consideraron
además la austeridad de costumbres que les ha tocado
como consecuencia de la pobreza del medio y de la
tristeza casi general de la región circundante, caracte-
rísticas a las que todos los hombres hemos acabado
por asimilar nuestra naturaleza. Es por ésta, y no por
otra causa, por la que nos diferenciamos muchísimo
unos de otros según las razas y los usos % de todo tipo
en costumbres, talla y pigmentación, y aun en la ma-
yoría de las actividades. Los antiguos arcadios querían
suavizar y templar la dureza y la severidad de la na-
turaleza, y por ello introdujeron el arte musical, y ade-
más establecieron que la mayoría de las asambleas y
sacrificios fueran comunes, sin diferencias para hom-
bres y mujeres, e instituyeron también coros de don-
cellas y de muchachos. Lo idearon todo, en suma, con
56 El sentido griego de la palabra diástasis es aquí incierto;
siguiendo a Schweigháuser, lo he traducido por «uso», muy
afín a «institución». Walbank y Foucault interpretan el término
en sentido temporal: las (grandes) distancias que nos separan
a unos de otros. Pero es evidente que las instituciones «sepa-
ran» a unos pueblos de otros.
LIBRO IV 443
el interés de amansar y de dulcificar por la institución
de unas costumbres la rudeza de su espíritu. Los ci-
netenses menospreciaron esto finalmente cuando en
verdad necesitaban al máximo de esta ayuda, puesto
que tienen el clima y el relieve peores de toda la Arca-
dia. Además, impulsados por ofensas y por envidias
mutuas, acabaron por convertirse en tan salvajes que
en ninguna de las ciudades griegas hubo impiedades
mayores ni más continuas. He aquí una prueba de la
desgracia de los cinetenses en este punto concreto y
de la aversión de los arcadios restantes hacia sus
prácticas.
En aquella ocasión ” en que los cinetenses cometie-
ron la gran matanza, enviaron mensajeros a los lace-
demonios: en las ciudades arcadias en las que entraron
durante su marcha, todas las demás les echaron al
punto por medio de heraldos, y los de Mantinea, cuan-
do los cinetenses ya se hubieron ido, hicieron una
purificación ritual y llevaron en círculo a las víctimas
por toda su ciudad y todo su territorio.
Debíamos decir esto para evitar que una sola ciudad
acarree calumnias a todo el linaje de los arcadios, y
también para que no haya en Arcadia habitantes que
crean que Casi siempre la música se ejercita entre
ellos como algo superfluo, y se apresten a desdeñar su
cultivo. Y también de cara a los cinetenses, para que,
si el dios les da buena suerte, se humanicen volvién-
dose hacia la educación, y de ella principalmente a la
música. Sólo así podrán acabar con el salvajismo que
entonces se adueñó de ellos. Nosotros, tras haber ex-
puesto los sucesos de los cinetenses, regresamos al
punto donde iniciamos esta digresión.
57 De todo lo que aquí cuenta Polibio no conocemos nada
que no sea por él. En realidad, la historia de Cineta nos es
desconocida.
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444 HISTORIAS
Los etolios, pues, tras realizar
todo esto en el Peloponeso, regre-
saron sin peligro a su territorio.
Filipo, que acudió con tropas en
ayuda de los aqueos, se presentó
en Corinto, pero demasiado tarde, por lo que envió
correos a todos los aliados; les urgía que enviaran in-
mediatamente legados a Corinto para deliberar sobre
los intereses comunes. Él mismo levantó el campo y se
dirigió a Tegea, sabedor de que los lacedemonios se
habían enzarzado en revoluciones internas y matanzas.
Acostumbrados a ser gobernados por reyes y a obede-
cer en todo a sus jefes, los lacedemonios, liberados
entonces inesperadamente por Antígono, ya no tenían
un rey entre ellos, por lo que se peleaban; suponían
que todos tenían el mismo derecho a gobernar. Al
principio dos de los éforos no manifestaban su opi-
nión, pero los otros tres, convencidos de que por su
juventud Filipo no podría jamás poner orden en la
situación del Peloponeso, se habían hecho partidarios
de los etolios. Pero cuando, contra lo que ellos espera-
ban, los etolios desaparecieron a marchas forzadas del
Peloponeso y Filipo se presentó todavía más aprisa
desde Macedonia, los tres éforos desconfiaron de uno
de los dos restantes, de Adimanto; éste conocía todos
sus planes y no estaba muy de acuerdo con lo que es-
taba pasando. Los tres éforos temían que, una vez
Filipo allí, Adimanto le delatara todo lo que se había
tramado. En connivencia con algunos jóvenes, estos
éforos pregonaron por heraldos que los que estaban en
edad militar se presentaran con sus armas en el templo
de Atenea Calcieca %, como si los macedonios estuvie-
Filipo, en el
Peloponeso
58 Calcieca significa «la de casa de bronce». Las ruinas de este
templo han sido descubiertas en el N. de la Acrópolis de Es-
parta. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc.
LIBRO IV 445
ran a punto de llegar a la ciudad. Ante cosa tan inespe-
rada, los convocados se concentraron al punto. Adiman-
to, disgustado por lo ocurrido, se adelantó e intentó
exhortar y hacer comprender «que era antes cuando
debían haberse ordenado estos pregones y estas con-
centraciones, cuando oíamos que los etolios, nuestros
enemigos, se acercaban a las fronteras de nuestro país,
y no ahora, cuando nos enteramos de que los macedo-
nios, que son nuestros bienhechores, nuestros salvado-
res, se nos aproximan con su rey». Insistía todavía en
este punto cuando los jóvenes conjurados se abalanza-
ron sobre él y le mataron, y con él a Estenelao, a Alcá-
menes, a Tiestes, a Biónidas y a muchos más ciudada-
nos. Polifonte, y otros con él, previeron astutamente
lo que iba a ocurrir y se pasaron a Filipo.
Después de esto los éforos que quedaban en fun-
ciones enviaron al punto a Filipo unos que acusaran
a los asesinados y que le pidieran que retrasara su
llegada hasta que la ciudad se hubiera recobrado de
la revolución pasada; debían informarle también de
que se proponían mantener toda su justicia y humani-
dad para con los macedonios. Los legados encontraron
al rey que estaba ya junto al monte Partenio*”, y ha-
blaron según sus instrucciones. El rey les escuchó e
indicó a los que habían llegado que regresaran inmedia-
tamente a su país y que comunicaran a los éforos que
él no interrumpiría su avance y que acamparía en
Tegea; creía que los éforos debían mandarle sin tar-
danza hombres prestigiosos que trataran con él aquella
situación. Los que habían salido al encuentro de Fi-
lipo hicieron lo que se les decía, y los jefes de los
lacedemonios, al oír la solicitud del rey, le mandaron
diez hombres. Éstos se dirigieron a Tegea y se presen-
5 Situado entre Tegea y Argos. La primera de estas ciu-
dades está en el centro de la Arcadia.
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446 HISTORIAS
taron en el consejo del rey, presididos por Omias.
Allí acusaron a Adimanto y a los suyos como culpa-
bles de la revuelta; prometieron a Filipo cumplir lo
estipulado en la alianza, y en cuanto a su adhesión a
Filipo, no ceder en ella ante nadie, ni aun ante los que
parecieran ser sus amigos más verdaderos. Los lacede-
monios manifestaron esto y otras cosas por el estilo
y se retiraron, pero los participantes en el consejo di-
ferían en sus opiniones. Algunos, conocedores de la
perfidia de los espartanos y convencidos de que Adi-
manto y los suyos habían perecido por su adhesión
hacia ellos, y de que los lacedemonios proyectaban
hacer causa común con los etolios, aconsejaban a Fi-
lipo hacer un escarmiento con aquéllos tratándoles de
la misma manera que Alejandro había tratado a los
tebanos así que recibió el imperio %, Otros, en cambio,
entre los más ancianos, afirmaban que una cólera así
era excesiva ante lo ocurrido: lo que se debía hacer
era Castigar a los culpables, destituirles y poner el
mando y el gobierno en manos de amigos del rey.
Finalmente habló el rey, si es que pueden atri-
buirse al rey los pareceres de entonces, ya que no es
natural que un muchacho de diecisiete años pueda to-
mar decisiones acertadas en cuestiones de tal enver-
gadura. Pero a los historiadores nos corresponde atri-
buir a los jefes supremos las opiniones determinantes
de las decisiones. Quienes las oyen, sin embargo, deben
entender que es natural que tales argumentos y deci-
siones correspondan a los que rodean al rey familiar-
mente, y sobre todo a sus consejeros, en cuyo caso lo
más normal será atribuir a Arato el parecer manifes-
tado por el rey. Filipo dijo que las injusticias que entre
60 Se refiere a Alejandro Magno, que, en el año 335, aplastó
un levantamiento de los tebanos contra él y mandó arrasar la
ciudad, a excepción de la casa del poeta Píndaro.
LIBRO IV 447
sí cometieran los aliados, le correspondía a él corre-
girlas sólo de palabra o por escrito, con amonestacio-
nes, y que sólo, añadió, «lo que dañaba a la alianza
común necesitaba de una corrección y castigo por parte
de todos. Públicamente, los lacedemonios no han per-
judicado a la alianza común, y han anunciado que se
comportarán con nosotros con toda justicia y así re-
sultaría indecoroso disponer contra ellos algo irrepa-
rable». En efecto, dijo que sería absurdo que si su
padre, que les venció cuando eran enemigos, no les
trató mal, él, en cambio, maquinase contra ellos, por
una cosa tan pequeña, algo irremediable. Se impuso,
pues, el parecer de que debía pasarse por alto lo ocu-
rrido, y rápidamente el rey mandó a Petrayo, uno de
sus familiares, junto con Omias y sus hombres, a com-
prometer al pueblo espartano a favor de la adhesión
hacia él y hacia los macedonios, y para que, al mismo
tiempo, dieran y recibieran los juramentos de alianza.
Él mismo, con su ejército, levantó el campo y se di-
rigió a Corinto. En su decisión tocante a los lacedemo-
nios había dado a los aliados un bello ejemplo de su
espíritu político.
Filipo acogió, pues, a los que le
llegaban a Corinto desde las ciu-
Inicio de la guerra dades aliadas, se reunió con ellos
y les consultó qué debía hacer y
cómo se debía proceder con los
etolios. Los beocios les acusaron de que en tiempo de
paz habían saqueado el templo de Atena Itona*!, los
focenses de que habían salido en campaña contra Am-
briso y Daulio % con el fin de conquistar estas ciuda-
des, los epirotas de que les habían devastado el país.
6l Este templo estaba en Coronea, y en él se celebraban
los juegos beocios, de los que no sabemos casi nada.
é2 Ciudades situadas en las estribaciones orientales del
Parnaso; el ataque se produjo entre los años 228/224.
448 HISTORIAS
Los acarnanios expusieron de qué modo los etolios
habían organizado una acción contra Turio %, y aún se
habían atrevido a atacar, de noche, la ciudad. Además
de todo ello los aqueos les reprochaban que habían
ocupado Clario, en el territorio de Megalópolis, que
en su marcha habían talado el país de los patreos y
el de los fareos, que habían expoliado Cineta y, en
Lusos, el templo de Artemis, que habían asediado Clí-
tor; por mar habían acechado la ciudadela de Pilos y por
tierra Megalópolis justo cuando empezaba a repoblarse,
pues querían destruirla otra vez, ahora con el con-
curso de los ilirios. Los diputados de los aliados oye-
ron todo esto y decretaron por unanimidad declarar
la guerra a los etolios. Encabezaron el decreto con las
causas citadas, y añadieron la declaración. Acordaron
que los aliados se prestarían ayuda mutua en el caso
de retención, por parte de los etolios, del territorio o
de la ciudad de algunos de ellos contando a partir de
la muerte de Demetrio, el padre natural 4% de Filipo.
Decretaron igualmente que restablecerían en todas
partes las constituciones patrias en las ciudades que
contra su voluntad se habían visto forzadas a ingresar
en la Confederación etolia: los ciudadanos poseerían
sus ciudades y territorios sin guarniciones, sin pagar
tributos, como hombres libres, y vivirían según las
leyes e instituciones ancestrales. Y redactaron en el
decreto que se ayudaría a los anfictiones % a restable-
63 La Acarnania es la región más occidental de la Grecia
central; la plaza de Turio es ilocalizable. Walbank ni tan si-
quiera la cita en su comentario.
6 Cuando se dice de Amílcar Barca que es padre natural
de Aníbal (III 9, 6), o aquí que Demetrio Il de Macedonia
fue padre natural de Filipo V, se indica solamente que no son
hijos adoptivos. Los griegos conocieron también la categoría
de hijos ilegítimos, pero entre ellos no equivalía a nuestro con-
cepto de hijos naturales.
65 Los anfictiones eran los diputados de las ciudades grie-
LIBRO Iv 449
cer sus leyes y el dominio de su templo, del que los
etolios les habían privado con la intención de disponer
por sí mismos de los asuntos de este santuario.
Se aprobó este decreto en el año primero de la
Olimpíada ciento cuarenta %, y con ello la llamada
Guerra Social se inició de modo justo para reparar las
injusticias cometidas. Los diputados enviaron inmedia-
tamente legados a los aliados para que en cada ciudad
el pueblo ratificara el decreto, y así todos desde su
país hicieran la guerra a los etolios. A éstos, Filipo
les mandó una carta aclarándoles que si tenían algo
justo para decir contra aquellas acusaciones, todavía
ahora podía haber una reunión y saldar las diferencias
mediante negociaciones. Pero si habían supuesto que
el hecho de que lo expolien y lo saqueen todo sin
ningún tipo de declaración previa haría que las víc-
timas no fueran protegidas, y que, en el caso de serlo,
ellas iban a ser consideradas como causantes de la
guerra, los etolios serían los más necios de los hom-
bres. Cuando los jefes etolios recibieron esta carta,
primero creyeron que Filipo no acudiría, y así fijaron
un día determinado en el que se presentarían en Rion.
Pero cuando supieron que Filipo se había presentado,
enviaron un correo que aclarara que antes de la asam-
blea de los etolios ellos no podían decidir nada por su
cuenta referente a los asuntos generales. Los aqueos
se reunieron en la asamblea correspondiente, aproba-
ron el decreto y autorizaron los saqueos contra los
etolios. El rey se presentó en la asamblea de Egio e
hizo un largo discurso que los aqueos acogieron con
gas reunidos en confederación política y religiosa; sus asam-
bleas se reunían en Delfos durante la primavera y en Antela
(casi en el golfo de Malia, en su parte meridional) en el otoño.
Su función consistía en velar por los intereses comunes de
Grecia.
66 El 220.
38. — 29
450 HISTORIAS
agrado, y renovaron con el propio Filipo los sentimien-
tos de amistad existentes ya con sus antepasados.
En aquella época correspondía a los etolios elegir
sus magistrados, y nombraron general a Escopas, pre-
cisamente el culpable de todos los crímenes aducidos.
Yo no sé cómo calificar esta elección. Pues hacer la
guerra sin declaración, pero atacar con el ejército ín-
tegro %, llevarse las propiedades de los vecinos, no cas-
tigar a los culpables, al contrario, honrar y elegir por
generales a los cabecillas de tales acciones, todo esto
me parece que rebasa cualquier malignidad. ¿Qué otro
nombre se podría aplicar a tales crímenes? Lo que sigue
atestigua mis afirmaciones. Cuando Fébidas tomó a
traición la plaza de Cadmea %, los lacedemonios cas-
tigaron al culpable, pero no retiraron la guarnición,
como si la injusticia se compensara con el daño de su
causante: se debía hacer lo contrario, que era lo que
realmente interesaba a los tebanos. Otra vez, cuando
la paz de Antálcidas %, proclamaron que devolverían la
libertad y la autonomía a las ciudades, pero no revo-
caron a los harmostes 7. Echaron de su ciudad a los
de Mantinea, aliados y amigos suyos, y afirmaron que
no eran injustos con ellos, ya que les dispersaban de
67 Cf. la nota 146 del libro IT.
é8 Cadmea era la acrópolis o ciudadela de Tebas, que, según
la tradición, había sido construida por el héroe legendario
Cadmo. Fébidas era un general espartano que la tomó en el
año 383.
69 Por la paz de Antálcidas (386), llamada también paz del
Rey, porque el emperador persa Artajerjes la impuso a los
griegos, se disuelve la liga Beocia, y se determinan las esferas
de influencia de Esparta y de Atenas; la ciudad de Mantinea,
que es la que aquí interesa, fue demolida y sus habitantes
esparcidos por los antiguos poblados que la habían convertido
en una plaza fuerte. Cf. nota 20 del libro I.
7% Los harmostes eran los gobernadores militares impuestos
por los espartanos en las plazas que ocupaban.
LIBRO IV 451
una a muchas poblaciones. Es una maldad tan igno-
rante como evidente”! la del que cree que si él cierra
los ojos los vecinos no ven nada. A ambos estados,
Esparta y Etolia, esta mala política les fue causa de
los máximos desastres, y así los que reflexionan recta-
mente no deberán jamás emularla, ni en privado ni en
público.
El rey Filipo ajustó los tratos con los aqueos, le-
vantó el campo con su ejército y se dirigió a Macedonia.
Quería efectuar los preparativos bélicos. Con el decre-
to citado dio bellas perspectivas de una clemencia y
una magnanimidad verdaderamente reales no sólo a
los aliados, sino a todos los griegos.
Todo esto se realizó en el mis-
mo tiempo en que Aníbal, dueño
Sincronismo va de todo el país al sur del Ebro,
se disponía a atacar la ciudad de
Sagunto. Si las primeras tentati-
vas de Aníbal hubieran sido contemporáneas con las
acciones de Grecia, es evidente que hubiéramos debido
tratar estas últimas yuxtaponiéndolas a las otras del
libro anterior, tras establecer un paralelismo con los
asuntos de España, siguiendo un orden cronológico.
Pero puesto que las operaciones de Italia, las de Gre-
cia y las de Asia han tenido en sus guerras unos prin-
cipios particulares, aunque el final haya coincidido en
el tiempo, decidimos hacer la narración también por
separado, hasta llegar a aquel momento en el que las
empresas citadas se entrelazan y empiezan a tender a
una única conclusión. Así la exposición de los inicios
será siempre más clara y más evidente el enlace que
71 En realidad, el texto griego presenta aquí una laguna que
los editores restituyen cada uno a su manera. La laguna es
larga, de toda una línea del manuscrito, lo que hace que sólo
se pueda intuir vagamente el sentido de lo omitido. Aquí se
traduce según la restitución de Bittner-Wobst.
10
452 HISTORIAS
hemos indicado, pues mostraremos cómo, cuándo y
por qué razones se ha dado. Lo que seguirá será ya
historia general.
El enlace de estas empresas se dio hacia el final de
esta guerra, en el año tercero de la Olimpíada ciento
cuarenta ”. Por eso expondremos los sucesos siguien-
tes de un modo general, según el orden cronológico,
y los anteriores por separado, como ya dije, sólo que
en cada ocasión recordaremos lo ya explicado en el
libro anterior. Así a los que atienden la narración les
resultará no sólo fácil de seguir, sino también impo-
nente.
Mientras pasaba el invierno en
Macedonia Filipo alistó con sumo
cuidado a las tropas para la em-
presa inminente. Al propio tiem-
po aseguró sus fronteras contra
los bárbaros que estaban junto a su país. Posterior-
mente se reunió con Escerdiledas, se puso audazmente
en sus manos y trató con él de amistad y de alianza.
Le prometió, por un lado, que le apoyaría en sus ope-
raciones contra la lliria, y por otro acusó a los etolios,
fáciles de acusar; no le costó nada convencerle de que
cediera a sus requerimientos. En efecto: las injusticias
cometidas por las naciones se diferencian de las priva-
das sólo por el número y la magnitud de sus conse-
cuencias. En la vida privada, la asociación de sinver-
gienzas y ladrones suele fracasar porque no se tratan
con justicia unos a otros; en suma, por faltar a la
palabra dada entre sí. Y es lo.que entonces ocurrió a
los etolios, que habían pactado con Escerdiledas que
le darían parte del botín si invadía con ellos la Acaya.
Él se dejó convencer, y los ayudó; entre todos saquea-
ron la ciudad de los cinetenses, cogieron prisioneros y
Los preparativos
bélicos
72 El año 218.
LIBRO IV 453
ganado en gran cantidad, pero entonces los etolios no
hicieron partícipe en nada a Escerdiledas de lo que
habían cogido. Esto suscitó en él una cólera oculta.
Filipo hizo una breve alusión al hecho, que Escerdile-
das recogió al punto, y se dispuso a entrar en la alian-
za general, a condición de cobrar veinte talentos anua-
les y de luchar contra los etolios por mar, por lo que
zarparía con veinte esquifes.
Filipo, pues, se dedicaba a es-
Actitud de los tas negociaciones. Los emba-
acarnanios y jadores enviados a los aliados
de los epirotas llegaron en primer lugar a la
Acarnania y se entrevistaron con
los jefes. Los acarnanios ratificaron noblemente el de-
creto, y desde su país hicieron la guerra a los etolios,
a pesar de que más que con cualquier otro se hubiera
debido tener indulgencia con ellos si por temor hubie-
ran diferido o, incluso, omitido la guerra contra sus
vecinos. En efecto: están situados en la frontera etolia
y reducidos a sus solas fuerzas resultan fácilmente
superables. Téngase en cuenta ante todo que hacía
muy poco que habían sufrido una experiencia terrible
por el odio que profesaban a los etolios. Pero tanto en
la vida privada como en la pública no hay nada que
los hombres nobles valoren tanto como el deber, cosa
que los acarnanios han observado casi siempre en
grado no menor al de cualquier otro griego, a pesar de
la pequeñez de su fuerza. Nadie, pues, debe vacilar, en
momentos difíciles, en aliarse, para sus empresas, con
los acarnanios no menos que con los otros griegos,
pues tanto en la vida privada como en la pública tienen
firmeza y amor a la libertad. Los epirotas, por el con-
trario, cuando hubieron oído a los embajadores, rati-
ficaron de modo semejante el decreto, pero votaron
hacer la guerra a los etolios cuando el rey Filipo la hu-
biera iniciado. Y a los embajadores de los etolios les
31
454 HISTORIAS
declararon que habían decidido mantener la paz con
ellos, actuando de manera equívoca e innoble.
Los aqueos enviaron también legados al rey Pto-
lomeo” a solicitar de él que no enviara dinero a los
etolios y que no les aprovisionara de nada que per-
judicara a Filipo y a sus aliados.
Los mesenios, por cuya causa
comenzó la guerra, respondieron
a los embajadores aqueos que Fi-
galea está en su frontera, pero
que los etolios la retienen; ellos
no iniciarían la guerra hasta que la plaza les fuera
arrebatada a los etolios. Impusieron esta respuesta,
contra el parecer del pueblo, los éforos en funciones,
Enis y Nicipo y algunos otros del grupo oligárquico,
unos ignorantes, al menos en mi opinión, que se apar-
taron grandemente de una decisión correcta. Yo afir-
mo que la guerra es algo terrible, pero no tanto, en
modo alguno, que debamos soportarlo todo antes de
entrar en un conflicto bélico. ¿Por qué nos enorgulle-
cemos tanto de la igualdad, de la libertad de expresión,
de la misma palabra libertad si luego no hay nada
preferible a la paz? Desaprobamos a los tebanos su-
pervivientes de las guerras médicas porque se aparta-
ron de la lucha en pro de Grecia y eligieron, por miedo,
la causa persa, y no alabamos a Píndaro, quien estuvo
de acuerdo con ellos en que se mantuviera la paz en
estos versos:
Reacción de
los mesenios
Quien pretenda situar en la calma
la comunidad de los ciudadanos, que busque
de la magnánima tranquilidad
la espléndida luz”.
13 Ptolomeo IV Filopátor (221-204?). Cf. nota 180 del libro II.
74 Es el fr. 109 de PÍNDARO en la edición de BERGK.
LIBRO IV 455
De momento dio la impresión de hablar persuasi-
vamente, pero muy poco después se comprobó que
había hecho la afirmación más perniciosa y vergon-
zosa, pues la paz con justicia y decoro es la más bella
y provechosa de las adquisiciones, pero si la acompa-
ñan la maldad o la esclavitud censurables, es lo más
vergonzoso y perjudicial de todo.
Los jefes de los mesenios, de tendencia oligárquica,
se guiaban por su provecho particular e inmediato, y
tenían siempre a la paz en una estimación excesiva.
Por ello, aunque se habían encontrado en situaciones
críticas, lograron bastantes veces eludir horrores y
peligros, pero esta política les acumuló cada vez más
lo más duro de aquellos horrores, y fueron los causan-
tes de que su patria debiera afrontar las desgracias
más grandes. Creo que la causa es la siguiente: eran
vecinos de los dos pueblos más importantes del Pelo-
poneso, por no decir de toda Grecia, de los arcadios y
los laconios. Uno de éstos les fue siempre enemigo
irreconciliable desde que ellos ocuparon el país, el otro
les fue amigo y protector. Ahora bien: los mesenios
no dieron un tratamiento noble ni a su enemistad con-
tra los lacedemonios ni a su amistad con los arcadios.
Cuando los lacedemonios estaban en guerra civil o
contra un tercero, ello les ocupaba, y ocurría lo que
convenía a los mesenios, quienes siempre estaban en
paz y sin peleas con los vecinos; su territorio no estaba
en el lugar del conflicto. Pero cada vez que los lace-
demonios estaban en paz y sin problemas, se dedicaban
a dañar a los mesenios. Entonces éstos eran incapaces
de afrontarles, porque los lacedemonios son potentes,
pero los mesenios tampoco se habían ganado amigos
verdaderos, por lo cual o bien se veían forzados a so-
portar el peso de la servidumbre, o bien, si querían
rehuir la esclavitud, debían exiliarse, dejando su país
con sus mujeres y sus hijos. Esto último lo sufrieron
456 HISTORIAS
9 muchas veces y en tiempos no lejanos. ¡Ojalá que el
estado actual del Peloponeso continúe prosperando,
para que nadie necesite del consejo que les voy a dar!
10 Pero si vuelven a verse poseídos por perturbaciones y
cambios, para los mesenios y los megalopolitanos sólo
veo una esperanza de que conserven su país por más
tiempo: que, según el parecer de Epaminondas ”, se
pongan de acuerdo y se alíen sinceramente, unos y
otros, en todo tiempo y ocasión.
3 Este consejo se ve innegablemente confirmado por
2 hechos antiguos. Entre otras muchas cosas, los mese-
nios dedicaron en tiempos de Aristómenes”$ incluso
una estela junto al altar de Zeus Lobuno”; en ella gra-
baron la inscripción siguiente:
3 Halló el tiempo un castigo contra un mal rey, no lo dudes,
y Mesenia el traidor, con el concurso de Zeus,
cómodamente. No es fácil que al dios eluda un perjuro.
¡Salve, rey Zeus, paladín! ¡Sé de la Arcadia tutor!
4 Fue cuando se vieron privados de su patria cuando
grabaron esta inscripción en la que suplican a los dioses
que salven la Arcadia como si se tratara, creo yo, de
5 una segunda patria. Y obraron así con razón, pues los
arcadios no sólo acogieron a los mesenios huidos de
su patria tras el desastre de la guerra de Aristómenes,
y les hicieron ciudadanos partícipes de sus propios
hogares, sino que decretaron dar a sus hijas en matri-
6 monio a los mesenios que estuvieran en edad. Además,
75 Esta opinión del famoso general tebano sólo la cita Po-
tibio.
76 Aristómenes es un personaje antiguo, y muy obscuro, del
siglo vIi, o quizás del vI, pero no posterior.
71 Este altar estaba en el monte Liceo, en la Arcadia, hacia
el S. de la montaña.
LIBRO IV 457
al descubrir la traición del rey Aristócrates en la ba-
talla llamada de Tafro”, le ejecutaron y extinguieron
todo su linaje. Pero no es preciso remontarnos tan
lejos: los últimos hechos después del sinecismo ”? entre
Megalópolis y Mesene pueden ofrecer suficiente garan-
tía acerca de nuestras afirmaciones. En aquellos tiem-
pos en que tras la batalla de Mantinea no era clara la
victoria de ningún griego debido a la muerte de Epa-
minondas, los lacedemonios se oponían a que los me-
senios participaran en los pactos, pues abrigaban la
esperanza de apoderarse de la Mesenia. Sin embargo,
los megalopolitanos y todos sus aliados de Arcadia pu-
sieron tanto empeño en que los aliados aceptaran a los
mesenios y éstos participaran en pactos y juramentos,
que lo lograron; los lacedemonios fueron los únicos
excluidos del tratado. Quien piense, en el futuro, en
todo esto, ¿no juzgará que hemos dicho con razón lo
que acabamos de exponer?
Tenía que decir esto por los arcadios y los mese-
nios, para que recuerden las calamidades que los lace-
demonios han hecho caer sobre sus patrias, y manten-
gan sinceramente la lealtad y la confianzas mutuas. No
deben abandonarse al miedo Y ni desear excesivamente
la paz; no deben dejarse en la estacada, unos a otros,
en los momentos críticos.
78 Cf. Pausanias, IV 17 y 22. Tomado como substantivo co-
mún, Tafro significa «fosa»; algunos traducen «la batalla de
la Fosa».
7 Sinecismo o fundación. FoucauLt, Polybe, TIL, ad loc.,
traduce erróneamente «reagrupación». Cf. WALBANK, Commentary,
ad loc.
$ El miedo de la guerra. Pero se sobreentiende suficiente-
mente, por lo que es excesivo ponerlo entre paréntesis en el
cuerpo de la traducción, como hace Foucault.
10
11
12
458 HISTORIAS
Los lacedemonios —pues esto
se enlaza con lo anteriormente
En la Lacedemonia expuesto— acabaron haciendo *!
lo que es usual en ellos: despa-
charon sin respuesta a los emba-
jadores de los aliados: su maldad y su necedad les
habían puesto en un gran apuro. Creo que lleva razón
el dicho de que muchas veces una audacia excesiva
se convierte en locura, y suele acabar en nada. Des-
pués fueron nombrados otros éforos; se trataba preci-
samente de los hombres que desde el principio habían
suscitado la revuelta y habían promovido la matanza
a que aludimos. Estos éforos mandaron un mensaje
a los etolios solicitando de ellos un embajador. Los
etolios les atendieron satisfechos, y al cabo de poco
llegó como embajador a Lacedemonia Macatas, quien
se dirigió al instante a los éforos...*. ... (ellos) opina-
ban que Macatas debía poder hablar al pueblo. Exigían,
además, que se restableciera la realeza según las leyes
patrias, sin dejar por más tiempo inactivo, de manera
ilegal, el cetro de los Heraclidas. La situación, en con-
junto, no satisfacía a los éforos, pero eran incapaces
de afrontar las presiones, y temían además una conju-
ración de los jóvenes. En cuanto al asunto de los reyes,
aseguraron que pensarían sobre ello más tarde, y con-
cedieron el acceso a la asamblea a Macatas. Reunido
81 El texto griego es aquí algo equívoco, y se presta a dos
traducciones igualmente aceptables: a) la que se da en el texto,
y b) «hicieron, sin duda alguna».
82 En el texto griego original hay, sin duda alguna, una la-
guna que ocupa una línea. El sentido debe ser, más o menos:
«y éstos le retuvieron e impidieron que se presentara en la
asamblea del pueblo. Entonces los jóvenes, enfurecidos, acu-
dieron allí y promovieron alborotos». Esto, naturalmente, es
una paráfrasis del sentido de lo omitido en la laguna, pues en
ella no hay espacio para tanto texto. Cf. WALBANK, Commentary,
ad loc.
LIBRO 1V 459
el pueblo, Macatas avanzó e hizo una larga exhortación
para que los lacedemonios se decidieran a aliarse con
los etolios, a los que alababa sin razón y con mentiras;
acusaba de manera temeraria y gratuita a los macedo-
nios. Cuando Macatas se hubo retirado se armó una
gran discusión: unos abogaban por los etolios e inci-
taban a establecer una alianza con ellos, pero no fal-
taban quienes les contradecían. Algunos ancianos re-
cordaron al pueblo los beneficios recibidos de Antígo-
no y de los macedonios, y los daños que les habían
inferido Caríxeno y Timeo cuando los etolios salieron-
a campaña con todo su ejército y les destruyeron el
país $, llevándose como esclavos a los periecos **; lle-
garon a acechar a la ciudad de Esparta, introduciendo
en ella, con violencia y engaño, a los exiliados. Los
lacedemonios cambiaron de opinión y al final se con-
vencieron de que debían mantener su alianza con Fi-
lipo y los macedonios; Macatas regresó fracasado a
su país.
Los que habían instigado la sedición desde el prin-
cipio no podían ceder, en modo alguno, a las circuns-
tancias, y de nuevo se propusieron cometer la más
impía de las acciones; para ello corrompieron a algu-
nos jóvenes. En cierto sacrificio tradicional los que
estaban en edad militar debían desfilar con sus armas
hacia el templo de Atenea Calcieca, y los éforos debían
llevar los preparativos para el rito sin moverse del
83 Esta invasión tuvo lugar hacia el año 240, y los citados
eran los jefes etolios.
8 Cuando los dorios invadieron el Peloponeso, en la Laconia
dividieron a los nativos en dos grandes grupos, los hilotas y
los periecos. Estos últimos eran fundamentalmente los habitan-
tes del valle del Eurotas, y recibieron un status tolerable. No
eran ciudadanos espartanos, pero sí hombres libres que podían
ejercer libremente cualquier profesión. Su única obligación era
la de acompañar, en calidad de infantería pesada, a los espar-
tanos cuando salían en campaña.
8
9
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460 HISTORIAS
recinto sagrado. En aquella ocasión algunos jóvenes
que desfilaban con sus armas atacaron de golpe a los
éforos mientras éstos realizaban el sacrificio y los de-
gollaron, a pesar de que aquel santuario ofrecía asilo
inviolable a todos los que se refugiaban en él, incluso a
los condenados a muerte *. Pero entonces la crueldad
de aquellos temerarios llegó a tal punto de desprecio
que asesinaron a todos los éforos junto al altar y a la
mesa del sacrificio. Y prosiguieron la ejecución de sus
planes: de entre los ancianos mataron a Gíridas ya
sus partidarios, y desterraron a los que se oponían a
los etolios. Eligieron a los éforos de entre ellos mismos
y establecieron una alianza con la Confederación eto-
lia. Cleómenes y la simpatía que sentían por él fue
sobre todo quien les impulsó a cometer estas infamias,
a cargar con el odio de los aqueos, a mostrarse desagra-
decidos ante los macedonios y, en suma, a ser incon-
siderados con todos. No perdían la esperanza, y aguar-
daban a que Cleómenes se presentara y les salvara.
Los que saben tratar a los que les rodean no sólo
cuando están presentes, sino incluso cuando están
muy lejos, dejan un rayo muy fuerte de adhesión
a su persona. Dejando otros aspectos aparte, desde la
caída de Cleómenes, hacía ya casi tres años que los
lacedemonios se gobernaban según las instituciones
patrias, y no habían pensado jamás en restablecer
reyes en Esparta, pero así que les llegó la noticia de
la muerte de Cleómenes, el pueblo y los éforos actua-
ban de acuerdo con las ideas de los revolucionarios, y
eran ellos los que habían pactado la alianza con los
etolios reseñada un poco más arriba $; nombraron de
$5 Esta ceremonia ritual nos es desconocida; no nos ha He-
gado por ninguna otra fuente, pero el desarrollo de esta con-
jura recuerda fuertemente la muerte de los Pisistrátidas, cosa
que no parece haber visto nadie. Cf. Tuctomes, VI 53, 2, y 59, 4.
86 Cf. 34, 5.
LIBRO IV 461
modo legal y oportuno a uno de los reyes, a Agesípolis,
que todavía era un muchacho, hijo de Agesípolis, y éste
de Cleómbroto *, Este último había subido al trono
cuando Leónidas fue expulsado de él, porque por paren-
tesco resultaba el más afín a esta casa. Como tutor del
muchacho nombraron a Cleómenes, hijo de Cleómbroto
y hermano de Agesípolis. En cuanto a la otra dinastía,
Arquidamo, hijo de Eudámidas, había tenido dos hijos
de la hija de Hipodemonte *; éste vivía aún, hijo de Age-
silao y nieto de Eudámidas. Además había muchos
otros que descendían de esta familia, parientes más
alejados que los citados, pero en línea directa. Los
éforos dejaron a un lado a todos éstos y nombraron
rey a Licurgo, cuando ningún antepasado suyo había
gozado de este título. Pero Licurgo pagó un talento a
cada éforo, y así se convirtió en descendiente de Hera-
cles y en rey de Esparta. ¡No de otro modo se com-
pran, en todas partes, las cosas apetecibles! Sin em-
bargo, no fueron los hijos de los hijos, sino los mismos
que hicieron este nombramiento los que pagaron el
precio de su locura.
Cuando supo lo ocurrido entre los lacedemonios,
Macatas acudió de nuevo a Esparta y pidió a los reyes
y a los éforos que hicieran la guerra a los aqueos. Pues
sólo así, dijo, cesaría la hostilidad de los lacedemonios
que intentan romper de cualquier modo las alianzas
con los etolios y las de los que, en Etolia, se comportan
como ellos. Los éforos y los reyes atendieron este rue-
87 Cleómbroto, abuelo de Agesípolis II, era el segundo de
este nombre, que reinó en Esparta del 243 al 240. Era yerno
de Leónidas II, rey espartano que se vio depuesto y repuesto
en el año 240.
88 Arquidamo era el hermano pequeño de Agis, e Hipode-
monte el hijo de Agesilao, cuya hermana, Agesístrata, fue madre
del rey Agis. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc.
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462 HISTORIAS
go, y Macatas se fue tras haber conseguido su propó-
sito por la necedad de la otra parte. Licurgo tomó los
soldados y a un cierto número de ciudadanos, e invadió
la Argólida; los pactos establecidos anteriormente hi-
cieron que los argivos no se hubieran precavido en ab-
soluto. Licurgo, pues, atacó imprevistamente, y tomó
Policna, Prasia, Léucade y Cifante; atacó también Glim-
pas y Záraca Y, pero en ellas fue rechazado. Éstas eran
las operaciones del rey espartano. Los lacedemonios
promulgaron un decreto de rapiña contra los aqueos;
Macatas consiguió persuadir a los eleos diciéndoles lo
mismo que había dicho a los lacedemonios; los eleos
hicieron la guerra a los aqueos.
A los etolios las cosas les habían salido bien contra
lo que ellos mismos esperaban, de modo que entraron
en la guerra con buen ánimo, lo contrario de los
aqueos, pues Filipo, en quien tenían depositadas sus
esperanzas, estaba todavía en plenos preparativos, los
epirotas diferían la entrada en la guerra y los mesenios
no hacían nada. Los etolios se habían aprovechado de
la simpleza de eleos y lacedemonios y rodearon por
todas partes a los aqueos con un cinturón de guerra.
Precisamente en este tiempo
terminaba el período de mando
Sincronismo de Arato, y correspondía reco-
gerlo a su hijo, llamado también
Arato, nombrado general por los
aqueos. El general de los etolios era Escopas, que es-
taba precisamente en la mitad del período de vigencia
de su cargo. En efecto: los etolios elegían las magis-
89 La región que ataca Licurgo está al E. de la cordillera
del Parnón. Prasias y Cifante son ciudades costeras. Policna
es la actual Vigla; la ubicación exacta de Léucade se desconoce.
Záraca es la moderna leraca; la ubicación de Slimpas se des-
conoce también. Esta región se la disputaban continuamente
Esparta y Argos.
LIBRO IV 463
traturas inmediatamente después del equinoccio de
otoño, los aqueos lo hacían en el orto de las Pléyades ”.
Estaban ya en pleno verano; Arato el Joven había co- 3
gido el mando; todas las guerras encontraron simul-
táneamente su causa y su principio. Pues en la misma 4
época Aníbal se disponía a asediar Sagunto, los roma-
nos enviaban a Lucio Emilio a la Iliria, con un ejército,
contra Demetrio de Faros. Todo esto se ha expuesto
en el libro anterior.
Antíoco, cuando Teodoto le hubo entregado Tiro y 5
Ptolemaida *, intentaba ocupar la Celesiria; Ptolomeo
se preparaba para la guerra contra Antíoco. Licurgo, 6
que quería iniciar la guerra en las mismas condiciones
que Cleómenes, había acampado delante del Ateneo de
Megalópolis y lo asediaba. Los aqueos habían concen-
trado caballería e infantería mercenarias con vistas a
la guerra inminente. Filipo salió de Macedonia? con 7
su ejército, con diez mil hombres de la falange *% ma-
cedonia, cinco mil peltastas, y con ellos ochocientos
jinetes.
Éstos eran los preparativos que se hacían, y los 8
proyectos. En aquel mismo tiempo los rodios hacían la
guerra a los bizantinos por las razones siguientes:
% O sea, en el mes de mayo.
91 Polibio trata de esto en el libro siguiente: V 40 y 6l.
a Filipo V (222-179).
93 La falange macedonia fue un dispositivo militar que per-
mitió a Filipo, padre de Alejandro, grandes éxitos militares;
imitaba la falange tebana, creación de Epaminondas, pero con
un armamento más eficaz. Básicamente consistía en dar, a un
ala, una gran profundidad en hileras de hombres mediante
cuya carga se aniquilaba el enemigo.
464 HISTORIAS
En cuanto al mar, los bizanti-
nos ocupan el lugar mejor situa-
do de todo el mundo que habita-
mos, tanto por la seguridad de
que goza como por la prosperi-
dad de que disfruta, pero por tierra el más desfavo-
rable de todos desde ambos puntos de vista. Por mar,
Bizancio está junto a la entrada del Ponto Euxino *, en
posición dominante, y ningún mercader puede entrar
o salir por él sin el consentimiento de los bizantinos.
El Ponto Euxino posee muchas de las cosas útiles qué
los hombres necesitan para vivir; de todo ello son due-
ños los bizantinos. En efecto: las regiones del Ponto
nos proporcionan de manera abundante y lucrativa lo
que resulta indispensable para la vida: rebaños y mu-
chos hombres reducidos a la esclavitud; la cosa es bien
notoria. Nos aprovisiona también copiosamente de ar-
tículos más bien superfluos, miel, cera y salazón. Los
bizantinos aceptan como pago nuestros excedentes de
aceite y vinos de todo tipo. En cuanto al trigo, se hace
un intercambio: a veces, si es oportuno, lo venden;
otras lo compran. Si los bizantinos hubieran querido
dañar a los griegos y unirse ya a los galos o, más fre-
cuentemente, a los tracios, o bien hubieran querido
abandonar sus tierras, los griegos se hubieran visto pri-
vados de aquellos géneros, o cuando menos el comer-
cio no les hubiera reportado ninguna ganancia: tanto
la estrechez de la vía marítima como la gran cantidad
de pueblos bárbaros que lo flanquean nos harían im-
practicable el Ponto Euxino: la cosa no se puede negar.
Sin duda, son los bizantinos los que, para su subsis-
tencia, extraen mayor provecho de la excepcionalidad
de sus parajes. Todo lo que les sobra, lo exportan;
importan fácil y ventajosamente lo que les falta, sin
Situación
de Bizancio
2% El Mar Negro.
LIBRO IV 465
ningún riesgo ni penalidad. Pero ya hemos apuntado
que también los griegos restantes tienen muchas ga-
nancias debidas a los bizantinos. Por esto los bizanti-
nos se convierten en bienhechores comunes de todos,
y es lógico que obtengan agradecimiento y ayuda de
los griegos si se les vienen encima peligros por parte
de los bárbaros.
Puesto que la mayoría ignora las peculiaridades y
la situación ventajosa de este país, algo apartado de
lugares más visitados del universo, queremos que todos
conozcan y se conviertan sobre todo en testigos ocu-
lares de estos sitios que tienen algo distinto y curioso,
y si ello no resulta hacedero, que posean cuando menos
una idea y una noción lo más próximas posible a la
realidad. Así que se debe declarar en qué consiste y
qué es lo que logra una tal y tan grande prosperidad
de la ciudad en cuestión.
Lo que llamamos Ponto Euxino
tiene un perímetro de cerca de
El Ponto Euxino veintidós mil estadios y dos em-
bocaduras, situadas una frente a
otra, la de la Propóntide y la del
Lago Meótido *; esta última tiene un perímetro de ocho
mil estadios % Muchos grandes ríos de Asia y otros
todavía más caudalosos y en mayor número, europeos,
desembocan en estas dos cuencas; la del Lago Meó-
tido, rebosante por estos ríos, vierte en el Ponto Euxino
por una de sus bocas, y del Ponto Euxino a la Pro-
póntide. La embocadura del Lago Meótido se llama
Bósforo Cimerio ”; tiene unos treinta estadios de an-
9 Son el Mar de Mármara, entre el Helesponto y el Bósforo
de Tracia, y el actual Mar de Azov, respectivamente,
9% Notan los comentaristas que las dimensiones indicadas
por Polibio en todo este capítulo son notablemente próximas a
la realidad.
N Hoy es el estrecho de Yenikale. El otro es el Bósforo
propiamente dicho, delante de Constantinopla.
38. — 30
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39
10
466 HISTORIAS
cho y sesenta de largo; toda ella es poco profunda. La
boca del Ponto se llama, paralelamente, Bósforo Tra-
cio; su longitud es de ciento veinte estadios, su an-
chura no es en todas partes la misma. El paso que
hay entre Calcedonia y Bizancio, situadas a catorce
estadios una de otra, empieza en la embocadura de la
Propóntide. Por el lado del Ponto Euxino empieza en
el llamado Hierón*, en cuyo lugar dicen que Jasón
cuando regresaba de la Cólquide ofreció un primer sa-
crificio a los doce dioses. Está situado en la costa de
Asia, a una distancia de doce estadios de Europa, donde
se levanta, precisamente enfrente, el Serapeo de Tracia.
Dos son las causas por las cuales el agua fluye con-
tinuamente del Lago Meótido y del Ponto Euxino. Una
de ellas es obvia y evidente a todo el mundo: si mu-
chas corrientes caen dentro de la circunferencia de
unos recipientes limitados, entonces el nivel del agua
sube continuamente. Ésta, si no encuentra salida por
ninguna parte, necesariamente se elevará cada vez más
y ocupará un área cada vez mayor de la cuenca. Pero
si hay salidas, el agua sobrante irá creciendo y se ver-
terá ininterrumpidamente por estas bocas. La segunda
causa es que los ríos aportan gran cantidad de mate-
rial de aluvión de todo tipo hacia las cuencas en cues-
tión; ello es debido a la intensidad de las lluvias. En-
tonces el agua se ve obligada a desplazarse por la
presión de los bancos que se acumulan, y por eso crece
continuamente, y se vierte de la misma manera por las
desembocaduras existentes. Puesto que el depósito y
el vertido de materia de aluvión son incesantes y con-
tinuos, se sigue de ahí que también ha de ser constante
y continuo el vertido por las bocas.
9% Templo dedicado a Zeus Ourios (+= limítrofe), en la costa
asiática.
LIBRO IV 467
Éstas son las razones verdaderas por las cuales el
agua del Ponto Euxino vierte hacia afuera. Su credibi-
lidad no se funda en narraciones de comerciantes, sino
en una explicación natural; no sería fácil encontrar
otra más exacta.
Puesto que nos hemos detenido en este punto, no
hay que dejar nada que no se haya fundamentado, ni
tan siquiera lo que está en la propia naturaleza, que
es lo que suele hacer la mayoría de los historiadores;
debemos usar más de una exposición apodíctica *, pero
no dejar dificultades a los interesados en nuestra in-
vestigación. Esto es lo indicado para nuestra época,
en la que todos los parajes se han convertido en acce-
sibles por tierra o por mar, y no sería adecuado usar
como testigos de regiones desconocidas a poetas y a
mitógrafos. Esto lo han hecho casi siempre nuestros
predecesores, quienes, según el dicho de Heráclito,
«aportan como garantías, en puntos discutidos, a unos
que no merecen crédito» '%, Debemos intentar que nues-
tra historia ofrezca por sí misma confianza a sus lec-
tores.
Afirmamos, pues, que ya antiguamente, y también
ahora, en el Ponto Euxino se acumula material de alu-
vión, y que, con el tiempo, él y el Lago Meótido se lle-
narán por completo si continúa la misma disposición
de estos lugares y las causas de este acumulamiento
van actuando ininterrumpidamente. Efectivamente: el
tiempo es ilimitado, pero las cuencas son limitadas por
9 Esta terminología de la época significaba exposición acom-
pañada de pruebas. Referente a esto puede leerse con provecho
Díaz TejeRa, Polibio, págs. LXXXV-XCI.
100 Este fragmento de Heráclito no es conocido únicamente
por este texto de Polibio. Cf. H. DieLs, Fragmente der Vorsokra-
tiker, 1, Berlín, 1951, pág. 149. Si Polibio ha leído directamente
a Heráclito o bien ha tomado la cita ya de otro autor, por
ejemplo, Eratóstenes, cf. WALBANK, Commentary, ad loc.
11
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41
468 HISTORIAS
todos lados. Luego es evidente que, por mínima que
sea la acumulación, con el tiempo se llenarán. Es ley
de naturaleza que una cantidad limitada que crece o
decrece continuamente durante un tiempo ilimitado,
aunque se haga en proporciones mínimas, nótese ello
bien, forzosamente llegue al término previsto según su
sentido. Y si el aluvión que se acumula no lo hace en
cantidades mínimas, sino lo contrario, muy grandes,
esto que anunciamos ocurrirá dentro de poco. Y se ve
que ya ha ocurrido, pues el Lago Meótido ya ahora se
ha rellenado; en su mayor parte tiene de cinco a siete
brazas de profundidad, y no es navegable por naves
de gran calado si no las guía un práctico. Al principio
era un mar que comunicaba con el Ponto Euxino, según
el testimonio unánime de los antiguos, pero ahora es
un lago de agua dulce, pues la del mar se vio impul-
sada por aluviones, y ha prevalecido el agua de los
ríos. Algo semejante ocurrirá en el Ponto Euxino, es
más, ocurre ya, pero todavía hay muchos que no lo
comprenden por la enormidad de su cuenca. Pero ya
ahora es claro este hecho a los que se detienen algo a
observarlo, por poco que sea.
En efecto, el río Danubio, procedente de Europa,
desemboca en el Ponto por numerosas bocas, y frente
a él se ha formado una barra de casi mil estadios, que
dista de tierra firme un día de navegación; esta barra
se ha formado por el aluvión transportado desde las
bocas. Los que navegan por el Ponto Euxino corren,
aun en alta mar, por encima de esta barra, y por la
noche embarrancan en estos lugares, de los que no se
han apercibido. Los navegantes llaman a este paraje
Stéthg ', He aquí la causa que, según parece, hace que
el limo no se detenga junto a la tierra firme, sino
101 Término griego, cuyo significado es «los pechos».
LIBRO IV 469
que se vea empujado mucho más lejos. Mientras
las corrientes de los ríos, por la fuerza de su empu-
je, dominan y desplazan el agua del mar, es inevita-
ble que la tierra y todo lo que transportan las co-
rrientes se vea impulsado y no encuentre reposo ni
estabilidad. Pero cuando las corrientes ya se diluyen
por la profundidad y la masa de las aguas marinas, es
lógico que el limo caído hacia abajo por ley natural,
se detenga y adquiera consistencia. Por esta razón las
barras de los ríos grandes e impetuosos están lejos, y
las aguas próximas a la tierra son profundas; las barras
de los ríos pequeños y débiles se forman junto a las
mismas desembocaduras. Esto resulta evidente especial-
mente en las épocas de las grandes lluvias: entonces
aún las corrientes pequeñas, cuando por su fuerza ven-
cen al oleaje, empujan el limo mar adentro, de modo
que en cada caso la distancia resulta proporcional a
la fuerza de las corrientes que desembocan. Sería necio
dudar de las dimensiones del banco citado y de la can-
tidad de piedras y tierra que el Danubio transporta,
cuando tenemos a la vista que un torrente cualquiera
se abre paso en poco tiempo por lugares abruptos, y
arrastra toda clase de maderas, tierra y piedras, y
forma unas barras tan enormes que a veces varían el
aspecto de los lugares y en poco tiempo los convierten
en desconocidos.
Por todo ello no es natural extrañarse si unos ríos
tan caudalosos y tan rápidos en su fluencia ininterrum-
pida producen el resultado antedicho y acaban por re-
llenar el Ponto Euxino. Si se razona correctamente, se
“ve claro que esto es no ya natural, sino ineludible.
Una señal de lo que va a ocurrir: en el mismo grado
que ahora el Lago Meótido es más dulce que el Mar
Póntico se ve que éste difiere del Mar Mediterráneo.
Esto evidencia que cuando el tiempo en que se ha lle-
nado el Lago Meótido alcance una duración proporcio-
42
470 HISTORIAS
nal al tiempo que exige la cuenca en relación a la otra,
ocurrirá que el Ponto Euxino se convertirá en un lago
limoso y dulce, exactamente comparable al Lago Meó-
tido.
5 Y hay que suponer que éste se llenará más veloz-
mente, por cuanto son más numerosas y mayores las
corrientes de los ríos que desembocan en el Ponto
Euxino 1%,
6 Teníamos que decir esto a quienes son escépticos
acerca de si se rellena ahora y si se rellenará el Ponto,
7 y si este mar será como un estanque cenagoso. Y había
que decirlo, todavía más, ante los embustes y las fan-
tasías de los navegantes, para que, por nuestra inexpe-
riencia, no nos veamos en la situación de atender
puerilmente a cualquier cosa que se nos diga. Si dis-
ponemos de algún rastro de verdad, por él podemos
juzgar si lo dicho es verdadero o falso.
8 A continuación pasamos a tratar de la ventajosa si-
tuación de los bizantinos.
43 El estrecho que une al Ponto y la Propóntide tiene
una anchura de ciento veinte estadios, tal como dije
un poco más arriba; por el lado del Ponto Euxino lo
delimita el Hierón, y por el lado de la Propóntide el
2 espacio situado alrededor de Bizancio. En medio de
ambos se encuentra el Hermeo 1%, por el lado de Euro-
pa, en un promontorio formado por un saliente situado
junto a la boca misma. Este saliente dista de Asia
unos nueve estadios, y es el lugar más estrecho de
todo este paso. Se afirma que fue aquí donde Darío
unió las dos orillas cuando realizó su travesía contra
3 los escitas. En todo el trecho restante, desde el Ponto
la fuerza de la corriente es más o menos constante,
102 El Dniéper, el Dniéster.
103 Estaba emplazado donde hoy lo está el castillo de Bo-
ghaskessen.
LIBRO 1V 471
porque la distancia entre las dos orillas opuestas es
igual a las dimensiones de la embocadura. Pero así
que llega al Hermeo, del lado de Europa, donde hemos
dicho que hay el lugar más estrecho, entonces esta co-
rriente que viene del Ponto Euxino se encuentra ce-
rrada y ataca violentamente el promontorio, desde
donde rebota como si fuera por un golpe, y se lanza a
los parajes fronteros de Asia, desde los cuales nueva-
mente da un giro y retrocede hacia las puntas de Euro-
pa llamadas de Hestia *%, Desde ellas vuelve a lanzarse
y se precipita sobre la llamada Vaca'”%, que es un.
lugar de Asia en el que cuentan los mitos que se detuvo
por primera vez lo cuando hubo cruzado el estrecho.
Por último, la corriente, que arranca, ya al final, del
lugar llamado la Vaca, es llevada hacia Bizancio, y
cerca de la ciudad se escinde, y el brazo menor delimita
un golfo denominado «El Cuerno» '%, mientras que el
mayor retrocede otra vez, pero ya no tiene fuerza su-
ficiente para alcanzar la costa que tiene enfrente, la del
país de Calcedonia 17; tras haber cambiado muchas ve-
ces de ruta y al tener el estrecho aquí más anchura, la
corriente en estos parajes ya se va desvaneciendo, y
los rebotes de costa a costa no se hacen bruscamente
y en ángulo agudo, más bien en ángulo obtuso; por
este motivo no llega a la ciudad de Calcedonia y fluye
a lo largo del estrecho.
Lo que ahora acabamos de exponer es lo que hace
que la ciudad de Bizancio goce de la situación más ven-
104 La palabra griega correspondiente significa «hogar» en
sentido religioso; seguramente en la punta del promontorio
había un templo.
105 Polibio es el único que relaciona este lugar con el mito
de lo. Está en el N. de Scútari. El lugar, exactamente, se llama
Arnantkoi.
106 El Cuerno de Oro, entre Estambul y Galata.
107 Ciudad situada en la orilla asiática, en la entrada del
Bósforo.
472 HISTORIAS
tajosa y la de Calcedonia lo contrario, aunque a simple
vista la posición de ambas sea equivalente en cuanto a
su ventaja. Sin embargo, no es fácil navegar hacia
Calcedonia ni aún si se desea; en cambio, como ahora
mismo hemos afirmado, la corriente te lleva de forma
ineludible, aunque no quieras, hacia Bizancio. He aquí
una prueba de ello: los que desde Calcedonia quieren
dirigirse a Bizancio no pueden navegar en línea recta
a través de la corriente que hay de por medio, sino que
deben remontar hasta la Vaca y el lugar llamado Cri-
sópolis '% (retenido tiempo atrás por los atenienses,
por consejo de Alcibíades, cuando intentaron por pri-
mera vez cobrar un peaje a los que navegaban hacia
el Ponto), y delante de Crisópolis se abandonan a la
corriente, con lo que son llevados automáticamente
hasta Bizancio. Lo mismo sucede a los que navegan
desde el otro lado de la ciudad, porque los que lo hacen
con vientos del Sur desde el Helesponto o se dirigen,
con los etesios '%, del Ponto al Helesponto, siempre
encuentran el trayecto, desde Bizancio, a lo largo de la
costa europea hasta el principio del estrecho de la
Propóntide, entre Sesto y Abido 1%, directo y cómodo, y
lo mismo desde aquí, el regreso hacia Bizancio. Pero
desde Calcedonia, a lo largo de la costa de Asia, es lo
contrario, pues se debe costear un golfo profundo, y
el país de Cízico U!, penetra mucho en el mar. Tanto
por la corriente como por lo indicado antes, si se pro-
cede del Helesponto para dirigirse a Calcedonia, es em-
presa no fácil navegar normalmente y costear Europa
hasta llegar cerca de Bizancio, y aquí virar y poner
108 Literalmente «ciudad de oro». Actualmente Scútari.
109 Vientos del N.
110 Ciudades que están frente a frente, en las costas asiá-
ticas y europeas del Helesponto, respectivamente, en uno de los
lugares en que éste es más estrecho precisamente.
11 Plaza situada cerca de Abido, al N., en su misma costa.
LIBRO IV 473
rumbo a Calcedonia. De la misma manera, cuando se
sale de este puerto es absolutamente imposible zarpar
directamente hacia Tracia, porque la corriente central
es excesivamente fuerte, y también por los vientos,
que, tanto si son del Norte_como del Sur, siempre son
desfavorables para las dos travesías, porque el del
Sur empuja siempre hacia el Ponto y el del Norte
aleja de él, y éstos son los vientos que se deben uti-
lizar para la ruta de Calcedonia al Helesponto, o vi-
ceversa.
Éstos son los factores que otorgan a Bizancio, por
mar, una situación ventajosa; los que por tierra se la
dan desventajosa vienen referidos a continuación.
La Tracia rodea a Bizancio por
todas partes, de mar a mar, y por
ello los bizantinos libran guerras
continuas y difíciles contra los
tracios; jamás han conseguido
una preparación bélica que les dé una victoria defini-
tiva; no son capaces de deshacerse de las guerras,
porque en la Tracia hay gran cantidad de pueblos y
de reyes. Si vencen a uno, surgen tres monarcas más
poderosos que éste que les invaden el país. No logran
gran cosa más si ceden y se avienen a pactos y tribu-
tos. Si hacen concesiones a uno, esto mismo les quin-
tuplica el número de enemigos. De modo que se ven
implicados en guerras duras y continuas. ¿Pues qué
hay más inseguro que un vecino malvado? ¿Qué hay
más terrible que una guerra contra bárbaros? Y, con
todo, a pesar de que por tierra pelean con males tan
continuados, aún descontando los otros daños subsi-
guientes a la guerra, sufren una especie de castigo de
Tántalo, según el poeta!?, Dueños, en efecto, de un
Los tracios y
Bizancio
112 El poeta, sin más, es Homero. La referencia debe ser a
la Odisea XlI 582 y sigs.
10
11
9
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474 HISTORIAS
país fertilísimo, siempre que lo han trabajado y las
cosechas llegan a una madurez y sazón excepcionales
por su vistosidad, entonces se presentan los bárbaros,
devastan unas y se llevan las otras. Los bizantinos,
cuando ven aquella ruina, la deploran por sus gastos
y por su trabajo, y aún más por la belleza de los frutos
que les:roban, y soportan con pesar lo sucedido.
Acostumbrados a soportar la guerra contra los tra-
cios, con todo siempre han tratado con justicia a los
griegos; cuando se vieron atacados por los galos de
Comontorio ** llegaron a una situación verdaderamente
deplorable.
Estos galos eran aquellos que
salieron con Brenno de sus tie-
rras; lograron escapar del de-
sastre de Delfos, y llegados al
Helesponto, no lo cruzaron en
dirección a Asia, y se quedaron allí, porque los territo-
rios que circundaban Bizancio les habían seducido.
Estos galos vencieron a los tracios, establecieron su
capital en Tile y pusieron en peligro la subsistencia
de Bizancio. Al principio de su invasión, en tiempos
de Comontorio, su primer rey, los bizantinos abonaron
tributos, ya tres mil, cinco mil e incluso diez mil be-
santes '!* de oro, a condición de que no les arrasaran
el territorio. Y al final se vieron forzados y accedieron
a pagar ochenta talentos anuales hasta tiempos de Cá-
varo, en los cuales se disolvió el reino y el linaje de
Los galos,
en Bizancio
113 Una horda de galos que, er oleadas sucesivas, había
invadido Grecia desde el año 279, fue destrozada por Antígono
Gonatas en 277. Los supervivientes, sin embargo, se apoderaron
de Tile (cf. capítulo siguiente; su localización es dudosa, pero
hay que situarla en Tracia) y fundaron allí un reino; su jefe
fue Comontorio.
114 El besante era una moneda que pesaba entre 8 y 8,5
gramos.
LIBRO IV 475
estos galos fue aniquilado por los tracios, que lograron
invertir la situación. Fue entonces cuando, oprimidos
por los tributos, los bizantinos enviaron por primera
vez embajadores a los griegos en demanda de ayuda y
de subsidios en aquellas circunstancias. Pero la mayo-
ría de griegos no les hizo ningún caso, y entonces,
forzados a ello, los bizantinos empezaron a cobrar peaje
a los que navegaban hacia el Ponto Euxino.
El hecho de que los bizantinos
cobraran una aduana a las mer-
Rodas y Bizancio cancías que salían del Ponto pro-
dujo grandes perjuicios y males-
tar a todos, la cosa se creyó
insoportable y todos los mercaderes acudieron a los
rodios, ya que la opinión popular creía que éstos de-
tentaban la supremacía del mar. Y aquí se originó la
guerra que ahora vamos a historiar.
Los rodios, incitados tanto por los daños que Su-
frían ellos mismos como por las pérdidas de sus ve-
cinos, primero tomaron consigo a los aliados y envia-
ron legados a Bizancio a exigir que se les eximiera
del tributo. Pero los bizantinos no cedieron en nada;
estaban convencidos de que sus representantes Heca-
tontodoro y Olimpiodoro llevaban la razón en su po-
lémica con los legados rodios. Los dos gobernantes
citados presidían entonces la asamblea de Bizancio;
los rodios se retiraron sin haber logrado nada. Llega-
dos a su país, éste declaró la guerra a los bizantinos
por las causas citadas. Y mandaron al punto enviados
a Prusias '% bis pidiéndole que también declarara esta
guerra, ya que sabían que por diversos motivos Prusias
se sentía ofendido por los de Bizancio.
114 bis Rey de Bitinia.
47
10
476 HISTORIAS
Los bizantinos hicieron algo parecido: enviaron le-
gados a Átalo!'5 y a Aqueo!'!'* en demanda de ayuda.
Átalo estaba interesado en ello, pero él tenía poco peso,
porque Aqueo le había confinado a sus dominios he-
reditarios. Aqueo, en cambio, dominaba toda la parte
desde el Tauro hasta Occidente, y hacía poco que se
había constituido rey; también prometió su apoyo a
los bizantinos. Esto les infundió no poca esperanza,
y, por el contrario, gran perplejidad a los rodios y a
Prusias. Aqueo era pariente de Antígono '", quien, en
Siria, acababa de alzarse con el poder; había logrado
conquistar este imperio como sigue: al morir Seleuco,
que era el padre del Antígono, poco ha, citado, le su-
cedió en la monarquía Seleuco, el mayor de sus hijos,
y con él, por la familiaridad que les unía, Aqueo cruzó
el Tauro, dos años antes, a lo sumo, de la época de la
que ahora estamos hablando. Seleuco el Joven, así que
recibió el reino, sabedor de que Átalo se había apo-
derado de todos sus dominios acá del Tauro, se lanzó
en seguida a defender sus intereses. Atravesó el Tauro
con un gran ejército, pero fue asesinado traidoramente
por Apaturio el galo y por Nicanor; así fue como
murió. Puesto que era su pariente, Aqueo vengó al
punto esta muerte: mató a Nicanor y a Apaturio y di-
rigió las tropas y los asuntos con prudencia y magna-
nimidad. A pesar de que las circunstancias le eran
favorables, y el sentimiento de las tropas le impelía a
ceñirse la corona, prefirió no hacerlo, y conservó el
reino para Antíoco, el hijo pequeño de Seleuco. Hizo
una marcha enérgica y recuperó toda la parte perdida
115 Atalo I de Pérgamo (241/197). Fue un fiel aliado de Roma.
Cf. BENGTSON, Geschichte, págs. 448-451.
116 Polibio trata, con alguna detención, de Aqueo en el
libro V 77.
117 Los parentescos no están muy claros. Cf. WALBANK, Com-
mentary, ad loc.
LIBRO IV 417
acá del Tauro. Y cuando las cosas le marchaban in- 11
creíblemente bien, pues logró reducir a Átalo a Pérga-
mo, y se convirtió en señor de todos los territorios
restantes, entonces sus éxitos le envanecieron y esto
fue su perdición. Se impuso a sí mismo la diadema,
se constituyó rey y se convirtió en el más duro y el
más terrible de los príncipes y monarcas de acá del
Tauro. Cuando se vieron envueltos en la guerra contra
los rodios y Prusias, los bizantinos confiaron principal-
mente en él.
Prusias reprochaba a los bizantinos, en primer lu-
gar, que habiendo votado levantarle algunas estatuas,
después no lo hicieron, sino que lo retardaron y olvi-
daron. Estaba disgustado también con ellos porque
habían puesto todo su interés en poner paz entre Aqueo
y Atalo, y en quebrar la enemistad que les separaba,
Prusias estaba convencido de que la amistad entre los
dos le perjudicaba de muchas maneras. Y le indig-
naba por encima de todo el hecho de que los bizantinos
habían enviado legados a participar en los sacrificios
de las fiestas que Átalo había organizado en honor de
Atenea; en cambio, no habían mandado a nadie a sus
propias fiestas soterias.
Por todo lo cual abrigaba secretamente gran cólera
y acogió de buen agrado el pretexto de los rodios. Se
puso de acuerdo con sus enviados; juzgó conveniente
el que los rodios hicieran la guerra por mar, y creía que
iba a dañar no menos por tierra a sus adversarios.
La guerra entre rodios y bizantinos tuvo estas
causas y principio.
12
13
49
10
478 HISTORIAS
Los bizantinos iniciaron la
guerra con energía, convencidos
de que Aqueo les apoyaría; ellos
lograron por sí mismos que Tibe-
tes 15 acudiera desde Macedonia;
así rodearían a Prusias de guerras y peligros. Éste,
empujado a la guerra por la cólera ya mencionada,
había tomado a los bizantinos el lugar llamado Hie-
rón '*, en la misma boca del Ponto. Los bizantinos lo
habían comprado poco tiempo antes por una suma enor-
me de dinero, porque el lugar era muy estratégico; no
querían dejar a nadie ninguna base contra los mercade-
res que navegaban por el Ponto Euxino, ni que traficara
con esclavos o extrajera provecho del mismo mar. Pru-
sias había privado también a los bizantinos del territorio
asiático de Misia, que ellos poseían desde hacía mucho
tiempo. Los rodios tripularon seis naves, y al propio
tiempo tomaron cuatro de los aliados. Nombraron al-
mirante a Jenofanto, y zarparon con las diez embar-
caciones hacia el Helesponto. Fondeando las restantes
naves ante Sesto para cortar el paso a los que navega-
ran hacia el Ponto, el almirante navegó adelante con
una sola y tanteó a los bizantinos por si se hubieran
arrepentido, intimidados por la guerra. Pero ellos no
le hicieron caso, y el rodio se retiró, recogió las naves
restantes y llegó a Rodas con todas ellas. Los bizan-
tinos enviaron legados a Aqueo en demanda de ayuda,
y enviaron unos hombres que se trajeran desde Mace-
donia a Tibetes. Parecía, en efecto, que el gobierno
de Bitinia correspondía no menos a Tibetes que a Pru-
sias, pues Tibetes era hermano del padre de Prusias.
Los rodios, al ver la firmeza de los bizantinos, proyec-
taron con realismo cómo lograr sus propósitos.
Inicios de la
guerra
118 Rey de Bitinia, hermanastro del padre de Prusias. Es
un personaje realmente oscuro.
119 Cf. nota 98 de este mismo libro.
LIBRO IV 479
Veían que la decisión de los bizantinos en sopor-
tar la guerra se fundamentaba en las esperanzas que
habían depositado en Aqueo; consideraban, además,
que el padre de Aqueo estaba retenido en Alejandría,
y que Aqueo daba el máximo valor a la salvación de
su padre; todo esto hizo que enviaran legados a Pto-
lomeo para solicitar la entrega de Andrómaco. Ya
antes lo habían hecho, pero sin poner demasiado inte-
rés; ahora pusieron el máximo empeño en el asunto:
querían poder ofrecer este servicio a Aqueo y propi-
ciárselo para las demandas que eventualmente le di-
rigieran. Cuando se le presentaron los enviados, Pto-
lomeo '” pensó en continuar reteniendo a Andrómaco;
creía que le sería útil en alguna ocasión, puesto que
sus cuestiones con Antíoco *! estaban aún por dirimir,
y Aqueo, que acababa de constituirse a sí mismo en
rey, podía decidir aún en temas importantes. Andró-
maco, padre de Aqueo, era hermano de Laódice, la
esposa de Seleuco. Ptolomeo, sin embargo, que se incli-
naba totalmente a favor de los rodios, para los que
sentía una adhesión sin reservas, cedió y les entregó a
Andrómaco para que lo restituyeran a su hijo. Ellos
lo hicieron, y además decretaron determinadas honras
para Aqueo, con lo que privaron a los bizantinos de su
esperanza más capital. Y a los bizantinos se les sumó
aún otro infortunio, pues Tibetes murió cuando se
dirigía a ellos desde Macedonia, con lo que dio al
traste con los proyectos de Bizancio. Ocurrido todo
ello, los bizantinos decayeron en su empuje; Prusias,
fortalecido en sus esperanzas ante la contienda, gue-
rreaba personalmente desde las partes de Asia, y pro-
seguía enérgicamente las operaciones; había tomado a
sueldo a los tracios, quienes desde Europa no permi-
120 Ptolomeo 11 Filadelfo (285/246).
121 Antíoco 1 Soter (280/261).
480 HISTORIAS
tían a los bizantinos salir de sus puertas. Éstos, fra-
casados en sus esperanzas, cercados y oprimidos por
la guerra, buscaron una salida decorosa a aquella si-
tuación.
Cávaro, rey de los galos, se pre-
sentó en Bizancio: tenía interés
en que no hubiera guerra, porque
estaba en buenas relaciones con
ambos bandos, y tanto Prusias
como los bizantinos siguieron sus consejos. Sabedores
los rodios del interés de Cávaro y del cambio de pen-
samiento de Prusias, se afanaron en llevar sus pro-
yectos a término: designaron a Arídico como mensa-
jero a los bizantinos, pero al propio tiempo enviaron
a Polemocles con tres trirremes; querían, como se
dice, enviar simultáneamente a los bizantinos la lanza
y el caduceo '”. Llegaron, pues, los rodios y se hicie-
ron los pactos; Cotón, hijo de Caligitón, era hieromne-
mon!3 en Bizancio. Con los rodios las condiciones
fueron muy simples: «Los bizantinos no cobrarán
aduana a nadie que navegue hacia el Ponto; cumplida
esta condición, los rodios y sus aliados se mantendrán
en paz con los bizantinos.» Los pactos con Prusias fue-
ron como sigue: «Prusias y los bizantinos tendrán
paz y amistad para siempre. Que en modo alguno los
bizantinos hagan la guerra contra Prusias, ni Prusias
contra los bizantinos. Que Prusias devuelva a los bi-
zantinos los territorios, las fortalezas, los siervos y los
Intervención de
los galos
12 Es decir, la guerra o la paz, representada por estos em-
blemas entre los griegos. El caduceo era la insignia de los
heraldos, y de Hermes, el heraldo por excelencia.
123 El hieromnemon era el primer magistrado o el gran
sacerdote. Los años se contaban, en Bizancio, por esta magis-
tratura, igual que en Roma por los cónsules o en Atenas por
los arcontes.
LIBRO 1V 431
prisioneros sin rescate 1%, y además las naves que les
tomó al principio de la guerra, y las armas ofensivas
cogidas en las fortalezas, y al mismo tiempo la madera,
la piedra y los ladrillos del territorio de Hierón»
(porque Prusias, que temía la incursión de Tibetes,
había arrasado todo lo que en las fortificaciones pa-
recía útil) «Prusias obligará a devolver a los labrado-
res todo lo que algunos bitinios habían cogido en
aquella parte de Misia sometida a los bizantinos».
De modo que la guerra que surgió entre los bizan-
tinos por un lado y los rodios y Prusias por el otro
tuvo tal comienzo y tal fin.
En esta misma época los de
Cnoso enviaron legados a los ro-
dios y les convencieron de que
les enviaran la escuadra manda-
da por Polemocles, y además que
añadieran tres naves no ponteadas '5. Los rodios asin-
tieron, las naves llegaron a Creta y los habitantes de
Eleuterna '% empezaron a sospechar que los hombres
de Polemocles habían asesinado a su conciudadano
Timarco para congraciarse con los cnosios. Primero
exigieron una reparación a los rodios, y después les
declararon la guerra. También poco antes los litios
habían caído en una desgracia irreparable. He aquí, a
Acontecimientos
en Creta
124 Aquí el griego presenta una cierta dificultad de léxico:
en efecto, no se puede precisar el sentido del término laoí.
Parece que significa las gentes adscritas a la tierra, algo así
como los siervos de la gleba medievales, cosa que no se dio en
todas las partes de Grecia.
125 Un tipo de nave que, al menos con esta denominación,
hasta ahora no había salido en Polibio. Eran naves en que los
remeros remaban sin protección, sin una cubierta que prote-
giera sus cabezas.
126 Población al NO. de la cordillera del Ida, en el centro
de la isla.
38. — 31
8
9
10
s3
482 HISTORIAS
grandes rasgos, la situación general de Creta en esta
época:
Puestos de acuerdo con los gortinios'”, los de
Cnoso % sometieron toda la isla, a excepción de la ciu-
dad de los litios !”, que rehusó prestarles obediencia.
Los de Cnoso decidieron hacerle la guerra, con el afán
de arrasarla totalmente: así escarmentarían y aterro-
rizarían al resto de los cretenses. Primero contra los
litios guerrearon todos los cretenses, pero después, por
unas naderías surgieron rivalidades entre ellos, cosa
habitual en Creta, cuya población total se dividió en
dos bandos. Los polirrenios, los céretes, los lapeos,
además de los de Orio y de los arcadios de Creta !%
rompieron conjuntamente su amistad con. los de Cnoso
y decidieron aliarse con los litios. En Gortina los ma-
yores tomaron partido por los cnosios, y los jóvenes
por los litios, y hubo una revuelta civil. Los de Cnoso,
a la vista del cambio producido inesperadamente entre
sus aliados, llamaron a mil hombres de Etolia, según
el pacto.
Ocurrido esto, rápidamente en Gortina el partido de
los mayores se instaló en la ciudadela, mandó acudir
a los de Cnoso y a los etolios; mataron a unos jóve-
127 Población hacia el S. de la isla, en su centro longitudinal.
Está en la llanura de Mesana, y todavía hoy se pueden visitar
sus interesantes ruinas.
128 Cnoso, a ocho kilómetros de Heraklion, la población más
importante de la isla. En Cnoso están las ruinas del formidable
palacio de los reyes de aquel reino cretense.
129 Lito está al E. de Cnoso, a unos veinticinco kilómetros.
130 Polirrenia estaba al O. de Creta. Cerea debía de estar
también por allí, pero su localización es dudosa. Lappa estaba
tierra adentro, en la actual población de Argirópolis; de los de
Orio se sabe vagamente su localización, pues su centro reli-
gioso era el Dictineo de Liso, casi en la punta del cabo Psakos,
en un largo brazo de tierra que se adentra en el mar. Los
arcadios de Creta eran una confederación de villorrios del cen-
tro de la isla.
LIBRO IV 483
nes y desterraron a otros, y entregaron la ciudad a los
de Cnoso.
En aquella misma ocasión los litios habían salido
con todas sus tropas hacia territorio enemigo. Los de
Cnoso lo supieron, y conquistaron la ciudad de Lito,
desguarnecida de defensores. Los de Cnoso enviaron a
su ciudad a niños y mujeres, y tras quemar Lito, arra-
sarla y ultrajarla de todas las maneras posibles, se
retiraron. Los litios acudieron allí de nuevo, al regresar
de su marcha, y al comprobar lo ocurrido, quedaron
tan dolidos en sus espíritus que nadie de los presentes.
tuvo ánimos para entrar en la ciudad: todos dieron
una vuelta a su alrededor, y tras gemir y lamentarse
por el infortunio de su país y del suyo propio, vol-
vieron la espalda y se retiraron a la ciudad de los
lapeos. Éstos les acogieron con mucha humanidad y
con gran afecto, y los litios, que en un solo día se
habían convertido de ciudadanos en hombres sin ciu-
dad y extranjeros, continuaron la guerra contra los
cnosios conjuntamente con los demás aliados. Lito,
que era colonia de los lacedemonios y ciudad empa-
rentada con ellos, poseía y alimentaba a hombres va-
lientes en extremo, a los más bravos de Creta, según
todos reconocían; con todo, desapareció totalmente y
de manera imprevisible.
Los polirrenios y los lapeos, y todos sus aliados, se
percataron de que los de Cnoso se habían aliado con
los etolios; veían igualmente que éstos eran enemigos
del rey y de los aqueos, y así enviaron legados a aquél
y a éstos en demanda de alianza y de ayuda. Tanto
los aqueos como Filipo les admitieron en su coalición
y les mandaron refuerzos, cuatrocientos ilirios al man-
do de Plátor, doscientos aqueos y cien focenses. La
llegada de “éstos representó un gran alivio para los
polirrenios y sus aliados. En efecto: en muy poco
tiempo encerraron dentro de sus muros a los de Eleu-
55
484 HISTORIAS
terna, a los cidoniatas *%!, e incluso a los de Aptera, les
forzaron a abandonar su alianza con los de Cnoso, a
unírseles y a participar de sus mismas esperanzas.
Concluido esto, los polirrenios y sus aliados enviaron
quinientos cretenses a Filipo y a los aqueos. Muy poco
tiempo antes los de Cnoso habían enviado mil solda-
dos a los aqueos. De modo que en esta guerra lucha-
ron cretenses en ambos bandos. Los desterrados de
Gortina tomaron el puerto de Festo '%?, al tiempo que
retenían el suyo propio de Gortina con una audacia
admirable; para sus salidas se servían de estos lugares
como bases y hacían la guerra a los de la ciudad.
Ésta era la situación de Creta.
Por aquel mismo tiempo Mitrí-
dates 13 declaró la guerra a los
de Sínope “, y de ello resultó la
ocasión y el principio de la ruina
total que se abatió sobre los sinopeses. Ante el con-
flicto, éstos enviaron legados a los rodios en demanda
de ayuda; los rodios acordaron elegir a tres hombres
y entregarles ciento cuarenta mil dracmas; los dele-
gados, tomándolos, dispusieron lo que los de Sínope
precisaban según sus necesidades. Los tres hombres
nombrados prepararon diez mil ánforas de vino, tres-
cientos talentos de crines trabajadas '* y cien de cuer-
Los hechos
de Sínope
131 Cidonia estaba situada en la costa N., hacia -el O. de
Creta, actualmente La Canea, que es capital administrativa de
la isla. Aptera estaba un poco más al E.
1322 Es algo exagerado hablar del puerto de Festo, que dista
unos veinticinco kilómetros del mar; la referencia es segura-
mente a la pequeña población marinera de Mascla.
133 Mitrídates 1I, rey del Ponto: debemos hallarnos en el
año 220.
134 Sínope está situada a la mitad de la costa asiática, o
sea la meridional, del Ponto Euxino.
135 Cabellos humanos o crines de caballo, que servían, junto
LIBRO IV 485
das preparadas, mil armaduras, tres mil piezas de oro
amonedado, cuatro catapultas y sus servidores. Los
legados de los sinopeses, pues, tomaron consigo todo
esto y regresaron a su ciudad; en Sínope se temía el
intento, por parte de Mitrídates, de asediarles por mar
y por tierra; por esto hacían toda clase de prepara-
tivos contra tal eventualidad. Sínope está situada en la
orilla derecha del Ponto si se navega en dirección a
Fasis, levantada sobre un tómbolo que se adentra en
el mar; la ciudad intercepta totalmente el brazo de
tierra (de una anchura de no más de dos estadios) que
une el tómbolo con Asia, Lo que queda de éste se
adentra en el mar, es llano y presenta buenos accesos
hacia la ciudad. Su extremidad es un arco circular
acantilado y sin playa; fondear allí es difícil, y presenta
muy pocas calas. Por eso los de Sínope temían que
Mitrídates montara sus máquinas de guerra por el lado
de Asia, y que hiciera simultáneamente un desembarco,
desde el mar, por los parajes llanos próximos a la ciu-
dad, y así iniciara su asedio. Emprendieron la fortifi-
cación de la parte del tómbolo que se asemeja a una
isla, para lo cual obstruyeron los accesos por mar con
parapetos y estacadas; al propio tiempo situaron en
posiciones estratégicas soldados y ballestas. Las di-
mensiones del tómbolo no son considerables, sino re-
ducidas; el espacio es fácilmente defendible.
Tal era la situación de Sínope.
Retorno a la El rey Filipo levantó el campo
guerra de los con un ejército desde Macedonia
aliados (pues es aquí donde hemos deja-
do hace poco la guerra de la coa-
lición) y avanzó por la Tesalia y el Epiro, pues quería
efectuar su penetración en la Etolia a través de estos
con tendones de animales, para fabricar los cables de torsión
de las catapultas.
57
10
486 HISTORIAS
territorios. Precisamente entonces Alejandro y Dorí-
maco 1% proyectaban una acción contra la ciudad de
Egira, y concentraron para ello en Oyantia, ciudad de
Etolia, situada frente a la que he citado, unos mil
doscientos etolios, les proveyeron de los buques de
transporte necesarios y aguardaron al tiempo propicio
para la navegación y el ataque. Había un desertor etolio
que llevaba mucho tiempo viviendo en Egira 4%; había
observado que los centinelas de la puerta de Egio se
embriagaban y hacían sus guardias con negligencia.
Muchas veces se había arriesgado y había pasado al
campo de Dorímaco y le había incitado a la acción, a
él y a sus hombres, pues sabía que tales empresas les
eran familiares. La ciudad de Egira está situada en el
Peloponeso, en el golfo de Corinto, entre Egio y Sición,
levantada en unas lomas escarpadas y poco accesibles.
Se orienta hacia el Parnaso y hacia las zonas opuestas
de la costa. Dista del mar unos siete estadios. Llegó el
viento propicio para la navegación; Dorímaco zarpó
con sus hombres y aún de noche fondeó no lejos del
río que fluye junto a la ciudad. Alejandro y Dorímaco,
y con ellos Arquidamo y el hijo de Pantaleón tenían
consigo el contingente mayor de etolios y avanzaron
contra la ciudad por la ruta que conduce a ella desde
Egio. El desertor antes mencionado conocía bien el
terreno; con veinte hombres escogidos se adelantó a
los restantes por caminos difíciles e impracticables, se
escurrió a través de un acueducto y sorprendió a los
centinelas todavía dormidos, les degolló en sus mismos
camastros, rompió a hachazos los cerrojos y abrió las
puertas a los etolios. Éstos atacaron de modo impre-
visto y allí se comportaron brillantemente '%, cosa que
136 Dorímaco ya había salido al principio de este libro, 3, 5.
137 Ciudad situada en la costa N. de la Acaya.
133 Este adverbio aquí sorprende algo, pero la tradición
griega manuscrita es unánime. Quizás Polibio se exprese iró-
LIBRO IV 487
les ocasionó, a fin de cuentas, la perdición y la salva-
ción a los egiratas. Porque los etolios suponían que
para apoderarse de una ciudad ajena bastaba con fran-
quear sus puertas, y fue así como entonces llevaron a
cabo la acción.
Los etolios permanecieron muy breve tiempo reuni-
dos en el ágora, y después, ávidos de botín, se espar-
cieron, iban irrumpiendo en las casas y las saqueaban,
quedándose con los objetos de valor; ya se había
hecho de día. Para los egiratas, aquello fue un hecho
inesperado y paradójico; los que tenían ya al enemigo
dentro de sus casas, aturdidos y aterrorizados, se entre-
garon a la fuga y huyeron de la ciudad; suponían que
el enemigo ya la había ocupado, que la conquista se
había consumado. Mas los que lo oían, pero tenían
las casas todavía intactas, se aprestaron a la defensa;
corrieron todos a su acrópolis. Su número iba cre-
ciendo constantemente, y su valor aumentaba; el con-
tingente de los etolios, por el contrario, por lo que ya
hemos descrito, disminuía y se desordenaba cada vez
más. Dorímaco comprendió el peligro que se les echa-
ba encima, reunió a los suyos y atacó a los ocupantes
de la acrópolis; creía que ante tal valor y audacia los
que se habían agrupado para defenderse cederían. Pero
los egiratas se exhortaron a sí mismos, se defendieron
y presentaron animosamente batalla a los etolios. Aque-
lla acrópolis no era amurallada, por lo que el choque
fue cuerpo a cuerpo. Desde el primer momento fue
una batalla en toda regla, y era lógico, porque unos lu-
chaban por su ciudad y por sus hijos, y los otros para
salvarse. Al final, los etolios que habían efectuado la
irrupción huyeron, los egiratas aprovecharon la oca-
nicamente, dado el desenlace de la pugna. Algunos editores han.
propuesto corregir el texto original, y poner en él algún adver-
bio que signifique «vergonzosamente» o cosa por el estilo.
11
9
10
11
12
2
488 HISTORIAS
sión de aquella fuga y acosaron al enemigo con energía,
llenándole de pavor. El terror hizo que la mayoría de
los etolios al huir se pisotearan unos a otros en las
puertas. Alejandro murió en el choque, en la misma
batalla; Arquidamo ** pereció estrujado y asfixiado en
las puertas de la ciudad. Una parte de los restantes
murió pisoteada, y los demás se desnucaron cuando
huían monte a través por aquellos lugares abruptos.
Los que lograron salvarse y llegar a las naves arro-
jando sus armas, hicieron la travesía de regreso tan
vergonzosa como imprevistamente. Y los egiratas, que
estuvieron a punto de perder su patria debido a su
negligencia, la salvaron contra toda esperanza por su
bravura y su presencia de ánimo.
En aquella misma época Eurí-
pidas, general enviado por los
Hechos de Acaya etolios a los eleos, había hecho
una incursión por los territorios
de Dime, de Farea y también de
Tritea %, había acumulado un botín considerable y
ahora se retiraba en dirección a Elea. Mico de Dime, a
la sazón comandante segundo de los aqueos, acudió
en socorro con todas sus fuerzas, dimeos, fareos y
triteos; atacó vigorosamente a los etolios que se reti-
raban. Pero cayó en una emboscada, fue derrotado y
perdió a muchos de sus hombres, pues perecieron cua-
renta infantes y alrededor de doscientos le fueron he-
chos prisioneros. Eurípidas, tras lograr este éxito, se
enorgulleció por lo ocurrido. Al cabo de pocos días
139 Los manuscritos escriben, todos, Dorímaco, pero el error
de Polibio es evidente, pues Dorímaco más tarde vuelve a salir
(67, 1). La corrección «Arquidamo» se impone.
140 Son ciudades de la Acaya: Dime cerca de la Élide, Farea
(da grafía es dudosa, quizás sea Farai), en el curso medio del
río Piero; Tritea está a unos veinte kilómetros en la misma
orilla, aguas arriba.
LIBRO IV 489
efectuó una nueva salida y tomó a los dimeos una
fortaleza situada estratégicamente junto al río Araxo,
cuyo nombre era «la Muralla». Los mitos cuentan que
en tiempos remotos Heracles luchó contra los eleos
y que construyó aquí este bastión como base de sus
incursiones contra ellos.
Los dimeos, los fareos y los triteos, derrotados
cuando prestaban auxilio, al ver, además, tomada su
fortaleza, temieron por su futuro. Como primera me-
dida enviaron mensajeros al general de los aqueos, a
explicarle los hechos y a pedirle ayuda; luego remi-
tieron embajadores que urgieran lo demandado. Pero
Arato “ no logró reunir un cuerpo de mercenarios,
porque en la guerra de Cleómenes los aqueos habían
defraudado parte de sus soldadas a las tropas; él per-
sonalmente, además, en sus proyectos, y en todos sus
planes militares, era remiso e indolente. Por esto Li-
curgo había tomado el Ateneo a los de Megalópolis y
Eurípidas Gortina'?, en la Telfusia, además de las
plazas mencionadas. Los dimeos, los fareos y los triteos
desesperaron ya de la ayuda del general, y tomaron
el acuerdo conjunto de negar a los aqueos el aporte
de las contribuciones comunes. Reclutaron privada-
mente mercenarios, trescientos hombres de a pie y cin-
cuenta de caballería, con los cuales aseguraron el país.
Con esta conducta dieron la impresión de haber tomado
unas decisiones excelentes en cuanto a sus problemas
particulares, pero todo lo contrario en cuanto a la
problemática general. En efecto: parecieron ser los
iniciadores y cabecillas de una agresión perversa, y
ofrecieron un pretexto a los que querían disolver la
141 Es Arato el Joven.
1422 No hay que confundir esta ciudad con la que lleva el
mismo nombre en la isla de Creta; la Telfusia está situada en
la Arcadia, al S. de Telfusa. Sin embargo, en la tradición ma-
nuscrita griega este nombre no es absolutamente seguro.
10
61
490 HISTORIAS
Liga aquea. La mayor culpabilidad ante tal proceder
hay que achacarla con toda justicia al general, hombre
negligente, que lo difería todo, y era desconsiderado
con los que le pedían algo. Quien corre un peligro, por
poco que espere de sus amigos y aliados, acostumbra
a aferrarse a estas esperanzas. Pero cuando, en medio
de sus dificultades, se desengaña, entonces busca for-
zosamente ayuda en sí mismo, dentro de sus posibili-
dades. Los triteos, los farieos y los dimeos no son
dignos de reproche si privadamente reclutaron merce-
narios: el general de los aqueos 1% les daba largas. En
cambio, sí que debemos echarles en cara el que se
negaran a abonar sus cuotas a la Confederación.
Naturalmente, estas ciudades no debían posponer
sus propios intereses. Pero su situación económica era
próspera, y podían cumplir sus obligaciones para con
la Confederación, tanto más cuanto su contribución era
reintegrable según las leyes federales. Piénsese ante
todo que estas ciudades habían sido las fundadoras
de la Liga aquea.
Tal era la situación en el Pelo-
poneso. El rey Filipo atravesó la
Tesalia y se presentó en el Epiro.
Recogió a todos los epirotas jun-
to con sus macedonios, a tres-
cientos honderos que le habían venido desde la Acaya,
a quinientos cretenses que le habían mandado los poli-
rrenios, e inició el avance. Traspasó el Epiro y se plantó
en la Ambracia '*, Si hubiera invadido la Etolia con-
tinental de golpe y sin dilaciones, mediante un asalto
inesperado con su potente ejército, hubiera podido aca-
bar definitivamente la guerra. Pero ahora, los epirotas
Filipo en el
Epiro
143 Es Arato el Joven; cf. 11 37, 3.
144 Pequeña región al S. del Epiro, bañada por el golfo de
su nombre. La capital tiene el nombre de la región.
LIBRO IV 491
le convencieron de que empezara por asediar Ámbra-
co !%5, con lo que proporcionó un respiro a los etolios,
que pudieron rehacerse, tomar sus previsiones y pre-
pararse para el futuro. Los epirotas pusieron sus inte-
reses por encima de los comunes de la coalición; em-
peñados en apoderarse de Ámbraco, pidieron a Filipo
que ante todo asediara este territorio y lo conquistara.
En efecto, daban la máxima importancia a arrebatar
Ambracia a los etolios, y creían que ello sólo sería
posible si se apoderaban del territorio; luego se esta-
blecerían en la ciudad. Ámbraco es una plaba bien pro-
tegida por un muro y su falsabraga. Está situada en
unas marismas y desde la tierra firme tiene un único
acceso, angosto y hecho de tierra apisonada, domina
estratégicamente el país y la ciudad de Ambracia.
Los epirotas, pues, convencieron a Filipo, que acamn-
pó no lejos de Ámbraco y dispuso las obras necesarias
para el asedio.
En aquel mismo tiempo Escopas tomó todas las
tropas etolias, marchó a través de la Tesalia y penetró
en Macedonia, recorrió la llanura de Pieria '% y la de-
vastó; recogió una gran cantidad de botín y continuó
su avance en dirección a Dión. Los habitantes de la
ciudad abandonaron el lugar, Escopas penetró en él
y destruyó las murallas, las casas y el gimnasio; incen-
dió los pórticos que rodeaban al santuario y destruyó
el resto de exvotos que había allí tanto para ornato del
templo como para utilidad de los que se reunían en
las panegirias. Incluso hizo añicos todas las estatuas
de los reyes. De modo que este hombre, así que empezó
el conflicto en su primera acción, declaró la guerra no
145 Ambraco está en una pequeña isla (hoy Fidocastro) al
S. de la Ambracia. Pero por la descripción que hace Polibio,
en su época la isla no era tal.
146 Al S. de la Macedonia, entre el Olimpo y el mar. En
Dión había un templo de Zeus muy famoso.
AS
62
492 HISTORIAS
sólo a los hombres, sino incluso a los dioses; luego se
retiró. Y cuando regresó a Etolia le recibieron no como
a un sacrílego, sino que le honraron y consideraron
como un hombre que había fomentado los intereses
de la Confederación; lo que había hecho había sido
llenar a los etolios de esperanzas infundadas y de un
orgullo necio. En efecto: estos hechos les habían con-
vencido de que nadie se atrevería ni tan siquiera a
acercarse a Etolia; ellos, en cambio, devastarían impu-
nemente no sólo el Peloponeso, que es lo que acostum-
braban, sino incluso la Tesalia y Macedonia.
Filipo se enteró de lo que ocurría en Macedonia;
cosechó al punto el fruto natural del ignorante orgullo
de los epirotas, y estableció el asedio de Ámbraco.
Empleó activamente terraplenes y los demás prepara-
tivos. Muy pronto intimidó a los asediados y les tomó
la plaza en un lapso de cuarenta días. Dejó ir a los de-
fensores, unos quinientos etolios, con los que estable-
ció unos pactos, y satisfizo la avaricia de los epirotas
entregándoles Ámbraco. Él mismo recogió a sus tropas
y avanzó no lejos de Caradra ': quería cruzar el golfo
Hamado de Ambracia en su parte más angosta, allí
donde está situado el templo de los acarnanios deno-
minado Accio. Este golfo citado se abre en el mar de
Sicilia, entre el Epiro y la Acarnania; su boca es tan
estrecha que no llega a los cinco estadios. Se adentra
en dirección a tierra firme y se extiende a lo largo de
cien estadios; desde el mar, recubre una extensión de
trescientos estadios. Separa el Epiro y la Acarnania,
el primero situado al Norte y la segunda al Sur. Filipo,
pues, hizo pasar sus tropas por la boca mencionada,
atravesó la Acarnania y se plantó en la Etolia, en la
ciudad llamada Fitea '*%; en su marcha se había agre-
142 Caradra, en la costa N. del golfo de Ambracia.
148 Actualmente Palaikastro.
LIBRO IV 493
gado dos mil soldados acarnanios de a pie y doscientos
de a caballo. Acampó delante de la ciudad en cuestión,
durante dos días lanzó ataques vigorosos y formidables
y la tomó bajo ciertas condiciones, dejando ir me-
diante pactos a los etolios que estaban dentro. De éstos,
a la noche siguiente llegaron quinientos más, creídos
de que la ciudad aún resistía. El rey Filipo conoció su
presencia y les tendió una emboscada en un lugar es-
tratégico. Consiguió matar a la mayoría de ellos y cogió
prisioneros a los restantes, salvo algunos, muy pocos,
que lograron escapar. Después de todo esto repartió”
a sus tropas para treinta días trigo procedente del sa-
queo, pues en Fitea lo encontraron depositado en los
graneros en gran cantidad, y luego hizo avanzar su ejér-
cito en dirección a Estrato !'%. Pero se detuvo a unos
diez estadios de la ciudad y acampó a la orilla del río
Aqueloo. Tomando su campamento como base iba de-
vastando impunemente el territorio y ningún adversario
se atrevía a salirle al encuentro.
En aquella misma época los aqueos se veían ago-
biados por la guerra. Supieron que el rey no estaba
lejos y le envían legados en demanda de ayuda. Éstos
encuentran a Filipo todavía en Estrato; a él le expu-
sieron los hechos según las instrucciones recibidas,
pero ante todo ponderaron al ejército el provecho a
obtener de la tierra enemiga. Así persuadieron a Filipo
que atravesara por Rion'% y que invadiera la Élide.
El rey les escuchó, y de momento retuvo a los envia-
dos con la afirmación de que deliberaría acerca de sus
consejos. Levantó el campo y avanzó; su marcha fue
en dirección a Metrópolis y Conope *!. Los etolios se
149 En la frontera entre la Acarnania y la Etolia, en terri-
torio etolio.
150 Cf. notas 17 y 48 de este mismo libro.
151 Metrópolis debía de estar en la orilla derecha del Aque-
10
11
494 HISTORIAS
quedaron en la ciudadela de Metrópolis, aunque aban-
donaron la ciudad. Filipo la incendió y avanzó, sin
detenerse, hacia Conope. Los etolios concentraron su
caballería y se arriesgaron a afrontar al enemigo en el
vado del río que está antes de llegar a la ciudad, a unos
veinte estadios de distancia. Creían que, de no impedir
totalmente el paso, al menos le causarían un gran es-
trago cuando saliera del agua. Pero el rey intuyó estos
planes y ordenó a sus peltastas que fueran los primeros
en entrar en el agua y que lo hicieran en formación
compacta con los escudos de cada compañía en contacto
cerrado !%, Éstos cumplieron sus órdenes, y así que la
primera unidad se lanzó al agua, la caballería etolia
hizo un breve tanteo, pero los macedonios mantuvieron
su formación. La segunda unidad y la tercera se cerra-
ron también bajo sus armas y se pegaron a la primera.
Los jinetes etolios se vieron en dificultad y, además, su
acción era ineficaz, por lo que se retiraron a su ciudad.
8 Y desde entonces, a pesar de su altanería, los etolios
huyeron a sus ciudades y permanecieron inactivos. Fi-
lipo hizo que el resto de su ejército vadeara el río, taló
impunemente esta región y llegó a Itoria 1%. Ésta es una
plaza situada estratégicamente sobre el camino que atra-
viesa el paso, destacada tanto por sus fortificaciones
naturales como artificiales. Ante la aproximación del rey
los defensores se asustaron y abandonaron el lugar;
Filipo lo ocupó y lo arrasó totalmente. Ordenó, igual-
mente, a sus forrajeadores que derrocaran los fortines
restantes del país.
loó, pero su situación no se ha localizado. Conope estaba a algo
menos de diez kilómetros.
182 Los tácticos antiguos militares llamaban a esto forma-
ción de tortuga.
153 Se han descubierto las ruinas de esta ciudad en la colina
de San Elías, a la orilla izquierda del Aqueloo.
LIBRO IV 495
Una vez superados los desfiladeros, desde entonces
Filipo hizo la marcha sin dificultades y a pequeñas jor-
nadas; permitía a sus tropas que se hicieran con el
botín del territorio. Su ejército disponía ya con abun-
dancia de las provisiones necesarias, y se presentó de-
lante de Eníade '* a orillas del Aqueloo. Acampó allí,
ante Peanio'%, pues había decidido conquistar ante
todo esta colina, lanzó sus ataques ininterrumpidamen-
te y la ocupó por la fuerza, junto con el recinto de su
ciudad, no muy grande, pues no llega a los siete esta-
dios; sin embargo no es inferior a otras en el conjunto
de murallas, casas y torres. Filipo demolió las murallas,
destruyó todas las casas y fijó con gran cuidado, sobre
las balsas, la madera y las tejas que por vía fluvial iba
a trasladar a Eníade '%. Los etolios inicialmente se dis-
pusieron a defender la fortaleza que hay en Eníade,
tras fortificarla con muros y con los dispositivos res-
tantes, pero al acercarse Filipo se aterrorizaron y hu-
yeron. El rey tomó también esta ciudad, desde ella
avanzó sin dilaciones y acampó en un lugar escarpado
de Calidonia, llamado Elao '”, fortificado de manera ex-
cepcional con muros y demás defensas, porque los eto-
lios habían encargado a Átalo que lo acondicionara.
Los macedonios se apoderaron de este lugar también
por la fuerza, devastaron todo el territorio de Calidonia
y se replegaron de nuevo a Eníade. Filipo vio que el
15 En la misma frontera de Etolia y Acarnania, pero do-
minio etolio. El texto griego presenta delante del nombre de
la ciudad el adjetivo «aquea», pero aquí esto es absurdo, de
modo que los editores atetizan el adjetivo.
155' Peanio debía de estar en las inmediaciones de Eníade,
pero su localización exacta se ignora.
1565 Este texto parece absurdo; cf. WALBANK, Commentary, ad
loc. Filipo se propone construir naves: ¿para qué las tejas?
Quizás haya que entender que Filipo se proponía construir edi-
ficios en la ciudad de Eníade.
157 Este topónimo no se ha localizado.
496 HISTORIAS
lugar era estratégico desde muchos puntos de vista, pero
principalmente para pasar al Peloponeso, y se dispuso
9 a fortificar la ciudad. En efecto, Eníade está junto al
mar, en un extremo de la Acarnania, su flanco limita con
10 la Etolia, en la entrada del golfo de Corinto. Por el lado
del Peloponeso, la ciudad está situada frente a la costa
de los dimeos, y está muy próxima a la región del cabo
11 Áraxo; dista de él no más de cien estadios. Filipo con-
sideró este conjunto de cosas, fortificó la ciudadela
propiamente dicha, y además rodeó de un muro el puer-
to y los astilleros, que intentó comunicar con la ciu-
dadela; para ello se servía del material recogido en
Peanio.
66 El rey se dedicaba todavía a ello cuando desde
Macedonia le llegó un mensajero a exponerle que los
dardanios, enterados de su expedición contra el Pelo-
poneso, concentraban tropas y hacían grandes prepa-
2 rativos; habían decidido invadir Macedonia. Al ente-
rarse, creyó indispensable correr a defender su país.
Remitió a los legados aqueos que tenía allí con la res-
puesta de que, una vez solventado el problema del que
le avisaban, no consideraría nada tan urgente como
ayudar a los aqueos en la medida de sus propias po-
3 sibilidades. Levantó el campo a toda prisa y deshizo
4 el camino por el que se había presentado allí. Estaba
ya a punto de cruzar el golfo de Ambracia, desde la
Acarnania en dirección al Epiro, cuando en un esquife
se le presentó Demetrio de Faros, a quien los romanos
habían expulsado de Iliria. Esto lo hemos expuesto ya
s más arriba *%. Filipo le acogió amistosamente y le or-
denó que navegara hacia Corinto, para desde allí llegar
a la Macedonia a través de la Tesalia. Él cruzó el Epiro
y prosiguió su marcha sin detenerse, según sus pla-
1588 TIT 19, 9.
LIBRO IV 497
nes. Llegó a Pella '%, ciudad de Macedonia; los darda-
nios lo supieron por algunos desertores tracios, se
asustaron y disolvieron su ejército inmediatamente, a
pesar de que ya estaban próximos a Macedonia. Filipo
supo este cambio de planes de los dardanios y licenció
a todos sus macedonios para la cosecha de otoño '%;
él marchó a la Tesalia, donde pasó el resto del verano
en Larisa.
Era el tiempo en que Paulo
Emilio entró en Roma, proceden-
Recapitulación te de la Iliria, con una magnífica
pompa triunfal; en que Aníbal,
tras tomar Sagunto por la fuerza,
licenció sus tropas para que invernaran. Los roma-
nos, al enterarse de la toma de Sagunto, enviaron le-
gados a los cartagineses a exigir la entrega de Aníbal,
al tiempo que se preparaban para la guerra, para lo
cual habían nombrado cónsules a Publio Cornelio y
a Tiberio Sempronio. Todo esto ha sido expuesto ya,
en detalle, en el libro anterior '!; ahora lo hemos adu-
cido para refrescar la memoria, según se ha expuesto
al principio de la obra; así resultará notoria la corres-
pondencia de los hechos.
Y así terminó el primer año de esta Olimpíada.
Había llegado ya la época de
elecciones entre los etolios, que
nombraron general a Dorímaco.
Éste tomó el mando e inmedia-
tamente concentró a los etolios
con sus armas e invadió la parte norte del Epiro; iba
Ataque de los
etolios al Epiro
159 Era la capital, situada tierra adentro, no lejos de la
actual Tesalónica.
160 Del año 219.
161 Cf., para el triunfo de Paulo Emilio, MI 19, 12; para la
toma de Sagunto, 111 17; para el envío de los diputados, II
20, 6; para la elección de cónsules, III 40, 2.
38. — 32
10
11
61
498 HISTORIAS
talando el país, y lo destruía con un furor desmedido.
2 Lo hacía no tanto por su propio lucro, como para
3 perjudicar a los epirotas. Llegó al templo de Dodona !*,
4 quemó los pórticos, arruinó la mayoría de exvotos y
arrasó el santuario. Los etolios no tenían límites ni en
la paz ni en la guerra: en ambas situaciones se compor-
taban al margen de las leyes y costumbres de los hom-
s bres. Dorímaco, pues, cometió tantos y tales desafue-
ros, y luego se replegó a su país.
6 El invierno era ya muy entrado, y debido al tiempo
nadie esperaba ya la comparecencia de Filipo, pero el
rey recogió tres mil escudados !%, dos mil peltastas,
trescientos cretenses y, junto con todos ellos, cuatro-
7 cientos hombres de su corte, y salió de Larisa. Hizo
pasar todas sus fuerzas de Tesalia a Eubea, desde allí
a Cinos 1%, y a través de Beocia y de la Megáride se.
presentó en Corinto en el solsticio de invierno; lo hizo
de manera oculta, pero enérgica, y nadie en el Pelopo-
8 neso sospechó lo ocurrido. Obstruyó los accesos a
Corinto, tomó las rutas mediante guarniciones y llamó
hacia él inmediatamente a Arato el Joven, que estaba
en Sición. Además envió cartas al general de los aqueos
y a sus ciudades: en ellos indicaba la fecha y el lugar
9 de una concentración general armada. Tras preocuparse
de todo esto, levantó el campo, avanzó y se estableció
ante el templo de los Dióscuros, no lejos de Fliunte *,
68 En aquellos mismos días, Eurípidas con dos bata-
llones de eleos, acompañados de piratas y de mercena-
rios —en total eran unos dos mil doscientos hombres
162 En Dodona había un templo de Zeus muy antiguo y muy
famoso, en el cual, por el ruido que el oreo del viento hacía
en las hojas de un roble centenario, los sacerdotes adivinaban
el porvenir.
163 Cf. nota 176 del libro II.
16% En la costa de la Lócride, frente a la costa de Eubea.
165 Fliunte, entre Sición y la Argólide.
LIBRO IV 499
y junto con ellos cien jinetes—, partió de Psófide 1% y
efectuó una marcha a través del valle del Feneo y de
Estinfalia. Ignoraba totalmente la expedición de Filipo,
y se proponía devastar el territorio de Sición. En la
misma noche en que Filipo acampaba frente al templo
de los Dióscuros, Eurípidas rebasó el campamento del
rey y al amanecer ya estaba en situación de atacar el
territorio de Sición. Algunos cretenses de Filipo habían
abandonado la formación y vagaban en busca de pas-
tos; cayeron en manos de los hombres de Eurípidas.
Éste les interrogó, y al averiguar la presencia de los
macedonios, no comunicó a nadie lo acaecido, recogió
sus fuerzas y retrocedió por el mismo camino que
había recorrido antes. Pretendía, y esperaba lograrlo,
que se adelantaría a los macedonios en la invasión de
Estinfalia porque ocuparía antes que ellos los lugares
difíciles que la dominan. El rey desconocía en abso-
luto la presencia de los enemigos; según sus propios
planes, levantó el campo al amanecer y avanzó; se
proponía proseguir su ruta por la propia Estinfalia,
en dirección a Cafias!%; era allí donde había escrito
a los aqueos que se concentraran con sus armas.
La vanguardia de los macedonios había alcanzado
ya la cumbre de una loma llamada Apelauro *%; de
esta cumbre a la ciudad de los estinfalios hay unos
diez estadios. Y ocurrió casualmente que también la
vanguardia de los eleos llegó a aquella cima. Ante lo
que le decían, Eurípidas intuyó lo sucedido, tomó
consigo algunos de los hombres de a caballo y se esca-
bulló, en aquellas circunstancias, retirándose hacia
166 Al N. de la Arcadia, en sus confines con la Acaya. No
lejos estaba Estinfalia, célebre por el trabajo de Heracles, que
mató en ella los pájaros estinfalios.
167 Lugar ya conocido, especialmente por la batalla que se
libró en él; cf. este mismo libro, 11, 2.
1688 Al SE. de Estinfalia.
6
500 HISTORIAS
Psófide por vericuetos impracticables. El resto de los
eleos, abandonado por su general y empavorecido ante
aquellos sucesos, se detuvo en su marcha sin saber qué
hacer -ni hacia dónde dirigirse. Primero sus jefes supu-
sieron que se trataba sólo de unos pocos aqueos que
habían acudido a prestar socorro; se engañaron más
que nada por la presencia de los escudados. En efecto:
creían que se trataba de hombres de Megalópolis, y
que éstos en la batalla de Selasia contra Cleómenes !%
habían usado este armamento: el rey Antígono les
había armado así para aquella ocasión. Por ello se re:
tiraron guardando la formación hacia unos lugares for-
tificados, sin desesperar de su salvación. Pero cuando
vieron que los macedonios avanzaban y se les iban
acercando se percataron de la realidad, arrojaron las
armas y se lanzaron todos a la fuga. Unos mil dos-
cientos fueron capturados vivos; la masa restante mu-
rió, unos a manos de los macedonios y otros despe-
ñados; lograron huir no más de cien. Filipo envió los
despojos y los prisioneros a Corinto, y se afirmó en
sus propósitos. Lo ocurrido fue inesperado para todos
los del Peloponeso: se enteraron a la vez de la presen-
cia y de la victoria del rey.
Filipo marchó a través de la
Arcadia y en las cimas del monte
Toma de Psófide Oligirto padeció por la nieve y
por otras penalidades; al cabo de
tres días llegó, de noche, a Ca-
fias , Durante dos jornadas hizo descansar a sus tro-
pas. Allí se le juntó Arato el Joven y los aqueos que
se le habían unido. En conjunto la fuerza era de unos
diez mil hombres, con los que a través de Clitoria
avanzó contra Psófide; en las ciudades que iba cruzan-
169 Cf. 11 65, 3.
170 Cf. la nota 28 de este libro.
LIBRO IV 501
do recogía armas ofensivas y escaleras. Todo el mundo
sabe que Psófide es una antigua fundación de los ar-
cadios de Azanis?*”!; está situada en el mismo centro
del Peloponeso, en la parte occidental de la Arcadia,
y limita con la parte más occidental de la Acaya. Su
emplazamiento es muy estratégico en cuanto al país
de los eleos, con el cual entonces estaba unido polí-
ticamente. Filipo, que había partido de Cafias, llegó
al cabo de tres días y acampó en unas lomas que do-
minan las ciudad; desde ellas la podía observar sin
riesgos, y también los lugares que la rodeaban. Al darse
cuenta de que Psófide era difícilmente expugnable, el
rey no sabía qué partido tomar. Pues por su lado occi-
dental fluye un torrente impetuoso, imposible de vadear
en la mayor parte del invierno; su lecho, excavado poco
a poco por el tiempo desde las vecinas alturas, es muy
ancho, lo cual convierte a la ciudad en inaccesible e
inexpugnable. Y por la parte de Oriente está el Eri-
manto, un río a su vez importante y caudaloso, sobre
el cual muchos autores han compuesto muchas fábulas.
El torrente desemboca en el Erimanto por la parte
occidental de la ciudad, de donde resulta que ésta,
rodeada en tres de sus lados por corrientes de agua,
está fortificada de la manera dicha. Además, por el
Norte hay una colina escarpada y bien defendida, tanto
por su posición como por obras de protección; se trata
de una ciudadela natural y eficaz. La ciudad posee,
además, unas murallas muy importantes, tanto por
sus dimensiones como por sus dispositivos. Añádase a
esto que habían llegado allí refuerzos enviados por los
eleos, y que Eurípidas, que en su huida se había sal-
vado, se encontraba en ella.
171 Ningún comentarista, ni tan siquiera Walbank, dice nada
acerca de este topónimo, que, por lo demás, no encuentro en
los atlas de la antigiiedad que tengo a mi disposición.
10
71
502 HISTORIAS
Filipo veía todo esto y lo comprendía; a veces re-
nunciaba a sus cálculos de forzar la ciudad por asedio,
y a veces se mostraba muy decidido, seducido por lo
estratégico del lugar. En la medida en que entonces
era una amenaza para los aqueos y para los arcadios,
y para los eleos una base excelente para sus operacio-
nes bélicas, igualmente sería, una vez tomada, un ba-
luarte de los arcadios, y para los aliados, un buen dis-
positivo contra los eleos. Prevaleció, pues, esta segun-
da opinión, y Filipo ordenó a los macedonios que al
alborear tomaran alimentos y que estuvieran prestos
y dispuestos. Después cruzó el puente sobre el Eri-
manto; debido a lo extraño de la empresa lo realizó
sin encontrar resistencia. Llegó a la ciudad de manera
enérgica y que daba miedo. Tanto Eurípidas como los
habitantes de la ciudad no sabían qué hacer ante tales
acontecimientos; anteriormente se habían convencido
de que el enemigo no se atrevería a un ataque súbito
para forzar una ciudad tan difícilmente expugnable, ni
osaría establecer un asedio prolongado debido a la
época invernal. Y al tiempo que pensaban esto, des-
confiaban unos de otros, temerosos de que Filipo es-
tuviera en connivencia con algumos habitantes de la
ciudad. Pero cuando se percataron de que entre ellos
no ocurría nada de esto, la mayoría de ciudadanos se
lanzó a defender las murallas, y los mercenarios eleos
salieron por una puerta superior para lanzarse contra
el enemigo. El rey había distribuido previamente en
tres lugares los hombres que debían aplicar las esca-
leras a los muros, y dividió en tres partes igualmente
al resto de los macedonios; después, dando la señal a
cada grupo con las trompetas, comenzó por todas par-
tes a un tiempo el asalto a las murallas. Los defenso-
res de la ciudad primero combatieron corajudamente,
y arrojaron a muchos de las escaleras. Pero se les
agotaron las provisiones de proyectiles y de lo demás
LIBRO IV 503
necesario para aquella acción, porque los preparativos
se habían hecho sobre la marcha y los macedonios no
se habían intimidado ante lo que ocurría; si un hombre
era derribado de una escalera, el siguiente ocupaba
inmediatamente su lugar. Al final los de la ciudad die-
ron todos la vuelta y huyeron en masa hacia la ciu-
dadela; los macedonios franquearon las murallas, los
cretenses trabaron combate con los mercenarios que
habían salido por la puerta superior, les obligaron a
arrojar vergonzosamente las armas y a huir. Les aco-
saron pisándoles los talones y se precipitaron junto
con ellos en las puertas: la ciudad fue tomada por
todas partes. Los habitantes de Psófide se refugiaron
con sus mujeres y sus hijos en la ciudadela, y con ellos
Eurípidas con sus hombres, e igualmente el resto de
los supervivientes.
Los macedonios irrumpieron en la ciudad y pillaron
inmediatamente todo el ajuar de las casas y después
se instalaron en ellas y así retuvieron la plaza. Los que
se habían refugiado en la ciudadela, totalmente despro-
vistos de vituallas, previeron el futuro y determinaron
rendirse a Filipo. Enviaron, pues, un heraldo al rey,
quien les otorgó licencia para que le enviaran una em-
bajada. Entonces los de Psófide le enviaron a sus jefes,
y con ellos a Eurípidas: concertaron una tregua, y ob-
tuvieron seguridades tanto para los refugiados de otras
ciudades como para sus propios conciudadanos. Unos
y otros regresaron a sus puntos de partida, con la orden
de quedarse en el país hasta que el ejército macedonio
levantara el campo; se quería evitar que algunos solda-
dos desobedecieran y se entregaran al pillaje. Hubo una
gran nevada, y el rey se vio forzado a permanecer unos
días en aquel lugar. Durante ellos congregó a los aqueos
allí presentes, y primero les mostró cómo la ciudad,
con sus fortificaciones, era muy estratégica para aque-
lla guerra. Afirmó, además, su inclinación y su adhesión
11
12
13
504 HISTORIAS
a la Confederación aquea, y dijo que, por encima de
todo, ahora se alejaría y les entregaría la ciudad, pues
tenía el propósito de hacer todo lo posible para com-
placerles, y no omitir nada que probara su simpatía
para con ellos. Arato y los suyos le manifestaron su
agradecimiento; Filipo disolvió la asamblea, levantó el
campo con su ejército y se puso en marcha hacia La-
sión '?, Los de Psófide descendieron de la ciudadela y
recuperaron su ciudad y sus casas y Eurípidas y los
suyos se retiraron hacia Corinto, y desde allí a la Etolia.
Los comandantes aqueos presentes allí establecieron en
la ciudadela a Prolao de Sición, con una guarnición
suficiente; como gobernador de la ciudad nombraron
a Pitias de Pelene.
Y éste fue el final de la operación de Psófide.
La guarnición elea de Lasión se
enteró de la presencia de los ma-
Toma de Lasión cedonios, y sus hombres, sabedo-
res de lo ocurrido en Psófide,
abandonaron al punto la ciudad.
El rey, así que llegó, tomó al punto la plaza, y para de-
mostrar más la benevolencia que tenía para con los
aqueos, les entregó la ciudad de Lasión. Los eleos
habían abandonado también Estrato, y el rey resti-
tuyó esta plaza a los telfusios 3, Llevó a cabo todo
esto, y en cinco días se presentó en Olimpia. Ofreció
un sacrificio al dios, dio un banquete a los oficiales y
concedió un descanso de tres días al resto de su ejér-
cito. Después volvió a levantar el campo. Avanzó hacia
la Elea, y envió al país a los forrajeadores y él acam-
12 En la Elide, ya en la frontera con la Arcadia, al SE. de
Psófide.
13 Cf. nota 142 de este libro. Aquí es la Telfusia de la Ar-
cadia.
LIBRO 1V 505
pó en un lugar llamado Artemisio "*, Recibió allí su
botín, y regresó de nuevo a Dioscurio.
Devastó el país y el número de prisioneros fue
grande, y aún mayor el de hombres que huyeron a las
aldeas vecinas y a lugares fortificados.
El país de los eleos, en efecto,
está muy poblado, y supera en
número de esclavos y de bienes
materiales al resto del Pelopone-
so. Algunos eleos aman tanto la
vida en el campo, que entre ellos hay hombres que,
a pesar de ser dueños de una hacienda que les faculta
para ello, en dos o tres generaciones no se han presen-
tado en absoluto a la asamblea elea. Esto sucede por-
que los gobernantes ponen gran interés y providencia
en favor de los que viven en la campiña: se les admi-
nistra justicia en sus propios lugares, y no les falta
nada de lo preciso para vivir. Me parece que los eleos
idearon y legislaron todo esto ya desde antiguo debido
a las dimensiones del país, y por su existencia llamé-
mosla sagrada. Todos los griegos les concedieron la
organización de los Juegos Olímpicos, y así la Élide fue
para ellos morada sagrada e inviolable: jamás experi-
mentaban daño alguno, y eran neutrales ante cualquier
acontecimiento guerrero.
Pero más tarde los arcadios les disputaron Lasión
y los territorios de Pisa 5, y los eleos se vieron forza-
dos a defender su país, cambiando así su género de
vida. Y desde entonces ya no se preocuparon en
reclamar de los griegos su ancestral inviolabilidad ante-
rior, sin que continuaran en su situación, y no previe-
ron correctamente el futuro, al menos según mi pa-
Situación de
la Elide
174 Seguramente un santuario de Artemis Alfea.
5 Su situación no es segura: quizás estuviera cerca de
Olimpia.
10
11
74
506 HISTORIAS
recer. Pues si lo que todos pedimos a los dioses y
soportamos cualquier cosa para conservarla, me re-
fiero a la paz, el único bien que los hombres juzgan
indiscutible, si quienes pueden obtenerla de los grie-
gos con justicia y honor, para siempre y de manera
indisputada, la desprecian o juzgan alguna otra cosa
preferible a ella, ¿cómo no será notoria su ignorancia?
¡Por Zeus!, quizá una gente así resulte fácilmente vul-
nerable, por su género de vida, para los inclinados a
guerrear y a violar los pactos. Pero hay que decir que
esto ocurre poco, y si alguna vez pasa, las víctimas
podrían alcanzar el apoyo de los griegos. Y ante daños
parciales y temporales, dada la abundancia de recursos
que lógicamente tienen, ya que viven en paz ininte-
rrumpidamente, no les faltarán mercenarios ni solda-
dos que les protegerán en todo lugar y circunstancia.
Pero ahora los eleos, por un temor extraño y muy poco
probable, tienen su territorio y sus bienes en perpetuas
guerra y destrucción.
Teníamos que decir esto para refrescar la memoria
de los eleos: en efecto, nunca como ahora tienen una
oportunidad más favorable de recuperar una inviola-
bilidad que les reconocen todos; habitan su país, como
señalé anteriormente, como si guardaran alguna cen-
tella de sus costumbres de antaño.
Por esto la presencia de Filipo
produjo un gran número de pri-
sioneros, y aún otro mayor de
huidos. La mayor cantidad de ma-
terial y la mayor concentración
de prisioneros y de cabezas de ganado se reunió en el
lugar llamado Talamas, porque allí el territorio es an-
gosto y el lugar impracticable y de salida difícil. El
rey se había enterado de la gran cantidad de huidos
Filipo, en
Talamas "6
116 En el N. de la Élide, pero su localización es insegura.
LIBRO IV : 507
hacia esta región, y creyó que no debía dejar nada o
incompleto o al menos sin ser intentado: se anticipó
a ocupar con sus mercenarios los lugares que dominan
estratégicamente la entrada. Él dejó en su campamento 4
su bagaje y la mayor parte de su ejército; tomó con-
sigo a los peltastas y a la mayor parte de la infantería
ligera y penetró por los desfiladeros; mo encontró re-
sistencia y se presentó en el territorio. Los que se 5
habían refugiado allí se asustaron ante la incursión,
porque carecían de experiencia y de preparación para
acciones militares, y además se había juntado allí una
multitud heterogénea; la rendición fue inmediata. Entre 6
ellos había doscientos mercenarios de muy diversos
orígenes; Anfidamo, el general de los eleos, había llega-
do con ellos. Filipo se adueñó de material en abun- 7
dancia, hizo más de cinco mil prisioneros y, además,
se llevó una cantidad innumerable de cabezas de gana-
do, con todo lo cual regresó a su campamento. Pero 8
luego resultó que el botín tan enorme no sólo colmaba
de provechos de todo tipo a su ejército, sino que lle-
gaba a embarazarle y a hacerse pesado, por lo que se
replegó de nuevo a Olimpia.
Apeles, uno de los que Antígo- 76
no había nombrado tutor de su
Intrigas de Apeles hijo, en aquel tiempo gozaba de
eran influencia ante el rey. Que-
ría llevar a la Confederación
aquea a una situación semejante a la tesalia, para lo
que se propuso una intriga perversa. Los tesalios da- 2
ban la impresión de regirse por unas leyes que diferían
mucho de las macedonias, pero en realidad no se dis-
tinguían en nada, sino que, tratados en todo igual que
los macedonios, hacían todo lo que los oficiales del rey
les mandaban. El hombre citado acomodó su plan a 3
esta situación, e hizo un tanteo entre sus compañeros
de armas. Primero permitió a los macedonios que ex- 4
508 HISTORIAS
pulsaran de sus alojamientos a los aqueos que los ocu-
paban en calidad de jefes, y que se quedaran con el
botín que les pertenecía. Después hacía que sus servi-
dores les golpearan sin el menor motivo; a los aqueos
que se indignaban y corrían en ayuda de los agredidos,
les metía en la cárcel él personalmente. Apeles creía
que con un proceder semejante, en poco tiempo e inad-
vertidamente habituaría a todo el mundo a no creer
nada terrible si se sufría de parte del rey. Sin em-
bargo, hacía muy poco que había salido a campaña
con Antígono y había visto que los aqueos eran capaces
de soportar cualquier penalidad con tal de no obedecer
las órdenes de Cleómenes.
Algunos soldados aqueos jóvenes se reunieron y fue-
ron a encontrar a Arato!” y le expusieron las maquina-
ciones de Apeles. Arato, a su vez, se presentó a Filipo,
convencido de que era preciso detener esto en sus
comienzos sin dilación alguna. Trataron el tema con
el rey en persona, Filipo oyó lo sucedido, y dijo a los
jóvenes que cobraran ánimo, que a ellos no iba a ocu-
rrirles nada semejante; a Apeles le intimó que no diera
ninguna orden a los aqueos sin consultarla previamen-
te con el general.
Tanto por su afabilidad para
con sus camaradas de campaña
Elogio de Filipo como por su habilidad y su auda-
cia en las operaciones bélicas,
Filipo gozó de gran estima no
sólo entre los soldados, sino también entre las gentes
restantes del Peloponeso. No es fácil encontrar un rey
más dotado por la naturaleza de las cualidades reque-
ridas para dirigir empresas. En efecto: era de inteli-
gencia pronta, y poseía una memoria y un gracejo
excepcionales, además una majestad y una autoridad
177 Arato el Viejo, sin duda.
LIBRO IV 509
propias de un rey y, por encima de todo, una gran
experiencia y audacia guerreras. Pero no es fácil ex-
poner en pocas palabras lo que se opuso a esto y le
convirtió de monarca benigno en tirano cruel. Poste-
riormente se presentará una ocasión más adecuada que
ésta para considerar la cuestión y discutirla 178,
Filipo partió de Olimpia en di-
rección a Farea 1”: se presentó en
Telfusa, y desde aquí en Herea,
donde vendió el botín y reparó el
puente sobre el río Alfeo: preten-
día penetrar por él en Trifilia '*. Era el tiempo en que
Dorímaco, el general etolio, ayudó a los eleos a petición
de éstos, pues se veían devastados; les envió seiscien-
tos etolios al mando del general Fílidas. Éste se pre-
sentó en Elea, recogió a los mercenarios de que dispo-
nían los eleos, unos quinientos, mil soldados de la
ciudad y además los de Tarento, y se fue a la Trifilia
a prestar ayuda. Esta región ha tomado el nombre de
Trifilo, uno de los hijos de Arcas; está situada en el
Peloponeso, junto al mar, entre Elea y Mesenia: orien-
tada hacia el mar de África, se encuentra en la extre-
midad occidental de la Arcadia. En ella hay las ciuda-
des siguientes: Sámico, Lepreo, Hipana, Tipanea, Pirgo,
Epión, Bólax, Estilangio y Frixa '%. Poco tiempo antes
Campaña
de Trifilia
173 Lo aquí prometido, lo encontramos en VI li y 13 y
siguientes.
179 Ciudad en el curso del Alfeo, al S. de Olimpia.
180 Pequeña región costera entre la Élide y la Arcadia, como
dice el mismo Polibio más abajo.
18 Sámico está sobre el monte Kaiafa; Lepreo está a cien
estadios de Sámico y a cuarenta del mar. Hipana y Tipanea
no sabemos dónde estaban, verosímilmente al N. de éstas. Pirgo
estaba en la misma costa, en el cabo hoy llamado de San Elías.
Epión, Bólax y Estilangio están al N. de la cadena de Kaiaphas,
pero su localización es incierta. Frixo está en una altura, en
un recodo del Alfeo, al E. de Olimpia.
4
10
510 HISTORIAS
los eleos las habían sometido, junto con la plaza de
Alífera '%, que primero dependió de la Arcadia y de
Megalópolis. Pero Lidíadas de Megalópolis la cedió a
los eleos durante su tiranía, a cambio de ciertas ven-
tajas personales.
Fílidas mandó a los eleos a Lepreo, a los mercena-
rios a Alífera, y él afrontó el futuro, con sus etolios,
en Tipanea. El rey dejó su bagaje, cruzó por el puente
el río Alfeo, que fluye junto a la misma ciudad de
Herea, y se presentó en Alífera. Esta ciudad está situa-
da sobre una cima escarpada en todas las laderas, y
el camino para llegar a ella supera los diez estadios.
En la cumbre, encima de la loma, tiene una ciudadela
y una estatua de bronce, hermosa y de grandes dimen-
siones, de la diosa Atenea. Incluso los habitantes del
país discuten por qué se colocó la estatua y quién su-
fragó el monumento: no se ve claramente quién mandó
erigirla ni quién la dedicó. Pero, en cambio, todos están
de acuerdo en que es una obra de arte excepcional,
trabajo de unos artífices muy hábiles y de gran pres-
tigio: la fundieron Hecatodoro y Sóstrato 1%,
En la jornada siguiente amaneció un día claro y
espléndido; el rey, al alborear, dispuso en muchos lu-
gares a los portadores de escaleras, protegidos por
unos mercenarios. A continuación iban los macedonios
situados detrás de cada sección. Cuando el sol subió
en el cielo mandó un avance general contra la loma.
Los macedonios avanzaron de manera valerosa y esca-
lofriante, pero los de Alífera se les oponían siempre
y corrían hacia los lugares a los que veían aproximarse
más a los macedonios. En aquel momento el rey en
persona, con los soldados más aguerridos, logró tre-
182 Alífera está a diez kilómetros de Herea. WALBANK, Com-
mentary, da su plano en la pág. 530.
183 Dos escultores del siglo Iv a. C.
LIBRO IV 511
par sin ser visto a través de lugares escabrosos, hasta
las proximidades 1% de la ciudadela. Dada la señal, to-
dos a la vez aplicaron las escaleras e intentaron pene-
trar en la ciudad. Y el rey fue el primero en ocupar
las inmediaciones de la ciudadela, que encontró des-
guarnecidas. Pegó fuego a este lugar, y los defensores
de la muralla previeron el futuro: temieron que, al
perder la ciudadela, se desvanecieran sus esperanzas,
y abandonando los muros corrieron a su acrópolis.
Los macedonios se apoderaron al punto de las mu-
rallas y de la ciudad. Y, tras esto, los de la ciudadela
enviaron legados a Filipo, quien les ofreció seguri-
dades, y, bajo pacto, se apoderó también de aquel re-
ducto.
Ante estos acontecimientos, todos los habitantes
de la Trifilia se atemorizaron y deliberaron acerca
de sí mismos y de sus patrias. Fílidas abandonó Ti-
panea, saqueó algunas casas y se retiró a Lepreo. Éste
fue el pago que entonces recibieron los aliados de los
etolios: no sólo se vieron abandonados a las claras
precisamente cuando necesitaban de más ayuda, sino
que después del pillaje y de la traición, sus aliados les
trataron tal como el enemigo suele tratar a sus adver-
sarios derrotados. Los de Tipanea entregaron la ciudad
a Filipo, y lo mismo hicieron los habitantes de Hipana.
Los de Fíale se enteraron de lo ocurrido en Trifilia y
descontentos, por otro lado, de sus alianzas con los
etolios, ocuparon con las armas la residencia del Po-
lemarco *, Unos piratas etolios que aguardaban en esta
18% La palabra griega correspondiente (proasteion) crea al-
gunas dificultades. Su traducción rigurosa sería «suburbio o
«arrabal». Pero una fortificación difícilmente tiene arrabales.
Quizás se trate, simplemente, de un barrio o distrito de la
ciudad que sea a la vez extremo y que contenga en él la for-
taleza. Una traducción posible sería «barbacana».
125 Cf. la nota 44 de este libro.
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512 HISTORIAS
ciudad una ocasión propicia para saquear la Mesenia,
primero se creyeron capaces de ponerse manos a la
7 Obra y atacar a los de Fíale, pero al comprobar que
éstos se reunían como un solo hombre para defen-
derse, renunciaron a su proyecto: pactaron con ellos,
8 recogieron su propio bagaje y se alejaron de Fíale; los
fialenses enviaron legados a Filipo y le confiaron sus
personas y la ciudad.
$0 Simultáneamente, los lepreatas se concentraron en
cierta parte de su propia ciudad y exigieron a los eleos
y a los etolios que abandonaran la ciudad y la forta-
leza, y lo mismo a algunos que estaban allí de parte
de los lacedemonios, pues también los lacedemonios
2 habían enviado alguna ayuda. Primero, los hombres de
Fílidas hicieron caso omiso y se quedaron, convenci-
3 dos de que así intimidarían a los de Lepreo. Pero el
rey envió a Fíale a su general Taurión con un contin-
gente, y él en persona avanzó hacia la ciudad, y cuando
ya se aproximaba a ella los de Fílidas lo supieron y se
desanimaron; los lepreatas, por el contrario, cobraron
4 ánimo con los ataques. Entonces los lepreatas realiza-
ron una hermosa gesta: tenían dentro de la ciudad un
millar de eleos, otro millar entre los etolios y los pi-
ratas que les acompañaban, quinientos mercenarios y
doscientos lacedemonios y, encima, ocupada la ciuda-
dela. Y, sin embargo, reivindicaron su patria y no per-
s dieron las esperanzas. Fílidas vio que los lepreatas se
habían levantado varonilmente y que los macedonios se
aproximaban, por lo que dejó la ciudad, abandonó a
los eleos y a los que estaban allí por los lacedemonios.
6 Los cretenses llegados desde Esparta volvieron a su
país a través de la Mesenia, los de Fílidas se retiraron
7 hacia Sámico. Los habitantes de Lepreo, dueños ya de
su patria, enviaron legados a Filipo y le confiaron su
8 ciudad. Sabedor de lo ocurrido, el rey envió parte de
su ejército a Lepreo, pero se reservó los peltastas y la
LIBRO IV 513
infantería ligera, y avanzó, interesado en establecer con-
tacto con Fílidas. Le alcanzó, en efecto, y se apoderó de
su bagaje íntegro, pero Fílidas se le anticipó y ocupó
Sámico.
Filipo acampó en aquel lugar, mandó acudir al con-
tingente que tenía en Lepreo y dio la impresión a los
de dentro de que quería asediar la plaza. Los etolios
y los eleos que estaban con ellos no disponían de nada
para soportar el cerco, a excepción de sus manos. Ame-
drentados ante su situación, trataron con Filipo acerca
de su seguridad. Obtuvieron licencia para retirarse con
sus armas y se dirigieron a Elea; el rey se apoderó in-
mediatamente de Sámico. Posteriormente se le presen-
taron todos los demás a suplicarle, y él acogió en su
alianza las ciudades de Frixa, Estilangio, Epión, Bó-
lax, Pirgo y Epitalio. Lo dispuso todo y regresó a Le-
preo: en seis días había sometido la Trifilia entera.
Dirigió a los lepreatas una exhortación adecuada a
aquella oportunidad, y se retiró con sus fuerzas a He-
rea; dejó como gobernador de la Trifilia a Ládico de
Acarnania, llegó a la ciudad mencionada antes y distri-
buyó todo el botín entre sus soldados, recogió los ba-
gajes dejados en Herea, y a mitad del invierno se pre-
sentó en Megalópolis.
En el mismo tiempo en que Fi-
lipo realizó la campaña de Tri-
filia, el lacedemonio Quilón, con-
vencido de que la realeza le
correspondía, por su linaje, y mo-
lesto porque los éforos habían prescindido de él cuando
eligieron como rey a Licurgo, determinó promover una
revolución. Juzgó que si seguía el mismo camino de
Cleómenes, es decir, si insinuaba al pueblo la espe-
ranza de una repartición y redistribución de tierras,
Quilón 186, en
Esparta
86 De este personaje no sabemos nada.
38. — 33
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14
15
16
81
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514 HISTORIAS
la masa le seguiría al punto, de modo que se puso a
realizarlo. Comunicó sus planes a sus partidarios,
tomó unos doscientos como colaboradores de su auda-
cia y se dedicó a poner en práctica su idea. Compren-
día que el mayor obstáculo que se oponía a su proyecto
lo constituían Licurgo y los éforos que le habían nom-
brado rey, por lo que primero procedió contra éstos.
Sorprendió a los éforos mientras comían y los degolló
allí mismo: la Fortuna les infligió un justo castigo.
En efecto: si se considera quién les linchó, y por qué,
debe decirse que fue en venganza justa. Quilón, una
vez ejecutados los éforos, se presentó en casa de Li-
curgo, que se encontraba en ella; sin embargo, no pudo
echarle mano: se escapó por unos huertos 1% próximos
y logró huir sin que Quilón se diera cuenta. Por sen-
deros de montaña se fue a Pelene !%, en la región de
Trípoli. Quilón, cuando vio que lo esencial de su pro-
yecto le había fallado, se desalentó, pero se veía for-
zado a proseguir: invadió el ágora, encarceló a sus
enemigos, exhortó a sus amigos y familiares e insinuó
a los demás las esperanzas que he mencionado hace
poco. Pero nadie se declaró partidario de él, bien al
contrario, los hombres se concertaban en su contra,
ante lo que Quilón, previendo el futuro, se retiró ocul-
tamente, atravesó el país y se presentó, fracasado y so-
litario, en la Acaya. Los lacedemonios temían la llegada
de Filipo, recogieron las cosechas de sus campos, de-
molieron el ateneo de Megalópolis y abandonaron la
ciudad.
187 La lectura del texto griego no es segura, y la idea de los
manuscritos parece excesivamente ingenua, pero de todas for-
mas en el texto griego es difícil dar con una solución que sa-
tisfaga.
188 Pelene, en el valle del Eurotas. Con Calibia y otra ciudad
de nombre desconocido formaba la Trípolis laconia.
LIBRO IV 515
Desde la legislación de Licurgo los lacedemonios
habían gozado de uma constitución excelente y fueron
muy poderosos hasta la batalla de Leuctra *', pero en-
tonces la Fortuna les volvió las espaldas, y su gobierno
cayó cada vez más de mal en peor. Al fin experimenta-
ron las máximas penalidades y contiendas civiles, de-
bieron afrontar muchos repartos de tierras y proscrip-
ciones y probaron la esclavitud más amarga, hasta la
tiranía de Nabis'%, ellos, que anteriormente ni tan
siquiera podían tolerar tal nombre.
Muchos han expuesto ya con pormenor la historia
antigua de Esparta, su ascenso y declive. Su época más
brillante '*! empieza cuando Cleómenes abolió totalmen-
te la constitución nacional, cosa que expondremos
cuando se presente la ocasión oportuna.
Filipo abandonó Megalópolis, marchó a través de la
región de Tegea, se presentó en Argos y pasó allí lo
que quedaba del invierno '%, Aquella campaña le había
ganado la admiración de todos por la moderación de
su comportamiento y además por la brillantez de los
mencionados éxitos que su juventud no podía hacer
esperar.
Pero Apeles no cejaba en su in-
tento, sino que se disponía a so-
meter, poco a poco, los aqueos
a su yugo. Entendía que Arato y
su hijo obstaculizaban su propó-
sito, y que Filipo era muy amigo de ellos, principal-
Maniobras de
Apeles
182 En el año 371 los tebanos, con Epaminondas, destruyen
definitivamente el poder de Esparta. Ya se ha visto anterior-
mente. Se trata de la batalla de Leuctra.
19 Polibio expone esto en XIII 6.
19 Aquí el texto griego no es seguro; véase alguna edición
crítica. La traducción dada sigue el texto de Biittner-Wobst.
Con todo, las posibles diferencias en el texto griego son simple-
mente de matiz.
12% Del año 219/218.
38. — 33*
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2
3
s16 HISTORIAS
mente del padre. Éste, en efecto, había colaborado con
Antígono, gozaba de gran prestigio entre los aqueos y,
sobre todo, era hombre de gran habilidad y prudencia.
Apeles, pues, quiso empezar contra ellos, y se propuso
desacreditarles como sigue:
Procuró enterarse de quiénes eran los enemigos po-
líticos de Arato, les hizo acudir desde sus ciudades, se
relacionaba con ellos, cautivó su espíritu y les instaba
a que fueran amigos suyos. Los presentaba también a
Filipo, pero respecto a cada uno puntualizaba que si
continuaba siendo amigo de Arato, debería tratar a los
aqueos según la alianza puesta por escrito; en cambio,
si le hacía caso a él y aceptaba la amistad de éstos,
podría tratar a todos los peloponesios según quisiera.
Y Apeles se preocupó al punto de las elecciones a ma-
gistratura: quería que alguno de aquellos hombres
pretendiera el generalato, y expulsar así a Arato y a
sus partidarios de su posición. Logra convencer a Fi-
lipo de que acuda personalmente a las elecciones que
los aqueos iban a celebrar en Egio, aprovechando su
marcha hacia Elea. El rey le hizo caso y se presentó
en la oportunidad señalada: con exhortaciones a unos
y amenazas a otros, Apeles consiguió a duras penas,
pero lo logró, que el general nombrado fuera Epérato
de Farea; Timóxeno, el candidato de Arato, salió de-
rrotado.
Después, el rey levantó el campo, marchó a través
de los territorios de Patras y de Dime, y llegó a la for-
taleza llamada Tico, que domina la entrada en los
territorios de los dimeos; ya dije anteriormente '% que
hacía muy poco que lo habían conquistado las tropas
de Eurípidas. Filipo quería de cualquier modo restituir
el fortín a los dimeos, de modo que acampó allí con
todo su ejército; los eleos que estaban allí de guarni-
193 Cf. 54, 9,
LIBRO IV 517
ción se alarmaron y entregaron el baluarte a Filipo;
sus dimensiones no eran muy grandes, pero estaba ex-
celentemente fortificado. Su perímetro no medía más
de un estadio y medio, pero la altura del muro supe-
raba siempre los treinta codos. El rey, pues, entregó la
plaza a los dimeos y se fue a talar Elea: lo hizo, juntó
un gran botín y regresó con su ejército a Dime.
Apeles, convencido de que había progresado algo
en su propósito al haber logrado imponer a su candi-
dato como general de los aqueos, renovó su ataque
contra Arato, con la intención de arrancar definitiva-
mente a Filipo de su amistad. Se propuso calumniarle
mediante la argucia siguiente:
Anfidamo, el general de los eleos, cayó prisionero
en Talamas, junto con los demás que huían, como ya
expusimos más arriba '% al tratar de este tema. Así
que llegó a Olimpia, pues le condujeron allí junto con
los demás cautivos, se esforzó, a través de terceros,
por tener una entrevista con el rey. Logrado su obje-
tivo, dijo a Filipo que él era capaz de llevar a todos
los eleos a su amistad y alianza. El rey le creyó y
envió a Anfidamo sin rescate, con el encargo de que
declarara a los eleos que, si se decidían por su amistad,
les restituiría todos sus prisioneros sin rescate, y ga-
rantizaría la seguridad al país contra todos sus ene-
migos exteriores. Encima, les aseguraba la libertad sin
tropas de ocupación, y el poder usar sus constitucio-
nes respectivas. Los eleos escucharon estas proposicio-
nes, pero no las atendieron en absoluto, a pesar de
que parecían amplias y tentadoras. Apeles aprovechó
esta circunstancia para urdir su calumnia: fue al en-
cuentro de Filipo y le manifestó que Arato no era un
amigo fiel a los macedonios, y que en modo alguno
tenía sentimientos benévolos hacia él. Ahora Arato y
194 Cf. 75, 6.
518 HISTORIAS
los suyos habían sido los causantes de la animadver-
s sión de los eleos. Porque —le aseguró—, cuando remi-
tió a Anfidamo de Olimpia a Élide, estos le habían to-
mado privadamente y le habían excitado, diciéndole
que no favorecería en nada a los peloponesios que
9 Filipo fuera dueño de la Élide. Y ésta fue la causa de
que los eleos desdeñaran sus proposiciones, conserva-
ran su amistad con los etolios y siguieran en guerra
contra los macedonios.
85 Cuando Filipo oyó estas palabras, mandó llamar a
los dos Aratos, y que Apeles repitiera delante de ellos
2 sus afirmaciones. Ambos se presentaron, y Apeles se
reiteró en lo dicho de manera audaz e intimidatoria.
El rey, sin embargo, guardaba silencio, por lo que él
3 añadió: «Arato, puesto que os ha encontrado tan in-
gratos, el rey decide congregar a los aqueos, defen-
derse de posibles alegaciones y regresar a Macedonia.»
4 Arato el viejo le interrumpió y pidió al rey que a
nada de lo dicho diera crédito a la ligera y sin investi-
s gación previa. Siempre que él o uno de sus amigos y
aliados fueran acusados, antes de admitir la inculpa-
ción debían hacer una investigación minuciosa. Esto era
lo propio de un rey y lo que convenía desde cualquier
6 punto de vista. Por esto también exigía ahora que se
convocara a los que habían informado a Apeles, que
se colocara allí, en medio, el que había hablado con
él, y que no se omitiera nada de lo posible para averi-
guar la verdad, antes de revelar cualquier cosa de
éstas a los aqueos.
86 El rey se mostró de acuerdo con todo lo dicho,
afirmó que no descuidaría nada en su investigación y
2 ordenó que de momento se retiraran. En los días si-
guientes, Apeles no pudo aportar ninguna prueba de
lo que había manifestado, y, en cambio, ocurrió algo
3 que favoreció a los de Arato. Cuando Filipo iba devas-
tando el país de los eleos, éstos no se fiaban de Anfi-
LIBRO IV 519
damo, y decidieron cogerle y mandarlo encadenado a
la Etolia. Anfidamo se enteró de su intención, y pri-
mero se alejó de Olimpia; después, sabedor de que
Filipo se encontraba en Dime ocupado en la reparti-
ción del botín, se apresuró a ir a su encuentro. Los
partidarios de Arato, informados de que Anfidamo es-
taba allí desterrado de la Élide, exultaron de gozo,
porque no tenían nada de qué reprocharse: acudieron al
rey, porque creían que éste debía convocar a Anfidamo
y también que Anfidamo iba a declarar la verdad, pues
era el mejor conocedor de las acusaciones formuladas
contra ellos: en efecto, había huido de su patria a
causa de Filipo, quien entonces era su única esperanza
de salvación. El rey se dejó convencer por estas pa-
labras, mandó llamar a Anfidamo y comprobó que la
acusación era calumniosa. Desde aquel día demostró
más amistad y confianza a Arato, y en cuanto a Apeles,
sospechó algo de él. Pero, a pesar de todo, también
estaba muy predispuesto a favor suyo: se veía obliga-
do a no advertir muchas de las cosas que Apeles co-
metió.
Y ni aun así Apeles desistió de sus propósitos: al
propio tiempo calumniaba también a Taurión, encar-
gado de los asuntos del Peloponeso. No le reprochaba
nada, antes bien, le alababa, y afirmaba que era un
hombre merecedor de acompañar al rey en sus expe-
diciones; lo que pretendía era colocar a otro al frente
de los asuntos del Peloponeso. Ciertamente, perjudicar
al prójimo no hablando mal de él, sino alabándole, es
un género nuevo de calumnia. Esta maldad, esta envi-
dia y este engaño se encuentran principalmente entre
los cortesanos, por la envidia y ambiciones de unos
contra otros. Apeles, así que encontró ocasión, ofendió
igualmente a Alejandro, un servidor personal del rey:
quería disponer a su antojo de la guardia real y des-
10
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12
13
520 HISTORIAS
hacer completamente la ordenación establecida por
Antígono.
Éste, durante su vida, dirigió acertadamente el reino
y educó convenientemente a su hijo; al morir, lo dis-
puso con una previsión admirable: rindió cuentas al
pueblo de su administración, dio prescripciones a los
macedonios en cuanto al futuro: señaló quién debía
administrar cada cosa y cómo debía hacerlo. No quería
dejar ningún pretexto a los cortesanos que excusara
envidias y rivalidades entre ellos. Entonces formaban
la corte regia el mismo Apeles, nombrado tutor; Leon-
cio al frente de los peltastas, Megaleas que era el se-
cretario real, Taurión el encargado de los asuntos del
Peloponeso, y Alejandro que era el administrador de
la casa real. Apeles manejaba, a su antojo, a Leoncio
y a Megaleas; a Alejandro y a Taurión les había hecho
remover de sus cargos, y ahora le urgía disponer de
esto y de todo lo demás, o personalmente o por medio
de sus títeres. Y lo habría logrado fácilmente si no se
hubiera conjurado la enemistad de Arato: ahora iba a
comprobar rápidamente la necedad de sus ambiciones:
lo que se disponía a hacer a los otros lo iba a sufrir
él mismo 1%, y sin tardar demasiado.
Pero cómo y cuándo ocurrió, de momento lo omi-
timos, y aquí damos por terminado este libro; en los
siguientes intentaremos exponer todos estos temas con
claridad.
Filipo realizó todo lo apuntado y regresó a Argos;
allí envió a sus tropas a Macedonia y él pasó el invierno
con sus amigos.
195 Fue acusado de traición, y murió entre torturas. Cf. V
15, 9 y 28, 8.
INDICE ONOMAÁSTICO *
Abido: IV 44, 6. Adriático (golfo): 11 14, 4, 11;
Abílix: III 98, 2, 6, 11; 1, 4, 16, 7. 1 47, 2.
5, 6. Adriático (mar): 1 2, 4. 11 14,
Acarnania: II 45, 1. IV 6, 2; 30, 6; 16, 4, 12; 17, 5, 7; 19, 13;
1; 63, 5, 6, 7; 65, 9; 66, 4. 26, 1. 111 47, 4; 61, 11; 86, 2,
Acaya: II 41, 4. IV 7, 4; 9, T 8; 87, 1; 110, 9.
15, 2; 16, 10, 11; 17,3; 29,5; — África: 12, 6; 3,2, 4; 10, 5; 13,
61, 2; 70, 3; 81, 10. 3; 20, 7; 26, 1, 2; 29, 1; 36,
Acayátide: IV 17, 3. 5, 8, 11, 12; 39, 1, 11; 41, 4;
Accio: IV 63, 4. 47, 2; 66, 1; 67, 1; 70, 8, 9;
Acerra: II 34, 4, 5, 10, 12. 71,1; 72, 1; 73,1, 3; 75, 4;
Acmeto: II 66, 5. 82, 8; 83, 7; 88, 1, 5. 11 1, 5;
Acrocorinto: 11 43, 4; 45, 3; 13, 2; 37, 2. 111 3, 1; 8, 2, 4;
50, 9% 51, 6; 52, 4, 5; 5, 1. 22, 9; 23, 4, 5; 24, 11, 13; 27,7;
IV 8, 4. 28, 3; 32, 2; 33, 7, 8, 9, 12;
Adda: 11 32, 2. 34, 1; 35, 1; 37,2, 5,7; 38, 1;
Adérbal: 1 44, 1; 49, 4, 7, 11; 39, 2; 40, 2; 41, 2; 56, 4; 57,
50, 6; 52, 1; 53, 1. 2; 59, 7; 61, 8.
Adimanto: IV 22, 7, 9; 23,5,8. Africa (mar de): 1 42, 6, 8. IV
Adis: 1 30, 5. 71, 8.
Adria: TI 88, 3. Afrodita: 1 55, 6. 11 97, 6.
* Las cifras romanas indican el libro. Las cifras arábigas
que siguen inmediatamente a las romanas o a un punto y coma
indican el capítulo del libro en cuestión. Y las cifras siguien-
tes, separadas por comas, indican los parágrafos correspon-
dientes dentro del capítulo.
522
Afrodita Ericina:
7,9.
Agatocles: 1 7, 2; 82, 8.
Agelao: IV 16, 10, 11.
Agesilao (hijo de Eudámidas):
IV 35, 13.
Agesilao (rey de Laconia): III
6, 1.
Agesípolis: IV 35, 10, 12.
Agrigento: 1 17, 5, 7, 8, 13; 20,
1, 4, 6; 23, 4; 27, 5; 43, 2.
Agrón: 11 2, 3, 5; 4, 6.
Alba Longa: II 18, 6.
Alcámenes: IV 22, 11.
Alcibíades: 1V 44, 4.
Alejandría: II 69, 11. IV 51, 1.
Alejandro (hijo de Acmeto): II
66, 5; 68, 2. -
Alejandro (no precisable del
todo, pero ciertamente dis-
tinto a los demás citados):
II 66, 7; 68, 1. IV 87, 5, 8, 9.
Alejandro de Epiro: II 45, 1;
11, 5.
“Alejandro de Etolia: IV 57, 2,
7; 58, 9.
Alejandro Magno: II 41, 6, 9:
71, 5. 1IT 6, 14; 59, 3. IV 23, 8.
Alexón: I 43, 2, 4, 5, 8.
Alfeo: 77, 5; 78, 2.
Alífera: IV 77, 10; 78, 1, 2, 8.
Alpes: 11 14, 6, 8, 9: 15, 8, 9;
16, 1, 6, 7, 8; 21, 3; 22, 1; 23,
1, 5; 32, 4; 35, 4, IIT 34, 2, 4,
6; 39, 9, 10; 47, 2,3, 6, 9; 48,
6, 7, 12; 49, 4, 13; 50, 1; 53, 6;
54, 2; 55, 9; 56, 2, 3; 60, 2,
8; 61, 3, 5; 62, 3; 64, 7; 65, 1
Altea: TIT 13, 5.
I 55, 8. Il
HISTORIAS
Ambracia: IV 61, 2, 6, 7.
Ambracia (golfo de): IV 63, 4;
66, 4.
Ambraco: IV 61, 4, 5, 7, 8; 63,
1, 3.
Ambriso: IV 25, 2.
Amílcar (almirante cartaginés):
TIT 95.
Amílcar Barca: I 56, 1, 9; 58,
2; 60, 3, 8; 62, 3; 64, 6; 66, 1;
68, 12; 74, 9; 75, 1, 3, 7, 9;
76, 3, 7, 10; 77, 6; 78, 1, 4, 6,
9, 10, 11, 13; 79, 8; 81 1; 82,
1, 12, 13; 4, 2, 3,7; 85,2, 4,
5, 7; 86, 1, 3, 8; 87, 3, 6; 88,
4. 11 1,5, 6, 9, MI 9, 6, 7, 8;
10, 5, 7; 11, 5,7; 12, 2; 13, 3;
14, 10.
Amílcar el Viejo: I 24, 3; 27, 5,
6, 10; 28, 6; 30, 1, 2; 4, 1.
Arintas de Atamania: IV 16,
9; 48, 2.
Ampurias: III 39, 7; 76, 1.
Andrómaco: IV 51, 1, 3, 4, 5.
Aneroesto: YI 22, 2; 26, 5, 7;
31, 2.
Anfidamo: IV 75, 6; 84, 2, 3,8;
86, 3, 4, 5, 6, 7.
Aníbal: 11 24, 1, 17; 36, 4. MI
8, 1,5, 6,7, 9, 11; 9, 6; 11, 1,
2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9; 12, 3, 4,
7: 13, 4,5,7; 14, 5, 8, 10; 15,
3, 6, 8, 9; 16, 5; 17, 1, 4; 20,
8; 27, 10; 28, 5; 30, 1, 4; 32,
7; 33, 5, 13, 17, 18; 34, 1, 4, 6;
35, 1; 36, 1; 39, 6, 10; 40, 1,
2; 41, 1,6, 7; 42, 1, 5, 10; 43,
2,6, 11; 44, 9, 13; 45, 5; 47, 1,
5, 7, 10; 48, 1, 4, 6, 10; 49, S,
ÍNDICE ONOMÁSTICO
8
1
4, 8; 54, 1, 3, 6, 8;
4; 60
8; 62
, 8; 65, 6; 66, 3, 8, 10; 67, 4,
6, 7; 68, 1, 7, 8; 69, 1, 6; 70,
9, 12; 71,1,6, 9 7,3; 78,
5, 7; 79, 1, 12; 80, 1, 4, 5; 81,
12; 82, 1, 9; 83, 2, 5; 84, 1, 14;
85, 1; 86, 3, 4, 8, 11; 87, 1, 3;
88, 1, 4; 89, 1; 90, 10; 91, 1;
92, 1,8,9; 93,3; 94,1,5, 7;
96, 9; 97, 3; 98, 1; 100, 1, 7;
101, 2, 4, 5, 8, 11; 102, 3, 5, 7,
10; 104, 1, 6; 105, 2, 7; 106, 6;
107, 1; 110, 1, 5; 111, 1, 3; 112,
3; 113, 6, 9; 114, 1, 7; 115, 11;
116, 4; 117, 6, 8, 9, 10, 11; 118,
3, 5. IV 1, 1; 2, 9; 28, 1, 2;
37, 4; 66, 8, 9.
Aníbal (hijo de Amílcar, como
el anterior, con el cual no
debe confundirse): 1 4, 1, 2,
6; 46, 1; 82, 12, 13; 86, 1, 3, 5.
Aníbal (prefecto cartaginés de
Agrigento): I 18, 7; 19, 7, 12,
14; 21, 6, 8, 9; 23, 4,7; 24, 5;
43, 4,5.
Aníbal el rodio: I 46, 4; 64, 6;
65, 8. 11 1, 6; 14, 2; 36, 3. HI
6, 1.
Antálcidas: 1 6, 2. IV 27, 5.
Antigonea: 1I 5, 6; 6, 6.
Antígono Dosón: II 45, 2, 3; 47,
5, 6; 48, 3, 5, 6, 8; 49, 1, 6;
50, 1, 4, 5, 6, 9, 10; 51, 2, 4;
52, 4, 5, 8; 53, 4; 54, 1, 8, 12;
55, 1, 2, 6; 57, 2; 59, 1; 60, 2;
523
63, 1, 4; 64, 1, 3
10, 13; 66, 3, 5, 8;
1; 70, 1, 4. II 1
3,8; 6, 4, 5; 9, 4; 16, 5; 22,
4; 34, 9; 69, 5; 76, 1, 7; 82, 3;
87, 5.
Antígono Gonatas: 11 41, 10;
43, 4, 9; 4, 1; 45, 1.
Antígono el Tuerto: 1 63, 7.
Antio: III 22, 11; 24, 15.
Antíoco el Grande: 1 5, 1. Jl
71, 4. II 2, 4, 8; 3, 3, 4, 8; 6,
4,5;7,1,2,3; 11, 1, 2, 8; 12,
1; 32,7. IV 2,7, 11; 3, 2; 37,
5; 48, 5, 6, 10; 51, 3.
Apaturio: IV 48, 8, 9.
Apelauro: IV 69, 1.
Apeles: IV 76, 1, 6,
3,6,8;84,1,7; 85,1 , 2,6; 86,
2,8; 87, 1,5, 8,9.
Apeninos: 1I 14, 8, 10; 16, 1, 4,
8: 17, 7; 24, 7. HI 9%, 7;
110, 8.
Apolonia: II 11, 6, 8.
Aptera: IV 55, 4.
Aqueloo: IV 63, 11; 65, 2.
Aqueo: IV 2, 6; 48, 1, 2, 3, 5, 6,
9; 49, 2; 50, 1, 8; 51, 1, 2, 3,
4,6.
Arato el Joven: II 51, 5; 52, 3,
4, 5,7. 1V 37, 1, 3; 60, 2; 70, 2.
Arato el Viejo: 1 3, 2. IT 40, 2,
4: 43,3, 7,9: 44, 3; 45,5, 6;
46, 1, 4; 47, 4, 5; 43, 1, 2, 3;
49, 9, 10; 50, 1, 5; 51, 5; 56,
1, 2,6; 57, 2, 4, 8; 59, 8; 60, 2.
IV 2, 1; 6,7; 7,8, 11; 8, 1, 6;
9,7; 10, 1; 10, 3, 7, 9; 11, 6;
12, 2; 14, 1,7, 8; 19, 1, 11; 2,
, 5,6; 65, 1,
68, 1, 2; 69,
3. .
524
3; 67, 8; 70, 2; 72, 7; 76, 8;
82, 3, 4, 5, 6, 8; 84, 1,7, 8; 85,
1, 3, 4,; 86, 2, 5; 86, 8; 87, 10.
Áraxo (cabo de): IV 6s5, 10.
Áraxo (río): IV 59, 4.
Arbón: II 11, 15.
Arbucala: II 14, 1.
Arcadia: 11 54, 2; 56, 6. IV 20,
1, 3; 21, 5, 10; 33, 3, 4, 9; 70,
1, 3; 77, 8, 10.
Arcas: IV 77, 8.
Ardea: JII 24, 15.
Arezzo: II 19, 7.
Argiripa: 1II 88, 6; 118, 3.
Argólide: IV 36, 4.
Argos: H 44, 6; 52, 2; 53, 5, 6;
54, 1; 59, 8; 64, 1; 70, 4; 82, 1;
87, 13.
Ariarates: 11 3, 6; 5, 2. IV 2, 8.
Arídico: IV 52, 2.
Aristócrates: IV 33, 6,
Aristómaco: 11 44, 6; 59, 1, 2,
4, 5,7, 9; 60, 1, 4.
Aristómenes: IV 33, 2, 5.
Aristón: IV 5, 1; 9, 9; 17, 1.
Aristóteles de Argos: II 53, 2.
Arquidamo: IV 35, 13; 57, 7.
Artemidoro: 1 8, 3.
Artemis: IV 18, 10; 25, 4.
Artemisio: IV 73, 4,
Asclepio: 1 18, 2.
Asdrúbal (hijo de Hannón): 1
30, 1, 2; 38, 2, 4; 40, 1, 4,5,
11. III 33, 6, 14, 16.
Asdrúbal (prefecto militar del
ejército de Aníbal): III 66, 6;
93, 4; 95, 1.
Asdrúbal (yerno de Amílcar
Barca): 113,3. 11 1,9; 13, 1,
HISTORIAS
6, 7. 11 22, 11; 36, 1. 111 8, 1,
4, 5; 12, 3, 4; 13, 3; 15, 5; 21,
1; 27, 9; 29, 2, 3; 30, 3; 56, 5;
76, 8, 11; 98, 5; 102, 6; 114, 7;
116, 6, 7.
Asia: 12, 2, 5; 3, 1, 4, 6; 6, 5.
11 37, 6; 71, 9. 111 3,3; 5,2;
6, 4, 10, 11, 14; 37, 2, 4, 7;
38, 1; 59, 3. IV 28, 3; 39, 2 6;
43, 2, 6; 4, 7; 46, 1; 51, 8;
56, 5, 7.
Aspis: 1 29, 2, 5, 6; 344, 11; 36,
6, 12.
Átalo: 111 3, 2; 5, 2. IV 48, 1,
2, 7, 11; 49, 2, 3; 65, 6.
Atena: II 32, 6. IV 22, 8; 35, 2;
49, 3; 78, 3.
Atena Itonia: IV 25, 2.
Atenas: Il 62, 6.
Ateneo: II 46, 5. IV 37, 6; 60, 3.
Ática: II 62, 7.
Atilio Calatino, Aulio: 1 24, 9;
38, 6. :
Atilio Régulo, Cayo: 1 25, 1;
39, 15. 11 23, 6; 27, 1, 2, 4, 6,
7. 11 28, 4, 10.
Atilio Régulo, Marco: 1 26, 11;
28, 7, 10; 29, 9; 30, 4; 31, 4,
6, 7; 34, 8, 10; 35, 2, III 106,
2; 114, 6; 116, 11.
Atintania: II 5, 8.
Atis: II 21, 5.
Aufidio: TIT 110, 8, 9. IV 1, 2.
Autárito: 1 77, 1, 4; 78, 12; 79,
8; 80, 1, 5; 85, 2, 5.
Azanis: IV 70, 3.
» dy day
»
Babirtas: IV 4, 5, 6.
Beocia: IV 67, 7.
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Belminátida: II 54, 3.
Benevento: III 9, 8.
Bibio Duilio, Cayo:
23, 1
Biónidas: 1V 22, 11.
Bisatis: IM 23, 2.
Bitinia: IV 50, 9.
Bizancio: IV 38, 2; 39, 5. IV
43, 1,7; 44, 1, 2,3, 4, 6, 3, 11;
45, 1; 46, 2; 47,3, 5, 6; 51, 7;
52, 1, 4.
Bodinco: II 16, 12,
Bólax: 1V 77, 9; 80, 13.
Bomíflcar: HI 42, 6.
Boodes: I 21, 6, 7.
Bósforo Cimerio: IV 39, 3.
Bósforo Tracio: IV 39, 4.
Bóstar: 1 30, 1; 79, 2; 111 98, 5,
6, 7, 8, 11; 99, 5, 3.
Bóstaro: 1 30, 1; 79, 2.
Brenno: 1V 46, 1.
Bríndisi: 11 11, 7. III 69, 1.
Brutio: 1 56, 3.
Buda: II 41, 8, 14.
1 2, 1;
Cadmea: IV 27, 4.
Cafias (batalla de): IV 11, 2, 3;
12, 4.
Cafias (ciudad): IV 12, 13; 68,
6; 70, 1, 5.
Cafias (llanura de): IV 13, 3.
Calcedonia: IV 39, S; 43, 8, 10;
44, 1,2, 3,7, 8, 10.
Calcídico (monte): 1 11, 3.
Calena: III 101, 3.
Calidonia: IV 65, 6, 7.
Caligitón: IV 52, 4.
Camarina: I 24, 12. II 19, 5.
38.— 4
525
Campos Flegreos: II 17, 1. III
91, 7.
Cannas: 11 107, 2: 117, 1. IV
1, 2.
Canusio: II 107, 3.
Capadocia: III 5, 2, IV 2, 8.
Capitolio: 1 6, 2. 11 18, 2; 31, 5.
Capua: 11 17, 1. III 90, 10; 91,
1, 6; 118, 3.
Caradra: IV 63, 4.
Caria: II 52, 2, 111 2, $.
Caríxeno: IV 34, 9.
Cartagena: II 13, 7; 15, 3; 17,
1; 33, 5; 39, 6, 11; 56, 3; 76,
11; 95, 2; %6, 10.
Cartago: 1 18, 7; 24, 5; 29, 4;
30, 2, 15; 32, 1; 42, 6; 4, 1,
2; 46, 4; 53, 1; 58, 7; 66, 3, 5;
67, 13; 70, 9; 73, 4; 74, 4; 75,
4; 79, 6; 81, 4; 82, 5, 11; 83,
7, 10, 11; 86, 2, 3; 88, 4, 10. 11
13, 1; 71, 8. 1IT 15, 8, 12; 17,
10; 20, 6, 9; 23, 1, 4; 24, 12;
32, 2; 33, 12; 34, 7; 40, 2; 41,
3; 61, 8; 87, 4.
Cartago (golfo de): 1 29, 2.
Cartalón: 1 53, 2, 4; 54, 6, 7.
Casandro: II 41, 10.
Caulón: 11 39, 6.
Cávaro: IV 46, 4; 52, 1, 2.
Cecilio Metelo, Lucio: 1 39, 8;
40, 1,3, 4,5, 6, 7, 14, 16. II
19, 8.
Celesiria: 1 3, 1. 11 71, 9 M 1,
1; 2, 4, 8, 11. IV 37, 5.
Celtiberia: 11! 17, 2.
Cencreas: II 59, 1; 60, 7, 8. IV
19, 7.
Centenio, Cayo: III 86, 3, 5.
526
Centóripa: 1 9, 4.
Cércidas: 1I 48, 4, 6; 50, 3;
65, 3.
Cercina: 11 9%, 13.
Cerdeña: 1 2, 6; 2, 5, 6, 7; 43,
4; 79, 1, 6, 9, 14; 82, 7; 83, 11;
88, 8, 9, 12, 11 23, 6; 27, 1. 111
10, 3; 13, 1; 15, 10; 22, 9; 23,
4, 5; 24, 11, 13; 27, 8; 28, 1,
2; 30, 4; 75, 4; %, 9, 10.
Cerdeña (mar de): 1 10, 5. II
14, 6, 8. 111 37, 8; 41, 7; 47, 2.
Cerinea: II 41, 8.
Ciamosoro: 1 9, 4.
Cícladas (islas): TI 16, 3. IV
16, 8.
Cifante: IV 36, 5.
Cilene: IV 9, 9,
Cineta: IV 16, 11; 17, 13; 18, 9,
10; 19, 4, 5, 7; 25, 4.
Cinos: IV 67, 7.
Circe: TI 22, 11; 24, 15.
Cisa: IHI 76, 5.
Citera: IV 6, 1.
Ciudad Antigua: lI 38, 9.
Ciudad Nueva: 1 38, 9.
Cízico: IV 44, 7.
Clarión: IV 6, 3; 25, 4,
Clastidio: 11 34, 5. 111 69, 1.
Claudio Caudex, Apio: 1 11, 3,
4, 9, 14; 12, 1, 4; 16, 1.
Claudio Marcelo, Marco: II 34,
1, 6.
Claudio Pulcher, Publio: I 49,
3,5; 50, 1, 5; 52, 2.
Cleómbroto: IV 35, 10, 12.
Cleómenes: 1 13, 5. HL 45, 2;
46, 2,3, 5, 7; 47, 3,7, 48, 3;
HISTORIAS
6, 7, 9, 10; 66, 3, 8; 67, 2; 69,
6, 10; 70, 3. 1H 1 ; 32, 3.
IV 1,8; 5,5; 6,5;7,7;9,4;
35, 6, 8, 9; 37,6; 60, 2; 69, 5
76, 7; 81, 2, 14.
Cleómenes (hijo de Cleómbro-
to): IV 35, 12.
Cleone: 1I 32, 2.
Cleónimo de Fliasio: II 44, 6.
Clítor: IT 55, 9. IV 10, 6; 18, 10,
12; 19, 1,3; 25, 4.
Clitoria: IV 11, 2; 70, 2.
Clusio: 11 25, 2; 32, 5.
Cnoso: IV 53, 1, 4, 6, 8, 9; 54,
2; 55, 1, 4, 5.
Cócito: 11 14, 5.
Cóleo: 11 55, 5.
Cólquide: IV 39, 6,
Comontorio: IV 45, 10; 46, 3.
Concolitano: II 22, 2; 31, 1.
Confederación aquea: 11 10, 5;
12, 4; 40, 5; 41, 15; 43, 3, 4,
10; 57, 1; 60, 5; 70, 5. III 5, 6.
IV 1, 4, 5; 60, 6, 10; 62, 4;
72, 6; 76, 1.
Confederación etolia: II 46, 2.
IV 3, 6; 4, 4; 5, 9; 25, 7; 35, 5.
Conope: IV 64, 3, 4.
Corcira: 11 9, 2, 7, 9; 11, 2;
12, 5.
Corinto: II 51, 6; 52, 2; 54, 5.
IV 6, 5; 13, 7; 19, 9; 22, 2;
24, 9; 25, 1; 66, 5; 67, 7, 8;
69, 8; 72, 8.
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Corinto (golfo de): IV 57, 5;
65, 9.
Cornelio Escipión, Cneo (el Cal-
vo): II 34, 1, 11, 12, 13, 15.
Cornelio Escipión, Cneo (Asi-
na): 1 21, 4, 7, 9; 22, 1; 38, 6.
Cornelio Escipión, Cneo (tío de
Escipión el Africano): 11 56,
5; 76, 1,5, 6, 12; 95, 4, 8; 9,
1, 2; 106, 4, 9.
Cornelio Escipión, Publio (pa-
dre de Escipión el Africano):
III 40, 2, 14; 41, 2, 4, 3; 45, 2,
4; 49, 1; 56, 5; 61, 1, 4, 5; 62,
1; 64, 1, 9; 11; 65, 3, 5; 66, 1,
9; 67, 8; 68, 5, 13, 15; 70, 2,
3, 7,9, 10; 76, 1; 97, 2, 4; 9,
4, 6, 9. IV 66, 9.
Coruncanio, Cayo: Il 8, 3.
Coruncanio, Lucio: 11 8, 3.
Cosira: 111 96, 13.
Cotón: IV 52, 4.
Cremona: 1H 40, 5.
Creta: 1 53, 2, 3, 5, 6; 54, 6;
55, 6.
Crisópolis: IV 44, 3, 4.
Crotona: II 39, 6. TIT 82, 9.
Cuerno (golfo del): IV 43, 7.
Cumas: 1 56, 11. III 91, 4.
Curio Dentato, Manio: II 19, 8.
Danubio: 1 2, 4. IV 41, 1, 8.
Darío: 1V 43, 2.
Daulio: IV 25, 2.
Daunia: III 88, 6, 8.
Decio Campano: 17, 7.
Delfos: 1 6, 5. II 20, 7; 35, 7.
IV 46, 1.
Demetrias: II 6, 4; 7, 3.
527
Demetrio (hijo de Antígono
Gonatas): 1 3, 1. IV 25, 6.
Demetrio de Faros: I 63, 7. 1
2, 5; 10, 8; 11, 3, 5, 6, 15, 17;
44,1,2, 3, 5; 46, 1; 49, 7; 60,
4: 65, 4; 66, 5; 70, 8. III 5, 2,
16, 2, 4; 18, 1, 7, 12; 19, 4,
, 38. IV 2, 5; 16, 6, 8; 19, 7,
8, 9; 37, 4; 66, 4.
Demetrio Poliorcetes: 11 41, 10.
Dímale: III 18, 1, 3.
Dime: II 41, 1, 8, 12; 51, 3. IV
59, 1; 83, 1, 5; 86, 4.
Dión: IV 62, 1.
Dionisio, tirano de Siracusa:
16, 2. 11 39, 7.
Dioscurio: IV 73, 5.
Dióscuros: IV 67, 9; 68, 2.
Dodona: IV 67, 3.
Dorímaco: IV 3, 7, 8, 9, 11, 12;
4,1,2,3,4,5,6,7; 5, 1, 2, 9;
6, 7; 9, 8; 10, 3, 5, 8, 10; 14,
4; 16, 11; 17, 3; 19, 12; 57, 2,
4, 6,7; 58, 5, 9; 67, 1, 5; 77, 6.
Drépana: 1 41, 6; 46, 1; 49, 3,
7; 55, 7, 10; 56, 7; 59, 4, 9, 10;
61, 2.
3;
7
Ebro: II 13, 7. 11I 6, 2; 14, 9;
15, 5; 27, 9; 29, 3; 30, 3; 35, 2;
39, 7; 40, 2; 76, 2, 6, 8, 11; 9,
3, 5, 8; 97, 5. IV 28, 1.
Eca: III 88, 9.
Écnomo: I 25, 8.
Eforo: IV 20, 5.
Egesta: 1 24, 2.
Egio: II 41, 8, 14; 5, 3, 13; 55,
1. IV 7, 1; 26, 8; 57,3,5, 7;
82, 7.
528
Egipto: 11 37, 6. MI 2, 8; 3, 8;
49, 7. IV 2, 8.
Egira: II 41, 8. IV 57, 2, 3, 5.
Egítida: 11 54, 3,
Egospótamos: 1 6, 1.
Egusa: 1 60, 4.
Egusas (islas): I 44, 2.
Elea: II 5, 1; IV 9, 9, 10; S9, 1;
73, 4; 80, 12.
Eleo: IV 65, 6.
Eléporo: 1 6, 2.
Eleuterna: IV 53, 2; 55, 4.
Élide: IV 64, 2; 73, 10; 77, 7, 8;
82, 7; 83, 5; 84, 8; 86, 5.
Emporio: III 23, 2,
Emporios: 1 82, 6.
Eníade: IV 65, 2, 4, 5, 7, 9.
Enialio: II 25, 6.
Enis: IV 31, 2.
Enna: I 24, 12.
Enunte: 11 65, 9; 66, 7.
Epaminondas: IV 32, 10; 33, 8.
Epérato de Farea: IV 82, 8.
Epidamno: II 9, 2; 10, 9; 11, 8,
17.
Epidauro: II 52, 2.
Epión: IV 77, 9; 80, 13.
Epiro: 11 5, 3; 6, 5, 8; 8, 4. IV
6, 2; 57, 1; 61, 1, 2; 63, 5, 6;
66, 4, 5; 67, 1.
Epístrato de Acarnania: IV
11, 6.
Epitalio: IV 80, 13.
Equetla: 1 15, 10.
Eribiano: TI 92, 1.
Érice: I 55, 6, 7; 56, 3; 58, 2,
7; 59, 5; 60, 2, 3; 66, 1; 77, 5
8; 9,7.
,
HISTORIAS
Erídano: Il 16, 6.
Erimanto: IV 70, 8, 9; 71, 4.
Escerdiledas: II 5, 6; 6, 3, 6.
IV 16, 6, 9, 11; 29, 2, 5, 6, 7.
Esciro: IV 4, 3, 4, 6.
Escopas: III 5, 1, 3. IV 5, 9;
6, 7; 9, 8; 14, 4; 16, 11; 19, 12;
27, 1; 37, 2; 62, 1, 2.
España: 1 10, 5. II 1, 6; 13, 1,
2,3, 7; 22, 9, 10; 36, 1, 3. TIL
3, 1; 8, 2, 5; 10, 5, 6; 11, 5;
13, 2; 15, 1, 3, 13; 16, 6; 17, 3,
5; 21, 4; 27, 9; 30, 2; 33, 8, 14,
17; 34, 1; 35, 1, 8; 37, 10; 39,
4: 40, 2; 41, 2; 49, 4; 56, 5;
57, 2, 3; 59, 7; 61, 8: 64, 10;
76, 1; 77, 1; 87, 5; 89,6; 95, 1;
96, 7; 97, 1, 2, 4; 98, 6; 99, 9;
106, 7; 118, 10. IV 28, 2.
Esparta: II 41, 4; 45, 2; 43, 1;
53, 6; 65, 9, 10; 70, 1. 111 32,
3. IV 7,7; 27,8; 34, 9; 35, 8,
14; 36, 1; 80, 6; 81, 14.
Espendio: 1 69, 4, 6, 9, 10, 14;
70, 5; 72, 6; 76, 1; 77, 1, 4, 6,
7; 78, 10, 12; 79, 1,8, 11, 14;
80, 11; 82, 11, 13; 84, 1; 85, 2,
5: 86, 4, 6.
Estenelao: IV 22, 11.
Estilangio: 1V 77, 9; 80, 13.
Estínfale: IV 68, 6.
Estinfalia (valle de):
1, 5.
Estrato: IV 63, 10; 64, 2; 73, 2.
Etiopía: IT 38, 1.
Etna: 1 55, 7.
Etolia: IV 4, 8; 6, 1; 27, 8; 36,
2; 53, 8: 57, 1, 2; 61, 3; 62, 4
5; 63, 7; 65, 9; 72, 8; 86, 3.
IV 68,
»
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Etruria: II 16, 2; 19, 2; 23, 4,
5; 24, 6; 25, 1, 2; 26, 1; 27, 2;
49, 4, TIL 56, 6; 6Ll, 2; 75, 6;
77, 1; 78, 6; 80, 1; 82, 6, 9;
84, 15; 86, 3; 108, 9.
Eubea: I 62, 9. II 52, 7. IV”
67, 7.
Euclides: 11 65, 9; 67, 3, 8; 68,
3, 9.
Eudámidas: 1V 35, 13.
Eumenes: III 3, 6.
Eurípidas: IV 19, 5; 59, 1, 4;
60, 3; 68, 1, 2, 3; 69, 2; 70, 11;
71, 5, 13; 72, 3, 8; 83, 1.
Eurípides: 1 35, 4.
Europa: 1 2, 4, 6; 13, 4. 11 2,
1,7, 14, 7. HI 3, 4; 37, 2,7,
10; 39, 6; 41, 1; 43, 2, 4, 5;
44, 8; 51, 8.
Evas: II 65, 8, 9; 66, 5.
Exterior (Mar): 1H 37, 9, 10,
11; 57, 2; 59, 7.
Fabio Máximo, Quinto: TIT 8,
1,8, 10; 9, 1; 87, 6, 7; 89, 1,
2,8: 90, 6, 10; 92, 3, 5, 9; 93,
1; 94, 4, 8, 10; 101, 1; 103, 3,
6; 105, S, 6, 8, 10.
Faetón: 11 16, 13.
Falerno: 111 90, 10; 92, 6; 94, 7.
Farea: IV 59, 1.
Fares: IV 6, 9; 7, 2, 3.
Farnaces: II 3, 6.
Faros: 11 11, 15. 111 18, 2, 7;
19, 12. IV 16, 6.
Fase: IV 56, 5.
Feas: IV 9, 9.
Fébidas: IV 27, 4.
Feneo: II 52, 2; 68, 1.
525
Fénice: II 5, 3, 5; 6, 3; 8, 2, 4.
Fenicia: 11 5, 4. III 2, 8.
Feras: II 41, 8, 12.
Festo: IV 55, 6.
Fíale: IV 79, 5, 6, 7; 80, 3.
Fiésole: II 25, 6.
Figalea: IV 3, 5, 6, 8; 6, 10;
31, 1.
Filarco: 11 56, 1, 3, 7, 13; 58,
11, 12; 59, 1, 7; 60, 7; 61, 1,
4, 11; 62, 1, 11; 63, 1, 5.
Fileno: III 39, 2.
Fílidas: IV 77, 6; 78, 1; 79, 2;
80, 2, 3, 5, 6, 8, 9.
Filino: 1 14, 1, 3; 15, 1, 5, 11.
11 26, 2, 4, 5.
Filipo 11 de Macedonia: 11 41,
6; 48, 2. MI 6, 5, 12.
Filipo V de Macedonia: 1 3,1.
11 2, 5; 37, 1; 45, 2; 70, 8. TI
2,3, 8, 11; 3, 2; 7, 2; 19, 8,
11; 32,7, 8. 1V 2,5; 3,3; 5,3;
9,3; 13,7; 15, 1; 16, 1, 5; 19,
1: 22, 2,5, 6,7, 12; 23, 1, 4,
6, 8; 24, 4; 25, 1, 6; 26, 3, 5, 6,
8; 27, 9; 29, 1,7; 30, 1, 6, 3;
34, 10; 36, 8; 37, 7; 55, 2, 5;
57, 1; 61, 1, 5, 8; 63, 1, 7,
64, 2, 4, 9, 10; 65, 1, 4, 5,
11: 66, 5, 7; 67, 6; 68, 1, 2
69, 8; 70, 1, 5; 71,1, 3, 6: 7,
2,7; 75,1, 7; 76,8, 9; 7, 1,
5:78, 12; 79, 4, 8; 80, 7, 10,
11; 81, 1, 11; 82, 1,3, 5, 7; 83,
2, 3: 84, 1,3, 7,8: 85, 1; 86,
3, 4, 6; 87, 13.
Filopemén: 1I 40, 2; 67, 4, 8;
69, 1.
Filóxeno: 1V 20, 8.
9;
8,
3
,
530
Fitea: IV 63, 7, 10.
Flaminio, Cayo: 1 21, 8; 32, 1;
33, 7. 111 75, 5; 77, 1; 78, 6;
80, 1, 3, 4, 5; 82, 2, 5, 11, 83,
6; 84, 2, 6; 86, 3; 106, 2.
Fliunte: 1I 52, 2; 67, 9.
Frixa: IV 77, 9; 80, 13.
Fulvio Centumalo, Cneo: II 11,
1, 2; 12, 1.
Fulvio Flaco, Quinto: TI 31, 8.
Fulvio Petino, Servio: 1 36, 10.
Furio Filo, Publio: 11 32, 1.
Furio Pácilo, Cayo: 1 39, 8.
Gálato: II 21, 5.
Galia: UI 59, 7.
Galia Cisalpina: 11 32, 1. 111
40, 3; 41, 1; 118, 6.
Gerunio: III 100, 1, 3; 101, 2;
102, 6, 10; 107, 1.
Gescón: 1 66, 1, 4; 68, 13; 69, 1,
8, 9; 70, 1,3, 4, 5; 79, 10, 13;
80, 4, 8, 11; 81, 3.
Gíridas: IV 35, 5.
Gitio: II 69, 11.
Glimpas: IV 36, 5.
Górgilo: II 66, 1, 10.
Gortina: IV 53, 7, 9; 55, 6:
60, 3.
Gorza: I 74, 13,
Gran Mar: TI 37, 11.
Grecia: 1 3, 4, 6; 13, 5; 32,
42, 1,2. 11 9,1; 35, 7; 37,
39, 8, 10; 41, 10; 49, 3, 4,
711,2,8.1112,3:;3,2,4: 5,
6, 11; 22, 2; 118, 10. IV 1
4; 2,1; 16, 4; 28, 2, 3; 31,
32, 3.
5
4;
6;
6;
3,
5
HISTORIAS
Guerra Social: 1 3, 1. IV 13, 6;
26, 1.
Hannón (general de las tropas
cartaginesas en Sicilia): 1 18,
8; 19, 1, 4, 5; 27, 5; 28, 1, 8;
30, 1; 60, 3, 4, 7; 79, 3.
Hannón (general cartaginés dis-
tinto del anterior): 1 67, 1,
10, 13; 72, 3; 73, 1; 74, 1, 7,
12, 13; 75, 1; 81, 1; 82, 1, 12;
87, 3,6; 88, 4.
Hannón (hijo de
JII 42, 6; 114, 7.
Hannón (prefecto de Aníbal en
España): TI 35, 4, 5; 76, 5.
Hecatodoro: 1V 78, 5.
Hecatompeo: IT 51, 3.
Hecatómpilon: 1 73, 1.
Hecatontedoro: IV 47, 4.
Helesponto: IV 44, 6, 8, 10; 46,
1; 50, 4.
Hélice: YI 41, 7, 8.
Helícranon: IT 6, 2.
Heraclea: I 18, 2, 9; 19, 2, 11;
30, 1; 38, 2; 53, 7.
Heraclea de Minos: T 25, 9.
Heracles: II 1, 6. IV 35, 14;
59, 5.
Heráclito: IV 40, 3.
Herbeso: I 18, 5, 9.
Hercte: 1 56, 3.
Hércules (columnas de): III
37, 3, 5, 10; 39, 2, 4, 5, 6;
57, 2.
Herea: II 54, 12. IV 77, 5; 78,
2; 80, 15, 16.
Hermeo: I 22, 2; 36, 11. IV 43,
2, 4,
Bomilcar):
ÍNDICE ONOMÁSTICO 531
Hermión: II 52, 2.
Hermoso (cabo): [li 22, 5; 23,
1, 4; 24, 2, 4; 43, 5.
Hierón (fortaleza en la costa
asiática del Bósforo Tracio):
1V 39, 6; 43, 1; 50, 2; 52, 7.
Hierón (rey de Siracusa): 1 8,
3,4, 5; 11, 7, 15; 15, 3; 16, 4,
8, 10; 17, 1, 3, 6; 18, 11; 62, 8;
83, 2. 11 1, 2; 2, 7. HI 75, 7.
Hímera: 1 24, 4;
Himilcón: I 42, 12; 43, 4; 45, 1,
4, 6; 53, 5.
Hípana: 1 24, 10;
79, 4,
Hipomedonte: IV 35, 13.
Hipozarita: 1 70, 9; 73, 3; 77,
1; 82, 8; 88, 2,
Hirpino: ITI 91, 9.
Horacio, Marco: HI 22, 1.
IV 77, 9;
Iberia: 1H 17, 2.
Ibonio: III 88, 6.
lliria: 1 13,4. 112, 1, 5; 6, 4;
8,3; 11, 10, 17; 12,3, 7; 44, 2.
TI 16, 1, 7; 18, 3; 19, 12. 1V
29, 3; 37, 4; 66, 4, 8.
indibil: II 76, 6.
lo: IV 43, 6.
Isa: 11 8, 5; 11, 11, 15.
Isara: III 49, 6.
Iseas: II 41, 14.
Islas Británicas: 1II 57, 3.
Istmo de Corinto: 11 12, 8; 52,
5,7. HI 32, 3. IV 13, 5; 19,
7,9.
Italia: 13, 2,4; 5,1, 2: 6, 2, 6,
7, 8; 7, 6; 10, 6, 9; 12, 5, ?;
13, 4; 20, 7, 10; 21, 10, 11; 40,
1; 42, 1,2, 5; 47, 2; 55, 7; 56,
2, 7; 63, 3; 79, 5; 83, 7. 11 1,
1; 7, 10; 8, 1; 13, 6, 7; 14, 3,
4, 7; 15, 3; 16, 4, 8; 20, 6, 10;
23, 13; 24, 17; 31, 7; 39,1; 41,
11; 71, 7. MI 2, 2, 6; 15, 3;
16, 4, 6; 23, 6; 26, 3; 27, 2; 32,
2; 33, 18; 36, 1; 39, 6, 9, 10;
44, 7, 47, 5; 49, 2, 4; 54, 2;
57, 1; 59, 9; 60, 1; 61, 3, 6, 8;
76, 5; 71, 7; 86, 2; 87, 4, 5; 91,
1, 2; 9, 7; 95, 1; 97, 3; 98, 1;
110, 9; 111, 9; 118, 2, 9, 10.
IV 1, 1; 28, 3.
Italia Central: 111 91, 8.
Itoria: IV 64, 9.
Jantipo: 132, 1,3, 4, 6,7; 33, 4,
5, 6; 34, 1; 36, 2, 4.
Jasón: IV 39, 6.
Jenofanto: IV 50, 4.
Jenofonte: 1II 6, 10.
Jenón de Hermione: 1 44, 6.
Jerjes: TI 22, 2.
Jonio (mar): IT 14, 4, 5.
Junio Bruto, Lucio: 1H 22, 1.
Junio Paulo, Lucio: 1 52, 5, 6;
54, 3, 55, 5, 10.
Júpiter: 11 22, 1; 25, 6, 7; 26, 1.
Lacedemonia: 11 65, 1. HI 6, 11.
IV 9, 5; 34, 4.
Lacinio: HIT 33, 18; 56, 4.
Lacio: 11 18, 5. MI 22, 13, 23,
6; 24, 5, 15; 91, 9.
Laconia: 11 54, 8.
Ládico de Acarnania: IV 80, 15.
532 HISTORIAS
Ladocea: Il 51, 3; 55, 2. Lisos: II 12, 3. III 16, 3. IV
Laódice: IV 51, 4. 16, 6.
Larino: III 101, 3.
Larisa: IV 67, 6.
Lasión: IV 72, 7; 73, 1, 2; 74, 1.
Laurento: 111 22, 11.
Leónidas: IV 35, 11.
Leontio: 11 41, 8. IV 87, 8, 9.
Lépido Emilio, Marco: Il 21, 7.
Lepreo: IV 77, 9; 78, 1; 79, 2;
80, 2, 7, 8, 10, 14.
Leptines: 1 9, 2, 3.
Leptis: 1 97, 7.
Léucade: IV 36, 5.
Leuctra: 1 6, 1. 11 39, 8; 41, 7;
81, 12.
Libia: II 5, 1.
Liburno: IM 100, 2.
Liceo: MI 51, 3; 55, 2.
Licortas: 11 40, 2.
Licurgo (legislador espartano):
IV 81, 1, 4, 6, 12.
Licurgo (tirano de Esparta):
IV 2, 9; 35, 15; 36, 4, 5; 37, 6;
60, 3.
Lidíadas de Megalópolis: 11 44,
5; 51, 3. IV 77, 10.
Liguria: II 31, 4; 41, 4.
Lilibeo (ciudad): I 25, 9; 38, 4;
39, 5, 12; 40, 2; 41, 4; 42, 7;
46, 3, 6; 47, 10; 48, 11; 52, 5;
53,3, 5,7, 54, 1; 55, 3; 56, 7;
59, 9; 60, 4; 61, 8; 66, 1. IM
41, 3; 61, 9; 68, 14; 96, 13;
106, 7.
Lilibeo (cabo de): 1 42, 6; 44, 2.
Lilibeo (puerto de): 1 46, 4.
Lípari: 1 21, 5; 24, 13; 39, 13.
Lisímaco: 1I 41, 2; 71, 5.
Lito: IV 54, 2, 6.
Lócride: 1 56, 3.
Longano: 1 9, 7.
Luceria: III 88, 5; 100, 1, 3.
Lucio Emilio, Papo: 1l 23, 5;
26, 1, 8; 27, 3, 6; 28, 1, 2, 3.
Lucio Emilio, Paulo: II 16, 7;
19, 12; 106, 1, 2, 3; 107, 8; 108,
1, 2; 109, 13; 110, 2, 4, 8; 112,
2; 114, 6; 116, 1, 9; 117, 8. IV
37, 4; 66, 8.
Lusos: IV 18, 9; 25, 4.
Lutacio Cátulo, Cayo: 1 59, 8;
60, 4, 6, 10; 62, 7. IM 21, 2;
29, 3; 30, 3; 40, 9.
Mácara: 1 75, 5; 86, 9.
Macatas: IV 34, 4,5, 6,7, 8, 11;
36, 1,3, 6.
Macedonia: II 37, 7; 40, 5; 41,
9; 45, 3; 49, 6; 50, 9; 51, 2; 70,
1,5, 8; 71, 2, 8. H1II 1, 9; 16,
3,4. IV 1,5; 2, 5; 22, 6; 27,
9; 29, 1; 37,7; 50, 1, 8; 51,7;
57, 1; 62, 1, 5; 63, 1; 66, 1, 2,
5, 6; 85, 3, 13.
Maceta: I 24, 2.
Magna Grecia: II 39, 1.
Magón: HI 71, 5, 6; 79, 4;
114, 7.
Maharbal: III 84, 14; 85, 2;
86, 4.
Manilio Vítulo, Quinto: 1 17, 6.
Manlio, Lucio: II 40, 11.
Manlio Torcuato, Tito: 11 31, 8.
Manlio Vulso, Lucio: 1 26, 11;
28, 7, 10; 29, 10; 39, 15,
ÍNDICE ONOMÁSTICO 533
Mantinea: 11 46, 2; 53, 6; 54,
11; 56, 6; 57, 1, 5, 6, 8; 58, 1,
2, 4, 5, 7, 12, 15; 61, 1; 62, 11.
IV 8, 4; 21, 9; 27, 6.
Mantinea (batalla de): 1V 33, 8.
Marco Emilio, Paulo: 1 36, 10.
Margos de Carinea: II 10, 5;
41, 14; 43, 2.
Marsella: J1 14, 6, 8; 16, 1; 32,
1. 111 37, 8; 41, 4; 47, 4; 61, 2.
Marte: HI 25, 6.
Masinisa: III $5, 1.
Mastia: III 24, 2, 4.
Mato: 1 69, 6, 7, 9, 14; 70, 3, 5,
8: 72,6; 73, 3; 75, 4; 77, 1;
79, 1, 8: 82, 11, 13; 84, 1; 86,
2, 5; 87, 7, 10: 88, 6.
Máximos (cognomen de la fa-
milia de los Fabios): TI
87, 6.
Medión: H 3, 2.
Mediterráneo: 1H 37, 6, 9, 10;
39, 2, 4. IV 42, 3.
Megaleas: IV 87, 8, 9.
Megalópolis: 11 46, 5; 48, 1, 2,
4, 6; 50, 2,6; 51, 3; 55, 1, 3;
61, 4, 8; 62,1, 9; 64. 1; 66, 11;
68, 2. 1V 6,3; 7, 10; 9, 1; 10,
10: 13, 1; 25, 4; 33, 7; 37, 6;
60, 3; 69, 5; 77, 10; 80, 16; 81,
11; 82, 1.
Mégara: II 43, 5.
Megáride: IV 67, 7.
Meninx: 1 39, 2.
Meótico (lago): IV 39, 1, 2, 3,
7; 40, 4,8; 52, 3, 4.
Mergane: I 8, 3.
Mesene: II 61, 4; 62, 10. III 19,
11. IV 33, 7.
Mesenia: II 5, 1.
Mesenia (ciudad): IV 3, 12, 13;
4,1,5;5,3, 4,5; 6, 8; 33, 3,
8; 77, 8; 79, 6; 80, 6.
Mesenia (montes de): IV 3, 6;
9, 8.
Mesina: 17, 1, 2; 8,1: 9, 3; 10,
4,8,9; 11,3, 6,7, 9, 15; 12, 4;
15, 1, 7, 11; 20, 13; 21, 4, 5;
25, 7; 38, 7; 52, 6. II 26, 6.
Metagonia: III 33, 12.
Metidrion: IV 10, 10; 13, 1, 3.
Metrópolis: IV 64, 3, 4.
Mico de Dime: IV 59, 2.
Milán: 11 34, 10, 11, 15.
Milas: 1 23, 2.
Milea: 1 9, 7.
Minucio Rufo, Marco: TIT 87,
9: 90, 6; 101, 1, 6; 102, 1, 8,
9: 103, 3, 5, 7, 8; 104, 1, 2, 3,
6; 105, 8.
Misia: IV 50, 4; 52, 8.
Mitístrato: I 24, 11.
Mitrídates: IV 56, 1, 4, 7.
Múgilo: TIT 44, 5.
Mutina: TIT 40, 8.
Nabis: IV 81, 13.
Nápoles: TIT 91, 4.
Naravas: l 78, 1, 4, 5, 6. 8, 9,
11: 82, 13; 84, 4; 86, 1.
Narbona: 111 37, 8; 38, 2.
Naupacto: IV 16, 9.
Nicanor: TV 48, 8, 9.
Nicipo: IV 32, 2.
Nicófanes: TJ 48, 4, 6, 8: 50.
3, 5.
Nicóstrato: IV 3, 5.
Nilo: 11 37, 3, 4, 5.
534 HISTORIAS
Nola: II 17, 1.
Nuceria: III 91, 4,
Nutria: II 11, 13.
Octacilio Craso, Manio: I 16, 1.
Octacilio Craso, Tito: 1 20, 4.
Ogigo: 11 41, 5, 1V 1,5.
Olana: 11 16, 10, 11.
Olena: II 41, 7, 8.
Oligirto: IV 11, 5; 70, 1.
Olimpia: IV 10, 5; 73, 3; 78, 8;
77, 5; 84, 2, 8; 86, 4.
Olimpíada: II 41, 1,9. IV 14, 9;
26, 1; 66, 11.
Olimpiodoro: 1V 47, 4.
Olimpo: II 65, 8, 9; 66, 8, 10;
69, 3.
Omias: IV 23, 5; 24, 8; 52, 5.
Orcómeno: II 46, 2; 54, 10: 55,
9. 1V 6,5, 6; 11,3; 12, 13.
Orestes: 11 41, 4. 1V 1,5.
Orio: IV 53, 6.
Orión: 1 37, 4.
Orofernes: III 5, 2.
Ovantia: IV 57, 2.
Padua: TI 16, 11.
Palermo: T 21, 6; 24, 3, 9; 39, 5:
40, 1, 2,4: 55, 7; 56, 3, 12.
Palermo (puerto de): 1 38, 7.
Pantaleón: IV 57, 7.
Paquino: T 25, 8; 42, 4; 54, 1, 6.
Parnaso: 57, 5.
Páropo: I 24, 4.
Partenio: IV 23, 2.
Patras: II 41, 1,8, 12. IV 6,9;
7,2, 3; 10, 2; 83 1.
Paxos: II 10, 1.
Peanio: IV 65, 3, 14.
Pelene: II 41, 8; 52, 2. IV 8, 4;
13, 5; 81, 7.
Peloponeso: I 42, 1, 2. II 37,
11; 43, 4, 7; 44, 3; 49, 3,4, 6;
52, 5, 9; 54, 1; 60, 7; 62, 3, 4.
111 3,7. 1V3,3,6,7; 5,5;
6,3, 4,6, 8; 8,6; 9, 10; 13, 4;
14, 4; 22, 1,5, 6; 32, 3, 9; 57,
5; 61, 1; 52, 5; 65, 8, 10; 66, 1;
67, 7; 69, 9; 70,3; 73,6; 77, 1,
8; 87, 1, 2, 8.
Peloríade: I 11, 6; 42, 5.
Pella: IV 66, 6.
Pérgamo: IV 48, 11.
Perseo: 1 3, 1. III 5, 4; 32, 8.
Persia: 11 37, 4.
Petrayo: IV 24, 8.
Picerno: II 21, 7.
Pictor, Fabius:
12; 58, 5.
Pieria: IV 62, 1; 16, 7.
Pilos: IV 25, 4.
Píndaro: IV 31, 5.
Pirgo: IV 77, 9; 80, 13.
Pirineos: TI 35, 2, 4, 7; 37, 9,
10; 39, 4; 41, 6.
Pirro: 1 6, 5, 7; 7, 6; 23, 4; 37,
4, 11 20, 6, 9; 41, 11. HI 25, 1,
3:32, 2.
Pisa: 1I 16, 2; 28, 1. III 41, 4:
56, 5; 96, 9. 1V 74, 1.
Pitias de Pelene: IV 72, 9.
Placencia: TIT 40, 5; 66, 9; 74,
6, 8.
Plátor: IV 55, 2.
T 14, 1, 3; 15,
. Pleurato: II 2, 3.
Plévades (constelación): TIT 54,
1. 1V 37, 2.
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Po: 11 16, 6, 7; 17, 3, 4, 7; 19,
3; 23, 1; 28, 4; 31, 8; 32, 2;
34, 4, 5; 35, 4. III 34, 2; 39,
10; 40, 5; 44, 5; 47, 4; 54, 3;
56, 3,6; 61, 1, 11; 64, 1; 66, 1,
5, 9; 69, 5; 75, 3; 86, 2.
Polemarco: IV 79, 5.
Polemocles: IV 52, 2; 53, 1, 2.
Policna: 1 36, 5.
Polifonte: IV 22, 12.
Póntico (mar): IV 42, 3.
Ponto: JH 2, 5. 1V 38, 4; 39, 4;
41, 4; 42, 6; 433, 1, 3; 4, 4,
6, 10; 47, 1; 50, 2, 6; 52, 5;
56, 5.
Ponto Euxino: IV 38, 2, 3, 7;
39, 1,2, 6,7, 11; 40, 4, 9, 10;
41, 2; 42, 1, 4, 5; 43, 1, 4; 46,
6; 50, 3.
Postumio Albino, Aulio: 11 11, 1.
Postumio Albino, Lucio: II 11,
7; 12, 2, 4. 111 106, 6.
Postumio Megelo, Lucio: 1 17, 6.
Prasias: IV 36, 5.
Propo: IV 11, 6.
Propóntide: 1V 39, 1, 2, 5; 43,
1; 44, 6.
Proslao de Sición: IV 72, 9.
Prusias: TIT 2,5; 3,6; 5, 2. IV
47, 6; 48, 4, 13; 49, 1, 2; 50, 1
4, 9; 51,8; 52, 1,2,6,7,8,9,
10.
Psófide: IV 68, 1; 69, 2; 70, 2,
3,6; 71, 13: 72, 3, 8, 10; 73, 1.
Ptolemaida: IV 37, 5.
Ptolomeo Epífanes: 1IT 2, 4, 8.
Ptolomeo Evergetes: Il 47, 2;
51,2; 63,1,3,5;71,3. IV 1,9.
Ptolomeo Filopátor: I 3, 1. 11
535
71, 2, 5. 1V 1, 9; 2, 11. IV 2,
8; 30, 8; 37,5; 51, 1, 3, 5.
Ptolomeo Lago: 1 63, 7. 11 41, 2.
Puzzoli: HI 71, 4.
Quereas: III 20, 5.
Quilón: IV 81, 1, 6, 7, 8, 10.
Regio: 1 6, 2, 8; 7, 1, 10; 8, 1,
2; 10, 1. 111 2, 6.
Rímini: 1 21, 5; 23, 5. II 61,
10; 68, 13, 14; 75, 6; 77, 2; 86,
1; 88, 8.
Rion: IV 6, 8; 10, 4, 6, 8; 19, 6;
26, 5; 64, 2.
Rizon: II 11, 16.
Ródano: II 15, 8; 22, 1; 34, 2.
HI 35, 7; 37, 8; 39, 8, 9; 41, 5,
7; 42, 2; 47, 2,4, 5; 48, 6; 49,
6; 60, 5; 61, 2; 64, 6; 76, 1.
Rodas: MI 3, 7. IV 50, 7.
Roma: 1 6, 2; 7, 12; 16, 1; 17,
1,6, 11; 29, 6, 8, 10; 31, 4; 38,
10; 39, 6, 7; 41, 1; 52, 2; 553,
3; 58, 7; 63, 1: 83, 8; 88, 10.
11 8, 13: 11, 1; 12, 1; 18, 2;
21, 9; 22, 4; 23, 7; 24, 5, 9, 10,
15; 25, 1,2; 26, 1,6; 27,1; 31,
3,4,6,9; 33,9. 111 2,2;15,1;
16, 6; 19, 2; 24, 6, 12; 40, 14;
54, 3; 61, 7; 63, 4; 68, 9; 75, 1;
82, 6, 9; 85, 7; 86, 6, 8; 87, 8;
88, 8; 92, 2; 94, 9; 96, 10; 103,
1; 105, 9; 107, 6; 112, 6; 116.
11; 118, 4, 6. IV 66, 8.
Sagrada (isla): TI 60, 3: 61, 7.
Sagunto: HI 6, 1; 8, 7; 14, 9;
15, 13; 16, 5; 17, 1; 20, 1, 2;
536
21, 6; 29, 1; 30, 3; 61,8; 97,6;
98, 1,5,7; 99, 5. IV 28, 1; 34,
7; 66, 8, 9.
Salamanca: III 14, 1.
Sámaco: IV 77, 9.
Sámico: 1V 80, 6, 9, 12.
Samos: II 2, 8.
Selasia: II 65, 7; 69, 5.
Seleuco Calínico: III 5, 3. IV
48, 6, 7, 10; 51, 4.
Seleuco Cerauno: II 71, 4, 5,
IV 1, 9; 2,7; 48, 9.
Seleuco Nicátor: II 41, 2.
Selinunte: 1 39, 12.
Sempronio Bleso, Cayo: I 39, 1.
Sempronio Longo, Tiberio: III
40, 2; 41, 2; 61, 9, 10; 68, 6,
12; 69, 8, 11; 70, 1, 6, 8, 12;
72, 1, 10, 11, 13; 74, 2; 75, 1.
IV 66, 9.
Sena: IT 16, 5; 19, 12, 13.
Sentino: II 19, 6.
Serapeo de Tracia: IV 39, 6.
Servilio Crepio, Cneo: T 39, 1.
Servilio Gémino, Cneo: 1 39 1.
11 75, 5: 77, 2; 86, 1; 88, 8;
96, 11; 106, 2; 114, 6, 11.
Sesto: IV 44, 6; 50, 6.
Síbaris: II 39, 6.
Sica: 1 66, 6, 10; 67, 1.
Sicilia: 1 2, 6: 5, 2: 8, 1, 3; 10,
6,7; 11,7; 13, 10: 16,1, 3: 17,
1,3,4, 6; 18,8; 20, 2,4; 22,1;
24, 2, 8; 25, 8; 26, 1; 27, 1;
29, 2, 10: 36, 10, 12; 37, 4; 38,
2,7: 39, 1,5, 8; 41, 3, 6; 42,
1,2, 3; 49, 2; 52, 6: 55, 7; 59,
9; 62, 2, 8; 63, 3; 67, 12; 68, 7,
11, 13; 71, 3, 5; 74, 9; 83, 3,
HISTORIAS
8. II 1, 1, 2; 20, 20; 24, 13;
36, 6; 37, 2; 43, 6. 111 2, 6; 3,
1; 9,7; 13, 1; 21, 2, 3; 22, 10;
23, 4, 5; 24, 12, 14; 25, 1; 26,
3, 4, 6; 27, 1, 2; 28, 1; 29, 4;
32, 2, 7; 75, 4; 96, 13; 108, 8.
Sicilia (guerra de): 1 13, 2.
Sicilia (mar de): 1 42, 4, 6. II
14, 4, 5; 16, 4. IV 63, S.
Sición: II 52, 2, 5; 54, 5. IV 8,
4: 13, 5; 57, 5; 67, 8; 68, 1, 2.
Sine: 1 11, 6. II 14, 11.
Sínope: IV 56, 1, 2, 4, 5, 7, 9.
Sinuesa: IIT 91, 4.
Siracusa: 1 9, 5, 8; 10, 8; 11, 8,
13, 15; 12, 4; 15, 3, 6, 8, 10;
52, 6,7, 8; 53, 9; 54, 1. III 2, 7.
Siria: 1 71, 4, 111 5,3. 1V 2,7;
48, 5.
Sirio: II 16, 9.
Sirte Mayor: TIT 39, 2.
Sirte Menor: I 39, 2. IIT 23, 2.
Sósilo: TIT 20, 5.
Sóstrato: IV 78, 5.
Sulpicio Patérculo,
24, 9.
Cavo: 1
Tafias: IV 33, 6.
Tajo: TI 14, S.
Talamas: IV 75, 2; 84, 2.
Tanais: III 37, 3, 4, 8; 38, 2.
Tannes: II 40, 13.
Tántalo: IV 45, 6.
Tarento: 11 24, 13; 75, 4. IV
7,7.
Tarragona: YU 76, 13; 95, S.
Tarsevo: TIT 24, 2, 4.
Taurión: IV 6, 4; 10, 2, 6; 19.
7, 8; 80, 3; 87, 1,8,9.
ÍNDICE ONOMÁSTICO 537
Tauro: III 3, 4, 5. IV 2, 6; 48,
3, 6, 7, 8, 10, 12.
Tearques: 1I 55, 9.
Tegea: 11 46, 2; 54, 6; 58, 13,
14; 70, 4. IV 22, 3; 23, 3, 5;
82, 1.
Telamón: U 27, 2.
Telfusa: H 54, 12; 77, 5.
Telfusia: IV 60, 3.
Teódoto: IV 37, 5.
Terencio Varrón, Cayo: II 106,
1; 107, 7; 110, 3, 4; 112, 4;
113, 1; 114, 6; 117, 2; 116, 13.
Termes: 1 39, 13,
Termópilas: 1I 52, 8.
Terracina: III 22, 11; 24, 15.
Tesalia: 11 49, 6; 52, 7. IV 57,
1; 61, 1; 62, 1, 5; 66, S, 7;
67, 7, 76, 1.
Tesino: III 64, 1.
Teuta: 11 4, 7; 6, 4, 10; 8, 4, 7,
10; 9, 1; 11, 4, 16; 12, 3.
Tibetes: IV 50, 1, 8, 9 51, 7;
52, 8.
Tico: IV 83, 1.
Tiestes: IV 22, 11.
Tile: IV 46, 2.
Timarco: IV 53, 2.
Timeo: 1 5, 1. 11 16, 15, TI 32,
2. IV 34, 9.
Timoteo: IV 20, 8.
Timóxeno: 11 53, 2. 1V 6, 4,7;
7, 6, 10; 82, 8.
Tíndaris: 1 25, 1.
Tíndaro: 1 27, 6.
Tipanea:
2,4.
Tirio: 1V 6, 2.
IV 77, 9; 78, 1; 79,
Tiro: II 24, 1, 3. IV 37, 5.
Tirreno (mar): 1 10, 5. II 14, 4;
16, 1. III 61, 3; 110, 9.
Tisámenes: 11 41, 4. IV 1, 5.
Toro: 1 19, 5.
Tracia: IV 44, 9; 45, 1, 2.
Trasimeno: HI 82, 9.
Trebia: III 69, 5, 9; 72, 4.
Trebia (río): TI 67, 9; 68, 4;
108, 8.
Trecén: 1I 52, 2.
Trifilia: IV 77, 5, 7; 79, 1, 5;
80, 14, 15; 81, 1.
Trífilo: IV 77, 8.
Trigábolo: 11 16, 11.
Trípoli: IV 81, 7.
Tritea: HI 41, 8, 12. IV 6, 9;
59, 1.
Túnez: 1 30, 15; 67, 13; 69, 1;
73, 3, 5; 76, 10; 77, 4; 79, 10,
14; 84, 12; 85, 1;
86, 2, 9.
Turio: IV 25, 3.
Útica: 1 70, 9; 73, 3, 5; 74, 3;
76, 1, 9; 82, 8; 83, 11; 88, 2.
TIT 24, 1,3.
Vaca: IV 43, 6,7; 44, 3.
Vadimón: II 20, 2.
Valerio Flaco, Lucio: 1 20, 4.
Valerio Máximo, Manio: 1 16, 1.
Venusa: TI 9%, 8; 116, 13;
117, 2.
Volturno: TIT 92, 1.
538 HISTORIAS
Zeus: 14,6; 5, 5. JII 11, 5; 20,
1, 4. IV 16, 4; 33, 3; 74, 4.
Zeus Homario: 1l 39, 6.
Zeus Lobuno: IV 33, 2.
Yapigia: III 88, 3.
Záraca: IV 36, 5.
Zarzas: 1 84, 3; 85, 2.
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN +0. 0.0. ..0oceoo ono eno en ro
L
IT.
TIT.
Vida de Polibio ...
La obra de Polibio ... AN
A) Estructura de las Historias, 14.— B) Fecha
de composición de las Historias, 21.—C) Con-
cepción historiográfica de -Polibio, 24. — D) His-
toria pragmática y método apodíctico, 32.—E)
La noción de Fortuna en la historiografía poli-
biana, 33. —F) El concepto de historia univer-
sal, 37.—G) Las fuentes «de la historiografía po-
libiana, 39.
Transmisión del texto de las Historias de
Polibio ... 0... 0.0. .ooo ooo oooooeno eno eno
A) Tradición manuscrita, 43.—B) Ediciones
y traducciones, 47.
BIBLTOGRAFÍA +... 000 00.000 .on enn e
LIBRO Ue... ccoo coo eno an o
LIBRO IL 0. 0.0... 0.0 enn en o e
LIBRO TÍ +... 0... co ono or o
LIBRO 1V 0... 0. 0.o ce. 0 00 enn ro
ÍNDICE ONOMÁSTICO 0.0 0.0.0... ..oo+.oo..-
Págs.
14
43